Álvaro Cogollo Pacheco

 

                                                                                  Por Patricia Nieto

 

El niño camina descalzo y levanta el polvo. El suelo arde como siempre al medio día en las tierras bañadas por el río Sinú. Los piecitos dejan sus huellas al lado de las pisadas del burro. La mano reposa sobre el anca de un animal cargado con dos aguateras llenas. El niño mira cómo las gotas se secan con el contacto con la tierra.

-¿De dónde viene el agua del caño? Le ha dicho al abuelo.

– Del río Sinú.

-¿Y dónde nace el Sinú?

-En una madre de agua que está en la cima del Paramillo.

En la imaginación del niño una laguna gigante reposa en lo alto de una montaña y se deshace en hilos que se vuelven arroyos a media cuesta y ríos al tocar la sabana de Córdoba.

El abuelo es adivino, piensa el niño. Anoche dijo que el río amanecería crecido. Miró el tinte naranja de los relámpagos y en esa luz leyó la abundancia de las aguas. Por eso los niños esperaron en la orilla del caño Bugre a que la corriente recobrara la calma para jugar a zambullirse en múltiples estilos y llenar los bidones antes de volver a sus casas.

En el patio ya no está La Ceiba. Cómo va a estar si esa no es la misma finca donde el niño nació el 8 de abril de 1956. A la casa de origen la llamaban Bongó Rico y dicen que ese árbol fue el primer ser vivo que el niño vio cuando la partera lo sacó a recibir la tibieza del sol.

La familia Cogollo Pacheco vive en El Tapón, cerca de San Pelayo, y recibe el agua como una bendición. Al descargar el burro, el niño, el segundo de los cinco hijos, queda libre de obligaciones domésticas. Entonces, de paso hacia el cultivo de algodón, contempla los retoños de su primer sembrado de maíz y se pregunta qué pasará debajo de la tierra donde le ha dicho el abuelo que las semillas se convierten en las plantas que asoman, niñas, a la superficie.

Al entrar a la algodonera, el niño se protege brazos y piernas con mangas largas, cabeza, cuello y cara con sombrero de alón, y pies con botas de cuero. Es febrero y los mayores realizan la primera pasada en pos de los copos más sobresalientes. El niño echa algunos en un costal de lona y, al momento, su atención se detiene en las manchas de las hojas y en algunos bichos que se abren paso entre los filos de las cáscaras. Saca una libreta ajada de su bolsillo y con un lápiz roñoso describe el fenómeno y su ubicación. El niño no ve las fabulosas motas de algodón, sus ojos quieren entrar en la planta para conocerla y dibujarla. En unos días, cuando el agrónomo visite el cultivo, el niño le entregará su inventario y sostendrá con él una apetitosa charla distante de kilogramos y miles de pesos.

Cae la tarde. Los cosecheros se despiden desde el alambrado y la familia, con tíos, abuelos y bisabuelas, se queda sola. El niño, fresco después de un baño, juega con su herbario: un cuaderno viejo donde pega hojas, tallos y raíces, y las nombra como le enseña el abuelo. Mientras el niño goza de su artesanía silenciosa, la mamá Carmen dice que es muy aplicado a su estudio de los arbolitos y el tío Rafael Berrocal sentencia, con su sabiduría innata, que el algodón va a acabar con la región. Entonces el niño lo mira y recuerda los vuelos de las avionetas que orinan químicos sobre el Valle del Sinú.

 

El Muchacho, tira de espaldas sobre el tapiz de la selva, apenas respira. No percibe que la humedad le ha empapado la ropa ni que nubes ni mosquitos revolotean sobre su cuerpo. La naturaleza le da una cariñosa bofetada. Lejos de las tierras planas bañadas por el Sinú, Campo Copote, un bosque formado entre los ríos Carare y Opón en Santander, le muestra una potente faz: la vida, dice y quiere llorar.

Al lado del muchacho, sus compañeros de Biología viven en su íntimo momento histórico. Recostados a un árbol, de pie al lado de un helecho, con la Mirada fija en un araña, abrazando su tronco con sus propios brazos, alertas al canto del pájaro. Fijos en la hilera de hormigas, los estudiantes experimentan la consternación propia de los seres sensibles ante los enigmas de las múltiples formas que toma la vida.

El profesor Enrique Rentería los observa en trance. Sabe que dentro de unos minutos no serán los mismos chicos que ayer, en medio de la ansiedad y la algarabía, abordaron por primera vez un tren para viajar, sin saberlo bien, en busca de algo más que plantas para coleccionar. Rentería es un maestro, conoce a los estudiantes como a sus hijos y espera que cada uno transite a su modo por ese maravilloso túnel de la epifanía.

Al incorporarse, el muchacho que sabe de memoria los nombres vulgares y científicos de las plantas de San Pelayo, es ya biólogo y ya botánico. No hay dudas, el sorprendente reino vegetal es su casa de habitación y acepta que al iniciar su nueva vida lo llamen sólo por su apellido.

Cogollo trepa un árbol de veinte metros de altura para obtener las muestras con sus propias manos. Así, como le enseña Rentería, puede seleccionar la rama más completa para su estudio sin exponer la planta a múltiples mutilaciones. La cultura dotó a Cogollo con la agilidad para trepar, sabiduría para protegerse y fuerza para sostenerse por horas en las alturas. De niño, El Tapón, competía con sus hermanos y primos a escalar palmeras sin que el pecho tocara el tronco; de adolescente, recorría veinte kilómetros al día, al trote o en bicicleta, para ir de la casa al colegio, del colegio al teatro, del teatro a la pista atletismo, de la pista a la casa; de joven, en la Universidad de Antioquia, es de los mejores en el boxeo. Cogollo es biólogo en cuerpo y alma, sin limitaciones físicas ni emocionales.

Con su costal a medio llenar con muestras vegetales, Cogollo camina por la región forestal Carare-Opón. La revelación le ha sido dada y ahora entiende la poca importancia de sus sacrificios frente a la felicidad de este momento. Con las manos heridas después de recolectar algodón durante semanas, con su título de bachiller del Inem Lorenzo María Lleras de Montería, y con algún dinero en el bolsillo, viajó a Bogotá y a Medellín en busca de casa y universidad. Encontró cobijo por trescientos pesos la noche en un roído inquilinato de El Chagualo, un barrio deteriorado de Medellín, y aula en la Universidad de Antioquia donde pronto aprendió a sobrevivir: triunfos en boxeo para la Universidad por alimentación completa para él.

Cogollo aborda el tren de regreso a Medellín. No suelta el costal con sus hallazgos. Son la base de su inventario vegetal. Desbordado por la alegría entona vallenatos. Sus compañeros lo siguen y aquí, en este instante de 1977, comienza a escribir su nueva historia.

“El Profe” Cogollo en las faldas de la Sierra Nevada de Guicán, en el Cocuy. Foto: David Estrada.

A los cincuenta y tres años el profesor Cogollo habla pausado. Treinta y dos años de viajes por Colombia le han apaciguado el cuerpo y renovado el espíritu. Las quince peleas oficiales que ganó y las tres que perdió en su vida boxística son apenas anécdotas. El trombón de vara que tocaba en la orquesta de Montería se quedó en el Sinú. La agilidad para trepar palmeras es un dulce recuerdo. En los vallenatos encuentra ahora inspiración para investigar la flora del Caribe. Las doscientas especies que ha descubierto son su riqueza acumulada; las dieciséis especies que llevan su nombre sus medallas; sus tres hijos la certeza de que la vida se prolonga; el cañón del Río Claro la despensa de sus sorpresas y el Jardín Botánico de Medellín, el paraíso que le fue dado.

Acaricia la hierba mientras conversa. Hacerse botánico de campo en un país en guerra le parece ahora una hazaña. Cogollo y sus colegas colombianos son sobrevivientes de una profesión casi extinguida por los fusiles, las granadas, las minas quiebrapatas, los secuestradores y los fusiladores profesionales que se tomaron hace décadas las cordilleras, serranías, grutas. cuevas, mesetas, lagunas, nevados, estrellas fluviales, cerros, picos, altos, bosques, costas y selvas, escenarios de los eventos majestuosos de los seres vegetales.

Con un vistazo al listado de sus hallazgos, el profesor Cogollo confirma que desde hace quince años el trabajo de campo se hace casi que en las goteras de la ciudad. Desde mediados de los años noventa se registran muy pocos hallazgos y casi desaparecieron las alusiones a los diversos ecosistemas colombianos. Cogollo que conoce como la palma de su mano la Amazonía, los Llanos Orientales, las selvas del Chocó, el desierto de La Guajira y todos los valles interandinos se lamenta de no poder recorrerlos una vez más. Y entonces, para calmarse, sueña con viajar a Madagascar y desde ahí recorrer toda la franja tropical de la Tierra, como lo hizo su amigo Alwin Gentry, muerto prematuramente.

Por ahora el planeta de Cogollo es el Jardín Botánico de Medellín donde acaricia la hierba. Desde el 1 de julio de 1980 cuando llegó como auxiliar del herbario sin graduarse todavía de biólogo, ha trabajado para convertir este lugar en el corazón botánico de Colombia. Hoy, como director científico, Cogollo es reconocido en toda América Latina y de él dicen sus colegas que es el mejor botánico de Suramérica.

Mientras Cogollo escucha los halagos, baja la cabeza. Contempla la hierba y dice que un saber es importante si contribuye al bienestar del hombre. Levanta la mirada y se pierde en los paisajes que recompone en su memoria. Entonces elogia los saberes ancestrales y agradece a todas las comunidades que lo han acogido y le han entregado su saber botánico. Y confiesa el dolor que le produce despedirse de grupos humanos desnutridos o hambrientos que desconocen el uso de plantas alimenticias propias de los bosques vecinos o que no pueden cultivarlas por falta de recursos.

La tristeza de Cogollo tendrá cura cuando cada colombiano tenga su Choibá, la leguminosa más completa en nutrientes, la que él salvaría del diluvio universal. Tal vez, por ahora, lo haga feliz saber que su hija Oriana, a punto de convertirse en sicóloga, ha dicho: todavía admiro a mi papá como cuando era niña y creía que era el hombre más sabido del mundo.

 

Tomado del libro Inventario Vegetal del año 2009, en conmemoración a los 75 años de Cementos Argos.

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