El sabio Dugand

Por Adriana Echeverry
Publicado en Savia Caribe

Entre aquellos que se han dedicado a la contemplación científica de las plantas que crecen sin inmutarse entre los ciento treinta y dos mil doscientos ochenta y ocho kilómetros cuadrados del Caribe colombiano, Armando Dugand Gnecco alumbró como un faro. Y lo hizo porque se sometió a la dura disciplina de recorrer las sabanas, los páramos, las serranías y los bosques para estudiar las especies botánicas que abundan en estos suelos. Sus estudios giraron en torno a la geobotánica neotropical, que, en sus palabras, no es otra cosa que la relación entre la vida vegetal y el medio terrestre en nuestras latitudes.

Su padre fue un exitoso banquero francés y su mamá una matrona guajira que quiso para su hijo la educación europea. Por tal razón, en 1906, cuando Armando Dugand tenía diez meses de edad, la familia salió de Barranquilla con destino a Francia, donde el niño recibió los primeros años de formación. Ya de joven, Dugand viajó por los Estados Unidos con la idea de estudiar en The Albany Business College y dedicar su vida a los negocios. Pero más temprano que tarde la exótica biodiversidad del litoral Caribe hizo lo suyo en el corazón de un hombre que parecía destinado a los asuntos comerciales.

Esos años por fuera le sirvieron para aprender otras lenguas, imbuirse de las últimas orientaciones de la comunidad científica internacional y entablar con ella una relación prolífica que daría vuelo a la investigación geobotánica del Caribe. Entre 1940 y 1953 Dugand estuvo a cargo del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia. Asimismo hizo parte de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y de la Sociedad Geográfica de Colombia. Fue también investigador de la Universidad de Harvard.

Uno de los aportes más importantes que hizo en su campo fue la descripción de ciento treinta y tres especies, subespecies y variedades botánicas. Además de sus conocimientos en taxonomía botánica y animal -porque también fue estudioso de las aves-, tenía una formación muy ajustada a la metodología científica. Por eso dotó a sus trabajos de biología de un contexto riguroso y los vinculó integralmente a otras ciencias, especialmente a las humanas.

Entre las descripciones hechas por Dugand destacan las de las moráceas del género Ficus, como es el caso del matapalo, llamado higuerón (Ficus usiacurina), el mediacara o caucho (Ficus caldasiana) y el rajacabeza (Ficus calimana), entre otros. Sus investigaciones y proyectos también le permitieron descubrir especies de palmas o arecáceas como la cuchana o coquillo (Astrocaryum cuatrecasanum); cactáceas, como la pitajaya o pitahaya anaranjada (Acanthocereus tetragonus), y bignoniáceas como el tumbatumba (Clytostoma cuneatum) y el cherichao o cangrejo (Anemopaegma chrysanthum).

Pero el sabio Dugand no se circunscribió a la descripción de esa gran cantidad de especies del género Ficus: con un minucioso método hizo lo mismo con respecto a las numerosas caparáceas como el toco o calabazuelo (Belencita nemorosa), zigofiláceas como el guayacán carrapo (Bulnesia carrapo), lecitidáceas como el cabuyo o cazuela (Eschweilera antioquensis) y bombacáceas como el palo de algodón (Pseudobombax munguba). Varias especies de plantas y animales fueron dedicadas en su honor, y en el año 1975 el botánico colombiano Gustavo Lozano Contreras publicó un estudio sobre el género Dugandiodendron de las magnoliáceas, bautizado así en honor suyo.

En 1971 Armando Dugand recibió el Premio a la Investigación Francisco José de Caldas por sus trabajos sobre la flora colombiana y su inmenso aporte a la ciencia botánica durante cuarenta años de labores. Pocos meses después, a los 65 años de edad, murió.

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