Atrato, la vida en un río

Por Víctor Diusabá
Publicado en Savia Pacífico

Sin traicionar el Génesis, es muy probable que a la hora de apartar las aguas por debajo del firmamento, como reza ese aparte del Viejo Testamento, Dios haya puesto buena parte en esta inmensidad hecha caudal a la que Vasco Núñez de Balboa bautizó San Juan, por ser el santo del día en que lo descubrió, y al que hoy todos llamamos así, en confianza, el Atrato.

Y es que nadie, aparte de quien recién acuatiza en esta geografía que desde arriba siempre se ve azul, lo llama río Atrato. Quizás porque la vida que corre a lo largo de sus largos y anchos setecientos cincuenta kilómetros de extensión se multiplica, una y otra vez, hasta hacer un universo que alberga, como es común en el litoral Pacífico y tal cual lo dice el experto Carlos Andrés Meza Ramírez, “una enorme diversidad de recursos animales, vegetales e hídricos” en el que habita “una considerable población afrocolombiana e indígena organizada en comunidades”.

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Pichindé (Zygia longifolia)

Es eso y mucho más. Es, al mismo tiempo, con el Atrato como eje, una selva lluviosa de clima húmedo y cálido, y la ruta ideal para en un futuro unir al Pacífico con el Atlántico. Es la mejor vía fluvial del país (sin que el verano impida que se navegue durante los 365 días del año) y, a la vez, el escenario natural sobre el que se levanta la mayor biodiversidad del planeta. Palmo a palmo, los casi 38.500 kilómetros cuadrados (o las 3.659.705 hectáreas) de la cuenca del río seducen una y otra vez a quienes viven la aventura de adentrarse en ese mundo hecho de diversidad, el mismo que recoge en sus predios unas 3.320 especies diferentes de plantas.

Y de madera. Los palos, en el buen lenguaje de la gente del campo, se levantan hasta querer tocar el cielo chocoano con los troncos formados de diferentes materias. Ahí está el duro guayacán que guarda bajo su caparazón las vetas de piel clara. O el cedro, fino y delicado, pero eterno. Y el balso, que se dobla pero no se rompe. Más allá, el roble, enhiesto. El abarco y sus mil posibilidades. Incluso, el pino que se transforma una y otra vez, esa especie de camaleón de mil visos en el mundo de la madera, muy diferente del mangle, el cual es casi una piedra marmórea que obliga a que su destinación primera sea la única en su historia, a ver quién carga y quién puede con él.

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Árbol caído en el Atrato

 Otras especies generan sus propios paisajes, siendo familias quizás menos reputadas en los mercados, pero, igualmente piezas fundamentales de un paisaje abigarrado de texturas. Hablamos de la ceiba, del caracolí, del canelo y del olleto. También del guayabillo, del carbonero y del cativo. Allá adentro de esos tejidos impenetrables donde nacen, crecen y se hacen mayores, la mano del hombre va por ellos, a veces en procura de la subsistencia, en línea de continuidad de las prácticas ancestrales que hacen de los “bosquesinos”, esos aserradores nativos, otra especie, la encargada de dar el primer paso de una cadena productiva siempre cuestionada pero poco conocida. Aunque sería torpe no señalar esta explotación inmisericorde que apunta a la devastación.

Pero quedémonos con lo primero. Gracias a trabajos como los de Patricia Vargas y Germán Ferro en su Construcción territorial en Chocó (1992), para el Instituto Colombiano de Antropología, sabemos que el oficio de los sierristas es un rito en el que varios factores son imprescindibles a la hora del corte. Uno, la edad del árbol; el otro, la luna. Hay un tercero: el río, el Atrato y sus afluentes. Y el decisivo, el hombre. Primero, solo caen quienes deben caer: aquellos maduros. Segundo, la tala solo se hace en luna creciente “porque la madera se vuelve muy resistente y ella aguanta cualquier uso que uno le dé. Pero si uno corta madera en luna floja (menguante) ella se ablanda, se ahueca y se llena de plaga y ya no sirve pa´ nada porque se deteriora (habitante de Nueva Vida, 4 de mayo de 2004, citado por Meza Ramírez en su Territorios de frontera: embate y resistencia en la cuenca del río Cacarica). El río y el hombre (el afrodescendiente, casi siempre, el más avezado para talar y aprovechar el recurso maderero) complementan un cuadro de permanente lucha para mantener vivas esas extensiones de tierra y de agua, siempre de agua al lado de la tierra.

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Campanilla (Kohleria sp.)

 Esa explotación, consciente, contrasta con la que se ha hecho en las últimas décadas con maquinaria pesada por parte de empresas que desconocieron la sencilla diferenciación entre árboles “jechos” (maduros) y árboles “biches” (jóvenes). Además de utilizar químicos para inmunizar las maderas, lo que afectó a los peces, en la medida en que esas sustancias fueron a parar a los ríos.

Hay otro paisaje en la región, muy diferente a ese virgen. Se trata del que deja la agricultura. Pasa por el plátano, el maíz y la caña de azúcar que asimila procesos culturales de otras zonas del Pacífico, a la vez que deja huellas de arrozales y yuca, al lado de árboles frutales. Ese panorama cambia con el paso de los meses, pues las extensiones dedicadas a ellos se anegan en invierno. Es, pues, en tiempos secos (una expresión bastante relativa en este territorio que marca tan alto como pocos en el promedio de lluvias) cuando se puede apreciar el crecimiento y la productividad de esas empresas agrícolas, muchas veces comunitarias y otras tantas familiares.

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Yarumo o guarumo (Cecropia sp.)

 Los pastos también están presentes para satisfacer los apetitos de una ganadería intensiva. Son, en su mayoría, pastos naturales: chuscal, gramalote y especies del género brachiaria. Por el contrario, una especie extraña: la palma aceitera, objeto de polémica por su carácter invasivo y su exagerado propósito comercial.

La técnica para cultivar tiene como punto de partida el rastrojo, la utilización del machete para rozar, que no es otra cosa que quitar la vegetación arbustiba y herbácea y, luego, el barbecho o rotación de cultivos. Los primeros pobladores tomaron el modelo, dicen Nina Friedemann y Jaime Arocha en su De sol a sol (Planeta, 1986), de los pueblos bantúes “que desde el siglo IX d.c. eran diestros agricultores de sorgo y millo, en los bajos de la boscosa selva tropical del Kon-go”. Luego, cuando sus descendientes resultaron en América, fruto de la trata de esclavos, encontraron un ambiente muy similar y aplicaron las mismas técnicas.

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Balso (Ochroma pyramidale)

 Ese sistema se usa para sembrar arroz y maíz, en llanuras que acompañan el tránsito del Atrato y se alimentan de él. Tras una línea muy visible, la de las primeras faldas, están los montes biches en los que crecen los frutales. De ellos, como bien lo recopila William Ospina en su célebre Ursúa, dijo Juan de Castellanos en sus Elegías de Varones Ilustres de Indias:  “Hay caimitos, guanábanas, anones en arbores mayores que manzanos; Hay olorosos hobos que en faiciones y pareceres son mirabolanos; Hay guayabas, papayas y mamones, Piñas que hinchen bien entrambas manos, Con olor más suave que de nardos, Y el nacimiento de ella es en cardos”.

Y tras de ellos, como gigantesco telón, los montes bravos, esos con rostro de inexpugnables, en los que crece, al lado de los gigantes, una infinitesimal gama de variedades, aún lejana, pese al esfuerzo de los especialistas, de estar plenamente identificada. Es un paraíso a medio descubrir y más distantes aún están sus aplicaciones en todos los órdenes.

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Heliconia (Heliconia atratensis)

 Pero no solo de madera y de agricultura vive la rica historia del Atrato, también de la fauna que corre, pareja al Atrato y al descomunal entorno que arropa el río mayor y sus decenas de brazos, unos ciento cincuenta ríos y unas tres mil quebradas que le sirven de afluentes. Van a dar al Atrato, entre otros: Cacarica, Domingodó, Cabí, Negua, Buey, Bebará, Bebaramá, Tagachí, Curvaradó, Truandó, Murrí, Montaño, Salaquí, La Larga, Arquía, Buchadó, Bojayá, Murindó, Opogadó, Quito, Munguidó, Beté y el León.

La fauna para el atrateño tiene cuatro grandes grupos. Esa clasificación es resultado de siglos de contacto con el hábitat. La encabezan los animales de consumo, esos que sirven para saciar sus necesidades básicas y que crecen en su propio espacio, ya sea convertidos en domésticos o fruto de una práctica que ha pasado de generación en generación: la cacería. El segundo es el grupo de especies que entran en el terreno del comercio. El tercer grupo es el de las plagas, afines con las características tan particulares del clima local. Y el cuarto, el de las fieras, que trasciende la simple catalogación para jugar con los valores de las culturas nativas existentes, tanto la afrodescendiente como la indígena.

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Hoja de damagua (Poulsenia armata)

 Entre parques naturales, resguardos, anegados, ciénagas y, cómo no, en el Atrato mismo, el inventario es inacabable. Y mientras en esas aguas raudas la mayoría de quienes se encargan de la pesca son mujeres, la caza es, en la zona alta donde nace el Atrato y varios de sus hermanos menores, una tarea masculina.

Ellas, y los compañeros de tarea, dan por temporadas con bocachicos, pemadas, sabaletas, doncellas, meros, agujetas, róbalos, sábalos, charrés, dentones, boquianchas, mojarras, mayupas, lisos, boquipombos, cocós y rojizos, entre muchos otros peces. Algunos de ellos, y otros, ya comienzan a sentir la amenaza de la extinción. Por ejemplo, los guacucos, sábalos, pemadas, fentones y bagres son cada vez más escasos. A lo mejor, los duros tiempos de sequía de los últimos años han desecado en exceso las aguas y la remontada de ríos hacia las cabeceras para desovar se ha hecho más difícil y escasa.

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Pero de agua o marañón (Syzygium malaccense)

 La variedad del mundo animal en tierra parece mítica. Desde el casi extinto tigre – congo (pantera) hasta la ardilla, abundan todo tipo de especies. Tigre, venado, danta, gurre, oso-caballo, guagua, puerco de monte, babilla, iguana, gallineta, pavas y perdiz constituyen apenas una parte de lo que se puede encontrar en esa enorme fracción del territorio colombiano.  Claro está, algunas de esas especies representadas por un mínimo de ejemplares que hace temer por su preservación: tal es el caso de las babillas, venados, pericos ligeros, guaguas y panteras, están en el límite de la supervivencia. Hay mengua, no se puede negar. Los pobladores la atribuyen a la cacería con fines comerciales. De hecho, para combatirla hoy las comunidades asentadas allí solo utilizan perros, machetes y lanzas.

El Atrato es mucho más que este cuadro. El suyo es un caudal de variedades, tradiciones, misterios y oportunidades. Un lecho de agua sobre el que se levanta, imponente, la naturaleza. Un río de vida.

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Corazón (Calladium bicolor)

 Raíces de un nombre

Nombres tienen las cosas. El Atrato tiene el suyo, quizás, de  fuentes más lejanas de las que uno pudiera imaginarse, si es que la versión termina por ser la definitiva: según ella, comerciantes holandeses e ingleses, algunos con alma de contrabandistas, lo llamaron el Río de La Trata porque era allí donde hacían sus negocios. El término lo redujeron, quizás, al Atrata, para terminar siendo el masculino Atrato. Pero a esa historia se opone otra: que fueron los indígenas chocóes y citaráes, en el trayecto que va desde el nacimiento hasta Quibdó, quienes lo bautizaron así. Luego, por extensión, el río entero adoptó el nombre. Lo que sí se sabe es que antes se llamó Darién, Nive y Chocó. ¿Por qué decidieron cambiarle al San Juan, como lo bautizó Vasco Núñez en 1511? Ese es otro de los misterios que corre por sus aguas.

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Matamba o palma bejuco (Desmoncus orthacanthos)

 ¿El otro canal?

¿Es posible unir el Atlántico y el Pacífico gracias al Atrato? Se sabe que sí. La pregunta es ¿cuándo? El tema no es nuevo, pero sí resultan importantes que más diagnósticos apunten en el mismo sentido. En 2014, un trabajo del Instituto de Investigaciones del Pacífico (IIAP) ratificó esa posibilidad.

La opción se basa en un hecho histórico que ha perdurado a través de los tiempos, pero que, hasta ahora, ha permanecido casi que inédito. Se trata de un canal que utilizaron durante la conquista y que permite la extensión del Atrato a través del San Juan (que desemboca en el Pacífico) en el sitio llamado El Arrastradero, en el Istmo de San Pablo, Chocó. Ese mismo camino lo utilizó el libertador Simón Bolívar.

Pero hay otras conclusiones no menos importantes. Una, que el Atrato es navegable en todo su recorrido, según constatan los autores de la investigación, y que, además, “no tiene problemas de sedimentación”.

Eso mismo tiene aplicaciones inmediatas. La primera, está dado todo para convertirla en la primera arteria fluvial del país, lo que da lugar también a la segunda: es la mejor oportunidad comercial del sector. Por último, si hay navegación por el Atrato, las accidentadas distancias que existen hoy (2014) entre Pereira y Quibdó y entre Medellín y Quibdó se allanarían gracias a la integración de estos tramos en el modelo de transporte multimodal.

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Campanilla (Kohleria sp.)

La madre tierra

En la zona de influencia del Atrato se le llama “monte bravo” a las zonas en las que la mano del hombre no parece haber incursionado. Son lo que el forastero llamaría selvas vírgenes. Allí, al lado de las previsiones que debe adoptar quien se atreva a incursionar en ellas, se mantienen vivas tradiciones por parte de los nativos, casi todos afrodescendientes. Una de ellas es el entierro del ombligo del recién nacido por parte de su madre. Son dos rituales. Uno, poner la placenta y el cordón umbilical bajo la semilla de un árbol frutal que ella mismo sembró en los meses de embarazo. El otro consiste en curar la herida que queda tras la caída del cordón umbilical, utilizando polvo hecho con restos del animal o planta que exhiba las características que los padres desean para el recién nacido en el porvenir.

“A mi hijo mayor yo lo ombligué con uña de danta y le enterré el ombligo con un hobo muy bonito que está allá en mi comunidad de La Virginia (…) a veces yo lo llevo y le muestro y le digo: Mirá aquí está tu ombligo y este palo es tuyo (…) esa es una tradición que se nos está perdiendo a nosotros los negros…” (habitante de Nueva Vida, 22 de abril de 2004)

De esas tradiciones también forma parte la presencia en el imaginario de las gentes de personajes míticos, tal y como se acostumbra en casi todas las culturas. Aquí lo curioso es que esos seres suelen encarnar a mujeres que tienen como presa a los hombres. Como la Tetalarga, por ejemplo, que tiene un solo seno y la Patasola, que deja la huella de su extremidad cuando acecha a quienes se atreven a meterse al monte habiendo incumplido tres mandatos: uno, no tener relaciones sexuales en los días previos a la aventura. Dos, no consumir alimentos que no son recomendables en la expedición y tres, no desear a una mujer mientras se mueven entre el inmenso tejido de árboles que los rodea.

A orillas del Atrato también mantienen las comunidades, aunque ya no en la proporción de antes, todas las expresiones con que se hace frente a la muerte de los más cercanos. Se trata de los festejos de funebria, el culto de los muertos. De estos hacen parte los velorios a los adultos, los chigualos con que se dice adiós al niño fallecido y las novenas sin falta para acompañar el duelo.

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Pero de agua o marañón (Syzygium malaccense)

 El curso de un caudal  

El Atrato nace en el cerro de Caramanta, sobre una cota estimada de 3900 metros, en el municipio del Carmen de Atrato, en el departamento del Chocó. Su aspecto de río adulto queda bien resumido en la lectura de algunos expertos: más que un río, es “una laguna en movimiento”. Tras 750 kilómetros de viaje se convierte en una serie de brazos, dieciocho en total, que vierten sus aguas al golfo de Urabá.

Ejerce una influencia directa sobre una superficie de 38.500 kilómetros cuadrados, limitada por la cordillera Occidental, la serranía del Baudó y las prominencias del istmo de San Pablo. El hecho de estar en la zona de mayor precipitación pluvial de América lo dota en un recorrido más bien corto de un caudal que admite muy pocas comparaciones. De hecho, los 161 litros sobre kilómetro cuadrado de caudal relativo, están por encima del promedio nacional de 53 l/s/km².

Su anchura es otro de los fenómenos que sorprenden a quienes tienen la oportunidad de navegar en él o verlo desde las orillas, alcanzando en alguna parte de su recorrido hasta quinientos metros. El Fondo Mundial de Vida Silvestre lo califica como uno de los bancos genéticos más ricos del mundo. Sus puertos más importantes son: Quibdó, Curvaradó, Vigía de Curvaradó, Riosucio, La Honda, Cacarica, Puerto Libre y Sautatá.

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Matamba o palma bejuco (Desmoncus orthacanthos)

En letra cursiva

El río Atrato se caracteriza por su caudal, por su delta tumultuoso y porque, aunque bota sus aguas en el mar Caribe, por su recorrido es vital para la región del Pacífico colombiano. Hay en su cuenta una variedad de ecosistemas, de bosques, manglares y también monocultivos. Gran cantidad de éstos monocultivos está formada por las Poáceas o la familia de los pastos, como es el caso de la caña de azúcar, Saccharum officinarum, el maíz, Zea mays y el arroz, Oryza sativa, además del sorgo, Sorghum sp. y otros insumos para alimentar que ganado, tales como el chuscal y el gramalote. Entre los frutos de la región, el más dominante es el plátano, una Musácea, pero también abundan las guayabas, Psidium guajava, que hacen parte de las Mirtáceas; las piñas, Ananas comosus de las Bromeliáceas; las papayas, Carica papaya de las Caricáceas, junto a una  altísima variedad de familias y especies vegetales que contrarrestan los monocultivos y que ésta inmensa corriente del río Atrato va alimentando por su camino.

La región cuenta con Malváceas, de la familia del algodón y el chocolate, donde la ceiba o bonga Ceiba pentandra se aprecia por su valor maderable y medicinal. Sobresalen otras familias botánicas con especies maderables, como algunas Fabáceas o leguminosas, entre las que se encuentra el cativo o aceite, Prioria copaifera. Combretáceas, como el curichí o el denominado roble en el Pacífico, Terminalia amazonia. Y entre las Lauráceas, el canelo, Aniba sp. Hay Anacardiáceas, como el caracolí, Anacardium excelsum y el hobo, Spondias mombin, de la misma familia botánica que el mango. Lecitidáceas, como el abarco, Cariniana pyriformis, y el olleto, Lecythis tuyrana, el cual además de ser buscado por su madera, presenta unos frutos característicos que le han valido el apodo de olla de mono, que aparte de prestarle un valor ornamental a ésta especie, son usados para elaborar artesanías. Como ornamentales, además de maderables, existen algunas especies de Bignoniáceas. Es el caso del guayacán rosado o roble, Tabebuia rosea, que se caracteriza por sus colores rosa que tanto atraen a los que van pasando por el río. Hay una especie ornamental que abunda en el entorno del Atrato: los platanillos, pertenecientes al género heliconia de las heliconiáceas. Especialmente atrae la atención la Heliconia atratensis, dedicada al río Atrato, que hasta ahora solo ha sido registrada en la región central del Chocó y en la del bajo Calima, en el Valle del Cauca.

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Heliconia (Heliconia atratensis)

Las plantas más constantes

 

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Anacardiáceas Anacardium excelsum Caracolí Valor maderable, también es utilizada para embarcaciones
Anacardiáceas Spondias mombin Hobo, ciruelo Se consume su fruto, sus hojas se utilizan en medicina natural y tiene valor maderable
Bignoniáceas Tabebuia rosea Guayacán, ocobo Madera para construcción y se siembra como ornamental
Combretáceas Terminalia amazonia Roble, curichí, macano Madera apreciada en construcción
Fabáceas Prioria copaifera Cativo, aceite, amansamujer Valor maderable
Lauráceas Aniba sp. Canelo Maderada preciada que despida un olor a canela
Lecitidáceas Cariniana pyriformis Abarco, chibugá Apreciado por su valor maderable
Lecitidáceas Lecythis tuyrana Olleto, olla de mono Apreciado por su valor maderable y ornamental
Malváceas Ceiba pentandra  sp. Ceiba, bonga En carpintería, en medicina se utiliza como diurético o astringente
Poáceas Oryza sativa Arroz Alimento básico, importante  en la cocina de la región
Poáceas Saccharum officinarum Azúcar, caña de azúcar Dulce de exportación denominado los desamargados
Poáceas Zea mays maíz Alimento básico, ingrediente del Champú

 

 

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