La eternidad de la madera

Por Fernando Quiroz
Publicado en Savia Caribe

Casi siempre hay una montaña a la vista cuando se emprenden los caminos que dejan atrás el mar. Casi siempre. A veces el último dobladillo de las faldas generosas de esa mole de belleza que es la Sierra Nevada de Santa Marta. A veces las estribaciones de alguna de las tres serranías en las que se abre, como una flor de reyes, la cordillera Occidental —que son los mismos Andes que suben desde el lejano sur del continente— cuando le da vida al nudo de Paramillo, a punto de despedirse, en las muy fértiles tierras de Córdoba.

Techo en palma amarga (Sabal mauritiiformis). Foto por Ana María Mejía

Los caminos se pierden entre paisajes en los que de tanto en tanto surgen los bosques que han sobrevivido a la terquedad de los que piensan que el pasto es mejor para el ganado que los matorrales. De repente, entre los verdes intensos y los verdes pálidos, como quien enciende una cerilla en medio de la noche, unos árboles tapizados de flores amarillas —miles de pequeñas flores amarillas— rompen la monotonía, le dan vida a aquel lienzo y alegran el espíritu de los viajantes.

Se trata del polvillo Tabebuia coralibe. O al menos así se le conoce en la región, donde también florecen amarillos los guayacanes —Bulnesia arborea— y también se viste de festivo amarillo el cañaguate, pero el polvillo es uno de los más hermosos y de los más apetecidos. Con su amarillo fluorescente, aparece de vez en cuando en los caminos del Caribe y se encuentra en abundancia en la serranía de Los Motilones a su paso por Cesar y en los montes de Oca, en La Guajira. Es tal su belleza, que ella sola le bastaría para justificar su existencia. Pero al final de sus días su tronco y sus ramas adquieren nueva vida en instrumentos musicales, postes, artículos deportivos y diversas herramientas que se valen de su madera. También las mecedoras en las que se sientan las matronas del Caribe a contar esas historias pobladas de mariposas amarillas que parecen fantasía.

Cultivo de teca (Tectona grandis). Foto por Ana María Mejía

Si el polvillo llama la atención por el bello espectáculo que ofrecen sus flores amarillas, el algarrobo lo logra con el considerable tamaño de sus flores blancas. Y en esta exuberante paleta de colores, la teca asoma desde sus empinadas ramas esas delicadas flores de color crema, como asoman también las de color lila del Tabebuia rosea, el roble de tierra caliente, que también las da rosadas. A este festín se unen las ceibas, tan distintas todas, tan arrogantes todas, que reclaman un lugar protagónico y exhiben flores de un rojo intenso y de explosivo violeta: las primeras femeninas, las otras masculinas, porque son excéntricas: la ceiba bonga (Ceiba pentrandra) tiene flores hermafroditas que son a la vez blancas y crema, y la ceiba de leche (Hura crepitans) produce, en una misma rama, flores masculinas y femeninas.

Elaboración de muebles en trébol (Platymiscium pinnatum). Foto por Ana María Mejía

No hay duda de que aquella variedad de flores ha deslumbrado a propios y extraños en esas tierras que respiran el aroma salino de un mar inspirador que baña mil seiscientos kilómetros de costas colombianas. No hay duda de que muchos aventureros han grabado para siempre en su memoria aquellas postales floridas que sorprenden en cualquier paraje del camino y que obligan a detenerse para tomar una fotografía o para darle gracias a la naturaleza por tanta belleza. Pero hay carpinteros y ebanistas, constructores e ingenieros que, más allá de las flores, más allá de la estética, más allá de la fotografía, se fijan en la calidad de las maderas, en el invaluable servicio que prestan, en la posibilidad que ofrecen de crear fuentes de trabajo y de proveer la materia prima para pequeños talleres artesanales y para enormes plantas industriales.

Así, tal vez más que asombrarse con sus flores blancas, son muchos los que se emocionan con la imponencia del tronco del algarrobo, que puede alcanzar los cuarenta metros de altura y que ofrece una madera tan versátil que se utiliza con los mismos buenos resultados para construir pianos de cola, elaborar ruedas de carretas o fabricar los bates con los que cientos de niños juegan al béisbol después de la jornada escolar en los potreros que rodean las murallas de Cartagena de Indias o en escampados con más tierra que pasto a orillas del río Sinú.

Piezas de mecedoras en teca, polvillo y trébol (Tectona grandis, Tabebuia sp. y Platymiscium pinnatum). Foto por Ana María Mejía

Y los hay que no piensan en los colores majestuosos de las flores de las ceibas sino en las bondades de su madera para trabajar la carpintería de obra, aunque muchos se nieguen a utilizarla por la fama que tiene de desgastar de prisa los dientes de las sierras. Porque cada árbol tiene su fama. A veces tan buena como la de la teca, originaria de India y Birmania, Tailandia y Malasia, que se ha adaptado muy bien a nuestros suelos y que se paga muy bien porque su resistencia al agua la hace recomendable para tanques y tinas, para barcos y cubiertas de aviones. Otras tienen la fama de los malos olores, como el diomate gusanero o santacruz, que exuda una resina apestosa, o el cedro, que desprende un olor a cebolla. Pero la madera del diomate es muy apetecida para la fabricación de pisos industriales, y la del cedro para la ebanistería. Las hay de olor neutro, ausente quizás, como el abarco, tan empleado en la construcción de vigas y columnas, y las hay de aroma tan agradable como la del bálsamo de Tolú, con la que se fabrican pasos de escalera y tacos de billar.

Tiempo atrás pasaba el tren muy cerca de estos caminos, a la vera de los cuales se levantan caracolíes de maderas rosadas y carretos de corteza gris. Fue célebre el Expreso del Sol, que se tomaba las veinticuatro horas del día y de la noche para recorrer los casi mil kilómetros que separan a Bogotá de Santa Marta. Algunos de aquellos vagones, que en sus mejores tiempos estuvieron pintados de rojo y azul, rodaron sobre travesaños que antes de llegar al suelo, uno tras otro en esa larga hilera que cruza la geografía, formaron parte de los troncos de un metro de diámetro de los dindes o palos de mora de la región de Loba, en Bolívar, que se llaman así por su fruto rojo y carnoso.

Tribunas de corraleja. En Arjona, Bolívar. Foto por Ana María Mejía

Es generosa en maderas esta tierra alegre que se levanta a orillas del Caribe. Y da para todo… para casi todo. Da para fabricar diminutos palillos con las astillas del hobo colorado, que alcanza los treinta metros de altura cerca de las playas de la vieja Providencia. Da para las hormas de zapato que se tallan con las jaguas de orillas del río Magdalena; para las molduras que se realizan con la ceiba tolúa —a la que también llaman cartageno—; para los gabinetes que exhiben las fibras amarillas del Podocarpus guatemalensis; para los guacales que se arman con tablones de caracolí o camajón, y dio antaño para las extintas reglas de cálculo, que alguna vez fueron caobas como las que se alternan con los mangos en los potreros de Gaira. Además da para las cerillas que emplean el indio desnudo, árbol también conocido como almácigo, cuya corteza interna es de un curioso tono verde oliva, y que se ve con alguna frecuencia en la isla de San Andrés.

Hay en este Caribe prodigioso árboles con curiosos frutos en forma de oreja —por eso se les conoce como orejeros, o también como caritos—, cuya madera sirve para fabricar instrumentos de percusión como el bongó. Es una tierra pródiga donde crecen los campanos imponentes que dan sombra al ganado y prestan sus maderas para convertirlas en canoas que a su vez se convierten en el milagro de la multiplicación de los peces. Todos los días.

Tierra prodigiosa, sí, que bien vale la pena contemplar desde una hamaca guindada de una viga de orejero, bajo un techo de palma de vino. Porque hay mucho para ver allí, tan cerca del mar.

En letra cursiva

Una gran parte de las plantas maderables del Caribe pertenece a la familia de las anacardiáceas. Son aquellos árboles que además de producir resina suelen regalar agradables aromas, como el diomate gusanero (Astronium graveolens), también conocido como gateado o simplemente diomante en Antioquia, diomato en Cauca y yomate en Cundinamarca. A esta categoría pertenece igualmente el hobo colorado o ciruelo calentano (Spondias purpurea), más conocido como ciruela calentana en los Andes, cocota en el Norte de Santander y hobo manso en el Pacífico.

Trébol (Platymiscium pinnatum). Foto por Ana María Mejía

Pero no todos los árboles con importante producción maderable alcanzan grandes tamaños. Por ejemplo, entre las madera de preponderancia económica en la región está la teca o saka (Tectona grandis), perteneciente a la familia de las verbenáceas y también llamada teco en el Tolima. Asimismo se puede nombrar el cedro (Cedrela odorata), conocido como cedro amargo en Chocó, Casanare y Meta, o como cedro blanco en el Quindío, que pertenece a las meliáceas, entre las que también se encuentra la caoba (Swietenia macrophylla), conocida como caobo en Córdoba, Antioquia y Chocó, y como palosanto en Antioquia y Córdoba.

Por su significativo valor maderable se puede apreciar el indio desnudo o almácigo (Bursera simaruba), perteneciente a las burseráceas, mejor conocido como carate en el Tolima y en Huila, y denominado también resbalamono en Casanare y en el mismo Caribe. Hay otro gran ejemplo, el algarrobo (Hymenaea courbaril), perteneciente a las fabáceas cesalpinióideas, llamado también algarroba en Antioquia y César, ámbar en Santander y copal en Tolima y Huila. Igualmente incluido en la categoría de las fabáceas está el bálsamo de Tolú (Myroxylon balsamum), conocido simplemente como bálsamo en el Magdalena, Bolívar y en Córdoba, y denominado bálsamo blanco en Guaviare. Las mimosóideas hacen del mismo modo parte de este gran grupo de fabáceas o leguminosas, donde se puede apreciar en la región el orejero, llamado también piñón de oreja (Enterolobium cyclocarpum), así como el samán (Samanea saman) o campano, en alusión a la formas de su copa, llamado algarrobillo en el Cesar, genízaro en el Valle del Cauca y llovizno en el Meta.

Por orden de estatura

El más empinado de los árboles maderables que se levantan en tierras del Caribe colombiano es el cedro (Cedrela odorata), que puede alcanzar los sesenta metros de altura. Le sigue la choibá (Dipteryx oleifera), cuyo tronco recto consigue los cincuenta metros cuando ha sido plantado sobre suelos bien drenados, fértiles y profundos. En este listado por altura vienen después la caoba o palosanto (Swietenia macrophylla), altamente utilizada también para tratar dolores de muelas y de cabeza, junto con el guayacán polvillo o floramarillo (Tabebuia chrysantha) y el pino chaquiro, también conocido como pino colombiano (Podocarpus guatemalensis), que se alzan hasta los cuarenta y cinco metros.

Construcción en madera y techo de palma (Sabal mauritiiformis). Foto por Ana María Mejía

Y a la nada despreciable altura de cuarenta metros pueden llegar sin dificultad el abarco o papelillo (Cariniana pyriformis); el carreto, también llamado quimulá o macuiro (Aspidosperma polyneuron); el algarrobo o copal (Hymenaea courbaril); el dinde (Maclura tinctoria); la ceiba amarilla, también conocida como ceiba blanca, ceiba brava (Hura crepitans); el camajón, el caracolí o mijao (Anacardium excelsum) y el samán o campano (Samanea saman). Entre los menos espigados se encuentra la jagua o angelina (Genipa americana), cuyas hojas tienen propiedades astringentes y que apenas alcanza una tercera parte de la altura del cedro.

A la casa

Hay en el Caribe madera suficiente como para levantar de arriba abajo todas las casas de quienes lo habitan. Y tan variada, que es probable, en una misma construcción, encontrar árboles tan diversos como el bálsamo (Myroxylon balsamum) y el indio desnudo o resbalamico (Bursera simaruba): el primero en los techos y el segundo en las chapas de las puertas. Con el paso del tiempo los artesanos, maestros de obra y arquitectos han aprendido a reconocer los árboles maderables más indicados para cada uso: el abarco para los pisos, columnas, puertas y ventanas; el cedro y el palo de mora para los pisos; el pino chaquiro para las estructuras; el palosanto para los paneles; el algarrobo y el guayacán trébol para las obras de carpintería  y ebanistería; el hobo (Spondias mombin), para la cajonería;  la teca para las tinas; el samán para la construcción de establos y corrales.

Mar adentro

Para un pueblo cuya supervivencia en un alto porcentaje ha dependido tradicionalmente de la pesca, la elaboración de canoas se convierte en una necesidad de primer orden. Sobre todo teniendo en cuenta que en su mayoría se trata de poblaciones de escasos recursos, que no tienen la opción de importar las pequeñas embarcaciones, sino que deben construirlas a orillas del propio mar que les dará de comer. Así, nuestros pescadores del Caribe aprendieron desde hace mucho tiempo cuáles son los árboles de la región más indicados para este fin. Entre ellos se encuentran el algarrobo (Hymenaea courbaril), el palosanto (Swietenia macrophylla), el caracolí (Anacardium excelsum), el cedro (Cedrela odorata), la ceiba amarilla o blanca (Hura crepitans), el guayacán rosado o roble del Caribe (Tabebuia rosea).

Techo en madera y palma de vino (Attalea butyracea). Foto por Ana María Mejía

Asimismo están tanto el trébol o corazonfino (Platymiscium pinnatum) como el guayacán polvillo (Tabebuia chrysantha), si bien este último permite la construcción de embarcaciones de mayor calado que el primero, amén del piñón de oreja (Enterolobium cyclocarpum), el samán o campano (Samanea saman) y la teca o saka (Tectona grandis). Esta última es muy apreciada en todo el mundo por las grandes industrias navales y aeronáuticas.

Panorama verde

Dos millones de toneladas de co2. El panorama parecería negro, muy negro, pero es verde, muy verde. En los últimos años un grupo de empresas colombianas han dedicado recursos millonarios a la reforestación en muchas partes del país. En el Caribe, por ejemplo, el Grupo Argos ha reforestado más de seis mil hectáreas, que han retirado de la atmósfera esta enorme cantidad de dióxido de carbono. Además de los evidentes beneficios ambientales, la reforestación es una actividad que promueve el arraigo y es un excelente generador de empleo.

Las seis mil hectáreas mencionadas se reparten así en los departamentos del Caribe:

Sucre

1.677 hectáreas de teca

168 empleos permanentes

36.011 personas beneficiadas

Bolívar

712 hectáreas de teca

115 empleos permanentes

35 jóvenes beneficiados

Córdoba

2.018 hectáreas de teca, acacia, melina y otras especies

150 empleos permanentes

12.914 personas beneficiadas

Espaldares de silla en teca, polvillo y trébol (Tectona grandis, Tabebuia sp. y Platymiscium pinnatum). Foto por Ana María Mejía

Del gris al rosado

Una amplia gama de colores ofrecen las especies maderables del Caribe colombiano. Entre blanca y amarilla es la corteza interna de la ceiba, que precisamente así se apoda en ciertas partes: ceiba amarilla o ceiba blanca -árbol diferente de la ceiba tolúa (Pachira quinata), a la cual, por iguales razones, se le conoce como ceiba colorá-. Gris es el cedro por fuera y marrón por dentro; y aún más oscuro el gris del carreto. Como un huevo resulta para muchos en su cromatismo el diomate gusanero (Astronium graveolens): blanco por fuera, amarillento por dentro. Extraño e imponente, el indio desnudo tiene una corteza externa de color cobrizo, mientras que la interna es verde oliva. Y para que no quede duda del exotismo de nuestros árboles tropicales, el pino chaquiro presenta en su exterior un curioso tono azul negruzco, mientras que la corteza interna del samán y del caracolí es de color rosado.

Etiquetas: , , , , , ,

Más de Documentos ...

La nostalgia de los montes

Al subir cuestas y sortear hondonadas y oler helechos, el bosque andino de Colombia muestra su riqueza y sus cicatrices. A la búsqueda de sus maderas

Santuario de las especies

Concebido por Víctor Manuel Patiño, el más ilustre de los vallecaucanos, este jardín en Tuluá posee colecciones básicas. Un reducto de esperanzas

Plantas que valen oro

El descubrimiento de para qué sirve la vegetación en la medicina no ha cesado. Qué va. A cada quien una planta según su necesidad, a cada quien según su dolencia