La nodriza de las aguas

Por Ana Cristina Restrepo Jiménez
Publicado en Savia Pacífico

El manglar es una nodriza que no sabe arrullar sola. Sus aguas turbias son la placenta de un útero generoso, cuyos pálpitos sosegados protegen a miles de criaturas que apenas se asoman al mundo. El abrazo de las raíces de los árboles de mangle salvaguarda a los recién nacidos del ave pasajera y del predador acuático, de la velocidad del reptil y del vaivén de las corrientes y del viento. Los manglares son escudos contra la erosión, las marejadas, las tormentas y los huracanes.

Los mangles, llamados “los árboles que caminan” por sus raíces en forma de zancos que descienden del tronco y, ancladas en suelos inestables, parecen desplazarse en el agua, crecen en las lagunas costeras, en las zonas de transición entre los ecosistemas marino y terrestre, donde la sal del océano se mezcla con el agua dulce de los arroyos y los ríos. Su hábitat es tropical e intermareal.

Mangles en estero. Foto por Ana María Mejia

Cuando la marea baja —“la quiebra”— propaga entre los canales del manglar la nostalgia del alabao, diálogo fúnebre con el que los habitantes del Pacífico colombiano le cantan a Dios, entre el fango las raíces del mangle quedan desnudas como tubérculos sin tierra, víboras leñosas de la hojarasca. El lagarto llamado basilisco juega entre las ondas que dejan sus saltos frenéticos sobre la superficie de los charcos tan pronto siente el desembarco de las piangueras, que se sumergen de piernas y brazos en el pantano para extraer moluscos, matronas de barro en las entrañas del “raicero”.

El ritmo es el fundamento de la tradición, la cultura, la economía, la naturaleza y la vida del Pacífico colombiano.

El mar recibe órdenes desde el cielo plomizo y, con el creciente desespero de la madre que no logra dormir al bebé, la marea sube cargada de arrullos, con el son del paleteo del pescador que aprovecha la puja, con la percusión parsimoniosa de las conchas al caer sobre los potrillos —embarcaciones de madera— mientras las negras sudorosas lavan y cuentan la colecta del molusco llamado piangua. Como bailarines de abozao, el pescador y la pianguera del manglar nunca se tocan, son pareja suelta, cada cual lleva el ritmo que imponen las aguas. Estas escenas tribales, pretéritas, reproducen las rutinas de los habitantes de los concheros en los manglares comprendidos entre cabo Corrientes, en Colombia, y el río Santiago, en Ecuador. Desde los instrumentos del periodo Paleoindio (o Lítico) hallados por el antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff cerca de los ríos Baudó, Chorí y Jurubirá y en la ensenada de Utría, hasta las observaciones detalladas del botánico catalán José Cuatrecasas y Arumí, narran la historia de una antiquísima tradición de aprovechamiento de los recursos de los manglares de la región.

Cono femenino de chigua (Zamia roezlii). Foto por Héctor Rincón

En el Pacífico colombiano, ríos como el San Juan, el Dagua, el Anchicayá, el Raposo, el Cajambre, el Yurumanguí, el Naya, el Guapi, el Timbiquí, el Saija y el Micay, configuran deltas y circuitos que posibilitan la navegación y el desarrollo social y mercantil. En el terreno acuático de los manglares es posible reconocer cuatro áreas: el bosque con sus raíces intrincadas, la zona de transición entre “los raiceros” y “los firmes”, los canales de circulación del agua y las playas sin vegetación, que quedan sumergidas durante la marea alta.

El manglar nunca aprendió a arrullar solo: su coro polifónico de fauna y vegetación depende del clima, la salinidad, las mareas y el suelo. En algunas ocasiones, los manglares despuntan en comunidades aisladas, alineadas y firmes, de cara al mar, como soldados que custodian una fortaleza.

Entre puja y puja, quiebra y quiebra, se han esculpido sus canales que sostienen la biodiversidad. Desde el año 900 a. C., pescadores y negociantes se han desplazado por estas autopistas naturales, que trazan mapas mentales y guían el recorrido del buscador. Entre la espesura, cuando el sol pega fuerte y agazapa las lluvias, la vecindad de la guardería de las especies —como llaman los científicos al manglar— se convierte en alucinación. Desde los bajos arenosos, las aguas pandas o en plena puja, los troncos de los mangles rojos (Rhizophora mangle) parecen rascacielos naturales; y sus epífitas escalonadas, los apartamentos de una ciudad densamente poblada. En esta sociedad vegetal coexisten orquídeas, helechos y líquenes con algas que crecen en las “plantas bajas” de los árboles y con algunas especies herbáceas. Diseñada para pequeñas embarcaciones movidas por fuerzas naturales (el viento, la corriente, el músculo humano) o motores de poco poder, a lo largo de esta autopista también es posible encontrar coquetas en las aceras: las flores blancas del mangle piñuelo (Pelliciera rhizophorae), brotando de estrellas de hojas lanceoladas.

Raíces de mangle (Rhizophora mangle). Foto por Ana María Mejía

Estos árboles son las plantas más representativas de la vegetación halófita: aquella que, como resultado de un complejo proceso de adaptación, puede crecer en áreas afectadas por la salinidad. Su semilla flotante es un corazón que remata en un aguijón, el cual permite su inmediata fijación una vez cae en el fango, donde se expande como alas de mariposa y deja entrever en su médula una diminuta cabeza de dragón. En sus escritos sobre los viajes de Francisco Pizarro y Diego de Almagro, el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés registra las malas pasadas que el bello fruto les jugaba a los expedicionarios: “Padecían mucha hambre, porque no hallaban comida sino la fruta de unos árboles llamados mangles, de que hay abundancia en aquella ribera, que son muy recios y altos y derechos, y por criarse en el agua salada, la fruta es también salada y amarga”.

Algunos afirman que el origen de la palabra mangle es indomalayo; otros sostienen que es guaraní y significa árbol torcido. Lo cierto es que la maraña de sus raíces, que hacen casi impenetrables los terrenos que ocupan, ha dado origen a curiosos usos de la palabra manglar. Los conquistadores adoptaron la expresión “un manglar” para referirse a una situación enredada, compleja.

Las crónicas de Indias de Cristóbal de Molina aseguran que la de los manglares era “la más trabajosa tierra de estos reinos”. Así la describe: “hay unas montañas que se llaman manglares, a la mar, terra toda de esteros y ciénagas, y unos árboles muy altos y derechos que se llaman mangles, y la madera de ellos es muy incorruptible y tan dura que hace pedazos las hachas con que la cortan”. El clérigo relata que los nativos eran los encargados de cortar, cargar y embarcar los troncos: “Es la madera tan pesada como plomo, y allí revientan con ella; y se han muerto muchos indios y mueren cada día en este diabólico ejercicio; y ningún dinero se saca de estos mangles que no va untado y cuajado con sangre humana”.

Rama con fruto de mangle piñuelo (Pelliciera rhizophorae). Foto por Ana María Mejía

Aunque la primera exploración del Pacífico colombiano por marineros españoles estuvo a cargo de Pascual de Andagoya (1522) y fue continuada por Bartolomé Ruiz de Andrade (1527), los escritos más remotos sobre el avistamiento de manglares surgen en la década de 1530, con Pedro Cieza de León. En aquel entonces ya habían sido identificados los múltiples usos de su madera leñosa: se sabía que la corteza roja del mangle servía para curtir cueros y que los indígenas hacían una infusión con ella para aliviar a los enfermos.

Los ecosistemas de manglar son los de mayor fertilidad por su constante elaboración de materia orgánica. En la actualidad, los manglares del Pacífico colombiano permanecen expuestos a una constante presión por parte de la explotación industrial, el corte masivo de madera para la construcción, la extracción de pulpa de papel, la fabricación de carbón vegetal y la obtención de taninos de su corteza. Desde la década del noventa surgió un interés inusitado por el uso de las zonas de manglar y sus ecosistemas vecinos en agricultura, construcción de piscinas salobres para cultivo de camarones marinos o adecuación de esteros naturales y diseño de canales navegables.

El manglar ocupa un lugar importante en la economía doméstica del litoral Pacífico. Casi la totalidad de sus comunidades vecinas utiliza la madera de mangle para cocinar alimentos y construir sus viviendas, levantadas sobre pilotes. En una esquina acumulan la leña y en otro rincón la piangua.

Neumatoforos en manglar. Foto por Ana María Mejía

El ritmo dinámico de los manglares ha moldeado la cultura: la movilidad es una de las características de los habitantes de estos caseríos. La vida del manglar está presente en los pilotes de sus bohíos, en sus paredes, en sus platos, en sus rutinas, en sus cantos bucólicos, en el erotismo de sus danzas. En el imperturbable ascendente africano. Cuenta un relato de la tradición pacífica colombiana: “Cuando Floremiro Agualimpia Cañadas le enseñó [a la nana Caldondina] a leer que la calentura, el amor y la arrechera tienen el mismo ritmo en los hombres, en las mujeres, en los árboles, en las flores, en los frutos, y —lo más revelador para ella— en el Conocarpus erectus (mangle zaragoza o mangle botón) y no solo en el envés sino en el raquis tomentoso. Desde ese momento, ella siempre soñó con llegar a ser como el zapotillo para encontrar a Floremiro y tener con él un fruto pero con ritmo de cáliz persistente”.

En tierra de caderas y espíritus meneados al ritmo de tambores, el oleaje caprichoso del Pacífico y los sonidos de las riberas del Atrato y el Baudó apaciguan como nanas. Entre los brazos de los raiceros, las criaturas del manglar crecen con resabio: mecidas por la puja, las aguas salobres que remueven la hojarasca; cautivadas por una chirimía de insectos y por el aleteo de las garzas, cuyo vuelo bajo evoca el agitar del pañuelo del bailarín de abozao.

La nodriza no sabe —¡no puede!— arrullar sola: el manglar es la cuna de los bebés que nunca duermen.

En letra cursiva

Además de proteger las costas de la marea y la erosión, el ecosistema de manglar es uno de los más importantes en las regiones costeras, donde no solo acoge a una gran cantidad de especies marinas, sino que también es resguardo de diferentes animales, incluyendo una alta variedad de aves adaptadas a sus muy particulares condiciones. La palabra manglar generalmente se refiere a los conjuntos de mangles que conforman este ecosistema; pero también puede referirse a la familia botánica con mayor cantidad de especies de manglar, las rizoforáceas.

Flor del mangle piñuelo (Pelliciera rhizophorae). Foto por Ana María Mejía

En el Pacífico colombiano, a este rango pertenecen el mangle colorado (Rhizophora harrisonii), el mangle rojo, más llanamente conocido como mangle a secas (Rhizophora mangle) y otro de los comúnmente denominados mangles rojos, la Rhizophora racemosa. Sin embargo, no todos los mangles hacen parte de las rizoforáceas: uno de los mangles comunes de la región pertenece a las tetrameristáceas, como el piñuelo (Pelliciera rhizophorae).

Entre las acantáceas está el mangle negro o iguanero (Avicennia germinans). A las fabáceas se adscribe el mangle nato (Mora oleifera), y de las combretáceas hace parte el zaragoza o mangle jelí (Conocarpus erectus). En cuanto al mangle blanco o feliz blanco (Laguncularia racemosa) es la única especie del género laguncularia.  Pero los mangles no son las únicas especies que componen el ecosistema del manglar: junto con los diferentes animales que los habitan, también crecen aquí otras especies de árboles, como el bambudo, lagunero o suela (Pterocarpus officinalis).

Al igual que orquídeas, líquenes y helechos: entre los más comunes asociados a los manglares está la ranconcha (Acrostichium aureum) de las pteridáceas, y, entre las zamias, la roezlii, de las zamiáceas. Aunque los ecosistemas de manglar son de los más importantes de la región, en el Pacífico colombiano también se presentan asociaciones o conjuntos de especies botánicas de gran importancia como resguardo de diferentes especies zoológicas.

Tal es el caso de los naidizales, compuestos especialmente por palma naidí (Euterpe oleracea), que hace parte de la familia de las palmas, las arecáceas. O de los cuángares, donde predominan las miristicáceas, como la Otoba sp., cuángare u otobo, y la Virola dixonii o nuánamo, que algunos llaman igualmente cuángare. A pesar de la importancia del ecosistema de manglar, este es uno de los más amenazados de la región, no sólo por la cantidad de sedimentos y la alta erosión que ya lo afectan, sino por la extendida utilización de su madera en obras de construcción y para la producción de carbón vegetal.

Manglares asociados

En el mundo existen unas cincuenta especies de árboles de manglar. Esta región cuenta con nueve de ellas, pertenecientes a cinco familias: rizoforáceas, con el género Rhizophora (mangle rojo: R. mangle, R. harrisonii y R. racemosa); acantáceas (mangle negro o prieto: Avicennia germinans); combretáceas (mangle blanco: Laguncularia racemosa; mangle zaragoza, mangle jelí: Connocarpus erectus); tetrameristáceas (mangle piñuelo: Pelliciera rhizophorae) y fabáceas (Mora oleifera).

Raíces de mangle blanco (Laguncularia racemosa). Foto por Ana María Mejía

Ciertas propiedades del medio ambiente permiten agrupar los manglares en cuatro tipos básicos:

Manglar de barra: ubicado detrás de las barras, playas o dunas arenosas que los separan del mar. Actúa como trampa de sedimentos y permite la formación de planos lodosos protegidos del oleaje. Es la cuna que acoge a los embriones de manglares.

Manglar ribereño: prospera en la desembocadura de los ríos al mar. Su morador más frecuente es el mangle rojo (en especial la Rhizophora harrisonii), que puede crecer hasta cuarenta y cinco metros de altura. En las áreas más elevadas, influenciadas por las mareas, impera el mangle negro (Avicennia germinans), seguido por franjas de mangle piñuelo (Pelliciera rhizophorae) y, por último, de Mora oleifera.

Más hacia adentro, donde se represan las aguas lluvias, están los naidizales, asociaciones de palmas de naidí (Euterpe oleracea) y cuangariales, donde dominan las miristicáceas, bosques mixtos dominados por cuángare, Otoba y Virola, o mejor conocida en la región como nuánamo.

Manglar de borde: formado sobre sustratos erosionados a lo largo de la línea costera, en bahías protegidas o que rodean islas con plataformas bajas. Allí se destacan el mangle rojo y el mangle piñuelo. Dentro de esta categoría se incluyen los “manglares de islotes”, desarrollados en torno a islas rocosas sedimentarias.

Manglar enano: crece sobre sustratos inadecuados, como plataforma de rocas sedimentarias expuestas al agua salada y en bateas arenosas, con poco intercambio mareal. No suele sobrepasar los cuatro metros de altura. Presenta un desarrollo anormal.

Las piangueras

“Ya el agua se está secando, vámonos a pianguar / ¿Y dónde se da la piangua? / En la raíz del manglar / ¿Y cómo hace pa’ sacarla? / Mete la mano, saca de allá / Métela hasta el fondo / Sacamos la piangua grande / La pequeña dejamos allá / Vamos pa’l raicero…”, canta la negra mientras carga el tiesto con conchas de piangua, un molusco ovalado similar a la ostra.

Cuando baja la marea, las mujeres lugareñas sacan los canaletes o remos, tenazas, baldes y tiestos, y abordan los potrillos (embarcaciones pequeñas) para realizar la función ancestral de recolectar la piangua. A pie limpio, se clavan en el pantano hasta las rodillas y, antes de comenzar la faena, distribuyen unas ollas en las cuales encienden pedazos de corteza de mangle rojo y estopa de coco.

La nube de humo las protege de los jejenes del manglar. Las recolectoras guardan un saber ancestral que dicta que las pianguas de menos de cinco centímetros deben permanecer en los laberintos del fango. Los moluscos que sus abuelas recolectaban para servir en mesa propia, ahora se apilan por docenas con fines comerciales. Las piangueras venden el producto o este va a parar a la chonta, trueque en el cual confluyen productos vegetales con frutos del mar. Como otros moluscos bivalvos, las pianguas solo se abren al hervirlas. En el Pacífico se consumen en ceviches, tamales, sudados y el popular “plato triple”, conformado por camarones, piangua y tollo o tiburón.

Criaturas de la hojarasca

La vida en el manglar es una oda a la adaptación. Sus criaturas son el resultado de procesos complejos que les permiten sobrevivir en este singular entorno. Entre las raíces y el fango, donde saltan aquí y allá peces anfibios como los brujos, góbidos o sapitos, las aguas acumuladas se convierten en el nido de algunos organismos, entre ellos insectos —en especial los dípteros anofelinos, vectores de la malaria— y otros invertebrados.

Sus hábitats principales son la hojarasca y el suelo, donde la humedad retenida y los procesos de descomposición transforman a aquella en materia orgánica, bacterias, hongos y otros organismos que los alimentan. En cuanto a reptiles, los manglares son la pasarela natural de basiliscos, también llamados cruzarroyos o jesucristos (Basiliscus basiliscus y Basiliscus galeritus), e iguanas (Iguana iguana) que merodean en busca de hojas.

Al mangle negro se le conoce como iguanero. Las perdices, paletones, loros, pichiles, paujíes y pavas comparten los aires con aves migratorias. Los tigrillos (Procyon cancrivorus), nutrias (Lontra longicaudis), venados, tatabros y guaguas, predadores de cangrejos, moluscos y peces, se convierten ellos mismos en víctimas de eventuales cacerías por parte de los pobladores de la región.

Los manglares también son hogar de paso de guatines, osos, armadillos y ratones de monte o chuchas. Si la función económica de las mujeres en los manglares es la recolección de piangua, la de los hombres es la pesca. Las aguas saladas del Pacífico llenan sus redes de pelada, picuda, raván, alguacil, pargo, burique, ojón, peladilla, cajero en bola, corvina, róbalo, bagre, sierra y cotudo.

Raiceros en riesgo

Cuando se dice que las especies de mangle están amenazadas, no implica necesariamente que se vayan a extinguir: quiere decir que al proteger en grande escala a estos árboles, se preserva el ecosistema completo. La prosperidad que se avizoró en el siglo xix con la explotación de caucho, semillas de tagua, maderas tropicales y corteza de mangle, ha impactado el equilibrio ecológico y la dinámica sociocultural de las comunidades del Pacífico colombiano.

Los raiceros, como llaman los nativos a los manglares, son territorio ancestral de subsistencia para pescadores y piangueras. Los manglares ofrecen condiciones favorables para la economía extractiva: en sus suelos, poco aptos para la agricultura, abundan los recursos naturales propios del ecosistema, y el mar facilita el transporte. Los árboles de mangle no solo han disminuido por la explotación indiscriminada, sino también por la alarmante cantidad de sedimentos que reciben de los ríos.

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