Nostalgia de hombres y árboles

Por Uver Valencia 
Publicado en Savia Andina

En los ojos de Carlos Arboleda, que eran claritos aunque su piel fuera morena, parecía siempre vivir un par de lágrimas. Buen conjunto hacían con su tono de voz pausado y a veces triste, y con su figura menudita y sus manos chiquitas y arrugadas que se movían repetidamente, quizás para hacer énfasis en las palabras más importantes de esas historias igualmente nostálgicas que solía contar.

De esas historias salían también canciones. Bambucos, pasillos, danzas y otros ritmos campesinos propios de la región Andina colombiana se convertían en las traducciones últimas de su sentir y su vivir. A veces, incluso, de su imaginar, como cuando componía para amores imposibles que no eran su Dora de toda la vida, o cuando fabulaba sobre jornadas enteras de recorrerse el campo de Angelópolis con una guitarra en la mano, huyendo de la policía, aunque nunca hubiesen ocurrido.

Guitarras en elaboración. Maderas cuidadosamente secadas. Foto: Ana María Mejía

A Carlos lo movía la nostalgia, ese tipo de “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”, como dice el diccionario. Esa manía de regodearse en la falta de alguien o de algo —de quien sea, de lo que sea—, y que se vuelve palabras que salen por la boca convertidas en las compañeras más fieles y puras de alguna melodía.

Su historia es apenas el reflejo minúsculo de un sentir mayor: el de su tierra. Una parte ínfima de la vida y sus sonares en esa vasta región que comienza en Antioquia, por el noroccidente, y que avanza por la cordillera Occidental, remonta la cordillera Central con sus pueblos diversos y llega a esas tierras bajas y calientes de Tolima y Huila antes de encontrarse con la cordillera Oriental, esa clara frontera con la Orinoquia.

Y es que tal entramado de alturas, y el hecho de ser el corazón de este país que hoy llamamos Colombia, pero que ha tenido muchos nombres, hicieron de esta región el receptáculo de cientos de manifestaciones culturales que, por supuesto, llegaron a permear las culturas propias de esos enclaves montañosos.

Del norte, por el río Magdalena, y del Pacífico, por el occidente, llegaron, por ejemplo, melodías ricas y fiesteras acompañadas de percusiones y flautas. Lo mismo ocurrió desde el oriente, con su torbellino surgido de la cultura Barí y de un campesinado dispuesto a llevarlo a todos lados en sus viajes de intercambio de productos agrícolas. Y, claro, de la Orinoquia, al alcance de una cordillera, de donde llegaron sonidos de maracas arraigadas en el mensaje de amor por la mujer y por la tierra. Finalmente, y por todas esas vías casi al tiempo, llegó también la influencia española con su guitarro y sus muchos instrumentos derivados, que poco a poco fueron sumando un elemento clave de los conjuntos que hoy sabemos propios de aquella región: los cordófonos.

Bandolas en cedro (Cedrela odorata) Foto: Ana María Mejía

No se negociaría algo, sin embargo, en esa tierra de alturas y climas: la palabra, que viene a ser el aporte indígena y la vía de liberación de la frustración por muchos años de mano dura española. Manuel Zapata Olivella escribió que “el indio se asoma en la melodía para expresar su queja, el dolor de la Conquista y la proscripción, voluntaria o violenta, de una vida activa en la sociedad. La voz del cantante ha venido a desplazar a las flautas y pífanos que otrora entonaba en sus fiestas”.

Uno diría, al menos por las letras de decenas y decenas de canciones, que el hombre de la región Andina colombiana tiene una mágica y tortuosa relación con el dolor. Un dolor arrullado en lo que era y ya no es, del que siendo querido desaparece ante sus ojos incrédulos, de lo que fue suyo y ya es de otro. Lo que nunca perdió, tal vez, fue su inmensa capacidad de encontrar en la naturaleza las herramientas para animar ese canto adolorido, y a diferencia de los artesanos de otras regiones con climas más cálidos, en donde la maduración exacta de las maderas de sus tambores y cordófonos estaba a días de un fuerte y abundante sol, este tuvo y tiene la paciencia de años para lograr la dureza exacta, la fuerza perfecta, para la fabricación de sus instrumentos.

El cedro (Cedrela odorata), por ejemplo, ese que crece libre y sano hasta los mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, pero que desafía las montañas más altas en departamentos como Boyacá, es uno de los favoritos para la fabricación de guitarras, bandolas y tiples. Puede alcanzar los treinta y cinco metros de altura y su tronco se puede extender hasta más allá de un metro de diámetro, pero para llegar a su madurez puede atravesar décadas, y tras el corte pueden pasar otras más. Artesanos del altiplano cundiboyacense aseguran haber esperado hasta cuarenta años para que los cuerpos de sus tiples contaran con una madera de cedro a punto para su fabricación.

Chalca de semillas de ojo de buey y catapis (Mucuna sp. y cascabela thevetia) Foto: Ana María Mejía

Así, con paciencia, pasa la vida en esta región inmensa en donde parecen convivir, casi con los mismos instrumentos, dos estados de ánimo distintos, todos dedicados a contar historias cotidianas que hablan de amor y de defender los derechos sobre la tierra.

Uno de esos estados, para empezar, se vive en el noroccidente, en donde tríos de cuerdas andinas, estudiantinas y conjuntos de trova antioqueña, guasca y carrilera inician con gracia las fiestas populares. De toda la región pareciera ser el territorio más alegre, y se vale de lo que encuentra en la naturaleza para la construcción de esos elementos que acompañan su cantar muchas veces picaresco.

Al tiple, el requinto y la guitarra de los tríos andinos los complementan, por ejemplo, los chuchos: tubos de guadua bien secos atravesados por palitos de caña y por semillas de achira (Canna indica). También, cucharas fabricadas con madera de naranjo (Citrus x aurantium), cucharo (Myrsine guianensis) o trébol (Platymiscium pinnatum), maderas hermosas y moldeables al antojo del artesano. Pero en otros conjuntos, como el de parranda, acuden también bongós —la suma de maderas duras y cueros tiernos de animales— y raspas, fabricadas con maderas similares.

Las músicas avanzan hacia el sur de la región y sus discursos cambian, así como sus complementos. Cuando llegan a las tierras calientes y acogedoras de Tolima y Huila, y mientras los conjuntos de bambuco adornan sus mensajes con tiples, guitarras y requintos o bandolas, suenan también rajaleñas orladas con pequeños acompañamientos rítmicos.

Charango en nogal (Juglans regia) Foto: Ana María Mejía

Uno de ellos es el de la tambora, casi siempre construida con ceiba, un árbol generoso en su sombra que crece hasta los cincuenta metros en la madurez y cuyo tronco puede alcanzar los tres metros de ancho. Una especie, por demás, lo suficientemente manejable como para dejar extraer la pulpa de su corazón, de manera que resulte el cilindro que le da cuerpo a la tambora. Solo resta encontrar la piel de venado o de chivo que ofrezca las condiciones para un golpe grave y fuerte, y el Adenocalymma inundatum o bejuco malibú, pieza clave para el amarre y la tensión de los cueros.

En este ritmo, utilizado para contar historias de amor las más de las veces, también se escuchan los chuchos, así como esterillas —conjuntos de cañas niñas entrelazadas y sonoras al ser frotadas entre sí—. Igualmente, los caránganos, provenientes del Cauca, y un instrumento de origen indígena llamado ciempiés, construido a partir de un vaso de guadua en forma de balsa, en cuyo orificio se amarran semillas medianas secas. Su sonido resulta cuando una pequeña pala de madera frota las semillas suspendidas en el cuerpo del instrumento.

No puede faltar tampoco la marrana o puerca, que se escucha desde Nariño y que sube hasta el Tolima con su particular sonido, similar al de un cerdo. Se trata de un tambor pequeño construido con el cuerpo de un calabazo o un fruto seco de totumo (Crescentia cujete), que es partido para abrir una boca sobre la que descansa un cuero tierno amarrado con bejuco. Su sonido nace de una vara pequeña enclavada en el cuero, que es impregnada con cera, agua y hasta guarapo para luego ser frotada. Resulta ser un instrumento amplio en su presencia, porque de la misma forma como acompaña rajaleñas, lo hace también en guabinas, bundes, criollas, sanjuaneros y hasta torbellinos.

Saxófono en bambú (Bambusoideae) Foto: Ana María Mejía

Pese a su uso poco frecuente en los actuales conjuntos andinos, existen algunos otros idiófonos como el quiribillo, de origen indígena y fabricado con canutos de cañas pequeñas, y el guache, que aprovecha un totumo seco en el que se protege con una tela un buen puñado de semillas de achira.

Todos estos instrumentos solo son el bonito adorno que la naturaleza y la paciencia de miles de artesanos le otorgan a un instrumento mayor: la voz, y con ella, la palabra. Esas palabras que se rehúsan a abandonar las tonadas que persiguen al campesino en sus jornadas de siembra y recolección. Esas, por demás, con las que el hombre andino colombiano ha sabido manifestar desde la Conquista su dolor por la injusticia, y con la que reafirma desde entonces y hasta ahora su autoridad y propiedad sobre el terruño.

Como en una relación simbiótica, el hombre necesita de los árboles para construir esas herramientas con que embellece sus palabras. Al tiempo, la naturaleza misma, de alguna manera, encontró en la palabra un medio para perpetuarse en la historia humana.
No es gratuito que dos de las canciones más emblemáticas de nuestra cultura colombiana hagan mención de sus bellos poderes.

Los árboles sienten y hablan, y a veces cuentan su propia versión de lo que le ocurre al hombre, como cuando en Las acacias, esa bella melodía que musicalizó y trajo a estas tierras Jorge Molina Cano, se rememora esa casa vieja abandonada por el mundo: “Dolorido, fatigado de este viaje de la vida, he pasado por las puertas de la estancia, y una historia me contaron las acacias: todo ha muerto, la alegría y el bullicio. Los que fueron la alegría y el calor de aquella casa, se marcharon unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma. Se marcharon para siempre de la casa”.

En ocasiones, la nostalgia del hombre andino trasciende la naturaleza silenciosa de los árboles. Entonces, un Jorge Villamil observador y triste escribe Los guaduales, y encuentra en ellos lo que muchos somos: un manojo de tristeza. “Lloran, lloran los guaduales, porque también tienen alma. Y los he visto llorando, y los he visto llorando cuando en las tardes los estremece el viento en los valles”.

En letra cursiva

Los instrumentos musicales de la región Andina nacen a partir de las diferentes especies vegetales que los mismos locales han ido ensayando e introduciendo a los diferentes ritmos. Aunque son pocos los instrumentos de viento que emplea esta música, estos provienen de las poáceas o gramíneas, que tienen la característica perfecta de poder soplar su interior y producir un silbido melodioso. Es el caso de la guadua (Guadua angustifolia) y del carrizo (Arundo donax). Se debe tener en cuenta que carrizo no se refiere únicamente al popular carrizo Arundo donax, sino a gran cantidad de gramíneas que casi siempre crecen junto a cuerpos de agua.

Los instrumentos más populares en la región son los hechos de maderas como la ceiba (Ceiba pentandra), una malvácea con la que se elabora la tambora, y el cedro (Cedrela odorata), una meliácea cuya madera es tan apreciada que los músicos la quieren tener como el cuerpo de sus guitarras. Ya en las marimbas, se aprecia la madera de chonta o madera de palma, que en la región Andina tiende a ser de la arecácea Wettinia castanea. Para la elaboración de otros instrumentos musicales, el totumo o calabazo (Crescentia cujete) es muy usado. El fruto seco de esta bignoniácea es tan particular que no solo es apreciado en la música de esta región, sino que también se aprovecha para la elaboración de diferentes recipientes, incluyendo el poporo para el mambeo de la coca. No debe confundirse con la calabaza que usamos en la cocina (Cucurbita pepo), que es una cucurbitácea diferente. Otros instrumentos musicales de menor tamaño son elaborados con la madera del cucharo (Myrsine guianensis), que hace parte de las primuláceas, o del árbol trébol o guayacán trébol (Platymiscium pinnatum), una fabácea que estrictamente hablando no es ni un trébol ni un guayacán. Adquiere este nombre poque sus hojas tienen los tres lóbulos y el tamaño de las del guayacán. Esta confusión etimológica es más que común. Otro caso es el de las acacias. Hay muchas y de orígenes diversos: la amarilla (Acacia retinodes) o la acacia negra o japonesa (Acacia melanoxylon), que en realidad proviene de Australia. Pero muchas especies similares también llevan este nombre común, por lo que en realidad serían falsas acacias, como es el caso de la acacia rosada (Cassia javanica), que aunque también hace parte de las fabáceas o leguminosas, pertenece a un género diferente.

Puy o polvillo (Tabebuia sp.) Foto: Ana María Mejía

Tierra de festivales

A la suma de Tolima y Huila se le llama comúnmente Tolima Grande. Por su riqueza en ritmos y aires andinos, se jactan de ser los dos departamentos más sonoros del país, al punto de que Ibagué es considerada la “capital musical de Colombia”. Tienen una gran influencia indígena: allí vivieron pijaos, panches, tamas, coyaimas y natagaimas. Pero también fueron los territorios más fuertemente influenciados por los españoles y el cristianismo. Así, conviven nostalgias y creencias de los unos y los otros, pero sobresale la celebración a san Pedro y san Pablo, que hoy se conmemora con fiestas. Esas festividades son el momento propicio para dar rienda suelta a sus muchos festivales, como el Festival Nacional de la Tambora, en El Espinal (Tolima); el Festival Nacional de Música Colombiana y el Concurso Nacional de Duetos Príncipes de la Canción, en Ibagué; y el Festival Nacional del Bambuco, en Neiva. Y, también en el Huila, el Encuentro Departamental de Música Campesina, el de Bandas y el de Rajaleñas.

 

Aires olvidados

Pocos vientos contiene la llamada música andina colombiana. Reemplazados por la palabra como elemento central en sus diversos tipos de conjuntos, apenas se asoman con clarinetes eventualmente usados en las estudiantinas del noroccidente de los Andes colombianos. Igualmente, a través de ocarinas —casi extintas— y de un sobreviviente indígena que hasta ahora acompaña a ciertos grupos: el capador. Así se le conoce desde Cundinamarca hasta Huila, y era usado por los vaqueros encargados de recorrer los campos ofreciendo sus servicios de capadores o castradores de animales. A esa reunión de pequeñas cañas se le conoce también como carrizo, por el tipo de caña usado para su fabricación, o como chiflos, generalmente en Boyacá. Tal vez su nombre más bello sea flauta de pan, y utiliza escalas pentatónicas que varían según el tipo de caña que se use. Aparece eventualmente en torbellinos, bambucos, pasillos y criollas.

Quenas de nazareno y de balso (Peltogyne purpurea, Ochroma pyramidale). Foto: Ana María Mejía

Lo que ofrecen las guaduas

La Guadua angustifolia tiene la virtud de crecer casi en todas partes. La encontramos desde México hasta Argentina. Por eso se la nombra en diversas regiones, y especialmente en la región Andina colombiana, en donde sirve para la construcción de edificaciones tanto como para la fabricación de utensilios, artesanías e instrumentos musicales. Crece hasta los veinticinco metros de altura y posee un bello color verde que la diferencia de otras cañas y guaduas de la familia de las poáceas. Por sus flores esquivas —acaso se ven cada seis años—, se considera que la guadua es una suerte de pasto gigante. Su uso en la fabricación de instrumentos musicales es legado del lado indígena de la región Andina. Fueron muchas las culturas que aportaron sus idiófonos para lo que hoy son conjuntos típicos campesinos.

 

La herencia del Oriente

Otro de los grandes aportes recibidos por la música andina colombiana proviene del oriente del país, en cuyas montañas el trote firme y melodioso de los motilones dio pie para la creación de uno de los ritmos más bellos de nuestra tierra: el torbellino. Acunado hoy en la provincia de Vélez, en Santander, se dispersó por Boyacá, que hoy lo considera también muy suyo, y por Cundinamarca, lo que implica que, además, llegó al Tolima Grande y derivó en otros aires musicales. Algunos resaltan su parecido con el bunde y con ese derivado que conocemos como criolla. Ningún instrumento de viento del Oriente sobrevivió tampoco en esta región amante de la palabra y de las historias.

Cedro negro (Juglans neotropica). Foto: Ana María Mejía

Las foráneas

Curioso resulta que una de las plantas más famosas de nuestra tierra, al menos por su incursión exitosa en la música andina, no sea realmente endémica. De hecho, las acacias tienen su origen en Asia y Oceanía, pero por alguna razón crecen aquí en tres variedades mayoritariamente. Una de esas especies es la acacia rosada, que llega a los doce metros y que se adapta en buenas condiciones hasta los mil quinientos metros sobre el nivel del mar: resulta ser nativa de India, Birmania y Malasia. Tal vez la más cercana a nuestro entorno sea la acacia amarilla, proveniente de Brasil, que llega a los dieciséis metros de altura y alcanza a vivir saludablemente hasta a los mil ochocientos metros sobre el nivel del mar.

 

El bambuco es negro

En Por los senderos de sus ancestros, Manuel Zapata Olivella reconstruye la historia del que por muchas décadas durante el siglo xx fue el ritmo insignia de los colombianos: el bambuco, un aire que, según él, reclama la mención del Pacífico. “Viene aquí del caso anotar que en el litoral Pacífico el currulao recibe la denominación de bambuco, y nada tan eminentemente africano como él, expresión viva de instrumentos y ritmos traídos por los esclavos. Existe toda una trama de transición del currulao al bambuco andino, entre los pueblos de valles y vertientes hasta llegar al altiplano”. Expresa, además, que ese tránsito entre lo negro y lo andino no fue del todo sencillo; que se requirió de años de mestizaje y de muchos años más de viajes del Pacífico al centro del país para que el milagro ocurriera; que fue en Antioquia, Caldas y Cundinamarca donde el currulao perdió paulatinamente su forma original —y sus marimbas de chonta—, pero que fue en la tierra caliente del Tolima Grande donde se acentuó la herencia indígena y su afición por la palabra, con lo que los instrumentos de viento que pudo tener el currulao también desaparecieron casi por completo.

Las plantas más constantes

Familia

Nombre científico

Nombre común

Usos

Bignoniáceas Crescentia cujete Calabazo, totumo, bangaño Con los frutos secos se elaboran instrumentos musicales
y recipientes
Cannáceas Canna indica Achira Ornamental y como alimento. Las semillas se usan en
instrumentos musicales
Fabáceas Acacia melanoxylon Acacia, acacia japonesa, acacia negra Ayuda a recuperar terrenos erosionados. En postes y cercas
Fabáceas Cassia javanica Acacia rosada En medicina se usa para tratar cólicos y diabetes
Fabáceas Platymiscium pinnatum Trébol, guayacán trebol Madera durable, resistente a hongos e insectos
Malváceas Ceiba pentandra Ceiba Madera apreciada para la elaboración de la tambora
Meliáceas Cedrela odorata Cedro La más buscada para la fabricación de guitarras
Poáceas Arundo donax Carrizo Usado para hacer instrumentos de viento. Además como diurético
Poáceas Guadua angustifolia Guadua Apreciada en construcciones y para la elaboración de
instrumentos musicales
Primuláceas Myrsine guianensis Cucharo Ornamental y musical. También en postes y cercas

 

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