Santuario de las especies

Por Adriana Echeverry
Publicado en Savia Andina

El canto de las cigarras presagia días de calor. Son miles y su chillido a veces ensordece, pero no cabe duda de que es una magnífica banda sonora para este santuario vegetal que alberga centenares de especies que están amenazadas y otras tantas que pueden ser aprovechadas por el hombre de manera racional.

Se trata del Jardín Botánico Juan María Céspedes, que reposa en el piedemonte de la cordillera Central, en el corregimiento de Mateguadua, a siete kilómetros del municipio de Tuluá. Sobre sus terrenos ondulados (la altura oscila entre los mil cincuenta y los mil trescientos metros sobre el nivel del mar) caen lluvias en dos periodos trimestrales que se alternan con dos de sequía, aunque la temperatura se mantiene en un promedio de veinticinco grados centígrados, como en toda la zona central del Valle del Cauca. Son ciento cincuenta y cuatro hectáreas —de las cuales cien son reserva natural— que lo convierten en el jardín botánico más grande del país y también en uno de los más importantes por albergar y proteger un ecosistema que se extingue: el de los bosques secos tropicales.

Flor de arizá o árbol de la cruz (Brownea grandiceps) Foto: Ana María Mejía

Las cifras que ilustran la temible amenaza de este ecosistema son devastadoras: de los casi diez millones de hectáreas que existían, apenas sobrevive un ocho por ciento, según dicen los más optimistas; los menos optimistas creen que no queda más de un cinco por ciento, lo que lo convierte en uno de los ecosistemas más afectados. Todo esto como consecuencia de la constante intervención del hombre para la producción agrícola y minera.

Ante este lamentable riesgo de extinción, el Jardín Botánico Juan María Céspedes dedica muchos de sus recursos y esfuerzos a la caracterización de los rasgos funcionales, la composición y la estructura del bosque seco para saber cómo está compuesto y cómo pervive. Y por supuesto, a la conservación de especies de la flora nativa. Por eso, dentro de sus fronteras, bajo el resguardo de un equipo de profesionales, habitan plácidamente decenas de ellas: el aromo (Vachellia farnesiana), arrayanes (Eugenia biflora o Myrcia popayanensis), el chambimbe (Sapindus saponaria), el sangregao (Croton gossypiifolius) y la venturosa (Lantana camara); el zurrumbo (Trema micrantha) y el totocal (Achatocarpus nigricans), el matarratón (Gliricidia sepium) y la jigua (Cinnamomum sp.), el mestizo (Cupania cinerea), el huesito (Malpighia glabra) y el cucharo (Clusia sp.). Estas y muchas más, que por desventura tienen en común el riesgo de desaparecer.

Retoño de guadua (Guadua incana) Foto: Ana María Mejía

Uno de los mayores atractivos de este jardín botánico son las colecciones vivas de algunas especies particulares como las Zamias y las Cycas, plantas que evolucionaron hace doscientos ochenta millones de años y son consideradas fósiles vivientes; la de guaduas y otros bambúes, que en el sentido estricto de la botánica son pastos gigantes; la de las heliconias, con sus formas exóticas y sus colores intensos, y la de las bombacáceas, que actualmente hacen parte de las malváceas, plantas dicotiledóneas intertropicales que con su porte y tamaño se aseguran de no pasar desapercibidas.

En su empeño por acercar a los visitantes a la riqueza vegetal, el jardín de Tuluá cuenta con un museo etnobotánico: una red de caminos empedrados que conducen al visitante por un recorrido que visibiliza la relación del ser humano con la vegetación y el aprovechamiento que este hace de plantas medicinales, tintóreas, comestibles, oleaginosas, alucinógenas y fibrosas.

Retoño de bambú (Bambusa vulgaris) Foto: Ana María Mejía

Están ahí, por ejemplo, algunas especies de las que utilizamos sus fibras: la iraca, que usamos para hacer sombreros; las bromelias, para hacer mochilas y para hacer cuerdas y lazos; la majagua, “con la que amarraron a don Goyo”, como narra la canción. Están también las medicinales como el justarrazón, al que los científicos observan con atención porque hay indicios de sus propiedades curativas contra el cáncer de seno. También el caraño, muy común en los patios traseros de las casas, que se usa para hacer emplastos y tiene facultades antibacterianas. Están los árboles frutales, las plantas aromáticas y las oleaginosas, de las que se extraen gomas, ceras y resinas; los maderables y las plantas alucinógenas o mágicas como el yopo, el borrachero, la coca y el yagé. Solo como para nombrar algunas, porque el inventario es largo y rico.

Pitanga (Eugenia uniflora) Foto: Ana María Mejía

Con esa idea, la de la variedad vegetal, nació el jardín botánico. Su creación fue lenta, a pesar de las voluntades que desde mediados del siglo pasado pusieron empeño en ella: en 1948, con motivo de la conmemoración del centenario de la muerte de Juan María Céspedes, sacerdote, botánico y prócer de la Independencia, surgió la idea de crear un centro de botánica en su honor. Pero tuvieron que pasar más de veinte años para que, finalmente, en 1966, los entes gubernamentales le dieran forma al proyecto definitivo y lo llevaran un paso adelante hacia su ejecución.

Fue entonces cuando crearon una comisión a la que se le encomendó la elección del lugar idóneo para la creación del jardín. A la cabeza estaba Víctor Manuel Patiño, hombre de ciencia y protagonista de muchas de las expediciones botánicas más importantes realizadas en Colombia y otros países de Latinoamérica. Su conocimiento y pasión científica convirtieron en hechos los propósitos y demarcaron los terrenos físicos y conceptuales para la conservación y el estudio de especies del piedemonte de la cordillera Central, pero también para la aclimatación y adaptación de nuevas especies.

Bambú wami (Bambusa vulgaris cv. wami) Foto: Ana María Mejía

Por recomendación de la comisión que encabezaba Patiño, el departamento del Valle del Cauca compró en 1968 setenta hectáreas de la finca Buenos Aires, ubicada en el corregimiento de Mateguadua, y dos años después adquirió la finca Potrerillo, contigua al predio anterior, para completar ciento cincuenta y cuatro hectáreas bordeadas por el río Tuluá, que a esa altura goza de aguas cristalinas y sonoras, y aportan un encanto mayor a lo que ya es de por sí un refugio mágico en el que cohabitan cerca de 1.800 especies vegetales con 148 tipos de aves, 180 especies de mariposas y 45 de mamíferos.

Falso laurel (Ficus benjamina). Foto: Ana María Mejía

La misión de Víctor Manuel Patiño no concluyó en la escogencia del lugar. Fue él quien trajo, de las múltiples expediciones que realizó, una gran cantidad de material botánico, fundamental para iniciar las diversas colecciones del jardín. Además de la de Zamias y Cycas, de la de bombacáceas o malváceas y heliconias, tiene una de palmas que reúne más de veinte especies, entre las que están el corozo o mararay (Aiphanes horrida), el corozo grande o corozo (Acrocomia aculeata), la chambira (Astrocaryum chambira), el güerregue o güérre (Astrocaryum standleyanum), el almendrón o táparo (Attalea amygdalina), el chontaduro (Bactris gasipaes), la palma africana (Elaeis guineensis), la palma nolí (Elaeis oleifera), la palma botella (Roystonea regia), la gerivá (Salacca edulis), la zancona o sarare (Syagrus sancona) y la palma abanico (Pritchardia pacifica).

Guayusa (Ilex guayusa) Foto: Ana María Mejía

Está también la colección de guaduas que, en el universo vegetal, son especies de inmensa generosidad: se les han encontrado más de mil usos, entre ellos en la construcción de techos, paredes, muebles, instrumentos musicales y artesanías. Además juegan un papel muy importante en la naturaleza por ser grandes reguladoras y protectoras de nacimientos y corrientes de agua. La guadua ha sido uno de los intereses particulares del jardín botánico. En 1985, con un proyecto financiado por Colciencias, nació la colección que hoy en día es un banco de bambusoideas: un lugar abierto, grande y fresco que alberga guaduas y otros tipos de bambués enormes, entre los que se encuentran reunidas decenas de especies, entre ellas la Guadua angustifolia, que es la más común en Colombia.

Con la creación del banco, el jardín empezó a trabajar en la caracterización molecular de las especies de bambúes que reúne para conocer su identidad genética; y se ha preocupado especialmente por la muerte descendente de la guadua: un curioso fenómeno que ocurre cuando las lluvias disminuyen y aparecen dos tipos de bacterias que ocasionan la muerte de los tallos adultos desde arriba hacia abajo.

Túnel de bambú (Bambusa sp.) Foto: Ana María Mejía

En su propósito por conocer, conservar y promover el uso sostenible de las especies, este recinto ecológico ha fijado varias líneas de acción. La recuperación de ecosistemas ha sido desde el comienzo una de ellas. La primera investigación que realizó el jardín giró en torno a procesos de restauración de los bosques de ladera que estaban siendo afectados considerablemente por la ganadería.

Desde entonces, el jardín botánico está permanentemente en la búsqueda de especies que permitan restaurar estructuras y funciones de ecosistemas que han estado expuestos a la constante intervención del hombre. Las investigaciones en esta materia están orientadas principalmente a la reproducción vegetal, la implementación de corredores biológicos y cercas vivas, el manejo de semillas y la adaptación de especies nativas.

Pasiflora arbórea (Passiflora arborea) Foto: Ana María Mejía

En la actualidad, el jardín trabaja en asocio con la Universidad del Valle algunos proyectos fundamentados en el aprovechamiento de las especies. Uno de ellos es el proyecto de especies vegetales subutilizadas: el equipo ha hecho un inventario de plantas, algunas de ellas usadas por nuestros antepasados pero cuyo manejó no pasó el filtro del tiempo y la memoria, y otras a las que nunca se les ha dado uso conocido, pero que tienen potencial en la medicina, la cocina, la construcción o cualquiera de los ámbitos por los que transita el hombre.

Conservar la flora nativa del piedemonte de la cordillera Central del Valle del Cauca, aclimatar y adaptar nuevas especies a través de su cultivo, realizar estudios de la flora vallecaucana y crear colecciones de semillas de las especies que tienen valor ecológico y económico son otros de los propósitos del Jardín Botánico Juan María Céspedes, al que con razón algunos llaman “Un edén de biodiversidad”.

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