Sabio Romero

Por Adriana Echeverri

 

En el departamento de Magdalena se produce uno de esos milagros de la naturaleza difíciles de describir: la Sierra Nevada de Santa Marta. Se trata de una montaña de más de cinco mil metros de altura que posee todos los pisos térmicos, desde el cálido seco hasta las nieves perpetuas, y por lo tanto una vegetación extraordinaria. A sus pies descansan varias poblaciones que miran al mar Caribe. Una de ellas es Ciénaga. Allí nació en 1910 Rafael Romero Castañeda: entre la montaña y el mar. Con sus colores y formas creció “el niño Rafa”, que al hacerse mayor decidió convertirse en botánico. Uno de talla mayor, tanto como para inscribirse en la historia botánica de Colombia.

 

Dedicó sus investigaciones al estudio de la flora colombiana. Primero como profesor de secundaria, después como botánico del Ministerio de Agricultura y más adelante en el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional.

 

Durante años viajó por todo el territorio nacional. Recolectó con devoción cerca de doce mil especies, las observó, las describió, probó sus frutos, muchas veces a riesgo de que fueran venenosos. Gracias a esa vocación andariega y en ocasiones arriesgada, acopió colecciones muy importantes propias de los departamentos de Atlántico, Bolívar (incluyendo los que hoy son Córdoba y Sucre) y Vaupés, así como de la zona del Pacífico. Estas especies reunidas durante tantos años terminaron enriqueciendo las colecciones del herbario de la Universidad del Magdalena, y numerosos duplicados fueron enviados al Museo Botánico de la Universidad de Harvard y al Instituto Smithsoniano de Washington.

 

En su trayectoria figura su labor como consultor de la FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura) y de otros organismos científicos y no científicos del mundo. Entre 1968 y 1969, como miembro de la Fundación John Simon Guggenheim, estuvo a cargo de investigaciones botánicas en varias instituciones de Estados Unidos.

Romero-cuerpo

El botánico Rafael Romero dedicó principalmente sus estudios a las descripciones morfológicas de la flora. Sin embargo, estas investigaciones lo llevaron a realizar también descripciones de diferentes especies de plantas.

 

Se interesó especialmente en aquellas pertenecientes a la familia botánica de las bombacáceas, hoy incluidas en las malváceas, como el sapotillo (Matisia giacomettoi), el yuco (Spirotheca codazziana) y el tachuelo (Spirotheca trilobata), entre otras. Del mismo modo describió especies pertenecientes a las fabáceas, como el tamarindo o granadillo tamarindo, también conocido como tamarindo de montaña (Uribea tamarindoides).

 

Los estudios sobre morfología botánica que realizó Rafael Romero le permitieron describir especies de diferentes familias de la flora de Colombia, donde cabe nombrar las de orquídeas u orquidáceas tales como el Cryptocentrum dunstervilleorum. Aportó al acervo científico veinticuatro publicaciones, en las que siempre demostró su interés por la utilidad económica de las plantas. En 1961 publicó Frutas Silvestres de Colombia, tres tomos donde expuso todo su saber sobre el tema. En 1958 había descubierto una nueva especie de Aragoa, un género de plantas propio de los páramos y subpáramos de los Andes. En 1996, con el apoyo de una beca de la Fundación Guggenheim, escribió dos tomos sobre las plantas del Magdalena. Antes de esto, en 1965, publicó un libro sobre la flora del centro de Bolívar. Ya en 1952 el botánico Armando Dugand había dedicado en honor a su apellido el género Romeroa, de las bignoniáceas.

 

Cuando tenía 63 años murió en Bogotá, donde se desempeñó como director del Jardín Botánico José Celestino Mutis durante sus últimos nueve meses. Corría el año de 1973.

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