Oración por el agua

Lo que en Colección Savia estamos llamando Oriente es una división geográfica que no existe. Es cierto. En Colombia, por oriente hemos entendido los inconmensurables llanos, de los que dimos cuenta en el volumen que dedicamos a las cuencas del Amazonas y el Orinoco. Pero el Oriente que relatamos en este cuarto tomo de Savia es una región que nos sedujo y que decidimos hacer visible para que sus valiosos ecosistemas y sus pródigos páramos tuvieran su lugar propio y no se diluyeran, como siempre, entreverados en la inmensidad de la región Andina.

Santander todo, Norte de Santander también en su totalidad, Arauca y el norte de Boyacá, son los santuarios botánicos a los que les toca ahora el turno. Y a los que les debe llegar la hora del conocimiento y del reconocimiento porque hay una riqueza ignorada que emerge en la parte septentrional de la cordillera Oriental, el ramal más largo y ancho, complejo y nuevo de los tres que abarcan los magníficos Andes que premian a Colombia.

Riqueza ignorada, decimos, porque al recorrer esta Colombia por fuera de sus centros urbanos y de sus zonas turísticas, descubrimos planicies, cerros, cumbres, mesetas, pantanos, cuchillas, casi todo ello sorpresivo, y todo ello por montones, poseído por una naturaleza innombrada y ordenada en una alta variedad de ecosistemas.
El tesón de sus gentes ha logrado un desarrollo en Oriente. Fácil no ha sido para quienes habitan los contornos de esta cordillera cuya formación lleva cientos de millones de años. Y sobre ella, sobre sus lomos, ellos han conseguido la proeza de crear ciudades vitales para el país, desarrollos agrícolas significativos, centros universitarios claves y, tras una lucha constante por vencer la dificultad de ser una zona fronteriza con conflictos endémicos, han extendido hasta esos límites la presencia activa y altiva de Colombia.

Arrayán guayabo (Calycolpus moritzianus) Foto Ana María Mejía

A esas batallas contemporáneas las ha impulsado e iluminado la historia. Fue por esas breñas donde se protagonizó la épica campaña del Ejército Libertador al mando de Simón Bolívar en 1819, cuando después de cruzar penosamente el páramo de Pisba descendió a los enfrentamientos contra los realistas en el pantano de Vargas y en el puente de Boyacá, que condujeron finalmente a la creación de la República de Colombia. El ejemplo de aquellos llaneros, andrajosos pero revestidos de coraje, ha sido herencia para los colombianos de ahora, y por ella no han conocido claudicaciones.

Que no puede haber claudicaciones cuando se vive en una tierra cuya riqueza grita. Hay que recorrerla, hemos dicho, más arduamente de a lo que invitan los paseos turísticos. Hay que subir aquellos picos de más de cuatro mil metros y mojarse después los pies en los ríos infinitos que desaguan al Orinoco o van al Magdalena.
Mojarse los pies en las vegas de sus ríos no es la única opción en Oriente, y es ese su más valioso patrimonio. También mojarse los pies se puede en sus bosques húmedos, allí donde toda aquella vida está guardada en lagunas, en lagunetas, en pantanos y en esponjas de agua. Hilos que se vuelven manantiales y se transforman en arroyos y empiezan a rodar como riachuelos, todo ello nacido en los páramos y todo ello envuelto en el silencio apenas roto por el paso del viento en la cordillera y protegido por los trescientos veintisiete tipos de vegetación paramuna que los ampara.

Comunidad de frailejones en el Cocuy

Todo eso cultiva y protege el agua como debe ser. No solo los frailejonales y los chuscales y los pastizales que abundan allá arriba en los páramos donde nace la vida deben preservar el agua que es, en primer lugar, en último lugar, de lo que está hecho todo y para lo que está hecha la naturaleza toda. El agua, como primer valor, como último valor, el agua que surge en el templo que son sus páramos, es el gran patrimonio que le aporta silenciosamente Oriente a la Colombia toda.
Esa cualidad torrencial es para Savia un ruego. Una plegaria para su conservación. Una simple oración para todos los días que nos recuerde la vida que es y la vida que nos espera: tomar agua nos da vida. Tomar conciencia nos dará agua. Así de simple. Así de definitivo.

-Grupo Argos-

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