El ahogado río arriba

Cuando los ríos Mulato y Sangoyaco se salieron de madre, enfurecidos, el primero de abril pasado, traían agua y lodo y piedras, pero también traían árboles, troncos, raíces, ramas. Buscaban el cauce del río Mocoa, donde desembocan, y a esos materiales que formaban la avalancha le sumaron casas y carros, bicicletas, motocicletas y electrodomésticos, perros y gatos y caballos y vacas, y los cuerpos de casi trescientas personas que son las que murieron y un número similar de heridos, en este otro desastre causado, entre otras razones, por el abuso con la naturaleza.

Aunque el país se ha volcado, de nuevo y con razón, a ayudar a los desvalidos, de nuevo se está actuando sobre los efectos y no reflexionando sobre las causas. Ni trabajando sobre ellas. Gustavo Wilches Chaux, en una entrevista con RCN Radio, lo sintentizó con una frase rotunda: hemos aprendido a atender a los náufragos, pero no a evitar los naufragios. Después de tantos desastres, aún hay quienes claman al cielo y hablan de catástrofes naturales como si lo ocurrido en la capital del Putumayo hubiese sido la erupción de un volcán o un terremoto, esos sí incontrolables, sin atenuantes y sin que necesiten de la participación humana.

Una de las principales causas de la tragedia no cae, pues, del cielo con ímpetus de apocalipsis. Reside en el mal trato al bosque. En la deforestación que arrojan la ganadería extensiva, los cultivos ilícitos, la extracción forestal desmedida. Y en la falta de respeto por las cuencas de los ríos. ¿Qué tanto contribuye la pérdida de cobertura vegetal a siniestros como el de Mocoa? ¿Cuál es el mayor desastre en esta zona de la Amazonia colombiana?

Entre las capitales departamentales de la Amazonia, Mocoa es la que tiene mayor precipitación media multianual con 4.378 milímetros presentando las más bajas en los meses de octubre-noviembre y las máximas entre mayo y junio. Omar Franco, director de Ideam, afirmó que el mes de marzo de 2017 fue un mes atípico, el más lluvioso en los últimos seis años. Diez días antes de los sucesos en la capital del Putumayo, el organismo que dirige Franco alertó que el 28 por ciento de la población nacional está expuesta a un alto potencial de inundación y el 31 por ciento a una amenaza alta y media por movimientos en masa, asociados a crecientes súbitas.

El Ideam define las crecientes súbitas así: tipo de inundación en las que, aunque las áreas de afectación son menores -en comparación con las inundaciones lentas-, el poder destructivo es potencialmente mayor y cobra el mayor número de vidas cuando se presentan; responden rápidamente a la ocurrencia de fuertes precipitaciones en las partes altas de las cuencas, los incrementos de nivel son del orden de metros (entre 1-5 metros) en pocas horas, y el tiempo de permanencia de estas inundaciones en las zonas afectadas son igualmente cortos (horas o pocos días); estas se presentan en todas las cuencas de alta pendiente de la región Andina principalmente.

El diario El Tiempo publicó que en el piedemonte donde se ubica Mocoa, desde las diez de la noche del 31 de marzo a la una de la mañana del primero de abril, las lluvias alcanzaron los 129,3 mm., cantidad que en condiciones normales equivaldría a la precipitación de diez días.

Cuando la cobertura vegetal es despojada de las cuencas de los ríos llega la alteración. Los ríos, las quebradas, cumplen funciones, ocupan un espacio y no son estáticos. El Ideam hace un breve recuento de los impactos humanos en la evolución geomorfológica e hidrológica de estos cuerpos de agua: “impactos que se manifiestan en afectaciones a los servicios ecosistémicos que estos sistemas hídricos ofrecen con sus ciclos de inundación relacionados con su capacidad de regulación, renovación y distribución de sedimentos, fertilización de territorios, suministro de agua y oferta paisajística que referencia valores y manifestaciones culturales”.

La deforestación, el despojo de la cobertura vegetal de las cuencas, el exterminio de los humedales, es un mal que está devastando también la amazonia, como se denuncia con frecuencia sin que haya mayores sobresaltos. Y esa deforestación es, incluso, promovida por autoridades locales de zonas remotas que han hecho carreteras tumbando bosques sin licencias y sin permiso. Es una práctica extendida y criminal que acaba de a pocos con el patrimonio vegetal y a puesto al borde de la extinción a docenas de especies.

En la Amazonia, las zonas de mayor aprovechamiento forestal son las áreas de influencia de los grandes ríos como el Amazonas, el Putumayo, el Caquetá y el Apaporis. En Savia Amazonas-Orinoco quedó divulgado que en sus interfluvios se localizan especies que toleran los sitios inundables. Predominan las familias lecitidáceas, como la del carguero o cocomono, y las cesalpináceas, actualmente mejor conocidas como fabáceas, como es el caso del algarrobo, el matarratón y el bejuco barbasco. Por interfluvio se entiende el espacio intermedio entre los cauces deprimidos por los que corren las aguas. Los maderables más aprovechados en esas zonas son el sangretoro, el cabo de hacha, el cedro, caoba (Swietenia macrophylla), achapo y algunas lauráceas como el palo de rosa (Aniba rosaeodora) o el sombrilludo.

Estos son los árboles que están desapareciendo. Son las especies que entran a engrosar las cifras de la deforestación. Están los listados de especies maderables amenazadas, como este que recoge el Sistema de Información Ambiental Territorial de la Amazonia Colombiana SIAT-AC:

El palo de rosa (Aniba rosaeodora), Caoba (Swietenia macrophylia), Canelo de los Andaquíes (Ocotea quixos), Ceiba Tolúa (Pachira quintata), Cedro (Cedrela odorata), Roble (Quercus humboldtii) y Volador (Ceiba samauma).

También el achapo (Cedrelinga cateniformis), el sangretoro (Virola sp.), el marfil (Simarouba amara), el canalete (Jacaranda copaia), el abarco (Cariniana pyriformis), el polvillo (Tabebuia serratifolia) y el Caracolí (Anacardium excelsium) están siempre presentes entre las principales especies forestales decomisadas, según Corpoamazonía, que tiene jurisdicción en el 46,6 por ciento del territorio amazónico de Colombia, en los departamentos de Amazonas, Caquetá y Putumayo. Y en medio de la espesura está, también, el cedro (Cedrela odorata), el árbol más codiciado.

“Los cedros llegan a ser colosos de sesenta metros de alto y troncos con diámetros de hasta metro y medio. El encanto de su madera radica en que de ella se puede sacar belleza o fuerza según se quiera: pues aunque es rígida y pesada, al mismo tiempo es moldeable. Así, con ella se elaboran desde columnas y postes para soportar toneladas, hasta guitarras y tiples de tallado minucioso y mesas y molduras de fina ebanistería. La madera de cedro fue la más explotada en el pasado, junto con otra de fama global, aún la más buscada pero también la más escasa ya: la caoba (Swietenia macrophylla), árbol frondoso a partir del cual se fabrica la mueblería color vino más exclusiva y costosa del mundo, así como mandolinas y fagots para la música clásica. Tan apetecida es, que su existencia en la región amazónica mermó en un siglo un ochenta por ciento”, reseña Cristian Zapata en Savia Amazonas-Orinoco.

En la región noroccidental de la Amazonia la mayor afectación en términos de deforestación se encuentra específicamente en los departamentos de Caquetá Guaviare y Putumayo. Este último departamento, que representa el 5,3 por ciento de la Amazonia, está cubierto por un bosque denso alto de tierra firme en el 58,9 por ciento de su superficie. Cifras de 2015 expuestas por el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas, Sinchi, muestran que el Putumayo tenía 9.214 hectáreas deforestadas, correspondiente al 7,4 por ciento del total nacional.

Los indicadores de monitoreo de las coberturas publicados por el SIAT-AC muestran tres rubros: las tasas de pérdida de bosque (pérdida de los bosques como resultado de los procesos de intervención de los ecosistemas por las acciones antrópicas), las tasas de praderización (el incremento de las áreas de pastos cultivados en las zonas que antes estaban en coberturas como bosques naturales, bosque fragmentados o arbustales), y las tasas de degradación (la afectación de los bosques nativos por procesos de perforación de su continuidad horizontal debido a la implantación de otras coberturas, de origen antrópico, como pastos o cultivos).

Datos revelados en 2015 le otorgan a Mocoa una tasa media anual de pérdida de bosques de 5,58 kilómetros cuadrados, o 558 hectáreas; una tasa media anual de praderización de 8,14 kilómetros cuadrados o 814 hectáreas; y finalmente una tasa media anual de degradación de bosques de 3,19 kilómetros cuadrados o 319 hectáreas.

El abuso de los recursos naturales en esta zona del país, el inicio de la cada vez más rápida transformación de los ecosistemas amazónicos, empezó en la década de los años sesenta del siglo XX. El Sinchi, en un extenso documento titulado “Monitoreo de los bosques y otras coberturas de la Amazonia colombiana, a escala 1:100.000” pone en contexto el inicio de la frontera agrícola con una comparación entre los muchos pueblos indígenas existentes antes de la llegada de los españoles, quienes hacían uso óptimo de los bienes y servicios ecosistémicos sin modificar drásticamente el territorio, bajo un modelo de agricultura de chagras, caza, pesca y recolección, cosechando el bosque y manteniéndolo en pie, con los modelos de ocupación occidental, fundados en la transformación del ecosistema para adaptarlos a los requerimientos de rápido enriquecimiento económico.

Un modelo “con base en modos de producción que desconocen la importancia del bosque en pie, ha llevado a un proceso acelerado de modificación del paisaje, que inicia con la tumba del bosque, un corto ciclo de cultivos de pancoger y la posterior siembra de pastizales, para soportar una ganadería extensiva, de bajísimos rendimientos, con cargas alrededor de 0,5 cabezas de ganado por hectárea, pero que sí genera enormes impactos negativos ambientales, siendo la degradación del suelo, a través de la compactación, uno de los más importantes”, establece el documento.

El mercado de los productos forestales es el tercero más importante en el mundo después del petróleo y el gas. La Amazonia tiene una vocación forestal y puede hacer de ella una vocación sostenible. El Sinchi dice que esa debería ser el principal renglón económico, pero desarrollado primordialmente en la actual frontera agropecuaria, transformándola en una frontera agroindustrial. Desde luego, además del cese de la tala indiscriminada y el fortalecimiento de productos no maderables como el turismo ecológico, está la lucha por el arraigo, el sentido de pertenencia con un conocimiento del entorno que evite desastres y brotes de violencia, y la oportuna gestión de las instituciones y la comunidad.

Llegará más ayuda para los damnificados de Mocoa. Enterrarán a los muertos. Cientos de heridos quedarán discapacitados. Inaugurarán viviendas. Si acaso un hospital. Pero no habrán tocado una de las principales causas del mal, que está allá arriba, en el bosque exterminado por la ambición de los taladores o de los mineros, ganaderos o mafiosos. No aquí abajo en donde están ahora las viudas, los huérfanos y los nuevos mendigos.

Imagen satelital de Mocoa, Putumayo, antes del 1 de abril de 2017.  Tomada de Google Earth.
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