La nostalgia de los montes

Por Cristina Lucía Valdés
Publicado en Savia Andina

La cordillera. Todo lo que ha tenido que suceder hasta llegar a esta experiencia de la selva, para que ahora, con las señales aún frescas en mi cuerpo, de las pruebas a que me ha sometido el paso por su blando infierno en descomposición, descubra que mi verdadera morada está allá, arriba, entre los hondos barrancos donde se mecen los helechos gigantes, en los abandonados socavones de las minas, en la húmeda floresta de los cafetales vestidos con la nieve atónita de sus flores o con la roja fiesta de sus frutos; en las matas de plátano, en su tronco de una indecible suavidad y en sus reverentes hojas de un verde tierno, acogedor y terso; en sus ríos que bajan golpeando contra las grandes piedras que el sol calienta para delicia de los reptiles que hacen en ellas sus ejercicios eróticos y sus calladas asambleas; en las vertiginosas bandadas de pericos que cruzan el aire con una algarabía de ejército que parte a poblar las altas copas de los cámbulos. De allá soy, y ahora lo sé, con la plenitud de quien, al fin, encuentra el sitio de sus asuntos en la tierra”.

Así describe Mutis, no el botánico, sino el escritor, en palabras del errante Maqroll el Gaviero, esa cadena de montañas que da nombre y sentido al paisaje andino. Y que ha forjado también el carácter de su gente, pues en Colombia el setenta y cinco por ciento de la población vive en zona montañosa y todas las regiones naturales están permeadas por la presencia de las cordilleras, que las atraviesan como venas de suroeste a noreste.

La región Andina se configura como el corazón geográfico del país, abarcando los dos ramales en que se divide la cordillera de los Andes una vez se abre paso por Nariño. Luego, en el macizo colombiano, “ese gran nudo de montañas, cuna de cuencas y paso de caminos”, como lo llama el sociólogo Alfredo Molano, en la frontera entre los departamentos de Cauca y Huila, uno de los ramales se subdivide en dos y forma las cordilleras Central y Oriental.


Casa en el árbol dentro de pino colombiano (Retrophyllum rospigliosii) Foto: Ana María Mejía

Se estima que en Colombia la vegetación andina representa casi la tercera parte de la flora total, es decir, más del doble de la que se encuentra en la Amazonia o en el Pacífico. Esta cifra engloba a doscientas familias de plantas, mil ochocientos géneros y diez mil especies. La Colombia andina contiene la mayor variedad de tipos de bosque, gracias a las distintas condiciones climáticas que la componen, aunque muchos de ellos son bosques fragmentados debido a la presencia humana. Se observan bosques selváticos, de niebla y enanos, entre otros.

La huella del hombre y la consiguiente presión demográfica que su accionar conlleva, ha producido la acelerada desaparición del recurso forestal, según lo constatan diversas investigaciones. La deforestación en la región se debe a procesos paulatinos de degradación a causa de tala, construcción de obras de infraestructura o minería. Por si esto no fuera suficiente, la Andina es la región de Colombia con más hectáreas transformadas para urbanización.

Y es que la intervención del colono en lo que antes eran extensas áreas de bosques naturales ha transformado buena parte de la región en zonas agrícolas y ganaderas, con paisajes altamente fragmentados, lo que ha traído consigo la extinción masiva de ecosistemas, así como también se ha dado la extracción selectiva de recursos naturales, ya sea para usufructuar las materias primas maderables, para usarlas como material combustible o para cultivos. Esto ha generado la pérdida de entre el noventa y el noventa y cinco por ciento de la cobertura vegetal original. Así de simple y así de perturbador.


Puente colgante

Las alturas del sistema cordillerano andino alcanzan hasta los cinco mil metros y en sus entrañas se distinguen los pisos térmicos basal, subandino, andino, altoandino y páramo. En la parte baja de las montañas, entre los cero y los mil metros de altura florece la franja tropical. En medio del follaje de los árboles de diferentes familias como celastráceas y apocináceas sobresale el marfil (Isidodendron tripterocarpum), que pertenece a las trigoniáceas, un árbol que rivaliza en altura con el roble y cuyo diámetro es de setenta a noventa centímetros. Esta especie solo se encuentra de forma natural en Colombia, y a pesar de que es una madera muy dura de trabajar, se ha utilizado en Santander para la elaboración de pisos de parquet y tacos de billar.

Más arriba aparece el llamado bosque subandino, que hace alusión a los bosques húmedos ubicados entre los mil y los dos mil metros sobre el nivel del mar. Allí respiran airosos los cafetos, entre montañas, valles y planicies, cuyo cultivo florece gracias a esos suelos de origen volcánico que destacan a la variedad arábica en todo el mundo.

Es allí, en estos remanentes boscosos, donde hoy permanecen especies muy valiosas por la calidad de su madera, como las de la familia de las lauráceas, con el comino crespo como uno de sus representantes más distinguidos. En efecto, el laurel comino, de la misma especie del comino crespo (Aniba perutilis), es uno de los árboles de uso maderable más destacados de esta franja. Su madera es utilizada para la elaboración de muebles, botes, chapas, edificaciones y puentes, siendo muy apetecida por su resistencia al comején y por su duración. De este árbol también se extraen aceites esenciales y semillas medicinales; no en vano una de las palabras de su nombre, perutilis, significa en latín “demasiado útil”.


Cerca de pino (Pinus patula) Foto: Ana María Mejía

Tristemente, esta variedad de usos ha provocado que casi la totalidad de las poblaciones de laurel comino hayan sido sometidas a una alta explotación maderera, lo que ha conducido a que sean catalogadas en peligro crítico, según las categorías de las listas rojas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, tal y como registra el Libro rojo de plantas de Colombia, en el tomo cuatro, dedicado a especies maderables.

En esta franja subandina también se encuentran diferentes familias arbóreas, como las leguminosas y moráceas que embellecen el bosque. El matapalos, del género Ficus, por ejemplo, abraza a los demás árboles con sus raíces, hasta el punto de parecer un mismo árbol; en ocasiones asfixia o estrangula al árbol abrazado, y termina guardando entre sus raíces un espécimen ya muerto.

Aquí habitan también especies maderables como el cedro (Cedrela odorata) y el roble negro (Trigonobalanus excelsa). Por su gran variedad de usos, sobresale el arboloco (Montanoa quadrangularis), una especie que alcanza hasta los quince metros de altura. Se ubica especialmente en los departamentos de Caldas, Risaralda, Quindío y Cundinamarca, en donde ha sido una valiosa fuente de leña.

Antes de ser cosechado, el arboloco se utiliza como cerca viva y como planta protectora de cauces. Gracias a su dureza y duración, ha sido empleado en construcciones y empalizadas. Según datos históricos, a comienzos del siglo xx la calle principal de Manizales estaba toda cubierta de arbolocos.


Secado de madera de pino (Pinus patula) Foto: Ana María Mejía

Y continuando el ascenso están los bosques ubicados por encima de los mil metros sobre el nivel del mar, hasta un límite que puede estar en el cielo, por los cuatro mil metros. Son estos los denominados bosques andinos, que ocupan un área de 9.108.474 hectáreas, correspondiente al ocho por ciento del país. Este porcentaje tan bajo se explica de nuevo por la mano del hombre. La gran mayoría de estos bosques son áreas relictuales localizadas principalmente en las cuencas del Sinú-Caribe, Caquetá, Meta, Patía, río Catatumbo, alto y medio Magdalena, medio Cauca, río Atrato y sabana de Bogotá.

El biólogo holandés Antoine Marie Cleef, estudioso de estos bosques y quien ha trasegado durante más de treinta años por páramos y montañas andinas, partiendo de los estudios que hiciera el español José Cuatrecasas, los define como aquellos que presentan un estrato superior de árboles de veinte a treinta y cinco metros de altura, pertenecientes a distintas familias del orden rosales (Oxalidales) y rosáceas.

En los bosques andinos sobresale por su imponencia y fuerza el roble (Quercus humboldtii), un gigante de veinte hasta veinticinco metros, que desde las partes más altas y pendientes vigila y da sombra. Es una especie exclusiva de Colombia, y su madera dura y densa ha sido utilizada por los pobladores para construir los techos de las casas y hacer postes, vigas, pisos y barriles. Se dice que entre los siglos xix y xx su corteza fue utilizada en la curtiembre de pieles.

Los robles se encuentran en las tres cordilleras, desde los 750 metros de altura sobre el nivel del mar hasta los 3.450 metros de altitud, pasando por dieciocho departamentos. Por desgracia este gigante de los bosques andinos tampoco ha sido ajeno al rigor de la mano del hombre.


Mesa, bancas y raíz de comino crespo (Aniba perutilis) Foto: Ana María Mejía

A medida que la montaña sigue en ascenso, el bosque se va haciendo más frío y húmedo. Ya en una franja entre los dos mil novecientos y los tres mil ochocientos metros la neblina pasa, cautelosa, entre los árboles del bosque altoandino, o bosque de niebla, en donde habitan especies de nombres tan poéticos como los almanegra de ventanas o magnolios de monte, también conocidos como molinillos (Magnolia hernandezii, Magnolia polyhypsophylla), además del nogal (Juglans neotropica) y el pino colombiano (Podocarpus oleifolius).

Los bosques altoandinos, según Cleef, se caracterizan como “un estrato de árboles y arbustos entre tres y ocho metros de alto, con predominio de compuestas (asteráceas)”. Aquí sobresalen los bosques de niebla, ubicados en zonas donde el aire ascendente y saturado de vapor de agua que proviene de regiones bajas, húmedas y cálidas se condensa para producir nubosidad o niebla envolvente.

Para los investigadores Carmen Rivera y Luis Germán Naranjo, quienes se han internado por estos caminos hasta tocar las nubes bajas, “los enormes árboles de finas maderas del bosque de niebla proporcionaban [a nuestros antepasados tayronas, chibchas y quimbayas] material indispensable para la construcción de viviendas”.

Por acá se pasea el encenillo (Weinmannia tomentosa), una especie recordada por los campesinos en relatos y coplas. Tiene casi veinte metros de altura, su corteza es gris y estriada, y su madera se utiliza para hacer vigas, tablas o cercas vivas.

“Cogí el hacha y me jui al monte a coger un encenillo, cogí y lo llevé a vender pa ponerme calzoncillos”, reza una de las coplas de la región.

Antiguamente la corteza del encenillo era cortada en trozos, machacada y puesta en agua con cuero, entre quince y veinte días, para darle color a las alpargatas.

Siguiendo la ruta de la montaña, llegando casi hasta las nubes, los árboles son reemplazados por los arbustos y las plantas del páramo. A tres mil doscientos metros sobre el nivel del mar, este ecosistema respira las partículas de agua que llegan del cielo.

Puesto que marca el límite del bosque, el páramo no alberga especies maderables, pero se conecta con ellas y con el resto de árboles en un perfecto equilibrio, en donde recoge el agua para que, más abajo, las raíces de los árboles de los bosques de la región Andina la filtren y rieguen las cuencas de los sedientos ríos. Luego del páramo viene la franja de nieves perpetuas, desde los cuatro mil metros de altitud, donde tampoco hay presencia de bosques.

Las montañas, su enormidad, determinan y forjan la vida en los Andes; estos tres ramales son maravillas de la naturaleza que se levantaron en la historia geológica reciente, llenas de magia y sabiduría. Los habitantes de la región Andina somos hijos de robles, cominos y arbolocos, con la piel helada y la corteza húmeda. Como bien lo expresa Mutis, el escritor: “y cuando esté lejos de la cordillera me dolerá su ausencia con un dolor nuevo hecho de la ansiedad febril de regresar a ella y perderme en sus caminos que huelen a monte, a pasto yaraguá, a tierra recién llovida y a trapiche en plena molienda”.


Escultura en comino crespo (Aniba perutilis) Foto: Ana María Mejía

En letra cursiva

Las diferentes condiciones climáticas de los bosques andinos, junto con la altísima cantidad de nutrientes de los suelos, permiten el desarrollo de una gran variedad de árboles maderables. Estos, además de embellecer el ecosistema, ofrecen recursos forestales que podemos aprovechar, si bien debemos ser cautelosos para no llevar a estos gigantes a la desaparición.

Entre los árboles maderables más gigantescos y llamativos de estos bosques andinos se destaca el caracolí (Anacardium excelsum), que puede alcanzar hasta los cuarenta y cinco metros de altura y hasta tres metros de diámetro. Hace parte de las anacardiáceas. Sobrepasando los sesenta metros de altura, también se destaca la palma de cera (Ceroxylon quindiuense), que hace parte de las arecáceas, la familia de las palmas. Ya con atrayentes y espectaculares colores, sobresalen el guayacán (Tabebuia sp.), de las bignoniáceas, y el cámbulo (Erythrina poeppigiana), de las fabáceas. De hecho, el nombre del género, Erythrina, proviene del griego erythros, que significa rojo y hace referencia a las tonalidades rojizas de sus hojas. Entre los árboles ornamentales también se destacan los almanegra o molinillo (Magnolia hernandezii), de las magnoliáceas, que además de cautivarnos con sus atractivas flores blancas presenta frutos con la morfología ideal para la elaboración de molinillos para mezclar el chocolate.

Con tonalidades más suaves, pero que no dejan de embellecer este paisaje andino, se destacan otros árboles que además de ofrecernos una madera de excelente calidad tienen propiedades medicinales únicas. Es el caso de la quina (Cinchona officinalis), que hace parte de las rubiáceas. Este árbol fue tan apetecido en el siglo xviii, que su explotación casi lo lleva a desaparecer. Esto a causa de la quinina, la cual es extraída de su corteza y que llegó a ser una de las medicinas más empleadas en el tratamiento contra la malaria. Hoy en día es utilizada como analgésico. La quinina también se obtiene de otras especies de quina, como es el caso de la quina roja (Cinchona pitayensis), la quina amarilla (Cinchona pubescens) y la quina anaranjada, conocida popularmente en Ecuador como quina (Cinchona lancifolia). En los bosques andinos también se destacan el roble colombiano (Quercus humboldtii) y el roble negro (Colombobalanus excelsa), pertenecientes a las fagáceas, aunque este último estrictamente hablando en realidad no es un roble, porque los robles hacen referencia a aquellas especies del género Quercus.


Banca de vainillo, matarratón y guayabo (Senna spectabilis, Gliricidia sepium, Psidium guajara) Foto: Ana María Mejía

El drama de las palmas

En el Quindío, nuestro emblemático árbol nacional, la palma de cera (Ceroxylon quindiuense), levanta su cabeza despeinada de hojas frondosas. Los bosques que solían vivir bajo su sombra han ido desapareciendo, algunas palmas están enfermas y se teme que, a falta del proceso de recambio, esta especie, gigante entre los gigantes, llegue a extinguirse.

Su tronco es utilizado en construcción y la cera que lo cubre sirve para fabricar velas de uso doméstico o religioso. Pero más peligroso que ese uso, es grave la pobreza a la que han sometido su entorno: donde hay ejemplares de palma de cera han talado las otras especies que son la necesaria compañía para que las palmas se reproduzcan. Es la ley de la naturaleza: si no tienen compañía, si están solas en un potrero, las palmas de cera no se reproducen.

En el muy turístico valle del Cocora, arriba de Salento, este fenómeno es visible desde finales del siglo xx: han potrerizado los lugares en donde hay palma de cera y ahora hay nada más que palma de cera. Por eso cada vez hay menos. Palma que cae por cualquier motivo, es una palma menos para siempre.

Biodiversidad en peligro

Los bosques de robles se destacan por su biodiversidad. En ellos habitan cuarenta y cinco familias y ciento setenta especies de diversidad florística, mamíferos como el venado conejo (Pudu mephistophiles), anfibios como la rana Atelopus sernai, especie endémica del lugar, y al menos ciento tres especies de aves.

No obstante, la ampliación de la frontera agrícola, la tala ilegal, los incendios forestales y el crecimiento poblacional han amenazado la supervivencia de este tipo de bosque, que por demás es muy importante ya que sustenta de forma significativa la oferta hídrica de los afluentes del país.

En la actualidad se han adelantado esfuerzos para la conservación de los bosques de robles, basados en la Resolución 096 del 20 de enero de 2006, documento relacionado con la veda sobre dicha especie.

Contra la extinción

Una lucha contra la extinción de especies maderables preciosas libra desde hace décadas la familia Botero en la Reserva Natural Nirvana, en la cordillera Central, entre los municipios de Palmira y Pradera, en el Valle del Cauca. La Buitrera se llama el corregimiento en donde queda.

Cien hectáreas, que tradicionalmente se dedicaron al cultivo del café, se entregan ahora a la reproducción de plantas nativas, a la conservación de bosques y cuencas y al cuidado de fauna de la región. Es, en términos tradicionales, un jardín botánico. Más que eso, quizás, por lo encumbrado del terreno y la extensión de los senderos que permiten recorridos por entre una vegetación entre los mil cuatrocientos cincuenta y los mil novecientos metros sobre el nivel del mar.

Una de las tareas de la familia Botero está concentrada en la esperanza de reproducir el comino crespo (Aniba perutilis), ese árbol casi mítico de madera muy resistente cuyos bosques en partes de la región Andina se vieron hasta que fueron arrasados por el uso y la ausencia de reforestación. El comino crespo se usó en la construcción del ferrocarril del Pacífico a finales del siglo xix, y de sus inmensas raíces quedan verdaderas esculturas vegetales en la reserva de Nirvana.

Recinto del Pensamiento en Manizales (Guadua angustifolia). Foto: Ana María Mejía

Paraíso perdido

En los alrededores de la sabana de Bogotá, así como en las faldas de los cerros, existían hasta el siglo pasado bosques tupidos con más de cincuenta especies autóctonas, como el té de Bogotá (Symplocos theiformis), al que el sabio Mutis asemejaba con el té de la China; el floripondio o borrachero rojo (Brugmansia sanguinea), especie ornamental de flores grandes y aromáticas aunque tóxicas; el granado uné (Daphnopsis bogotensis), un árbol de follaje amplio y de madera dura y blanca, y los arrayanes (Myrcianthes leucoxyla), sabaneros hasta la médula, según lo documenta el etnobotánico Hernando García-Barriga en su ensayo “Árboles de la sabana de Bogotá”, publicado en 1968.

“Hoy prácticamente la flora arbórea en la Sabana de Bogotá es exótica —lamentaba el sabio bogotano en su escrito—, pues encontramos por doquier las acacias, los pinos, cipreses, álamos, eucaliptos y araucarias, que son especies importadas de Australia, el Japón o Europa y que entre otras cosas presentan un paisaje triste y en ocasiones causan daños, algunas veces graves, como las acacias plantadas en las calles de Bogotá, que con cualquier viento se caen o con sus raíces levantan los pavimentos”.

En su reseña se describen especies tan cachacas como los chirlobirlos (Tecoma stans), que adornan parques y jardines; los urapa, cascarrillo o garagay (Citharexylum subflavescens), bogotanos entre los que más, y el papayo o papayuela (Vasconcellea pubescens), que aún abunda en las casas que todavía tienen el privilegio de contar con un amplio solar y de cuyos frutos se hace ese dulce tan andino como es el de papayuela en almíbar.

El arcano de la quina

El 10 de mayo de 1793 apareció en el Papel Periódico de Santafé de Bogotá, editado por el cubano Manuel del Socorro Rodríguez, el opúsculo “El arcano de la Quina revelado a beneficio de la humanidad”, el único escrito que publicara en vida don José Celestino Mutis; y en 1809, un año después de su muerte, se publicó la obra definitiva Historia de los árboles de la Quina, editada por Sinforoso Mutis, su sobrino.

El sabio botánico descubrió los primeros arbustos de quina (Cinchona officinalis) en 1772 en las inmediaciones de Tena, pueblo de Cundinamarca, y de inmediato escribió a su amigo Linneo sobre el feliz hallazgo, pues se trataba nada menos que del “árbol de la vida” por sus propiedades curativas y medicinales. Cuatro años después consiguió separar tres especies, a las que apellidó blanca, roja y amarilla, y a las que más adelante se unieron otras dos, sin contar con la que abundaba al norte de Ecuador, la anaranjada, “primitiva” o de Loja, la más aprovechable desde el punto de vista medicinal.

Partiendo de Conejo, la fábrica en Honda, los champanes —grandes embarcaciones con toldos fabricados en palma— cargados de cortezas bajaban por el río Magdalena hasta Cartagena, donde la quina era embarcada hacia Europa. En 1792 España importó de sus virreinatos casi trescientas sesenta toneladas. De estos años data el Real proyecto del estanco de quina y sus establecimiento, ambiciosa monografía redactada por Mutis.

 

Las plantas más constantes

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Anacardiáceas Anacardium excelsum Caracolí Madera apreciada en construcciones y en embarcaciones
Arecáceas Ceroxylon quindiuense Palma de cera Paisajismo. Ornamental
Asteráceas Montanoa quadrangularis Arboloco Utilizado para la recuperación de ecosistemas afectados
Betuláceas Alnus acuminata Aliso Ornamental. Madera apreciada en construcción y como leña
Bignoniáceas Tabebuia sp. Guayacán Madera de alta calidad, resistente al agua, de bajo peso y duradera
Cunoniáceas Weinmannia tomentosa Encenillo Madera apreciada en construcción, para hacer vigas y cercas vivas
Fagáceas Quercus humboldtii Roble, roble colombiano Madera de alta resistencia y durabilidad, apreciada en construcción
Lauráceas Aniba perutilis Comino crespo Madera apreciada en ebanistería, resistente al comején
Meliáceas Cedrela odorata Cedro Madera de altísima calidad para ebanistería
Podocarpáceas Podocarpus oleifolius Pino colombiano Madera utilizada en ebanistería y para la elaboración de fósforos
Rubiáceas Cinchona officinalis Quina Aprovechada en el pasado para combatir la malaria. Madera de alta calidad
Trigoniáceas Isidodendron tripterocarpum Marfil Madera apreciada en pisos y para la elaboración de
palos de billar

 

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