Sabio Triana

Por Ana María Cano

Hasta el ilustrador de la Expedición Botánica, Francisco Javier Matís, ya anciano y ciego, llega ávido José Jerónimo Triana de 17 años, con un canasto de plantas recolectadas en el cerro contiguo y el libro de la clasificación de Linneo. Describe en detalle cada muestra y lee uno por uno nombres del libro hasta que enciende la memoria gastada que dice: “Sí, ese es”. El pupilo anota el hallazgo. Dormita y oye: así va pasando el maestro al nuevo botánico, el conocimiento que Colombia expande sobre su flora en el siglo XIX.

 

Los tutores de José Jerónimo Triana florecen en él: su padre, pedagogo creador de métodos de aprendizaje; en la precariedad económica familiar, un tutor como Lorenzo María Lleras, del Colegio del Espíritu Santo, cultiva la libertad de pensamiento. El anhelo de aliviar gradúa a Triana como médico a los 28 años. Francisco Bayón, gran científico, lo inicia en nuevos métodos de clasificación de las plantas.

 

Su constante investigación botánica la difunde en artículos sobre plantas útiles publicados en periódicos, por los cuales lo conocen Tomás Cipriano de Mosquera y también la Comisión Corográfica, que lo llama como botánico. Recorre exhaustivamente el país y avizora llanuras (el Meta, el Ariari), la inabarcable selva, hondonadas, nevados donde contrae un mal en los ojos y fiebres, pero recolecta casi sesenta mil muestras. Descontadas las irrecuperables que perdió en robos, extravíos y saqueos. Este volumen no fue nunca antes alcanzado por nadie.

Triana

Recibe el encargo gubernamental de viajar a Europa para publicar la flora colombiana, y en París, Montpellier y Madrid trabaja hombro a hombro con científicos que lo consultan como experto en flora tropical de talla mundial. A pesar del abandono colombiano de la ciencia y del azote de las guerras civiles, él alcanza con gran esfuerzo personal a producir obras botánicas de carácter universal que son clásicos hoy.

 

Clasifica, tras treinta años de solicitudes, todas las ilustraciones de la Expedición Botánica que están arrumadas en Madrid; las descubre y publica en cuatro volúmenes para el mundo. Dada esta prestancia internacional, José Jerónimo Triana se convierte en cónsul de Colombia en París. Allí, en la exposición universal de 1867, expone seis mil plantas nativas desconocidas en Europa, y es premiado.

 

Exhibe la Cattleya trianae –símbolo nacional que lleva su nombre– y es subastada en dieciocho mil francos; él, que recibe de pago dos mil pesos colombianos mensuales.

 

No habría alcanzado así a sostener a sus quince hijos con su esposa Mercedes Umaña, (ocho herederos llegaron a ser adultos y los otros murieron), pero con su investigación inventó el vino aquinado reconstituyente; un jarabe para la tos; un parche para los callos; el vino estimulante de coca y la anestesia obtenida de la misma, cuyas patentes le dieron un soporte económico.

 

Murió en París a los 64 años, tras ser atropellado por un coche que empeoró su vesícula enferma, y una operación de urgencia lo agravó. Colombia reconoce su figura atractiva de científico insigne en estampillas y en un retrato en la Universidad Nacional, sede Bogotá.

 

Sus herbarios conforman las colecciones del Museo Británico, y los museos de Kew, Viena, Edimburgo y docenas más en Europa y Estados Unidos, y son tesoros nacionales en la Academia Colombiana de Ciencias Naturales y en el Herbario Nacional Colombiano. La huella de este cónsul de la flora nacional habita santuarios que acrecentaron así el conocimiento etnobotánico de plantas cuyo uso aún se explora y José Jerónimo Triana inspira.

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