El edén que habitamos

No es por azar que la región Andina sea la escogida para el cierre de Savia, esta Colección de cinco libros que hemos hecho con amor por Colombia y que hemos construido con rigor y con esperanza. Amor por la vegetación descomunal que nos fue dada, contada en estos libros como un anzuelo para pescar entre los lectores el compromiso de su conservación. Y esa es nuestra esperanza: saber que en bibliotecas públicas, en escuelas, en fin, al alcance de millones de manos, hay ahora miles de libros de Savia cargados de historias y de conocimientos para ser leídos hoy, para ser leídos mañana, para ser disfrutados siempre. Para que estos libros —junto con los apoyos digitales con que cuentan— sean material de consulta y una sugestiva manera de enamorarse del patrimonio vegetal y de conservarlo. Ni por azar ni por capricho damos cuenta ahora de la región Andina.

Ni por lo uno ni por lo otro la Colección Savia se ocupó primero del majestuoso Caribe, difundió después la exuberancia de Amazonas-Orinoco, ancló enseguida en ese mundo anfibio del Pacífico y se trepó posteriormente a las crestas de la cordillera Oriental. Cada una, en su dimensión y en su riqueza, nos mereció admiración igual. Ahora es el momento de los Andes, nuestros Andes, esta franja de tierra a la que por muchas razones la historia de Colombia le concedió la responsabilidad de alojar a la mayor parte de su población. En estas primeras décadas del siglo xxi se estima que el setenta por ciento de los habitantes del país vive en sus doscientos ochenta y dos mil kilómetros cuadrados, y aquí está el sesenta por ciento de sus pueblos y ciudades, lo que significa que en este entramado hecho de cordilleras y llanuras viven al menos treinta millones de personas.

Una desmesura, se podría decir a la luz de lo inmensa que es Colombia. Una concentración que hace más vistosa, casi dramática, la desolación poblacional de muchas otras áreas del territorio. Pero así es, y algunas de la razones para que así sea están en el prodigio de la naturaleza. La región Andina es el edén del paraíso —y se vale ser redundante— porque su opulencia sobrepasa todo cálculo: la vegetación andina representa casi la tercera parte de la flora total de Colombia. ¿Es decir? Es decir que en esta zona se estima que puede haber más del doble de riqueza botánica de la que se encuentra en la Amazonia o en el Pacífico. Doscientas familias de plantas, mil ochocientos géneros, diez mil especies; se han censado treinta y cinco mil plantas de uso medicinal.

Todo eso aquí está dado por la variedad de tipos de bosques, por sus climas distintos, por sus altitudes diversas. Todos los soles y todos los vientos acuden a los Andes. Y de ellos se nutren también incontables especies animales entre ellos el significativo oso de anteojos, por cuya recuperación de terrenos para su supervivencia también venimos procurando. Tanta abundancia parece habernos hastiado. Hemos abusado de esta fortuna con alevosía. De los robledales que se mecían airosos en las tres cordilleras en dieciocho departamentos solo quedan algunos grupos, por mencionar un solo ejemplo de los santuarios que ha extinguido la inconciencia colectiva y la ausencia de políticas de extracción sostenible y de reforestación necesaria. Avanza la destrucción de cuencas y la contaminación de fuentes hídricas ante los ojos atónitos del país que siente que así se le está evaporando el futuro y de autoridades laxas a las que tampoco ayudan los frágiles instrumentos legales para enfrentar la fuerza de los devastadores.

De los cerca de sesenta millones de hectáreas de bosque natural que se estima hay en Colombia, el diecisiete por ciento está en la región Andina. Nada despreciable. Esa cifra y la reciente que da cuenta de la pequeña disminución de la deforestación en 2015 comparada con años anteriores son signos de vida que convocan a la esperanza. Una esperanza que está acompañada con una conciencia ciudadana verde que crece en Colombia. Esas señales son avances hacia la conciencia de disfrutar nuestra hermandad con los cominos, con los guaduales, con los robles. Avances hacia esa certeza naturalista que expresa Mutis, no el botánico, sino Mutis, Álvaro, el escritor, al anunciar que “cuando esté lejos de la cordillera me dolerá su ausencia con un dolor nuevo hecho de la ansiedad febril de regresar a ella y perderme en sus caminos que huelen a monte, a pasto yaraguá, a tierra recién llovida”.

-Grupo Argos-

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