Para querernos mejor

En Colombia hay entre unas cuarenta mil y cincuenta mil especies de plantas; pero de ellas apenas se ha evaluado en forma y a fondo un diez por ciento.

En un principio fueron las aguas y, tras ellas, emergieron impetuosos y para siempre los primeros pastizales marinos que después fueron la vida toda. Y se dio así el primer impulso vital a esto que mil millones de años después es lo que hemos llegado a tener, regido todo por el reino vegetal del cual surgieron los otros y sin el cual no prevalecerán los demás.

Esa necesaria perdurabilidad de la vegetación -que es casi una angustia- y la búsqueda de caminos para contribuir a ella, es la que nos alienta en la construcción de estos cinco libros cuyo primer volumen entregamos hoy a Colombia. Savia se llama esta colección que dará cuenta de la inmensa riqueza que poseemos y que, por desconocida, solemos desdeñar de manera casi infame.

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La botánica, ya desde las expediciones del siglo XVIII, ha sido para Colombia un orgullo tal vez inmerecido. El recuerdo de aquellas gestas se revive con puntualidad y con ceremonias pomposas cada vez que hay un centenario. Otras veces la botánica sirve para encender pasiones efímeras o para acuñar frases patrióticas cuando se habla de lo biodiversos que somos. Pero la botánica, esa providencial riqueza que nos fue dada desde los bosques nublados de alta montaña hasta las praderas de algas de ultramar, no nos ha servido para lo que nos debería haber servido: para amarla como un bien patrimonial y para haberla escogido como un camino hacia el desarrollo que habría hecho de Colombia un país con un puesto privilegiado en el mundo por aprovechar de manera inteligente ese prodigio.

Tantos privilegios, que resultan incontables. Que se sepa -y sin que haya concluido la investigación en la mayoría de nuestro territorio-, en Colombia hay entre unas cuarenta mil y cincuenta mil especies de plantas; pero de ellas apenas se ha evaluado en forma y a fondo un diez por ciento. Una labor de todas formas titánica, realizada por centenares de científicos que han trabajado en un silencio apostólico, muchas veces en soledad y casi siempre en el desamparo de los presupuestos oficiales. A ellos, a su obstinación, les debemos lo que ya sabemos y les debemos también encender las alarmas de destrucción que a cada rato activan para contarnos que en estos comienzos del siglo XXI sobre casi el treinta y cinco por ciento de las plantas colombianas pesa algún grado de riesgo de extinción.

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Savia, sin embargo, no es, no será, un grito amargo. Esta colección, que comienza con el volumen que cuenta la vasta y luminosa e iluminante región Caribe, quiere lo contrario: seducir. Quiere que la botánica sea una esperanza; que a través de las páginas que siguen -y de las que seguirán en los libros que darán cuenta de la botánica de las zonas Amazonas-Orinoco, Pacífico, Oriente y Andina-, los colombianos establezcan una relación de amor con la vegetación que nos ha sido dada; que con el uso de un lenguaje que haga comprensible la botánica, sin restarle rigor científico, quienes accedan hoy y en el futuro a Savia queden enterados de la inmensidad de este patrimonio colectivo, más allá de palabras de cajón como aquella de la biodiversidad y más allá también de las estadísticas que suelen ser desalentadoras.

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Savia está concebida como un aporte a esa comprensión, la única manera de llegar al enamoramiento por este entorno descomunal que aún atesoramos. Una retribución del Grupo Argos al conocimiento de una Colombia que nos alberga como nido y nos compromete como hábitat. Un legado, en fin, a las generaciones que llegan para que por la vía del saber y del disfrute introduzcan en su propia naturaleza la naturaleza botánica, y nunca más una planta sea una mata, y nunca más un árbol sea un palo.

-Grupo Argos-

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