Los sonidos de la selva

Por Úver Valencia
Publicado en Savia Amazonas-Orinoco

Dice el indio, con su sencillez, que no hay nada más bello que el silencio que precede a la melodía: esa sensación de abismo que genera la espera de la primera voz. Una voz que suena como los pájaros o como los monos, o que se viste de semilla para simular el trasegar en el racimo y sus vaivenes contra el viento. Es la música de la Amazonia adentro. De esa marea verde y hermética, oscura y viva, e inundada, que nos cuelga del sur, inconquistable. Es el relato mismo de una región que solo conocen bien los indios, y que suena imparable con los ritmos más diversos, con escalas únicas y armonías que dictan, desde tiempos sin memoria, los árboles que son millones, el viento abundante que corre a través, los animales —inquietos— y, sí, también el hombre.

Charapillo (Dipteryx cf. micrantha). Foto por Ana María Mejía

Es la canción que comienza con multitud de hombres y mujeres previos a la conquista, hace cuatro, cinco siglos, dedicados a la recolección minuciosa de todo lo que la naturaleza abasteciera. De una casa grande llamada maloca en la que todo pasaba y pasa, todo convivía y convive, todo se devolvía y se devuelve. De cientos de miles de familias que, no obstante las distancias y los abismos invisibles, se conocían y se conocen, se comunicaban y se comunican, con el más simple y primigenio tam-tam. Todo apunta a la supervivencia elemental. Al anuncio de las noticias de una nueva familia, de la muerte de aquel, de la caza de aquellos. Y en todo esto, los árboles, la materia prima para toda forma de comunicación.

De la necesidad primera, un instrumento: el juarai o maguaré, dos troncos de casi dos metros de extensión a los que los huitotos y otras comunidades selváticas —que se extienden hasta los límites con los llanos, en el norte de la Amazonia— les queman el corazón, la pulpa toda, y cuyo fuego van controlando con compresas de hojas frescas hasta lograr dos estructuras huecas y ricas en tonalidades. Un instrumento imponente y brillante hecho con maderas duras como las del comino real (Aniba panurensis), que llega a los quince metros de altura, o como las del Brosimum lactescens, que alcanza los cuarenta y cinco metros hacia arriba y hasta uno de diámetro, y que en no pocos rincones de Colombia se conoce como guáimaro o árbol vaca. Le acompañan dos mazos construidos con las mismas maderas y cubiertos con un subproducto del Hevea brasiliensis o caucho, material en el que los indígenas del sur son maestros —tal vez porque también fueron esclavos—.

Tamparo (Crescentia cujete). Foto por Ana María Mejía

Primario, difícil de fabricar y casi mágico en su sonar es este instrumento que simula a la campana de Occidente en su llamado ceremonial, y que, según investigadores como Luis Antonio Escobar, acompaña desde la recolección de frutos hasta la presentación ritual. Dicen que en ese aparente silencio de la selva puede escucharse a kilómetros, y que su manipulación, solo confiada a ciertos personajes del grupo familiar, convoca a decenas de hombres para eventos sociales y rituales.

Pero el maguaré es uno solo. Macho y hembra, como se conoce a uno y a otro tronco por sus sonidos graves y agudos, son apenas el comienzo de un conjunto de instrumentos que llenan de vida a la Amazonia entera. Y como casi todo es un símil de lo que ocurre en la selva, aparecen implementos ceremoniales como los sonajeros y las flautas, llenas de sonidos y escalas, de colores, de usos.

El de los primeros es un sonido ligero que simula al agua las más de las veces, y que acompaña ceremonias tan precisas como el nacimiento de una niña. Arbey Jaibar, artesano chamí del sur del Caquetá, los fabrica con Mucuna sloanei o congolo, la semilla de un bejuco trepador que recibe también el nombre de ojo de buey y que llega a grandes alturas buscando la luz del sol. Las semillas son unidas con paciencia por mujeres y niños con cuerdas de Astrocaryum chambira, o chambira a secas, el producto de una palma nativa y abundante que sirve también para el vestuario de las comunidades de la selva. Tienen, además, decenas de variaciones, como el firisai, un bastón percutor o vara sonajera, también usada en eventos especiales.

Capacho (Canna sp.) Foto por Ana María Mejía

Las flautas, por su parte, son muchas y tan bellas como lo permitan los árboles con sus hojas, frutos y cortezas que, además de sonares, regalan colores: el jugo de las hojas de fríjol tierno para el verde intenso, o las hojas de la misma planta ya madura para el amarillo. También el laurel, poblador abundante de casi todo el territorio colombiano. Desde las más simples, fabricadas con Arundo donax o carrizo —especie de caña muy utilizada por los yakunas, makunas y tanimukas—, hasta la flauta de pan de los sikuanis de Boponae en el Vichada, cada aerófono tiene un sentido ceremonial y hermoso. Acompañados siempre de los más diversos idiófonos, como las maracas de los cuivas o las del pueblo piapoco, animan la fiesta de la vida, de la naturaleza y de la supervivencia en ese grueso e impenetrable ensamble de natura que llamamos Amazonia. Ese hermano viejo y sabio que se abre de norte a sur, y de sur a norte, y que en ese camino se entrega a los Llanos Orientales, el hogar de la vaquería, la casa de otros sones que rememoran amores y calor, un calor intenso, antes de encaramarse a las frías alturas de la cordillera Oriental.

La fórmula pareciera simple: la música, como el clima mismo, se hace viva y se acelera en el camino que lleva desde la cordillera hasta los llanos. Fue la música una estrategia utilizada por no pocas misiones cristianas que llegaron temprano en el siglo xvi a esa vasta región que nos une como siameses con Venezuela y el Escudo Guyanés, y que satura de calor a todo cuerpo que se le arrime. Receta que funcionó bien y convirtió a los jesuitas en los terratenientes y empresarios más poderosos de ese gran trozo de natura en esa que todavía no se llamaba Colombia.

Semillas. Foto por Ana María Mejía

Y fue con ellos, con los religiosos, con los que no sabían hasta dónde iban a pastar sus miles de cabezas de ganado, que llegaron también músicas lejanas y acogedoras, y en ese intercambio de cosmologías, los sonidos andaluces, los bailes flamencos. También la guitarra.

Fue el inicio de un conjunto de transformaciones que llevó con muchos años a la confección de una nueva identidad de región. Una hecha de mestizaje, del joropo como máxima expresión, y, por esa vía, de cantos a las intensas jornadas de vaquería, al afán de la producción de los clérigos, a la alegría de los amores posibles y al dolor de los imposibles. Al calor húmedo, al control de la tierra, al pájaro que canta de noche como presagio o como bendición.

Y allí, de nuevo, los árboles: el insumo para la construcción de haciendas para el control de los indios, que fueron cada vez menos; la materia exacta para el diseño de corrales, de herramientas para el trabajo, y, claro, para la fabricación de los nuevos instrumentos para traducir su sentir, casi todos interpretados con cuerdas.

Guadua y semilla de quirilla. Foto por Ana María Mejía

Así, pronto el guitarro, como lo nombraron a su llegada los nativos, se convirtió en muchas otras cosas, como el cuatro, y más allá, en la bandola pin-pon y el bandolín, estructuras con cajas de resonancia en forma de pera que necesitaron de las maderas justas para su fabricación, y que eran las responsables —aún lo son— del componente melódico y armónico de los conjuntos típicos llaneros. Allí estaba por fortuna la gran despensa, la extensa llanura repleta de árboles, y entre todos ellos, abundante granadillo. Además, una suerte de palo de rosa —muy escasa por demás— que ofrece una dureza precisa y prolonga las notas de manera especial.

También las semillas, cortezas y frutos se unieron a esa fiesta desbordada de melodías. Las primeras, tal vez, fueron las maracas, el legado incómodo de esa parte indígena del llanero. Incómodo, sí, porque el mestizo ha pretendido ser otro siempre, y lo demuestra, dicen los folcloristas, la conformación espacial misma del conjunto llanero: el maraquero, hasta no hace mucho, siempre iba de pie. “Oficio de maraquero / oficio pa’ condenao / que los músicos se sientan / y el maraquero parao”, dice un tradicional joropo.

Totumo (Crescentia cujete). Foto por Ana María Mejía

Fabricadas con Crescentia cujete, calabazo o totumo, las maracas aportan ese golpe rítmico incansable al conjunto de cuerdas de los llanos. Adentro se deslizan decenas de achiras, o capachos —Canna indica—, y en su confección primaria eran decoradas con plumas y no tenían mango. Su nombre proviene del río Maraca, dicen, que desemboca en la margen derecha del Amazonas, y que era una suerte de dios para comunidades como la sikuani, tan lejana, pero tan cercana a los garrotazos de la colonización.

Hoy todo se une a la voz de un extranjero: el arpa, construida con Cedrela odorata, de las meliáceas, conocido como cedro amargo, cedro rosado o cedro macho, o con pino y otras maderas perdurables que evitan el rumor metálico que desdeñan los fabricantes de toda la vida. Un instrumento que se volvió nuestro a fuerza de mucho sonar, y que incluso reemplazó en el conjunto típico llanero al bandolín.

El ensamble de todas esas voces juntas describe, como nada más puede hacerlo, a los Llanos Orientales de hoy: a esa Orinoquia que es indígena y mestiza y blanca también. A esa tierra que baila, vibra y se regodea en la riqueza de sus suelos, en sus dignísimas labores diarias, en el calor que los convirtió en una fortaleza cultural tan vasta como la planicie misma, y que suena a joropo, seis, seis por ocho, atravesao, numerao, zumba-que-zumba, galerón o figurao.

Todo nace por el hombre, dice Fernando Gaitán, artesano sikuani del Vichada. “Pero todo se lo debemos a la tierra, a la madre”, agrega. Y la prueba es esta música hecha por el hombre, el de siempre, con los regalos que otorga la naturaleza.

Semillas de entada. Foto por Ana María Mejía

En letra cursiva

De viento, de cuerda o de percusión, casi todos los intrumentos musicales nacen o nacieron a partir de los materiales ofrecidos por las plantas. Algunas de las especies con fines similares hacen parte de una misma familia botánica. Con especies también maderables y utilizadas para la elaboración de instrumentos de percusión, están las bignoniáceas, de la que hacen parte el palo de arco o asta de venado (Tabebuia serratifolia) y el totumo o calabazo (Crescentia cujete). Fabáceas, como el ojo de venado u ojo de buey (Mucuna sloanei) y el fríjol (Phaseolus sp.), complementan muchos de estos instrumentos de percusión.

Los instrumentos de viento provenientes de las poáceas tienden a tener un menor tamaño, como es el caso de los elaborados con junco o carrizo (Arundo donax). Algunas de las especies botánicas utilizadas para la elaboración de elementos de percusión también son apreciadas por la resistencia y calidad de sus maderas. Es el caso de ciertas lauráceas, de las que hacen parte el loiro, miratava o medio comino (Aniba panurensis), denominado laurel en este territorio de Amazonas – Orinoco (Endlicheria sp.), y el palo de rosa (Aniba rosaeodora). Con una madera fuerte y de gran demanda en el área de construcción, también encontramos meliáceas como el cedrillo (Trichilia pallida) y el cedro o cedro amargo (Cedrela odorata) al igual que la nuez mantequilla (Caryocar nuciferum), una cariocarácea reconocida especialmente por los aceites de su nuez.

Por lo apreciado de sus maderas para la elaboración de diferentes instrumentos de percusión, se pueden nombrar moráceas como la yanchama o higuerón (Ficus maxima) y el árbol vaca o guáimaro (Brosimum lactescens). Como producen un látex que algunas veces se usa para tratar diferentes enfermedades, ambas especies también aparecen en la medicina tradicional. En cambio, el látex que suele ser utilizado para la fabricación de ciertos instrumentos se extrae de la especie Hevea brasiliensis, conocida popularmente como caucho o siringa, la misma especie utilizada antiguamente para hacer neumáticos.

Flauta bambú. Foto por Ana María Mejía

La magia del Yuruparí

Tal vez uno de los mitos más bellos del Amazonas adentro cuenta la historia de Yuruparí, un niño tan bello como el sol, hijo del sol mismo, fecundado por los jugos del pihycan —la piquia o Caryocar nuciferum, una nuez de la selva— en el vientre de su madre, conocida como la réplica terrenal y exacta de las Pléyades del cielo. Un pequeño que creció invisible e invencible, y que tras muchos años reapareció frente a su pueblo para convertirse en el cacique de los primeros hombres que poblaron esos suelos. De allí esa palabra, Yuruparí, que ahora rememora una de las fiestas más tradicionales en decenas de comunidades amazónicas, y que circunscribe la asistencia al género masculino.

Es, de hecho, un rito de iniciación de tres días y tres noches en el que el payé —o chamán— introduce a los jóvenes entre los doce y los quince años al mundo de los hombres. No falta allí un instrumento que lleva el mismo nombre de ese dios hijo del sol, una flauta de boquilla fabricada con hojas de la palma chonta o chontaduro (Bactris gasipaes), entorchada con corteza de árbol y amarrada con bejucos. Se le guarda un respeto inédito, al punto de que quien la interpreta debe guardar ayuno y luego beber abundante agua para purificarse.

Maguaré. Instrumento que se obtiene del charapillo. Foto por Ana María Mejía

Los guardianes de los árboles

Tan diversa es la selva como sus pobladores. Aquel que piense que se trata de pequeños grupos dispersos, que se sorprenda, porque hay conjuntos poblacionales que llegan a más de cinco mil quinientas familias. Habitan, principalmente, tres subregiones. Una es la situada entre el río Apaporis y Caquetá, en la que habitan, entre otras, las etnias letuma, tinamuka, yauna y makuna. Otra está ubicada a lo largo del río Mirití-Paraná, en donde viven etnias como la miraña, la cubeo, la puinave y la cabuyari.

Finalmente, encontramos la región ubicada entre el río Guaviare y el Inírida, zona de transición con los llanos y la región del Vaupés, y donde viven, entre muchas otras las etnias piapoco, curripaco, baniwa, piaroa y tariano. La lista sigue en cientos de destinos con culturas como la huitoto, tukano, desana, barasana, siriano, tatuyo, bará, karapana, kabiyari y tuyuka. Para todas, sin distinción, los instrumentos musicales no son un asunto estético sino ritual; y entre muchos otros han creado flautas, capadores, pitos, ocarinas y discos zumbadores. Palmas, maderas duras, arcillas y piedras son su insumo para la fabricación de esos instrumentos que animan sus creencias.

Totumo (Crescentia cujete). Foto por Ana María Mejía

Los olvidados

No siempre el conjunto llanero fue como lo conocemos —arpa, bandola, maracas y cuatro—. Alrededor de los bellos sonidos de las cuerdas, algunos idiófonos y aerófonos animaban también la correría musical. Es el caso de instrumentos, hoy en desuso, como la carraca —de procedencia animal—, o la charrasca, una caña de casi un metro de largo y una pulgada de diámetro que se frota con una costilla de res. Igualmente, la sirrampla, curioso instrumento de madera atada a una cuerda que se toca con los dedos y la boca. Hasta tambores había en estos conjuntos. Uno es el furruco, construido en sus inicios con un totumo cuya boca era forrada con cuero de venado o de ternero. Hoy es fabricado con maderas como las del guáimaro o el cedro, y tiene en su centro una barra también de madera por la que se deslizan las manos de quien lo interpreta. No es un instrumento nativo y se parece mucho a la puerca huilense.

Riqueza sonora

La de las maracas llaneras es una historia realmente extensa. Aunque en sus inicios carecía de mango, lo que implicaba una tremenda destreza por parte de su ejecutor, su evolución llegó hasta su fabricación al estilo guajibero, en el que se introdujo un mango que atravesaba el calabazo o totumo. Tal avance permitió reducir el tamaño del instrumento. Ahora el mango, fabricado con maderas lo suficientemente resistentes para el traslado frecuente de los músicos, no atraviesa el calabazo, sino que se adhiere a él, proporcionando un mayor control en el trasegar de las semillas de capacho en su interior. No es un asunto menor. Tales cambios le han otorgado a las maracas un lugar digno en el conjunto llanero, le han aportado un sonido más agudo y han permitido que tocarlas sea un asunto casi acrobático.

Guadua con semillas de chambimba. Foto por Ana María Mejía

Maderas que inspiran

No son pocas las culturas de la gran Amazonia en las que se talla la madera. Para eso, los hombres —encargados de esa tarea por tradición— desarrollan desde pequeños tal habilidad. Son los responsables, además, de identificar los utensilios que necesita su comunidad para las actividades cotidianas y rituales. Una de sus maderas indispensables es el balso, por su blandura. Junto a la yanchama o higuerón —corteza de árbol—, es la materia prima de máscaras, flautas y otros implementos como rallos para la yuca, cerbatanas, arcos, flechas y asientos. Según el utensilio y la necesidad, acuden a maderas como el cedro, cedrillo, palo arco, loiro o miratava.

Evolución cultural y musical

La introducción de instrumentos musicales foráneos, como el arpa —que se dice que llegó desde Venezuela también por influencia de los jesuitas—, y que implicó la búsqueda de las maderas precisas en lo vasto del llano para su fabricación local, trajo consigo la renuncia a sones y mensajes nativos, casi todos venidos de lo profundo de las muchas y muy diversas comunidades indígenas de la región. Aunque existen claras alusiones a las jornadas de vaquería, los cantos de ganado típicos desaparecieron o mutaron, así como los llamados “tonos de santo”. Fueron gradualmente absorbidos por el joropo en esa transición hacia la nueva identidad llanera, que por nueva no fue menos rica, y mucho menos la hace contemporánea. Persiste, sí, la fuerza y la alegría de la fiesta de pueblo y la parranda.

Galería de fotos en:

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