Plantas que valen oro

Por Cristian Zapata
Publicado en Savia Andina

Hay un cuento que es así. Francisco Javier Matiz es el recordado pintor que se encargó de dejar varios de los más bellos trazos de plantas para la historia. Aunque su propósito al pintarlas era más científico que artístico. Lo hizo contratado por el sabio José Celestino Mutis para dejar la memoria gráfica de la famosa expedición botánica en esos tiempos previos a la fotografía.

De puño y letra de Matiz se cuenta que en alguna ocasión, a finales del siglo xviii, encontró en una hacienda del Tolima a un esclavo negro llamado Pío manipulando insólitamente a una serpiente venenosa. Después de indagarlo con asombro, el esclavo le contó que pocos días antes, en un paseo por el campo, notó que un águila comía y picoteaba la hoja de un bejuco, para justo después lanzarse al suelo y cazar una de esas mismas serpientes. Agregó que pudo ver incluso cómo el ave agarró la culebra y hasta jugueteó con ella sin que esta reaccionara ni intentara morder.

Justa razón o tachuelo (Zanthoxylum monophyllum). Foto: Ana María Mejía

El esclavo se ocupó de identificar las hojas de esa planta y comprobó después que efectivamente servía como contra para el veneno de las víboras, y más aún, hacía que cayeran en un letargo que les impedía atacar.

Matiz le contó la historia de Pío al sabio Mutis, y ambos quisieron realizar un experimento allí mismo. Tan maravillado estaba el pintor con lo visto, que se llenó de valentía y accedió a dejarse morder de una serpiente similar, ante la vigilancia incrédula de los demás presentes, para luego comprobar cómo la planta suministrada por el esclavo servía como antídoto y lo curaba al instante. Nada le pasó después de la mordedura, cuando lo normal sería haber entrado en agonía.

El exitoso experimento se relató en varios periódicos de la época. Y al recuento de Matiz se sumaron después otros de Mutis y hasta del mismísimo Humboldt. Incluso se dio alguna pequeña disputa entre los tres sobre quién había sido el real descubridor de ese prodigioso antídoto, olvidando de paso el crédito originario del negro Pío y su curiosidad.

Las hojas de ese bejuco milagroso son ovaladas y las remarcan unas estrías de tono blanquecino que forman la cabeza de la serpiente, mostrando así su uso. O por lo menos eso cuentan los jaibanás, médicos brujos de los indígenas emberas, que desde siempre la habían usado en sus comunidades apostadas a lo largo de la cordillera Occidental. Ellos lo llaman huaco, entre los mestizos de la región Andina mutó a guaco y en la advenediza sabiduría occidental se denomina Mikania guaco.

Salvia florecida (Salvia scutellarioides) Foto: Ana María Mejía

En los tiempos coloniales fue una de las más reconocidas plantas medicinales, usada contra las picaduras de culebras, alacranes e incluso rayas. En 1808, el virreinato de la Nueva Granada pidió a la provincia de Antioquia un inventario de toda su flora, y en el informe de contestación se la resaltó en primer lugar como el mejor remedio contra venenos. Hasta don Tomás Carrasquilla la menciona en su cuento “Dimitas Arias”.

El guaco ayudó a la colonización antioqueña casi tanto como el hacha. Importaban todas esas plantas que podían aminorar los peligros para el colono, siendo el mayor el de los venenos inoculados por todas las ponzoñas del monte. Y estuvo además presente en las digresiones de las primeras mentes sensibles que tempranamente sintieron la nostalgia culpable por la sabiduría ancestral que se perdía para la botánica y la medicina con el exterminio indígena.

Ya en 1565, el sevillano Nicolás Bautista Monardes había publicado un libro en el que “se trata de todas las cosas que traen de nuestras Indias occidentales que sirven al uso de la medicina”. Y en él advertía, desde el prólogo, que las “plantas con virtudes medicinales” que estaban llegando al Viejo Mundo desde Cartagena debían ser más valiosas que el oro y la plata que venían con ellas.

Alfalfa (Medicago sativa) Foto: Ana María Mejía

Y similares aserciones se oyeron en esta región Andina. Como la de otro sabio naturalista y prócer de la patria: el mismísimo Francisco José de Caldas, quien en sus memorias de expediciones caucanas consagró sucesos como el que vivió con un indio, de quien cuenta que le mostró todas las plantas que servían para la picadura de culebra, notando cómo el nativo, sin querer, las había además clasificado, pues todas eran del género Besleria.

Y en 1860, Florentino Vezga, abogado de formación como Caldas, y, también como él, rebelde por accidente y naturalista ante todo, publicó su Botánica indígena, donde vuelve a hablar del guaco en primer lugar y explica que solo se aventuró a escribir un tratado así “A fin de excitar el celo científico de nuestros compatriotas en favor de los conocimientos botánicos de los indios, pues la civilización debe apresurarse a sacar de la oscuridad de los desiertos, a cualquier costa, los tesoros intelectuales que aún quedan de una raza, en otro tiempo feliz, desgraciada hoy y condenada a desaparecer, tal vez no muy tarde, de la superficie de nuestro planeta”.

Guaco morado (Mikania guaco) Foto: Ana María Mejía

Después vinieron dos obras colosales sobre las virtudes medicinales de las plantas del país. La primera es de la década del treinta, escrita por Enrique Pérez Arbeláez. Casi mil páginas y setencientas ilustraciones condensadas bajo el nombre Plantas útiles de Colombia. Y luego, el exhaustivo Hernando García Barriga escribió Flora medicinal de Colombia. Mil quinientas páginas y tres tomos, publicado en los años setenta. Ambas obras manifiestan la misma pesadumbre por la sabiduría indígena quizás ya irrecuperable, pero también son invitaciones de tenacidad para descubrir de verdad el continente desde las virtudes medicinales de su flora.

El guaco es hoy más escaso de encontrar o reconocer en la región Andina. Va hacia el olvido o la indiferencia, y en eso parece compartir suerte con los pueblos originarios que lo aprovechaban. Es una planta que tiene historia con las tres razas que la descubrieron, cada una por su cuenta. Se le dedica tanto espacio aquí porque puede ser el pequeño ejemplo que da cuenta del todo. Es él un bejuco leñoso indicado para ver el bosque: el bosque de plantas medicinales andinas, hijas de la sabiduría milenaria de culturas subvaloradas y luego tardíamente estudiadas con devoción y congoja, ante la autocrítica de la civilización que las quiso descubrir y desaparecer a la vez. Una semilla buena y otra mala, de las que salió una sola cosa llamada nosotros. Como el evangelio del trigo y la cizaña, para no salir del tema botánico.

Pero es injusto no pasar de la queja porque mucha de esa tradición curativa se heredó y se preserva en esta región hasta el día de hoy. Desde la Antioquia amplia hasta el alto Putumayo, y pasando por el altiplano cundinamarqués, hay en el presente una infinidad de plantas de huerta que son remedios caseros imprescindibles. Y que, haciendo una rústica taxonomía, notaría uno que se dividen según la duplicidad del clima. Las plantas calientes sirven para los males del frío, y viceversa.

Por eso, por ejemplo, hoy para las gripas y los problemas respiratorios se ingieren decocciones hirvientes de plantas como el cidrón (Aloysia citriodora), la altamisa (Ambrosia peruviana), el eucalipto (Eucalyptus sp.) o los populares manzanilla y limoncillo (Matricaria recutita y Cymbopogon citratus), con sus nombres en diminutivo.

 

Hojas de alcachofa (Cynara scolymus) Foto: Ana María Mejía

Y las dolencias que se asocian con el calor, como las fiebres, golpes, hinchazones y hemorragias, se tratan por la vía externa con baños y ungimientos de matarratón (Gliricidia sepium), salvia (Austroeupatorium inulaefolium), sauco (Sambucus nigra) o, ya muy en Cundinamarca, el cedro nogal (Juglans neotropica) o la pompas (Gomphocarpus fruticosus).

También se encuentran otras cuyas propiedades curativas les valieron su nombre vulgar, como la hierba llamada “curahígado”, muy conocida como ajenjo (Artemisia sp.), de la que no hace falta contar más, o el arbusto de nombre “desvanecedora” (Tournefortia fuliginosa), llamada así por ser antiparasitaria, o la arrogantemente denominada yerbabuena (Mentha x piperita), que con semejante nombre sirve, o por lo menos se usa, para casi todo.

Otra forma de cercanía con la tradición ancestral se nota en eso de no secularizar el uso medicinal de las plantas y, en cambio, a veces, acompañar ese uso curativo con un rito que luego se vuelve cábala, y que hace que las plantas pasen de remedios a amuletos, de solo botánica a magia, de la mera química a la alquimia.

Esa es la razón por la que en pueblos y ciudades de la diversa región Andina se encuentran plantas que además de remedios se ven como talismanes o piedras filosofales. Por eso al romero (Rosmarinus officinalis), por ejemplo, lo hierven en agua para tomarlo contra el dolor de estómago, o frotarlo en la piel y el cabello, por cosmética, o echarse encima baños esotéricos para atraer la riqueza.

Ruda florecida (Ruta graveolens) Foto: Ana María Mejía

Y lo mismo pasa con la ruda (Ruta chalepensis y Ruta graveolens), un famosísimo arbusto tan frondoso que con el tiempo toma un tallo leñoso y firme, y cuyas hojas son fotosensibles. Queman y manchan cuando alguien se aplica su sustancia en la piel y luego se expone al sol. Es nativa del sur de Europa y se la encuentra mencionada en las leyes de Carlomagno, los libros de Plinio el Viejo y hasta en la Biblia: “Ay de vosotros fariseos que pagáis el diezmo de la ruda y olvidáis la justicia y el amor a Dios” (Lucas, 11: 42.)

En estas tierras se le han contado más de veinte usos, desde el alivio de los dolores menstruales y las infecciones bucales hasta la repelencia de insectos e incluso de visitas ingratas —cuando se cuelga tras la puerta de las fincas— o, además, la señal de la llegada de una bendición intempestiva, según se anuncia cuando la venden por las calles. Hace un tiempo —para terminar con anécdota propia— una señora me regaló una ramita de ruda en un bus de Medellín. Decía que esa planta era tan buena que ella misma le había puesto por sobrenombre “la visera”. Cuando le pregunté por qué, contestó como cosa obvia: “Pues porque a todo el que se la he dado, ahí mismo le dan la visa”.

Quina (Cinchona pubescens). Foto: Ana María Mejía

En letra cursiva

La región Andina posee una gran cantidad de medicamentos naturales que son extraídos de las plantas de la región. Entre estos fármacos botánicos se destacan aquellos componentes utilizados en medicina popular, como la salicina, que antes de ser sintetizada es extraída del sauce (Salix humboldtiana), que hace parte de las salicáceas. Otros elementos de gran importancia, aunque tan tóxicos que pueden llegar a ser mortales, son los alcaloides tropánicos, extraídos de las trompetas de la verdad (Brugmansia sp.), de las solanáceas. A pesar de la belleza de sus flores, la siembra de estos árboles ha causado controversias, ya que los alcaloides tropánicos, de los que se consigue la escopolamina, causan el efecto de confusión y de desorientación, por lo cual es conocida popularmente como borrachero.

No todas las medicinas botánicas provienen de vistosos y grandes árboles. De hecho la gran mayoría de plantas medicinales pertenecen a las familias botánicas de las asteráceas y las lamiáceas. Las asteráceas son especies botánicas cosmopolitas, por lo cual las vamos a ver donde quiera que vayamos. A esta familia pertenecen la altamisa (Ambrosia peruviana), el guaco (Mikania guaco), el ajenjo (Artemisia sp.) y la manzanilla (Matricaria recutita). Esta manzanilla, conocida también como manzanilla de Castilla, no es la especie utilizada en el té del mismo nombre. Esta última es la manzanilla común (Chamaemelum nobile). Aunque las dos provienen de Europa y se toman en infusiones con la misma finalidad, la Matricaria recutita es más común de encontrar en la región Andina y en toda Colombia. Las lamiáceas, a diferencia de las asteráceas, se caracterizan por presentar plantas casi siempre aromáticas, muchas de las cuales, además de ser empleadas en medicina natural, son bastante populares en culinaria. Por ejemplo el toronjil (Melissa officinalis), la yerbabuena (Mentha x piperita), el romero (Rosmarinus officinalis) y la salvia (Salvia sp.). El nombre común y científico de salvia proviene del latín salvare, salvar, que hace alusión a la altísima cantidad de propiedades medicinales que presenta esta planta. Otro caso donde el nombre común y el científico de una especie botánica hace alusión a sus propiedades medicinales es la altamisa, una asterácea del género Ambrosia, que proviene del griego ambrotos, que significa inmortal.

Eneldo (Anethum graveolens). 

La penca habla

La planta que se lleva el primer lugar dentro de la región Andina, por lo menos en cuanto a fama de curativa, es sin lugar a dudas la conocida penca de sábila (Aloe vera). Se dice que puede ser originaria de Arabia, pero aquí se cultiva ampliamente en las zonas frías. Las sabidurías populares le adjudican más de treinta virtudes medicinales. La planta produce una sustancia cristalizada que se toma en licuados contra las enfermedades respiratorias y dizque para limpiar la sangre y el colon. También se aplica sobre las quemaduras y como cicatrizante. Las hojas licuadas se toman para las enfermedades hepáticas, la hipertensión, el reumatismo y las úlceras. Las raíces, en infusión, se usan para tratar la tosferina. Y las tres partes, hojas, raíz y cristal, se consumen juntas también porque se dice que “limpian el cuerpo” y sirven contra el cáncer. En los vademécums se agrega que también es útil como laxante y contra el estreñimiento. Y la lista sigue…

 

Los piecitos europeos

Se estima que en Colombia pueden existir unas treinta y cinco mil especies de plantas medicinales, lo cual la hace el país más rico del mundo en esta clase de flora. Adicionalmente se cuentan unas cien especies traídas desde Europa, que curiosamente se volvieron las más populares en cuanto a sus propiedades para la salud. Entre estas últimas se cuentan, por ejemplo, la manzanilla (Matricaria recutita), el cartucho o chupamieles o digitalis (Digitalis purpurea) y el llantén (Plantago major). También hay otro grupo de plantas introducidas que hoy día son reconocidos sedantes. Desde los más fuertes como la Papaver somniferum, mejor conocida como amapola, de la que, como es sabido, se extrae el opio, hasta tranquilizantes ligeros como el cidrón (Aloysia citriodora) y el toronjil (Melissa officinalis), que se toman en infusión para calmar los nervios. Estas últimas plantas se propagan con facilidad, dado que basta clavar una de sus ramas en la tierra para que se reproduzcan. A las ramas y retoños que tienen esa facilidad la botánica los llama “esquejes”, y los que saben de plantas, “piecitos”.

 

La química entre árboles

En las sabanas de Bogotá se encuentran dos árboles muy apetecidos para la producción de fármacos. La primera de esas especies es el sauce (Salix humboldtiana). Sus hojas y corteza se usan para tratar el reumatismo y los tallos tiernos para la caries dental. De él se extraen la salicina, el ácido tánico y el ácido salicílico, que es el principal componente gracias al cual se creó hace más de un siglo la famosa Aspirina. Por otro lado, también se encuentra una especie de las llamadas ñames, dioscóreas (Dioscorea sp.), y de esta, junto con la Dioscorea coriacea conocida como guatamo que se encuentra en Sonsón, Antioquia, se logró aislar y extraer en 1949 la cortisona, popular medicamento contra dolencias e inflamaciones.

 

Cidrón (Aloysia citriodora). Foto: Ana María Mejía

Un tinto contra el cáncer

Estudios del profesor García Barriga identificaron varias especies entre la flora de la región Andina que tenían fuertes propiedades como desinflamatorios, al punto de que curaban úlceras malignas y disolvían tumores. En otras palabras, afirmaba que en la región Andina existían varias de las principales especies tenidas como anticancerígenas. Entre las que enunció estaban la Handroanthus serratifolius (Tabebuia serratifolia), conocida comúnmente como palo de arco, y el guayacán Handroanthus guayacan (Tabebuia guayacan). Decía que la fuerte madera de ambas especies contiene unos grupos de componentes llamados quinonas, de los que se conocen comprobados efectos contra el cáncer. También se mencionó en sus estudios el árbol conocido como santamaría en el Tolima o gerillo en Cundinamarca (Critoniella acuminata), que crece sólo a los mil metros sobre el nivel del mar y que se usa en decocción para curar enfermedades de la piel. El profesor García Barriga también llegó a mencionar, dentro del grupo de las especies andinas anticancerígenas, al mismísimo árbol del café, Coffea arabica, agregando que había serios indicios en sus investigaciones de que hasta la famosa bebida, sacada de sus semillas luego de ser tostadas, tenía propiedades preventivas contra esta enfermedad.

 

Las medicinales de los emberas

Según cifras de la Organización Mundial de la Salud, un cuarenta por ciento del total de la población colombiana recurre como primera opción a la medicina tradicional ante quebrantos de salud. Las comunidades más alejadas son las que más usan las plantas medicinales, entre ellas las comunidades indígenas. Dentro de estas una de las más numerosas en la región Andina es la de los emberas, divididos en catíos y chamíes, o, como también se les suele clasificar entre el común, emberas de río y emberas de montaña. Se calculan en unos treinta mil los de la parte andina; y entre sus plantas más usadas en curaciones están la yerbabuena (Mentha x piperita), la altamisa (Ambrosia peruviana), el borrachero (Brugmansia sp.), la menta (Mentha sp.), la salvia (Salvia sp.), el guaco (Mikania guaco), el cordoncillo (Piper aduncum) y la hoja de sangre (Columnea kalbreyeriana).

Las plantas más constantes

 

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Adoxáceas Sambucus nigra Sauco Las flores en infusión se toman para calmar la tos
Asteráceas Ambrosia peruviana Altamisa Calma la gripa y combate parásitos intestinales
Asteráceas Matricaria recutita Manzanilla La infusión de sus flores es digestiva, calma los nervios y alivia la gripa
Asteráceas Mikania guaco Guaco Sus hojas cocinadas se usan como antídoto contra mordeduras
de serpientes
Lamiáceas Melissa officinalis Toronjil Calma el músculo cardiaco. Usada como tranquilizante
Lamiáceas Mentha x piperita Yerbabuena Agradable aroma para la cocina. Múltiples usos medicinales
Lamiáceas Rosmarinus officinalis Romero Antioxidante. Para el dolor de encías
Lamiáceas Salvia sp. Salvia Contra el dolor y la fiebre. Antibiótico
Papaveráceas Papaver somniferum Amapola, dormidera De sus tallos y frutos se extrae el opio
Salicáceas Salix humboldtiana Sauce Aprovechada para la producción de Aspirina
Verbenáceas Aloysia citriodora Cidrón Para la gripa y problemas respiratorios. Aromática
Xantorreáceas Aloe vera Sábila El líquido de sus hojas es aplicado como cicatrizante y alivia quemaduras

 

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