De los Andes a las sabanas

Por Óscar Hernando Ocampo
Publicado en Savia Andina

Uno creería que los Andes se han cansado y buscan diluirse en las llanuras cálidas salpicadas de lagunas del Caribe colombiano, hartos de fríos, nieblas, páramos, picos, volcanes y altiplanos. Al ver cómo las rocas dentadas de sus cuchillas postreras se insinúan ahora como suaves senos verdes cubiertos por sabanas de pastos que se vuelven sabanales, cantados por las gaitas, y al ver que la imponente cordillera Occidental se deja de vestir con sus cañones profundos y abruptos, donde el hombre ha empezado a construir colosales presas para convertir la fuerza del agua en energía eléctrica, se da uno cuenta de que sí, de que algo está pasando allá abajo, en lo profundo de la corteza terrestre, para que el paisaje cambie de manera tan radical.

En el nudo del Paramillo —a 3.960 metros de altura, un verdadero faro de roca levantado ante el mar verde de las llanuras costeras colombianas, como en el sur—, los Andes se esparcen y la cordillera Occidental se ramifica en tres serranías que se van fusionando con los planicies de Córdoba: Abibe, San Jerónimo y Ayapel. La orogenia, ese cincel poderoso que nos regala los paisajes, poco sabe de quietudes, porque debajo de los sabanales, de los valles de los ríos Sinú y San Jorge que separan a este trío de serranías, y de los humedales de La Mojana, sigue gestando nuestra topografía costera, solo que sin tanto ímpetu como lo hace con los Andes centrales.

Bosque andino en las serranías. Foto: Ana María Mejía

Estas tres serranías, al llegar a las regiones planas, se sumergen en el espeso manto de sedimentos que son las llanuras caribeñas, formado por los detritos acumulados durante millones de años por el arrastre de los ríos que bajan de las cordilleras lijándolo todo. Se trata de un ciclo en el que las montañas que se levantan por el choque de las placas tectónicas se van desgastando por la erosión y vuelven a llenar los océanos con sus detritos que se volverán a levantar en un eterno reciclarse que moldea la corteza terrestre. Aunque cercana, otra serranía, la de San Lucas, pero mucho más misteriosa, no solo por su geología sino por su fauna y su flora tan poco conocidas, parece flotar sobre las ciénagas que forman los ríos Cauca y Magdalena, como una enorme isla de rocas que se encarama a dos mil setecientos metros de altura. Aunque geográfica y biológicamente se la pueda considerar como parte de la cordillera Central, geológicamente es un relicto de los grandes eventos tectónicos que moldearon el norte de Colombia con retazos de tierras que se fueron juntando gracias a ese baile tectónico que es el Caribe, un rompecabezas que formó a Centroamérica, levantó a Panamá del fondo del mar e hizo que los Andes viraran, unos, hacia los Andes de Mérida, en Venezuela, y otros más acá, donde decidieron regalarle a Colombia dos moles aisladas: la Sierra Nevada de Santa Marta y la serranía de San Lucas.

Maraña vegetal de bejucos. Foto: David Estrada Larrañeta

Estas cuatro serranías parecen los dedos de las manos de los Andes, que se metieran en la alfombra cálida de las tierras bajas en un derroche de biodiversidad que se expresa en cientos de especies, tanto vegetales como animales, que van desde la selva basal compuesta por el bosque húmedo tropical, con árboles hasta de treinta y cinco metros de altura, como anones, almendrillos, escobillos y lecheperras, hasta las selvas subandinas, con algunas lauráceas y robledales que se mezclan con especies de tierras bajas en estos corredores verdes que son los cañones de los ríos que bajan de las serranías. Este bosque, al que se le llama “bosque cultural”, por encontrarse a la misma altura donde se cultiva el café (mil doscientos a mil ochocientos ochenta metros), ha sido uno de los más afectados por la presencia del hombre, que no solo lo ha aprovechado para sacar sus maderas finas, de las que ya pocas quedan, sino para cultivos y pastoreo. La serranía de San Lucas, junto con la zona del Nechí, es uno de los refugios biológicos húmedos del Pleistoceno, considerado, por algunos autores, como relacionado con el refugio Sinú—San Jorge, con igual clima y relieve, donde la máquina de la vida sigue sosteniendo esa biodiversidad que es una de las riquezas que nos han tocado en Colombia. San Lucas, a diferencia de las otras tres serranías de la cordillera Occidental, tiene una estrecha relación, por cercanía, con el sistema lacustre de La Mojana y sus ríos tributarios, lo que genera una gran riqueza de especies, tanto de flora como de fauna, muchas de ellas endémicas, como si en sus dieciséis mil kilómetros cuadrados se hubieran juntado el mar, la selva, las praderas, las rocas y las nubes para armar una maqueta con todos los climas.

Diomate (Astronium graveolens). Foto: Ana María Mejía

Aquí, donde los Andes van perdiendo sus alturas y se convierten en serranías con elevaciones más modestas que se combinan con las sabanas, lagunas y ríos, la ganadería extensiva trepa por las laderas, convirtiendo en pastizales lo que antes eran bosques frondosos. Esta frontera humana sigue avanzando pendiente arriba, con sus bosques cada vez más vulnerables ante el embate de la demanda humana por recursos de toda índole, muchos de ellos para sostener a la población cercana en sus más inmediatas necesidades y otros requeridos por el modelo de sociedad que hemos ido construyendo y que sigue pidiendo del medio ambiente no solo los alimentos básicos, sino recursos de todo tipo, para mantener el crecimiento urbanístico y la demanda de tecnología en la que los minerales, y los metales en particular, son clave. En estas falanges de montañas que son las serranías, no son las grandes ciudades las que se van apoderando de los antiguos espacios de los bosques, sino, principalmente, la actividad agropecuaria, haciendo que cada vez sea más difícil encontrar una de las dos especies de dantas que deambulan por allí, o un oso congo, o algún venado o marteja, que se mantienen alertas y silenciosos mientras los micos cariblancos o los monos colorados, los titís blancos o las marimondas elevan sus conciertos en el dosel de los bosques.

Costillo (Ampelocera albertiae). Foto: Ana María Mejía

Al atardecer, cuando el sol se acuesta detrás de la serranía de Abibe, los paujiles, las guacharacas y las perdices; las águilas blancas, las cotingas y las mirlas negras; los mieleros, los azulejos montañeros, las torcazas, los tominejos y los trepatroncos se posan en los árboles de cuipa, conocido también como macondo o volador, en las ceibas bongas o en las palmas milpesos, en las barrigonas o en las maquenques. Las cotorras, sopranos y tenores de esta ópera de la fauna silvestre, ocultas en el follaje espeso, parecen hacer hablar al resto del bosque que se refresca con las brisas que bajan del Paramillo y que se cuelan por entre los abarcos, los canimes, los cascarillos, los caimitos, los cedros caobos, los arditos, los cocos, los chingalés, los chitus, los almendros, los dormilones o cebollones amarillos o piñones de oreja, los espermos, los guáimaros y los camajones. El desfile de árboles y plantas que los acompañan se extiende por estas tres serranías hasta fundirse con los parches de selva que todavía sobreviven a la explotación ganadera y maderera, cada vez más intensa y difícil de controlar y mantener en el entorno de un aprovechamiento sostenible, a pesar de los esfuerzos que se hacen por concientizar a los pobladores sobre la necesidad de hacerlo para no llegar a ese punto límite, el del no retorno, en el que los bosques ya no pueden mantener su equilibrio y se produce el colapso de esa red frágil que son los ecosistemas.

Almendrón (Attalea amygdalina). Foto: Ana María Mejía

Al fresco de la penúltima sombra del día, debajo de algún almendro o de algún macondo, los vaqueros, recostados en sus troncos, miran hacia el horizonte de los sabanales que se convierten en terciopelo con el viento o levantan la mirada hacia las serranías que preludian el mundo misterioso de los bosques andinos, unas veces despejado de nubes que dejan entrever entre reverberaciones el nudo de Paramillo y otras, las más de las veces, velado de nieblas que protegen el mundo sobreviviente de los osos, los tigrillos, los helechos como palmeras y el lento gotear de las aguas desde sus hojas que se juntan para formar los ríos Sinú y San Jorge, cada cual rumbo a su destino: el primero, hacia la boca de Tinajones, en la que descarga los troncos pelados por el sol y la arena, como costillares de celulosa semienterrados, arrancados de las selvas que pueblan los cañones que se encaraman hasta el nudo de Paramillo. Y el San Jorge, que se convierte en una red de canales y lagunas que se junta con el río Cauca en la depresión de La Mojana.

En letra cursiva

En la diversidad botánica de las serranías se destacan las arecáceas, las malváceas y las fabáceas. Las arecáceas son la familia de las palmas, a la que pertenecen la palma milpesos (Oenocarpus bataua), la maquenque (Wettinia sp.), y la barrigona (Iriartea deltoidea), que sobresale por el engrosamiento del tronco que le da el nombre común. Entre las malváceas, hay árboles como el macondo (Cavanillesia platanifolia), el camajón (Sterculia apetala), el chitú (Talipariti tiliaceum), la ceiba tolúa (Pachira quinata) y la ceiba o ceiba bonga (Ceiba pentandra). A pesar de que la ceiba tolúa no pertenece al género Ceiba y por ende no es una verdadera ceiba, su nombre común se deriva de la similitud de su tallo con el de la ceiba propiamente dicha. Las fabáceas o familia de las leguminosas, de las legumbres, son una familia botánica con una altísima cantidad de especies. En las serranías sobresalen el balaústre (Centrolobium paraense) y el canime (Copaifera canime), además de leguminosas con nombres comunes bastante particulares, como el dormilón o piñón de oreja (Enterolobium cyclocarpum), que recibe este nombre porque sus frutos asemejan una oreja; el nazareno (Peltogyne purpurea), cuyo nombre común hace alusión al color morado de su madera. Y por último también el espermo (Hortia brasiliana) y el bálsamo (Myroxylon balsamum), el cual recibe su nombre por el aceite obtenido de él, que es una secreción resinífera que se extrae de sus tallos.

Árbol entre niebla. Foto: Ana María Mejía

De hecho, muchas veces el nombre común y el científico tienen una misma etimología. Por ejemplo, el nazareno, purpurea, indica la tonalidad de su madera. Algo similar ocurre con balsamum en el bálsamo, que nos indica lo aceitosos que son sus tallos y semillas. Aunque muchas veces la etimología del nombre científico refleja el nombre común, esto no ocurre siempre. Por ejemplo, la lecheperra (Pseudolmedia laevigata) toma tal nombre por la gran cantidad de látex que se puede extraer de su tallo y sus ramas, mientras que laevigata hace referencia a lo brillante que es la planta. Lo mismo sucede con el espermo (Hortia brasiliana colombiana), cuyo nombre científico nos informa que la planta es originaria de Brasil, aunque también está en Colombia. Así mismo, puede darse que el nombre de una especie esté dedicado a una persona, como es el caso del roble colombiano (Quercus humboldtii), descrito por Bonpland y dedicado a Alexander von Humboldt.

Los hijos de las serranías

Aunque son muchos los hijos que paren las tres serranías que se desprenden de la estrella hidrográfica del nudo de Paramillo, estos dos son los mayores: los ríos Sinú y San Jorge, que las recorren entre sus cañones interiores, llenando con agua y vida y modelando el paisaje de ese mundo que vibra entre las serranías de Abibe, San Jerónimo y Ayapel. Entre ambos forman una cuenca hidrográfica de 2.172.000 hectáreas que riega las tierras de Córdoba. Al principio, recién nacidos en las alturas del Paramillo, corren paralelos, separados por la serranía de San Jerónimo, pero luego divergen para ir a tributar sus aguas, el Sinú, al mar Caribe, en la boca de Tinajones, luego de recorrer 415 kilómetros y de recoger a los ríos Verde, Esmeralda y Manso, cuyos nombres ya explican cómo son. El San Jorge, con sus 368 kilómetros de recorrido, muy difíciles de medir porque se ramifica en gran cantidad de ciénagas, se une al río Cauca luego de servirle de desfogue a la ciénaga de Ayapel y de recibir a los ríos San Pedro, Sucio y Uré.

Juanlanas o pelo de ángel (Clematis haenkeana). Foto: Ana María Mejía

Las fronteras difusas de los Andes

Los Andes nos suenan a alta montaña, fría, verde, cultivada, florecida, exótica, encañonada, brumosa, húmeda, azotada por vientos fríos, salpicada aquí y allá de pueblitos blancos o coloridos aferrados como “taches” a unas laderas imposibles. Y sí, eso son, aunque también son muchas otras cosas, ya que los sistemas montañosos incluyen sus propias llanuras, sus planicies, que son la acumulación de sus sedimentos arrancados y arrastrados por el agua. Los Andes también son calor, pastizales, lagunas, sabanales que sirven de frontera a las estribaciones que bajan de las cimas y que se van diluyendo en serranías, aisladas o pegadas a los Andes, ya que muchas de ellas se unen en las entrañas de la corteza terrestre, así parezcan separadas en la superficie. Esta variedad de geoformas, ecosistemas y climas, mezclada con los distintos asentamientos humanos, genera una diversidad de culturas entre las que no es fácil dibujar fronteras. Si quisiéramos ver la geografía rica y diversa de Colombia con los ojos de las costumbres de las personas, de sus acentos, de sus colores, de sus vestidos, de sus comidas y del folclor, ¿dónde se acaban los Andes y empiezan las llanuras costeras del Pacífico? ¿Dónde empiezan las selvas del Amazonas y las planicies de la Orinoquia? ¿Dónde empieza el Caribe, dónde el Darién, dónde el desierto de La Guajira?

Parque Nacional Natural del Paramillo

Este coloso de los Andes, no tanto por su altura como por la extensión de su cuerpo, decretado como parque natural en 1977 con sus cuatro mil seiscientos kilómetros cuadrados, es el último mirador que la cordillera Occidental tiene al norte de Colombia, antes de dividirse en las tres serranías. Entre sus cerros, cañones y pequeños valles colgados del abismo, o a sus pies, cuando se rinden a las llanuras, como si fueran poblados de pesebres navideños, los municipios de Peque, Ituango, Mutatá, Chigorodó, Carepa, Apartadó, Caucasia, Cáceres y Tarazá, en Antioquia, junto con Tierralta, Montelíbano, San José de Uré y Puerto Libertador, en Córdoba, conviven con él, no siempre en paz y armonía. Su espesura y lo abrupto de sus laderas, más las riquezas minerales y madereras, entre las que se cuentan joyas como el laurel (Nectandra sp.), el balaústre (Centrolobium paraense), el cedro (Cedrela odorata), el comino (Aniba perutilis), el roble de tierra fría o roble colombiano (Quercus humboldtii), el mazábalo (Carapa guianensis), la ceiba tolúa (Pachira quinata), el amargo (Diplotropis sp.), la caoba (Swietenia macrophylla), el nazareno (Peltogyne purpurea) y el bálsamo (Myroxylon balsamum), entre muchos otros, lo convierten en una de las regiones del país, junto con la serranía de San Lucas, su vecina del norte, en mayor riesgo de deterioro acelerado de la biodiversidad.

Florentino (Miconia notabilis). Foto: Ana María Mejía

Los cerros de las serranías

Las serranías que la cordillera Occidental forma al llegar a los límites entre Antioquia y Córdoba se resuelven en gran cantidad de cerros, ya no tan imponentes como su padre el Paramillo, pero sí sobresalientes en un relieve cada vez más bajo. La de Abibe, que separa la llanura costera de la cuenca del río Atrato, se eleva hasta los dos mil doscientos metros en el alto del Carrizal o hasta los mil seiscientos metros en el alto de Carepa o en el alto de Quimarí, para luego dividirse en las sierras de El Águila y Las Palomas, como si quisiera separar a la presa del predador antes de bañarse de mar en punta Arboletes. La serranía de San Jerónimo, que se extiende hasta los Montes de María, en el departamento de Bolívar, se levanta de las planicies en los cerros Pando, Mellizas, Mula, Flechas, Betancí, Pulgas, Higuerón, Moncholo y Las Mujeres, mientras la serranía de Ayapel lo hace en los cerros del Oso, alto de Don Pío y Matoso. Este último, a pesar de tener solo doscientos sesenta metros de altura, tiene importancia y renombre mundiales por su riqueza de ferroníquel, que se entierra bajo la superficie.

Las plantas más constantes

 

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Arecáceas Iriartea deltoidea Barrigona Madera apreciada en ebanistería.
Hojas para techar
Arecáceas Oenocarpus bataua Milpesos, palma milpesos Frutos con alta cantidad de proteínas.
Madera apreciada en construcción
Fabáceas Myroxylon balsamum Bálsamo Semilla medicinal. Madera fuerte y aromática. De su tallo se extrae el bálsamo
Fabáceas Peltogyne purpurea Nazareno Madera duradera, de colores púrpuras, apreciada en carpintería
Fagáceas Quercus humboldtii Roble, roble colombiano Madera para construcción
Lecitidáceas Cariniana pyriformis Abarco Madera usada construcción de barcos.
Semilla como alimento
Malváceas Cavanillesia platanifolia Macondo, cuipo, volador Madera utilizada en artesanías
y para canoas
Malváceas Ceiba pentandra Ceiba bonga, ceiba Múltiples usos medicinales. En construcciones
Meliáceas Carapa guianensis Güino, mazábalo De sus semillas se extrae un aceite de alto valor comercial
Meliáceas Swietenia macrophylla Caoba Madera altamente apreciada en ebanistería

 

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