EL Cocuy, en los límites del cielo

Por Federico Rincón
Publicado en Savia Oriente

Un ruido blanco y alegre baja de las montañas inmóviles que acarician el cielo con sus crestas blancas. Es el sonido constante del agua que desciende por los vértices de rocas, por los valles y senderos: es el agua, la palabra sagrada de la Sierra Nevada del Cocuy, Chita o Güicán, que se eleva majestuosamente en el ramal oriental de la cordillera de los Andes en Colombia.

El lenguaje del agua despeñándose sierra abajo es una oda a la creación de la cordillera, a su pasado cuando vivía debajo de un mar del que emergió en la segunda mitad del Mioceno, Terciario superior, hace veinte millones de años. En aquel entonces arqueó el cuerpo, sacudió los hombros y creció hasta un punto en que se detuvo, hizo una pausa para volver la mirada hacia abajo y prometió a sus compañeras de nado, la Orinoquia y la Amazonia, que nunca las olvidaría y que esos recuerdos viajarían con ella en su camino hacia las nubes. Retomó su ascenso a finales del Terciario, en el Plioceno, hace siete millones de años, y finalmente llegó a la altura que quiso para ver en primerísimo plano el territorio que se acomodaba a su alrededor.

Frailejón con arroyo de los glaciares (Espeletia sp.) Foto David Estrada Larrañeta

Frailejón con arroyo de los glaciares (Espeletia sp.) Foto David Estrada Larrañeta

Sus suelos comenzaron a afianzarse mientras las entrañas se acoplaban y moldeaban su espina dorsal. Como resultado, se esculpieron dos subcordilleras paralelas, enfiladas en dirección de sur a norte con una longitud aproximada de treinta kilómetros. Estas sufrirían los embates de los cambios climáticos globales que afectaron la Tierra hace ligeramente más de un millón de años, según el profesor Thomas van der Hammen, y que trajeron consigo la glaciación y la desglaciación. Entonces se formaron sus picos nevados, veintidós centinelas en total que conforman la masa glaciar más grande en Suramérica al norte de la línea del Ecuador.

Así se quedó, alta e imponente, vestida de pies a cabeza con un traje de endemismos que es verde en la falda, con visos grises y negros en el tronco y engalanada con un sombrero blanco en la cabeza. Es un tejido de climas y subclimas, hilos compuestos por ochenta y cuatro ríos y ciento cincuenta lagunas, un ajuar que asciende desde los setecientos hasta los cinco mil cuatrocientos diez metros sobre el nivel del mar y cuyos encajes son las vertientes selváticas al oriente y los altiplanos al occidente.

Como la más blanca y pura de Colombia, la Sierra Nevada del Cocuy se erige con categoría entre el norte de Boyacá en los municipios de Güicán, el Cocuy y Chita; el occidente de Arauca en Tame y Fortul; y Sácama, en el noroccidente de Casanare. Son trescientas seis mil hectáreas distribuidas entre selva húmeda ecuatorial en el piedemonte llanero, bosques de niebla desde los mil quinientos hasta los tres mil metros, zona de páramo y súper páramo hasta los cuatro mil ochocientos y nieves perpetuas en la cúspide. La variación de climas de páramo, frío, templado y cálido alcanza temperaturas mínimas de menos ocho grados en la zona alta y de treinta en la selva subandina.

Nacimiento de agua / Foto David Estrada Larrañeta

Nacimiento de agua / Foto David Estrada Larrañeta

Como resultado del último impulso que hizo la cordillera para tocar el cielo están los picos Ritacuba (Blanco y Negro), que alcanzan la mayor altura del Cocuy, con 5.410 y 5.350 metros sobre el nivel del mar respectivamente. A su alrededor hay lagunas glaciares como la Laguna Grande de la Sierra, a 4.400 metros, y humedales de páramo, que sirven de depósito de aguas glaciares. Estas bajan abriéndose camino por las laderas como un torrente sanguíneo que se esparce y deja atrás las morrenas y piedras de origen volcánico, que al humedecerse se cubren de musgos y líquenes de todos los colores. Aparecen con un papel muy protagónico en este bioma los colchones o cojines de agua, como los tremedales de Plantago rigida, Xenophyllum humile y Azorella crenata, entre otras. Esta cobertura vegetal que vertiente abajo comienza a ser cada vez más prolífera, contribuye a la función vital que se le asignó a este ecosistema de alta montaña: regular el recurso hídrico y proteger las fuentes de agua.

Es un proceso que suena permanentemente, que ruge en su decidido descenso. Tal y como se lo prometió a esas selvas que la acompañaron en su otrora vida marítima, la sierra irriga la cuenca del Orinoco al oriente con los ríos Negro, Playón y Mortiñal, afluentes del Casanare, y con el río Meta. Y para reforzar su compromiso con la extensión selvática, envía por el flanco nororiental al río Cobugón, importante tributario del Arauca. Mira también al occidente y generosa crea para este los ríos Lagunillas, Corralitos, San Pablín y Cóncavo, cuyas cuencas forman el Nevado y Chiscano, afluentes del Chicamocha y finalmente del Magdalena.

Y así comienza a pronunciarse la vida, a medida que baja el agua. Parado allí, en medio del frío que entra por los poros que el cuerpo humano tiene y de los que entonces uno se percata, a cuatro mil metros de altura en la franja de páramo sobre la vertiente occidental de la sierra, se contempla, resguardado del viento, la humedad, la radiación solar y las bajas temperaturas, un paisaje botánico que se percibe solamente cuando se mira hacia el suelo. Un mundo amarillo de achicorias (Hypochaeris radicata), blanco o amarillo; de chicorias (Hypochaeris sessiliflora), verde y rojo; y de abundantes clases de pastizales dominados por el hombre como los Calamagrostis effusa y Agrostis tolucensis.

Este lugar, desde donde se pueden ver los picos Pan de Azúcar (5.120 metros de altura sobre el nivel del mar) y Púlpito del Diablo (5.100), también sirve como escenografía de especies endémicas de frailejones, los amigos más abundantes que se pueden encontrar en el páramo. Una comunidad mixta de ellos, que combina la Espeletia grandiflora, la Espeletia lopezii y la Espeletia argentea, puebla el valle que hace honor al nombre de estas plantas. Muchas de ellas alcanzan los cinco metros de altura y adornan el paisaje con coronas de hojas blancas y texturas aterciopeladas que apuntan hacia el cielo, único ojo que lo ve todo al mismo tiempo, que inspecciona el rol que cada elemento de la naturaleza tiene para el desarrollo constante de la vida que acá se desborda. Hay, además, especies de alisos (Alnus acuminata), pajas de páramos, chusques y un valioso número de otras angiospermas pertenecientes a veintidós familias y cuarenta y dos géneros.

Comunidad de frailejones en el Cocuy (Espeletia sp.) Foto David Estrada Larrañeta

Comunidad de frailejones en el Cocuy (Espeletia sp.) Foto David Estrada Larrañeta

Un poco más abajo, cuando la Valeriana arborea aparece con su tono morado medicinal, a los tres mil ochocientos metros, las cabras y ovejas salen a nuestro encuentro y un número importante de árboles de troncos que han tomado formas escultóricas y cortezas rojas que se desprenden en pequeñas láminas en medio de los chusques se eleva como un bosque que alcanza los diez metros de altura. Es el que forma el colorao (Polylepis quadrijuga), también conocido en la sierra como sietecueros y considerado el árbol más alto del páramo. La espesura de esta arboleda obliga a bordearla para seguir adelante en el descenso por este flanco occidental que conduce al altiplano boyacense. Se aprecia la selva andina, rica en encenillos (Weinmannia sp.), escobos (Hypericum sp.) y árboles más grandes como el roble (Quercus humboldtii), y asteráceas como el palo bobo o aliso de río, además de una alta cantidad de senecios.

Este panorama del occidente de la sierra, el que corresponde a Boyacá, cultivado con papa, trigo, fríjol y haba, entre otros, es diferente al que se aprecia en el vértice oriental. Por estos picos de la cordillera, por esos abismos insondables, viven unos cinco mil indígenas u,was, dispersos en más de cien mil hectáreas, desde las cuales vigilan el mundo que les construyó Karasa, obedeciendo a los pensamientos de Sira, según su cosmogonía. Desde aquí se baja de manera más vertiginosa hasta la extensión selvática de las regiones de la Orinoquia y Amazonia y hacia el piedemonte llanero, a setecientos metros sobre el nivel del mar. Un recorrido de intensa humedad por los ríos que bajan y la lluvia que cae con precipitaciones entre dos mil y cuatro mil milímetros al año. Por estos mismos parajes abundan los helechos arbóreos y una gran diversidad de epífitas.

Tronco de colorao (Polylepis sp. quadrijuga) Foto David Estrada Larrañeta

Tronco de colorao (Polylepis sp. quadrijuga) Foto David Estrada Larrañeta

El relieve accidentado de la Sierra Nevada del Cocuy, con pendientes empinadas de hasta cincuenta grados, habla de un pasado de hielo perpetuo que descendió hasta los dos mil ochocientos metros. Hoy este proceso revela la triste realidad de los picos nevados del país y su futuro seco: entre los años 1850 y 2010 la masa glaciar se redujo en un ochenta y nueve por ciento y se estima que para 2025 el ecosistema de los nevados desaparecerá por completo si no se aplican correctivos en el manejo del medio ambiente global o si no ocurren milagros.

Sira nunca lo planteó así. Dice la leyenda que delimitó las montañas, los cerros y las cordilleras con tal precisión, que para protegerlas hizo un techo con hojas azules y clavó piedras brillantes en él. Un manto al que llamó firmamento, el cielo que es testigo de todo, que siente el cosquilleo de los picos que le rozan el estómago. El mismo que ve desde arriba una sierra que aún se sacude y abre sus poros para dejar escapar el agua de la que está hecha.

Quiebrabarrigo o cadulo (Acaena cylindristachya) Foto David Estrada Larrañeta

Quiebrabarrigo o cadulo (Acaena cylindristachya) Foto David Estrada Larrañeta

 En letra cursiva

En el Cocuy se destacan una altísima cantidad de asteráceas, una de las familias botánicas con mayor registro de especies, de hábitat cosmopolita y reconocidas por ser generalistas en cuanto a su polinización. Atraen una alta cantidad de polinizadores, desde mariposas hasta escarabajos, pero especialmente atraen especies de abejas. Algunas asteráceas de flores reducidas incluso son polinizadas por el viento. Entre las asteráceas del Cocuy se destacan las achicorias (Hypochaeris radicata e Hypochaeris sessiliflora), además de una altísima variedad de senecios (Senecio sp.), de especies de Baccharis y de Taraxacum. A la alta riqueza de especies del Cocuy se añade una variada cantidad de frailejones o espeletias, como la Espeletia grandiflora, la Espeletia lopezii y la Espeletia argentea. Los frailejones son las especies más características e importantes de los páramos. Además de ser las más significativas del ecosistema de páramo, conservan el agua de estos hábitats. Igualmente en el Cocuy se destaca una variedad de poáceas, la familia botánica de los pastos o gramíneas, tales como el chusque (Chusquea sp.), y especies de Calamagrostis y Festuca. Uno de los pastos más reconocidos en la zona es la paja o paja blanca (Calamagrostis effusa), no solo por su alta distribución en el Cocuy, sino porque es aprovechado para la elaboración de artesanías. En los páramos también se desarrolla una diversidad de lítamos (Draba litamo), los cuales hacen parte de las brasicáceas.

En el Cocuy sobresalen otras especies vegetales como el colorao o sietecueros (Polylepis quadrijuga), de las rosáceas. El sietecueros es altamente apreciado en las zonas de páramos no solo porque se aprovecha su madera para construcciones y postes, sino porque al desarrollarse en zonas elevadas es un árbol apropiado para restablecer bosques naturales en terrenos donde otros árboles no crecen tan fácilmente. Ya en zonas no tan elevadas se encuentran otras especies maderables muy apreciadas para construcción, como el roble (Quercus humboldtii), que hace parte de las fagáceas, además del aliso (Alnus acuminata), de las betuláceas, y del amarillo (Oreopanax bogotensis), de las araliáceas.

 

Las plantas más constantes

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Araliáceas Oreopanax bogotensis Amarillo Madera apreciada en construcción
Asteráceas Espeletia grandiflora Frailejón Por sus aceites esenciales, se le atribuyen diferentes
propiedades medicinales. De gran importancia para conservar
el agua de los páramos
Asteráceas Espeletia lopezii Frailejón
Asteráceas Espeletia argéntea Frailejón
Asteráceas Hypochaeris radicata Achicoria, achicoria
de monte
Utilizada en medicina tradicional como antiinflamatorio
y diurético
Asteráceas Hypochaeris sessiliflora Achicoria, chicoria En medicina tradicional es utilizada como purgante y laxante
Betuláceas Alnus acuminata Aliso La madera es utilizada en construcción. Las hojas se emplean
en medicina tradicional contra el reumatismo
Caprifoliáceas Valeriana arborea Valeriana Utilizada en medicina tradicional para el tratamiento de los nervios
Fagáceas Quercus humboldtii Roble Construcción, ebanistería e instrumentos musicales de cuerda
Lecitidáceas Cariniana pyriformis Abarco Madera apreciada en construcción
Poáceas Calamagrostis effusa Paja, paja blanca Utilizada en la elaboración de artesanías
Rosáceas Polylepis quadrijuga Colorao, sietecueros Madera utilizada en construcción y para postes
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