Son de mar y de ríos

Por Úver Valencia
Publicado en Savia Pacífico

Hace años, muchos años en esta selva húmeda y caliente de aires pegajosos, nubes bajitas y constantes, y natura por doquier, les enseñaron a los negros del sur de las bocas del río San Juan, en el Pacífico colombiano, a aprovechar cada recurso para algo más que la supervivencia de sus cuerpos fuertes y esbeltos. Abundante como ningún otro recurso en esta vasta región, el agua —salada y dulce y pura y milagrosamente fría selva adentro y casi siempre caliente en el borde de cada charca, o río, o del mar— fue la herramienta clave para un aprendizaje mayor: traducir sus cantos, sus sonidos primarios, su sonar interno, su vasta historia negra hecha de viajes y esclavitudes.

Marimba de guadua y chonta. Fotografía por Ana María Mejía

Las mujeres, que observan desde siempre el mar mientras llevan a cabo sus quehaceres, escuchan las olas y descifran sus cadencias. De allí nacen los altibajos de esas voces muy suyas que lamentan desde el apuro de una tos hasta la pérdida de un niño, pero que también, en un chigualo que surge del alma adentro, celebra la gloria de su llegada al cielo.

Los hombres, por su parte, tienen la tarea de adornar esas melodías que los hacen lo que son: un pueblo que cuenta con música cada detalle de su vivir cotidiano, de sus fiestas y encuentros, como también de las violencias que lo persiguen y lo orillan, pero que lo hacen surgir fuerte en una tierra que, por encima de lo que cuente cualquier historia, siempre ha sido suya.

Esa simbiosis milagrosa entre el agua y todo lo que los rodea les enseñó a los propios cuándo aprovechar la madera de los árboles para lograr instrumentos únicos en sonidos. Así, saben en detalle cuál es el momento propicio para aprovechar la palma de chontaduro, la chonta —Bactris gasipaes, de la familia de las arecáceas—. Si la luna está llena y redonda, por encima de los nubarrones que a veces les niegan una visión clara del cielo, entonces el agua del mar sube y se desliza tierra adentro. La abundancia de líquido satura las maderas, y estas, en respuesta, se pudren, se inutilizan. Si por el contrario el agua anuncia su retirada y permanece serena en las orillas que con juicio vigilan los lugareños, la palma tendrá el agua justa y la dureza ideal, con lo que todo está dado para quitar los cientos de espinas de su corteza, cortar bien a ras el tronco y aprovechar cada centímetro de pulpa para dar nacimiento a la marimba.

Castaño colorao (Consopneura atopa). Foto por Ana María Mejía

Les corresponde a los artesanos más experimentados de Guapi, Timbiquí y otra decena de pueblos del Pacífico sur colombiano medir la nota justa que dará cada trozo de madera de chonta, así como el orden que llevarán en el instrumento las cerca de veinticuatro tablas que lo componen, armando así una marimba que luego tocarán pequeños y grandes. También tienen la labor, en un procedimiento que ya cuenta su edad en cientos de años, de encontrar selva adentro los árboles de una de las especies llamada en el Pacífico caucho o caucho negro (Castilla elastica) de la familia de las moráceas que llorarán el látex, con el que, pacientemente, moldearán el caucho que necesitan para sus mazos.

Pero las voces ornamentadas con olas de mar y las marimbas que resultan del milagro del agua y el ojo experto son apenas dos de los muchos instrumentos que inspira la naturaleza de estos seres que se resisten al olvido. De la guadua (Guadua angustifolia) ese habitante permanente de casi todo el territorio colombiano, nace también el guasá, o chucho de guadua, un instrumento de unos cuarenta centímetros de largo por ocho de diámetro, cerrado de un lado por el nudo natural de ese tronco hueco y resistente, y por el otro, por una tapa hecha a la medida con el mismo material. Adentro, piedras pequeñas o semillas secas de achira —Canna indica, de la familia de las cannáceas— producen un sonido agudo y abundante al son del movimiento de las manos de las mujeres, las cantaoras, casi siempre encargadas de hacer sonar, de manera diagonal, este instrumento pequeño y ruidoso.

Guitarras pequeñas. 

Todo esto se complementa con el sonido grave y rítmico de los cununos, macho y hembra, dos estructuras cónicas, casi cilíndricas, que se diferencian del tambor —alegre y llamador— del Caribe por tener el fondo recubierto de piel de venado. Son producto del balso puro (Ochroma pyramidale) de la familia de las malváceas, que es observado y esperado hasta el punto de madurez ideal, cuando es cortado en trozos de unos ciento veinte centímetros. El agua de nuevo hace lo suyo, ayudando a que los artesanos extraigan la pulpa, mientras les da a los cueros la flexibilidad correcta para ser templados. La tensión máxima se logra, al final, con amarres de una buena cantidad de bejuco matamba (Desmoncus orthacanthos) de las arecácea, una hierba leñosa que hace también presencia en la Amazonia.

Se calcula en casi un millón de personas la población del Pacífico colombiano, y que de este número más del noventa por ciento tiene ascendencia africana. Pero el territorio, amplio como es, también es propiedad de cerca de cincuenta mil indígenas de comunidades y familias como las de los andáguedas, baudós, catíos, citarás, chamíes, emberas, noanamas y quimbayas. Y, sí, un número igual existe de blancos y mestizos.

La herencia de cada una de estas comunidades enriquece el territorio en lo cultural. Por más distintas que sean, finalmente han vivido por siglos las mismas dificultades y ventajas estratégicas de pertenecer a esta tierra amplia en mar y rica en ríos y recursos naturales.

Los indígenas, que existieron desde siempre, aportan de su memoria antigua aires musicales y bailes que se identifican desde el sur, en Cauca y Nariño, hasta el norte, en el Chocó e incluso Antioquia. Predomina en ellos el uso de tambores de balso con cueros de tatabras y sonajas de semillas de achira con los que producen ritmos ceremoniales que se alejan bastante del sonar negro.

Tamboras de cedro macho y castaño blanco. Foto por Ana María Mejía

De los blancos queda el sonar europeo, incrustado, eso sí, en la idiosincrasia de un pueblo alguna vez africano que ya no reconoce cuándo adoptó tal contenido. Desde el siglo xvi, misiones religiosas que fueron dueñas de extensos territorios llevaron composiciones y cantos —entre ellos los gregorianos— que hoy siguen presentes en alabaos y arrullos, heredados también de los cantos de cuna y villancicos blancos.

Pero el componente africano sigue aquí, en currulaos que en sus muchas variedades —patacoré, berejú, caderona, bámbara negra, juga— adornan las noches chocoanas. También en melodías fúnebres como las del chigualo y el bunde, en el sur, ligadas íntimamente a los viejos territorios africanos del Congo, Guinea, Sudán y Sierra Leona, en donde, de hecho, nació la danza del wunde, y de donde proviene el nombre del ritmo hoy presente en el Pacífico colombiano.

Por todo esto, el sentir musical de este gran trozo de Colombia resulta ser uno solo en muchos aspectos. En la diversidad se encuentra a un mismo habitante del Pacífico que vive su religión y que lamenta y celebra con su voz y sus instrumentos cada instante de su vida. Existe, así, un contenido único, pero con algunas fronteras. Dicen, por lo mismo, que existe otro Pacífico en el norte de las bocas del río San Juan; uno hecho de instrumentos de viento modernos, como el clarinete, y de redoblantes que todo lo convierten en fiesta. Existe otro Pacífico, sí: el de las chirimías chocoanas, tan nuestras y tan ajenas y, al fin y al cabo, repletas de riqueza. Se cree que son un remanente de las bandas militares de viento del Sinú, llevadas a Quibdó en 1915 por el intendente de esa población, José Dolores Zante. Y que por tal razón, incluso, existen aires de fandango en algunas canciones chocoanas, si bien ante la imposibilidad de conseguir los instrumentos de metal, los lugareños acudieron a la naturaleza para reemplazarlos.

Palma memé (Wettinia quinaria). Foto por Ana María Mejía

Así, para el redoblante, utilizaron de nuevo el balso, que, como siempre, resultó moldeable y a la vez fino para un uso frecuente. Esta vez tomaron un trozo más pequeño del tronco y sacaron de él su contenido hasta dejar un cilindro hueco que cubrieron con dos pieles de venado tierno. A una de las pieles le adaptaron unas fibras metálicas, que le regalan ese timbre estridente y ceremonioso, y todo lo templaron con el indispensable bejuco matamba.

Lo propio se hizo para reemplazar los instrumentos de viento. Las flautas traversas chocoanas, desde entonces, están hechas de carrizo o pito (Olyra latifolia, de la familia de las poáceas), e incluso, en algún momento, se realizaron adaptaciones de clarinetes en diversas maderas, instrumentos que sobreviven apenas en algunos conjuntos musicales del norte del Chocó y sus vecindades con Antioquia, donde utilizan la palma real para la elaboración de la chirimía, un instrumento similar al clarinete. Pero muchos de aquellos instrumentos adaptados por necesidad desaparecieron con el tiempo. Los clarinetes son clarinetes hoy en día, y no una imitación, y a su lado suenan bombardinos, fiscornos y platillos, todos ellos metálicos, y redoblantes con películas sintéticas, traídos de otro lugar.

Sobrevive, sí, esa manía muy chocoana de festejarlo todo. De convertir cada acontecimiento, por pequeño que sea, en un motivo para el encuentro del Pacífico entero. Arriba y abajo del San Juan, y por sobre las aguas del inmenso Atrato, alguna vez “unidos” por el más improbable canal interoceánico que jamás existió, persiste la voz del negro, del indígena y del blanco, que celebra la vida por encima de todo. Un pueblo conformado por hijos de este lado del mundo que no extraña el África lejana que nunca ha conocido, que no llora la luna de otros tiempos más amables y que no se siente preso en su paraíso, incluso en medio de las diferencias y el conflicto.

Aquí el agua corre también, abundante, inquieta, y aquí también la luna levanta de su plana tranquilidad a las corrientes y las transforma en olas, y las hace hablar, incansablemente. Aquí también están los árboles —los grandes y los pequeños— y los animales todos, y todos los hombres por igual. Aquí las mujeres escuchan las olas, no dejan de hacerlo, y toman como suyas las cadencias de su voz eterna, mientras los hombres vigilan el mar, a la espera de hallar la dureza exacta de la chonta, esa materia prima de su propio canto. Aquí está la tierra que ahora, no existe duda, fue la de siempre. Y en la riqueza de esa natura que los habita está lo que fueron. Y lo que son.

En letra cursiva

Instrumentos de viento, cuerdas y hasta de percusión utilizados en la música del Pacífico colombiano son producto de muchas de las plantas que se han adaptado a un ambiente tan húmedo como el registrado en la selva del Pacífico, las cuales hacen parte de diferentes familias taxonómicas. Una de las familias con mayor cantidad de plantas utilizadas con tales fines es el de las arecáceas o las palmas.

Guasá hecho de guadua. Foto por Ana María Mejía.

Aunque la mayoría sirven de alimento o para la extracción de aceite vegetal, en el caso de la música se prestan para elaborar diferentes instrumentos: para la marimba, el chontaduro o Bactris gasipaes; para la chirimía, un instrumento bastante similar al clarinete, la palma real o Attalea colenda; y diferentes instrumentos se fabrican con la matamba o Desmoncus orthacanthos, con la cual sujetan o templan las partes de muchos de estos artefactos.

Aunque la morfología de los pastos o poáceas lleva a pensar que la mayoría de especies de este rango harían parte de los instrumentos de viento, es la Olyra latifolia, también denominada pito o carrizo, la que sirve allí para las flautas, mientras que la guadua, más precisamente Guadua angustifolia, se usa para fabricar el guasá, que suena gracias a las achiras (Canna indica), que lleva por dentro semillas de una planta perteneciente las cannáceas. A las poáceas también pertenece el bambú (Phyllostachys aurea), que además de ser apreciado en construcción por su madera fina, en la música es utilizado como resonador de los instrumentos.

Otra familia taxonómica usada para la elaboración de diferentes instrumentos musicales es la de las fabáceas o leguminosas, entre ellas el nato o Mora oleifera que sirve para hacer guitarras. A esta familia también pertenece la especie botánica que da origen al verdadero clarinete, el cual, aunque traído de África, tiene gran importancia como complemento de la música del Pacífico; se trata del granadillo o Dalbergia melanoxylon.

Otras especies de plantas dan lugar al característico sonido del tambor, como es el caso del denominado tambor o balso (Ochroma pyramidale) de las malváceas, que es punto de partida en la elaboración de los diferentes tipos de tambores. También cabe nombrar el banco (Hernandia didymantha) igualmente denominado tambor, que hace parte de las hernandiáceas y de donde sale la tambora. Aunque ambos tambores se remontan a diferentes familias taxonómicas, los dos retumban gracias a los mazos hechos con caucho o Castilla elastica, de las moráceas.

Balso (Ochroma pyramidale). Foto por Ana María Mejía

La marimba, más allá

Un nuevo territorio implicó para los pobladores del Pacífico de herencia africana adaptarse, entre muchas otras cosas, a nuevos insumos para la fabricación de los instrumentos musicales que llegaron con ellos; es decir, en su memoria. En el caso de la marimba, aprendieron a reemplazar los calabazos, usados en África como resonadores, por guadua joven y bambú. Desde entonces, este aparato cuidadosamente elaborado lleva en su parte inferior una serie de tubos que reciben el sonido de los golpes de la madera de chonta y los amplifican. Por supuesto, el timbre original es distinto, pero el nuevo resultó idóneo para sus necesidades.

El nombre africano del instrumento también cambió: conocido por los bantúes del continente antiguo como majimba o limbu, que significa objeto o instrumento musical, adoptó con los años el nombre de marimba. Mantiene, no obstante, un sentido que va más allá de acompañar los conjuntos populares en fiestas y celebraciones. La marimba sigue siendo parte esencial de las melodías con que sus intérpretes ejecutan verdaderos rituales de comunicación con Dios y con los muertos.

El mensaje, el cantar

En el Pacífico las mujeres son, por lo general, las facultadas para proveer el canto. Es una suerte de regla intrínseca de su tradición centenaria, y para ello se preparan desde pequeñas en la ejecución de formas melódicas con infinidad de variaciones. Lo mismo ocurre con el contenido mismo del mensaje transmitido, que, según el ritmo o aire, tiene desde un sentido lúdico hasta uno puramente ceremonial.

Resulta tremendamente importante el tránsito entre el mundo de los vivos y el de los muertos, y para tal contexto hacen uso de alabaos y para el velorio de adultos y novenarios, o chigualos para el de niños, que han recibido desde siempre un tratamiento ceremonial especial y son considerados angelitos. Para el caso de los habitantes del Pacífico sur colombiano, tales cantos no apelan necesariamente a la potestad de Dios —aunque sí a la del cielo y a la de los santos propios de su territorio—, como sí ocurre con otros cantos chocoanos, de claras influencias hispanas.

De hecho, existen registros de cantos que aún conservan sorprendentes relaciones con las jotas navarras y otros tipos de cantos españoles. Arriba y abajo del San Juan, por demás, perviven estructuras musicales provenientes claramente de la Colonia, y representadas en versos octosílabos y estribillos que rematan la melodía.

Cununo. Hecho del tronco de un árbol de balso. 

Riqueza étnica

Dice el maestro Guillermo Abadía Morales que no existe en ninguna región, entre las cuatro zonas folclóricas colombianas, un más completo y significativo ámbito cultural que el del litoral Pacífico. Tres razones existen para su afirmación: la presencia indígena, con predominancia de grupos pertenecientes a la familia lingüística caribe; el incuestionable elemento africano, venido a la zona por el río Atrato y destinado a la explotación minera desde la Colonia; y la supervivencia de cantos y danzas españoles del siglo xvi. Esta influencia triple está representada en la presencia de unos veintiséis aires musicales foráneos adoptados por los propios de la región, más unos cuarenta y siete estilos musicales indígenas.

La madera en demanda

Como en otras regiones colombianas, el uso del balso es recurrente en la fabricación de los instrumentos musicales típicos. Conocido también como palo de balsa, el Ochroma pyramidale es un árbol abundante de los bosques tropicales, de tronco grueso, madera de bajo peso y una altura cercana a los cuarenta metros en su madurez. Posee flores blancas, un tanto amarillentas, y frutos que son como cápsulas que protegen a las semillas, cubiertas por una suerte de algodón oscuro que al madurarse se esparce por los aires y propaga así la especie, junto con las ardillas y otras especies que se alimentan de ellas y colaboran así con la tarea. El balso resulta ideal para la recuperación de terrenos degradados por especies foráneas o por la acción del hombre. Por su baja densidad es también muy útil en la fabricación de juguetes y enseres domésticos. Sirve además como aislante del ruido y las temperaturas estables. Existe balso desde México hasta Bolivia.

El baile

Aguacorta, andarele, caderona, mazurca, tamborito, caracumbé, tiguaranda, pangota, paloma, margarita, guapi, guabaleña y otra decena de ritmos conviven en el Pacífico, y no son solo un resonar de tambores acompañados por voces femeninas. La danza siempre estuvo y estará aquí, en cada situación. Incluso en ciertas honras fúnebres, los asistentes bailan mientras el muerto, con los ojos sostenidos abiertos por pequeñas ramas, observa un festejo que puede durar la noche entera. Tal vez el baile madre y el más reconocido del Pacífico sea el currulao, del que hay noticia desde la Colonia y que surgió como una respuesta de los esclavos a sus amos: no olvidarían nunca su identidad y su alegría.

Su nombre proviene, según algunos investigadores, del instrumento de percusión llamado cununo, conocido alguna vez como conunao. Por tal razón en dicho baile nunca falta el acompañamiento de este hijo de las manos del artesano y de la carne misma del balso. Vencer, o convencer a la mujer, es el objetivo máximo de esta puesta en escena en la que el hombre bate un pañuelo y la mujer baila con cierto recato, mientras el pueblo entero canta estribillos que las respondedoras complementan. Existen, por otro lado, respuestas más satíricas a los opresores, convertidas en bailes. Es el caso de la jota chocoana, en la que se rememora el palmoteo de estilo español con un dejo particularmente negro, en el que habita, precisamente, su sátira. Bailar en el Pacífico, norte o sur, es una respuesta a los retos mismos de la vida.

Etiquetas: , , , , , , , ,

Más de Documentos ...

Más de Inventario Botánico ...

Más de Pacífico ...

Son de mar y de ríos

Hasta el agua sirve para la música del Pacífico. Ante la escasez de metales, maderas y bejucos abundan en esta música, mezcla de energía africana con la tradición ceremonial indígena

La serranía de Los Saltos

Bañada en sus costados por ríos y por el océano, este accidente montañoso es clave en el Pacífico. Baudó es tan larga que algunos la consideran la cuarta cordillera

Frutas y leyendas

Con nombres remotos y sonoros y con mitos y fábulas sobre su contenido. Así son las frutas que da la tierra del Pacífico en donde el coco que llegó flotando es rey