El mundo anfibio de La Mojana

Las aguas y los potreros hacen de La Mojana un mundo anfibio donde sobresalen árboles como el olleto, que además resiste a la sequía. Y su buena madera es muy apetecida.

Por Óscar Hernando Ocampo

Cuando cayeron las primeras gotas de lluvia supimos que no había ya nada que hacer. Nos empaparíamos por cuenta de un aguacero de esos que suelen caer sobre La Mojana, este mundo anfibio, como para pedir pasaje en el Arca. Hubiera sido un fracaso si esta excursión de Savia al centro mismo de La Mojana no se hubiera empapado. El baquiano ordena dejar el sendero bajo las cercas vivas de matarratones, con sus flores rosadas. Empezamos a caminar en medio de los potreros de braquiaria y pangola. Las reses, ajenas al diluvio, nos miran sin dejar de masticar esos manjares cultivados, lejos de la sombra de los campanos, donde se agrupan cuando calcina el sol. “Los rayos”, dice el baquiano, y señala algunos cadáveres incinerados de macondos y ceibas. Estos restos gigantes parecen mástiles de barcos traídos por una marea de ficción hasta quedar varados en el playón.

El aguacero no cede. El cielo, cubierto de nubes, se deshace en una cabellera de lluvia sobre las planicies, los bosques y las lagunas. La Mojana: un paraíso vegetal atrapado entre dos aguas: las del cielo y las de los cientos de humedales que se unen en complicados dibujos de la topografía y que sirven para que las crecidas del San Jorge, el Cauca y el Magdalena tengan dónde desahogar su caudal y la carga de sedimentos. Una parte de este prodigio que se conoce como la Depresión Momposina. Las inundaciones, que ocurren entre cinco y nueve meses al año, han hecho de estas tierras un mundo fértil en el que el arroz, el maíz y el sorgo, junto con la ganadería, han llenado el espacio que antes ocupara la caña de azúcar. Tiempos del “oro dulce”, que atrajo a potentados y campesinos durante la Colonia y hasta finales de la década del cuarenta del siglo xx,  cuando la apertura de la Boca del Cura, hecha para comunicar las ciénagas con el río Cauca, trajo de nuevo las inundaciones que arruinaron los cañaduzales. El río había vuelto a recuperar sus feudos que él mismo había sellado por culpa de la sedimentación producida por la minería aluvial de oro en Nechí, en la frontera sur de La Mojana.

El baquiano señala un pequeño promontorio. Es un dique del sistema de canales que los zenúes construyeron hace unos mil años. Este sistema de regadío con sus correspondientes diques es una de las obras de ingeniería hidráulica más impresionantes y, quizás, con su medio millón de hectáreas, la más grande de todas las encontradas en América procedentes de la época prehispánica. El baquiano explica cómo funcionaba. Los zenúes habían descubierto la manera de vivir en esta planicie aluvial, a medio camino entre el humedal y la tierra, que por algo se llama La Mojana. Desde el aire se puede ver todavía la geometría artificial que ha quedado grabada en topografía por cuenta de los zenúes, quienes se adaptaron a tres grandes ríos y dos centenares de ciénagas, comunicadas por caños que antiguamente fueron meandros y que ahora permiten que el agua siga trayendo peces, una de las principales fuentes de sustento del poblador pasado y presente.

Momposina

La Mojana se asemeja al Gran Pantanal de Brasil, Paraguay y Bolivia. Con sus veinticuatro mil seiscientos cincuenta kilómetros cuadrados, si se considera toda la Depresión Momposina, constituye un país dentro de otro, ubicado casi a nivel del mar, donde en distintos momentos del día algunos caños corren en una dirección u otra, debido al capricho de los vientos y a las diferencias milimétricas en los niveles de las ciénagas rebosadas. La gravedad tiene que actuar muy poco para llevar las aguas de una ciénaga a la otra, besando de paso parches de bosques primarios intervenidos. Hoy, en estos bosques, dice el baquiano mientras los va señalando a medida que nos adentramos por un camino fangoso tapizado de hojarasca, todavía hay cedros, abarcos, cantagallos, cucharos, caracolíes, guacamayos, capachos, varasantas, bongas, pimientos, ceibas, campanos, guásimos, yarumos, polvillos, uveros. Se cansa de nombrarlos. En su voz de cantor nato, como la de todos los habitantes de esta tierra musical, este poema de árboles suena a estrofa de porro sabanero o a estribillo de cumbia. ¿Cómo sonarían en latín?

Ha dejado de llover tan de repente como cuando comenzó. “¿Y hay todavía animales silvestres?”, preguntan desde la cola de los expedicionarios empapados. Y el baquiano entona otra canción, esta vez de animales: hicoteas, ponches, babillas, iguanas, pisingos. De los pájaros nos llegan sus cantos y graznidos; de los otros, nada, escondidos por cuenta de la caza para la dieta de los pobladores o para el comercio ilegal. Si quieren ver venados, saínos, ñeques, tigrillos, gatos de monte, tucanes, loros, guacamayas y pericos de anteojos, dice, toca ir al sur, donde los bosques son más grandes. O a las ciénagas. Es un experto. Los pobladores de La Mojana son una raza especial que vive en este mundo anfibio, como recién hecho, aún sin secar. Son pescadores, cazadores, agricultores y vaqueros adaptados a este rico ecosistema formado por ciénagas, ríos, caños, arroyos y bosques inundables o zapales, donde crecen eneas, zarzas, tabaquillos, bocachicas, juncos, cantagallos, suanes y cañafístulas.

Es hora de regresar. Tenemos que desandar el camino hasta donde hemos dejado la lancha, atracada en la orilla de una ciénaga que se comunica con el brazo de Loba.

Cruzamos la ciénaga y desembocamos en el río. Navegamos aguas arriba, rumbo al barranco de Loba, donde aquel se parte en dos y forma la isla Margarita, flanqueada por las tres poblaciones que la vigilan: Mompós, El Banco y Magangué. Mompós es la preferida por los turistas, por su riqueza histórica y arquitectónica, por sus artesanías de oro y plata, conocidas como la filigrana momposina, una herencia de los artesanos libaneses y sirios que se asentaron en estas tierras y descubrieron cómo hilar en oro los arabescos de sus lejanas mezquitas. Nos quedamos sin poder ir al resto de pueblos: Achí, San Jacinto del Cauca, Ayapel, San Marcos, Guaranda, Majagual, Sucre, Caimito, San Benito Abad.

En El Banco nos subimos a un campero destartalado, repleto de pasajeros y viandas, que rebota de bache en bache rumbo a Mompós. Cerdos flacos corren como perros por la trocha regada por la pasada lluvia, mientras niños y ancianos se la juegan con la humedad y el calor al amparo de árboles de campano, carboneros, almendros, ceibas y caracolíes. Colgados del campero, con los pies en equilibrio precario sobre el guardachoques, van otros dos pasajeros, de ojos azules, pelo rubio, tez tostada por el sol, que hablan con acento costeño nativo, así sus apellidos sean italianos. Son descendientes de los inmigrantes que llegaron a fines del siglo xix en busca del plumón de garza, un fino tesoro escondido bajo las alas de estas aves blancas y estilizadas, que entonces era la sensación en Europa. Ahora las garzas pueden descansar en las ciénagas por cuenta de las fibras sintéticas, posadas en los jacintos de agua o buchones, arracimados en un derroche de verde y violeta, rellenos de aire para flotar, mientras otras lo hacen sobre carboneros, ollas de mono, laureles, balaustres, orejeros, humos, capachos, fruta’eburros, camajones, escubillos, pelincúes y bijaos.

Mañana dejaremos La Mojana, encaramados en otro campero, rumbo a La Bodega, donde nos esperará el ferry Mompox 450 Años, lo único que queda de la romántica navegación por el río Magdalena. Los pasajeros no podemos ver ya los manatíes y caimanes nadar en los remansos y asolearse en sus riberas, con la selva inmensa como telón de fondo. Mañana, al llegar a la punta norte de la isla Margarita, donde los dos brazos del río Magdalena se reúnen, el paisaje nos dejará mudos. Casi ni se verán las orillas, tejidas de exuberante vegetación. El río allí, ancho como la planicie, anuncia el mar. El agua correrá solo porque su caudal, recogido en los Andes lejanos y regulado por los sistemas de ciénagas de La Mojana, empujará con inercia hacia el Caribe, que lo espera en Bocas de Ceniza, cerca de Barranquilla. El ferry empezará a remontar el río. Por cuenta del invierno, que arranca los árboles de las orillas, los esqueletos inmensos de ceibas, campanos y guásimos pasarán flotando como icebergs que podrían volcar alguna embarcación.

Las orillas se irán llenando de bohíos, con su pescador, lucero y río; con el burro orejón de ojos soñadores y la piragua, tallada de un solo tronco, amarrada a un árbol de caracolí, que bien podría ser la de Guillermo Cubillos. La melodía famosa, que es el otro himno de Colombia, parecerá brotar de la corriente del río Magdalena y se sentirá algo así como amor de patria al cantar por lo bajo lo que nos contaron los abuelos de hace tiempo. Finalmente, Magangué nos despedirá de La Mojana, este mundo anfibio de playones y ciénagas, de vegetación exuberante, que tenemos pero que no conocemos. Todavía.

Momposina2

En letra cursiva

El camino de la Depresión Momposina permite apreciar gran cantidad tanto de pequeñas plantas como de árboles formidables, vegetación en la cual se destacan los ejemplares pertenecientes a las fabáceas (incluyendo cesalpinióideas, fabóideas y mimosóideas): tal es el caso del matarratón o madero negro (Gliricidia sepium), del samán o campano, también conocido como llovizno o genízaro (Samanea saman),  y del orejero o piñón de oreja (Enterolobium cyclocarpum); y así también la zarza (Mimosa albida), el cantagallo, conocido también como búcaro o amacise (Erythrina fusca), el carbonero (Calliandra sp.) y los guacamayos, igualmente llamados bayetos o jarijanas (Albizia niopoides). Téngase en cuenta que estos son tan sólo algunos pocos ejemplos de fabáceas que podemos encontrar en este recorrido, antes de que el portentoso tamaño de esta o esa malvácea se robe nuestra atención de forasteros. El macondo o volao (Cavanillesia platanifolia) es uno de los más sobresalientes ejemplos de los grandes árboles de esta categoría. Igualmente podríamos nombrar las ceibas, como la ceiba de lana o bonga (Ceiba pentandra), también conocida como bonga bruja en el Chocó; e inclusive los guásimos (Guazuma ulmifolia), llamados asimismo bolainas o nacederos, que hacen parte de esta familia botánica. Compitiendo con las grandes malváceas por la atención se levanta el reiterado caracolí o mijao (Anacardium excelsum), el cual pertenece a otra familia, la de las anacardiáceas.

Un paseo a pie por algún sector de la Depresión Momposina brinda la oportunidad de apreciar en detalle una variedad de especies vegetales, cada una de ellas digna de despertar un interés particular. Por ejemplo, en la familia botánica de las lecitidáceas se puede constatar que los frutos del árbol comúnmente llamado de olla de mono, carguero u olleto (Lecythis minor) hacen honor a este apelativo, pues son como unas marmitas vegetales. A esta familia pertenece el abarco o papelillo (Cariniana pyriformis), cuyo fruto también parece una pequeña urna, con tapa y todo, árbol tan apreciado por su madera como la meliácea conocida como cedro (Cedrela odorata), que se distingue por su aromática madera. En este recorrido se observan plantas cuyas hojas y flores cubren una amplísima gama de colores y tamaños. Dignas de mención son las hojas prehistóricas de los yarumos o guarumos (Cecropia peltata), que pertenecen a la familia de las urticáceas, así como las hojas del bocachica, bijao o platanillo (Thalia geniculata), una marantácea. Entre las flores, se observan algunas tan llamativas como la del capacho o achira (Canna indica), que pertenece a las cannáceas, y acaso quepa listar aquí igualmente las espigas de los juncos que emergen en los espejos de agua, como la enea o anea (Typha latifolia), que hace parte de las tifáceas. La exploración de la Depresión Momposina inclusive nos permite toparnos con una variedad de plantas utilizadas en la medicina tradicional. Sirva de ejemplo la varasanta o guacamayo (Triplaris americana), una poligonácea ampliamente utilizada para aliviar quemaduras así como para atenuar los efectos de la malaria.

 

La depresión momposina

Los ríos apenas si se ven correr. A veces pareciera que el río Magdalena, que finalmente recoge todas las aguas bajadas de los Andes y que se riegan por La Mojana, siguiera hasta su desembocadura en Barranquilla solo para aliviarse del calor en las olas del mar Caribe, y no por acción de la gravedad, que en estas planicies ofrece pocos metros de desnivel por los cuales descender. O será su enorme caudal, que se empuja a sí mismo. Dicen los geólogos que esta inmensa llanura, casi al nivel del mar, es el resultado de la subducción de la placa tectónica del Caribe que, más pesada, se va metiendo poco a poco por debajo de otra, la Suramericana. No es extraño encontrar flotando, río abajo, enormes troncos arrancados por la corriente de sus orillas, vencidos por las inundaciones de los últimos años o desguazados de la cordillera por los torrentes de invierno. Parecen costillares de ballena a medio sumergir. Así pasa con los troncos de las ceibas (Ceiba pentandra), cuya madera se ha utilizado para construcción de canoas, cuyas semillas generan una fibra impermeable y cuya corteza se utiliza para múltiples usos medicinales. Y desfilan también macondos o volaos (Cavanillesia platanifolia), y canelos, también conocidos como quimulás o carretos (Aspidosperma polyneuron), cuya madera es muy solicitada para construcción; y cucharos (Prioria copaifera), y orejeros, denominados también piñones de oreja o caritos (Enterolobium cyclocarpum), así como cañañolos, campanos o samanes (Samanea saman); en compañía de los guamos o guamas (Inga edulis), muy reconocidas en la región por sus sombríos y en las mesas por su exquisito sabor, bordeados entre islas flotantes de buchones o jacintos de agua (Eichhornia crassipes) que, desgajadas de las ciénagas, bajan rumbo a la costa para acabar convertidas en naufragios en las playas, medio enterradas, medio descompuestas, en la caliente arena.

 

La tenacidad del Jacinto de agua

Su nombre es Eichhornia crassipes y eso lo dice todo. Se comporta como un filtro natural capaz de sobrevivir en aguas contaminadas, alimentándose de ellas, librándolas de metales como cadmio, plomo, cromo y mercurio, al tiempo que suple de renovado oxígeno a los peces. No obstante, su superabundancia en las ciénagas y remansos de los ríos de la Depresión Momposina, en grandes parches donde se arraciman sus hojas verdes, sus cámaras de aire y sus flores exóticas, es una alerta del grado de contaminación que afecta las aguas de los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge. Hoy son todo un problema ambiental, por su desaforada proliferación, que disminuye los espejos de agua e impide que la luz del sol los penetre, lo que termina por deteriorar la calidad de las mismas y diezmar las especies de animales y plantas que las habitan. Para no hablar de los mosquitos y zancudos que encuentran en su follaje un excelente foco de reproducción. Muchos son los proyectos que se adelantan para convertir a esta tenaz y a la vez útil planta en algo que sirva para mejorar la calidad de vida de los habitantes de los ecosistemas donde prolifera: desde papel artesanal hasta concentrados para animales, esto último por su alto contenido de proteína. Hoy por hoy estos innovadores usos se aplican en tierras altas, en la sabana de Bogotá, donde también el jacinto es un problema, pero pequeñas empresas de este tipo en un futuro podrían convertirse en una fuente de ingresos para las poblaciones menos favorecidas de La Mojana.

 

El legado de los hilos de oro

Hoy, en los talleres de orfebrería de Mompós, se teje en hilos de oro el legado de los zenúes, maestros en el manejo del metal, destreza que se mezcla en la filigrana momposina con las técnicas que trajeron con su tradición árabe los españoles de Andalucía. En el Museo del Oro, en Bogotá, se pueden ver sus hilos, trenzas y espirales en filigrana, que constituyen su estilo distintivo. Al final de su período de apogeo habían aprendido a hacer mejores aleaciones de oro con cobre, llamadas tumbaga, lo que les permitía fabricar piezas más grandes y livianas, para usar como pectorales, narigueras y collares. El oro que los zenúes transformaban en las que para nosotros hoy son obras de arte provenía de los valles bajos de los ríos Cauca y Nechí, cuyos aluviones todavía siguen dando abundante metal precioso.

 

El tesoro en peligro

El proceso de intervención agrícola y ganadera generado a partir de la Colonia, que no entendía la dinámica de los ríos y sus humedales, como sí lo habían hecho los zenúes, ha llevado a que tras estos cinco siglos el enorme mundo anfibio que funcionaba como regulador de las inundaciones esté en avanzado deterioro. Muchas ciénagas antes conectadas a los ríos han desaparecido, con lo que esto implica para la fauna acuática y para el control de las inundaciones. Algunas obras de infraestructura más recientes, como la carretera San Marcos -Majagual- Achí y el dique marginal del Río Cauca, entre Nechí y Achí, acabaron de complicar la situación, porque se hicieron sin tener en cuenta todos los aspectos topográficos e hidráulicos que un ecosistema tan delicado precisa conservar.

 

Los arquitectos de los canales

En el siglo ii a. C., según los estudios arqueológicos hechos hasta la fecha, la región de La Mojana vio surgir la civilización de los zenúes, que hizo de la hidráulica un arte para dominar esta gigantesca depresión inundable. Cuando los españoles llegaron provenientes de Cartagena en la primera mitad del siglo xvi, el territorio estaba ocupado por otro grupo, pues los zenúes, luego de una sequía ocurrida en el siglo xii, abandonaron esas tierras y ocuparon las sabanas medias de los ríos San Jorge y Sinú. Los malibúes, los nuevos habitantes llegados en el siglo xiii de la parte norte del país, desconocían aquella tecnología y ocuparon los diques sin aprovechar plenamente la colosal obra, tal y como nos pasa hoy a nosotros.

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