El futuro no espera

Al Pacífico colombiano lo caracteriza no solo la vastedad de sus bosques, el entramado infinito de sus río y sus ciénagas; la humedad de su clima con lluvias incesantes y sus manglares que se esparcen por los mil trescientos kilómetros de costa; no solo eso lo caracteriza sino la proclamada certeza de ser el futuro de Colombia.

Pero no es una certeza alegre sino melancólica porque ser el futuro de Colombia es una promesa desde los comienzos del siglo XVI cuando el Pacífico colombiano fue incorporado al mapa del mundo conocido por los descubridores, que navegaron guiados por la ambición y por Vasco Núñez de Balboa, y sigue siendo una promesa ahora ya entrado este siglo XXI. Y el futuro no aparece en estos más de setenta y ocho mil kilómetros cuadrados, que son el siete por ciento del territorio colombiano el que cubre todo el Chocó y parcialmente el Valle del Cauca, Cauca y Nariño.

La región Pacífico sigue aquí, anclada desde las laderas de la cordillera Occidental hasta su brumosa frontera líquida con el océano que conduce hacia el mundo que más hierve, al planeta más agitado por su población desbordada y su desarrollo meteórico. Ese mundo de chinos, de japoneses, de malasios y de indonesios; de indios, de australianos y de tailandeses; en fin, tan próximo por el mar que nos los aproxima, pero tan lejano como la misma Colombia urbana.

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Pero su gran virtud, el más potente patrimonio vegetal, sigue aquí. Esperando ya con fatiga el futuro, pero sigue aquí este Pacífico con sus serranías, sus ensenadas, sus porciones insulares y esta biodiversidad que un documento internacional confiable dijo en 1991 que es la mayor del mundo. Y tiene por qué serlo: una heterogeneidad de ecosistemas le fue dada: matorrales, selvas pluviales, bosque de selva basal y de tierras altas, humedales, manglares, arrecifes coralinos. El quince por ciento de las familias botánicas del mundo está aquí. Una riqueza que palpita en los entresijos de este territorio prodigioso y tan pletórico como puede imaginarse si citamos, por citar algo de su geografía, que un solo reducto de la serranía del Baudó, el formado por los ríos Truandó y Nercua, junto a los de los ríos Upurdú, Opogadó y Napipí, han sido halladas y clasificadas 1.224 especies de plantas. En un solo fragmento de su inmensidad.

Todo ello sigue aquí. Al leer juntos los capítulos que componen este Savia Pacífico -el tercer tomo de la Colección Savia, que ya se ha ocupado del Caribe y del Amazonas -Orinoco y que en los próximos dos libros mirará la vegetación del oriente del país y de la región andina- se refuerza el aprecio por la naturaleza que nos pertenece. Y, al lado, surge una nostalgia por lo que ha podido ser y no ha logrado esta Colombia en vilo. Su potencialidad incomprendida y, más que eso, desconocida por casi todos los demás habitantes del país que poco saben de estos bosques y de este mar, y no les duele lo compleja que es la vida para casi un millón de personas que por aquí subsiste. Andáguedas, baudós, catíos, citaráes, chamíes, emberas, noanamas y quimbayas, son duende en estas espesuras que comparten con una mayoría de ascendencia africana.

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Todos ellos -indígenas y negros y blancos y mestizos- saben de este tesoro que es inapreciable para la Colombia establecida. Un tesoro que ahora está siendo explotado sin aprecio ni orden por los nuevos piratas que trafican con madera o buscan metales en sus cuencas. Avanza en el Pacífico una destrucción desalmada por la cual han desaparecido árboles emblemáticos.

Que no permanezca en el olvido el Pacífico colombiano. Que su viaje al futuro sea en serio y sea pronto, es una plegaria. Tan importante es este territorio para el desarrollo integral del país y tan vital es su riqueza natural para la salud del mundo. Esas condiciones, deberían ser suficientes para emprender las tareas postergadas con esta región, para que así deje de ser solo la Colombia del futuro. Y para que sus habitantes terminen con el dolor presente de vivir sin existir.

-Grupo Argos –

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