El sabio Van der Hammen

Por Ana María Cano
Publicado en Savia Oriente

Cada centímetro del suelo tarda casi trescientos años en formarse, pensaba en cada pisada que daba.

Thomas van der Hammen, que conoció por sus estudios el clima y el paisaje desde que en la tierra había dinosaurios, llegó a Colombia en 1951, a los 27 años, traído por el geólogo Enrique Hubach, de Ingeominas, para que como experto en palinología (estudio paleontológico del polen) introdujera nuevos enfoques y revelara cómo era este lugar antes de todo impacto humano.

Con la destreza que Van der Hammen tenía para reunir a científicos de varias ramas del saber en sus expediciones, encontró la estructura ecológica principal del país, junto con la red de páramos y humedales en la que se asienta la regulación del agua y del paisaje.

Va en 1959 con Roberto Jaramillo Mejía a la Sierra Nevada del Cocuy; llegan hasta el pico de la Reina cuando está casi intacto, y el año anterior había conocido la Sierra Nevada de Santa Marta. Luego encuentra el tesoro del macizo de Tatamá en la cordillera Occidental, donde halla páramos prístinos, y sobre sus conclusiones comienza a definirse la creación de los Parques Nacionales Naturales y las condiciones que deben tener los planes para la protección ambiental. También acompaña a Gonzalo Correal en dos hitos arqueológicos en Colombia: el hallazgo del Hombre del Tequendama, datado de doce mil años, y del Hombre del Abra.

Thomas descubre los hábitats frágiles en Colombia y muestra cómo se pueden investigar en transectos, trazando líneas sobre las cordilleras y haciendo que científicos de varias disciplinas analicen cada doscientos metros. Advierte que los páramos están amenazados por cultivos que usan químicos agrícolas; dirige más de cincuenta tesis de doctorado; impulsa la Facultad de Geología de la Universidad Nacional y el Instituto Colombiano de Arqueología; escribe siete volúmenes sobre ecología de los Andes y a cientos de científicos colombianos los alienta a irse al exterior para diversificar sus investigaciones. Adopta a Colombia, donde conoce a su mujer, Anita Malo Rojas, y tiene a sus hijos, Thomas, María Clara y Cornelius Bernardo, y desarrolla aquí cincuenta y ocho años de prolífica vida científica aplicada todos los días.

El espíritu investigativo de Thomas van der Hammen, que nace en Shiedam, Holanda, brota temprano alentado por papás y un hermano biólogo, que cultivan curiosidades y herbarios mientras el joven Thomas recolecta conchas, piedras, fósiles y plantas. Descubre el museo de historia natural de su región, hecho con el vigor de un sabio llamado Johan Bernink, y se convierte en su asistente inseparable. A los 16 años oye que se acerca el horror de la Segunda Guerra Mundial cuando invaden su país, y a los muchachos que iban juntos a recoger información natural en el campo les toca refugiarse en zarzos y salir solo a herbolar lo que encuentran en los parques.

Al final, en sus 86 años en los que ha estudiado desde la última glaciación hace quince mil millones de años en los Países Bajos y en Colombia ha aglutinado hallazgos y materiales científicos, vive sus últimos días en su reserva de dos hectáreas en Chía, Cundinamarca, donde recobra el bosque andino que tuvo por allí venados entre sus matorrales. Aquí parece reflejar al páramo que amó: tal es el brillo de su blanca cabeza y de sus barbas. Iba de la talla en madera al microscopio, a la lectura de la oración de san Francisco de Asís, su devoción, con su lema Paz y Bien, al que consagró un altar. Las piedras, el polen, los troncos, el agua, las flores hablaban a Thomas van der Hammen, y él los oía.

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