Catatumbo, la belleza y la furia

Por Fernando Quiroz 
Publicado en Savia Oriente

Más allá del nombre de un aeropuerto, de una fantasía convertida en espectáculo de museo, de un término que aparece en los anaqueles de las tiendas de artesanías y de una voz que repiten como loros los guías de la laguna de Guatavita, El Dorado sigue siendo en realidad un misterio. Sin embargo, a medida que se exploran territorios inéditos de este mundo que seguimos llamando nuevo, y se comprueba que tampoco ahí estaba el tesoro que motivó a tantos españoles a venir a estas tierras de Indias para ganar fortuna para ellos y sus descendientes, las que aún quedan inexploradas cobran especial atractivo a la luz de las leyendas.

Catatumbo interior 2

Eneas (Typha angustifolia) Foto Ana María Mejía

Seguramente tampoco ha de estar en el Catatumbo el oro que desveló inútilmente a los conquistadores. Pero en beneficio de la duda habría que decir que se trata de uno de los pocos territorios que ese hombre al que llamamos blanco prácticamente no ha pisado. Bien sea por lo tupido de la selva, por las plagas que se multiplican como peces bíblicos, por la resistencia de los antiguos pobladores o por la ferocidad de las guerrillas y de los bandos criminales que se han atribuido el derecho a permitir o a prohibir la entrada en las últimas décadas. Y sobre todo a prohibirla.

Está ubicado el Catatumbo en el departamento de Norte de Santander y constituye una larga extensión en donde hay montañas, planicies y selvas, todas de evidente protagonismo, que se extienden más allá de la frontera con Venezuela y que se rinden ante las bellas aguas del lago de Maracaibo.

Lo cierto es que más allá de las talanqueras reales y de los límites imaginarios que convierten al Catatumbo en un lugar prohibido existe un mundo inmensamente rico en todos los sentidos. Pero sobre todo en recursos hídricos.

Hay tanta agua en el Catatumbo que quizás valdría la pena no decirlo en voz alta, para evitar que las grandes potencias de un planeta que cada día firma nuevas sentencias de condena a muerte por sed fijen en él sus ojos acostumbrados a la conquista y la colonización.

Catatumbo interior 1

Ceiba en zona inundable

Hay más ríos que caminos establecidos. Hay hoy pequeñas corrientes de agua que uno duda que existieran la víspera. Hay riachuelos que se mueven como serpientes bajo un techo de ramas flexibles y de palmas elásticas que se inclinan para saludarlos. Para protegerlos. Tal vez para esconderlos. Y quizás sea ese El Dorado que por ahora no mueve a los exploradores, pero que lo hará en unos siglos, cuando decir agua sea mucho más que decir petróleo.

Sí, hay agua por montones en el Catatumbo. Y se debe, en gran medida, a la abundancia de lluvias que caracteriza a la región. Llueve y llueve y llueve, y es majestuosa la sinfonía interminable de los chubascos que azotan la vegetación y de las goteras que dejan pasar el agua a cuentagotas a esa tierra tapizada de hojas caídas y de musgos siempre sedientos.

Agua que se convierte en caños, en quebradas y en ríos que le dan forma a la imponente hoya del río Catatumbo, que atraviesa el departamento de Norte de Santander y que aporta la mayor parte del agua dulce del lago de Maracaibo. Y si hablar de Maracaibo es hablar de Colombia y hablar de Venezuela, también lo es hablar de este río de nombre sonoro y aguas oscuras en el cual desembocan afluentes de la frontera, como el Río de Oro y una serie de caños, más ruidosos por su pronunciación que por su cauce, como El Martillo, El Brandy, El Indio y El Tarra.

A orillas del imponente río Catatumbo se levanta la serranía de Los Motilones, rica en vegetación debido a la presencia de los tres pisos térmicos, y rodeada de valles estrechos de formas curiosas que suelen inundarse en épocas de lluvia. Esta serranía constituye el ramal más septentrional de los Andes, la que llamamos la Oriental, y pasa a la República de Venezuela con el nombre de sierra o serranía de Perijá. Al verla en los mapas coloridos, inspira el respeto de una cordillera que viene de muy lejos, que ha cruzado, entero, un continente rico, variado y hermoso; que ha albergado con la misma fuerza la lava de volcanes que permanecen al acecho y las nieves perpetuas de sus picos más empinados, algunos de ellos con privilegiada vista a ese océano que de Pacífico solo tiene el nombre. Una cordillera que lleva hasta el Catatumbo un poco de lo que ha visto en cada región por donde ha cruzado desde la lejana Patagonia, y que carga en cada piedra la memoria de los tiempos.

Catatumbo interior 4

Jaboncillo (Sapindus saponaria) Foto Ana María Mejía

Se pasea por las laderas empinadas de la serranía una fauna de excepción, a cuya supervivencia ha ayudado, sin duda, el escaso tráfico humano. Además de una rica variedad de primates, hay en la región del Catatumbo, dignos de afiche, osos hormigueros, cotorras cariamarillas, jaguares y osos de anteojos, entre muchas otras especies llamativas que han convivido desde tiempos inmemoriales con los indígenas barí.

Son los mismos motilones, nombre popular de los miembros de la cultura barí que ha habitado por siglos la región y que ha padecido, embate tras embate, la visita de los conquistadores, de los colonizadores y de diversos agentes violentos de esta larga guerra de Colombia que es allí precisamente, en los campos olvidados, en donde se ha sentido con más rigor. Se quejan los indígenas barí de haber perdido una enorme porción de sus tierras, pero han sabido cuidar lo que les queda, convencidos de que probablemente su principal razón de ser en este mundo es la de convivir en paz y armonía con un territorio que heredaron de sus antepasados y que quieren conservar para sus hijos. Por eso, aunque poca atención les prestan, no se cansan de levantar su voz en contra de la explotación de petróleo y de carbón que afecta de manera grave su hábitat y de las especies que han vivido allí desde mucho antes de que los exploradores dejaran testimonio de la existencia de estas tierras. Entienden que el petróleo es la sangre de aquellas montañas y que en su interior debe seguir corriendo. Y saben que el carbón también debe permanecer en su lugar, pues es fundamental para la fertilidad de esos campos en donde siembran y recogen sus alimentos: plátanos diversos, yucas extraordinarias, pomarrosos tentadores; en donde la agricultura goza de fértiles tierras a las que no les falta el riego natural, y que ven crecer con desparpajo plantas de arroz y de café, de cacao y de fríjol, y de unas matas de maíz cuyo brillo se detecta desde lejos con ese sol de la mañana que en la mayoría de los casos no es más que la antesala de ruidosos aguaceros. Tierras en donde se levantan en tiempo récord palmas generosas de cuyos frutos se preparan aceites y se producen combustibles, y cuyas hojas se emplean en la fabricación de cestas de diversos tamaños que de tiempo atrás han llevado al campo quienes se encargan de recoger las cosechas; cestas que, a la postre, se han convertido en apreciadas artesanías que constituyen buen ejemplo de cómo pueden coincidir lo artístico y lo utilitario.

Catatumbo interior 3

Vaina de carbonero (Calliandra sp.) Foto Ana María Mejía

En los inmensos bosques de esta región se levantan, imponentes, cedros, ceibas y abarcos, especies muy apetecidas por la calidad de sus maderas. Árboles de estas magnitudes dan buena cuenta de la exuberancia del trópico, y al amparo de su sombra crecen infinidad de matorrales y se crían cientos de especies animales de esa fauna colorida y maravillosa que alguna vez se pensó infinita. La serranía de Los Motilones, de la cual forma parte la región del Catatumbo, es una de las exiguas siete reservas forestales nacionales, y como tal está cobijada por una legislación que protege sus suelos y que vela por la vida silvestre que allí se da.

Decir Catatumbo es decir motilones, aunque quizás sea mejor decir indígenas barí. Cuidadores de la selva y de un hermoso entorno que les fue dado —donde aprendieron a vivir de lo que les da esta fértil tierra sin estropearla—, y de los peces que bajan en grandes cantidades por ríos con nombres curiosos y simpáticos como Socuavo, Nuevo Presidente o Sardinata.

Decir Catatumbo es decir Convención, El Carmen, Hacarí, El Tarra, Tibú, San Calixto, Sardinata, La Playa y Teorama, que son los nueve municipios que conforman la región.

Decir Catatumbo es pensar en una enorme y admirable variedad de palmas y de helechos que aprovechan esa condición climática que ofrece al mismo tiempo altas temperaturas y grandes cantidades de lluvia.

Decir Catatumbo es imaginar relámpagos más impresionantes y sobrecogedores que los que logran para sus películas de terror los encargados de los más sofisticados efectos especiales en los templos del cine comercial. Bastaría con recorrer apenas unos kilómetros de esta región tan atractiva como peligrosa para reunir postales que ilustran fácilmente la belleza y la furia de la naturaleza, que son, al mismo tiempo, la belleza y la furia de Colombia.

 

En letra cursiva

El pueblo barí tiene la suerte de habitar en una de las áreas más protegidas del Oriente de Colombia. En el Parque Nacional Natural Catatumbo Barí todavía se puede encontrar una gran cantidad de flores de colores intensos y particulares arquitecturas florales, como los platanillos o heliconias de las heliconiáceas y las orquidáceas, además de las peculiares flores del banano o plátano (Musa x paradisiaca), que hace parte de las musáceas. Por esta zona del Norte de Santander también son característicos los lecheros o liberales (Euphorbia cotinifolia), una euforbiácea con hojas de color vino tinto y altísima producción de látex blanco.

Además de llamativas flores y árboles de diferentes tonalidades, los barí cuentan con el conocimiento medicinal tradicional que sus antepasados les han dejado. Se han instruido en el poder de las plantas que los rodean, entre las que se destacan un par de asteráceas: la chicoria común (Cichorium intybus) y la achicoria o chicoria (Hypochaeris sessiliflora), todavía más popular en el Norte de Santander. La chicoria común proviene del Viejo Mundo, pero se ha naturalizado a través de América. Su popularidad en la medicina tradicional se debe a que combate enfermedades estomacales, y también es eficaz como sedante. Pero su potencial medicinal se ha divulgado especialmente por ser un sustituto del café. El café (Coffea arabica) hace parte de las rubiáceas, una familia botánica lejana de las asteráceas. La achicoria (Hypochaeris sessiliflora) ya propiamente nativa de Suramérica y popular en el Norte de Santander, es utilizada como purgante y antimalárico. Esta achicoria presenta inflorescencias tan parecidas a las de su pariente el diente de león (Taraxacum officinale), que hasta los botánicos pueden equivocarse.

Entre las plantas medicinales del pueblo barí también se encuentran algunos árboles que son más conocidos como maderables que como medicinales. Es el caso de la ceiba (Ceiba pentandra), la cual hace parte de las malváceas, así como del cedro (Cedrela odorata), de las meliáceas. En la ceiba se han reconocido propiedades medicinales tanto en las hojas como en la corteza y la resina (pues las semillas son más que todo venenosas): se emplea como diurética, antiespasmódica, para combatir enfermedades estomacales y otros mil usos más. De igual manera, el cedro presenta una gran cantidad de propiedades medicinales, entre las cuales se destaca su uso para tratar espasmos, dolores y afecciones nerviosas.

 

Las plantas más constantes

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Apocináceas Couma macrocarpa Perillo Construcción. Medicinal. Contra males estomacales
Asteráceas Cichorium intybus Chicoria común Sustituto del café. Medicinal
Asteráceas Hypochaeris sessiliflora Achicoria, chicoria Medicinal: depurativa, laxante y purgante
Euforbiáceas Euphorbia cotinifolia Lechero o liberal Ornamental. Usada como cerca viva
Heliconiáceas Heliconia sp. Platanillos o heliconias Ornamental. Usada para reforestar
Lauráceas Ocotea sp. Cascarillo Aceites esenciales con potencial medicinal
Lecitidáceas Cariniana pyriformis Abarco Madera para construcción
Malváceas Ceiba pentandra Ceiba Ebanistería. Corteza medicinal
Meliáceas Cedrela odorata Cedro Ebanistería. Musical. Medicinal
Musáceas Musa x paradisiaca Plátano, banano Alimenticia. Culinaria
Poáceas Zea mays Maíz Alimento. Artesanías
Rubiáceas Psychotria poeppigiana Labios de mujer Ornamental. Anestésico y afrodisiaco

 

Un parque, dos naciones

El Parque Nacional Natural Catatumbo Barí es uno de los pocos parques binacionales que existen, aunque al pasar la frontera y entrar a territorio venezolano cambie su nombre por el de Parque Nacional Natural Serranía de Perijá. Su mayor extensión se encuentra en el departamento de Norte de Santander, cuenta con poco más de ciento cincuenta y ocho mil hectáreas, y en el lado colombiano tiene jurisdicción en cinco municipios: Convención, El Carmen, El Tarra, Teorama y Tibú. El clima del parque es entre templado y cálido, con temperaturas por encima de los diecisiete grados centígrados, que a mediodía pueden llegar casi hasta los treinta grados. La vegetación corresponde a la del bosque húmedo tropical.

 

Los motilones

De alma guerrera, los motilones descienden de la familia de los caribes. Fueron unos de los indígenas más combativos contra los conquistadores españoles. Tanto así que durante los tres primeros siglos de la colonización no dieron su brazo a torcer. Se dice que son hábiles en el manejo del arco, el cual utilizan para la caza y la defensa, así como en el del arpón, que les permite pescar en los múltiples ríos que bañan su territorio. De sus tradiciones artesanales sobresalen los cestos, que elaboran para recoger las cosechas y que son preferentemente de uso femenino, y los tejidos: guayucos y faldas para vestirse, y chinchorros para dormir. De la cerámica de esta familia aborigen se destaca la olla motilona, de forma cónica y elaborada en barro cocido, que se utiliza para transportar y guardar el agua potable.

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Heliconia o platanillo (Heliconia rostrata) Foto Ana María Mejía

 

Parque sonoro

Como si no fuera en sí suficientemente sonora la palabra Catatumbo, buena parte de los caseríos que pueblan el parque natural que lleva su nombre, y que se ubican en su mayor parte en el costado sur de ese óvalo que dibuja en el mapa, refuerzan dicha sonoridad. Así, aparecen allí La Hondura, El Martillo, Culebritas y Suspiro. Y, además del propio río Catatumbo, la red hidrográfica de la región está conformada por los ríos Arauca, Pamplonita, Suárez, Chicamocha, Magdalena, San Miguel y El Tarra, entre otros.

 

La coca del Catatumbo

Hay una planta de la familia de las asteráceas, proveniente del Viejo Mundo e introducida en América, que los indígenas motilones de Norte de Santander han usado desde que se tiene noticia: la achicoria. Se trata de un arbusto de medio metro de alto y con espigas de color verde oscuro, que los habitantes del Catatumbo utilizan para conseguir una sensación de anestesia y mitigar el hambre durante las largas travesías que deben emprender, así como para prevenir las caries. Al masticar el tallo de la achicoria logran un efecto similar al que produce la coca. Las comunidades que mejor conocen esta planta también la utilizan como analgésico, antirreumático y antiinflamatorio, y se dice que es eficaz para prevenir las consecuencias nefastas de la picadura de serpientes.

 

Agua para treinta y tres 

 

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