Aquí ronda el espíritu de Mutis

Por Luis Ernesto Quintana Barney
Publicado en Savia Andina

Para el año 1793 la Expedición Botánica ya completaba una década de recorrer la accidentada geografía del Nuevo Reino de Granada, y no era Mariquita, sino Bogotá, la sede de esta expedición, la nueva casa de la botánica y la academia. El viernes 10 de mayo de ese año se empezó a editar, en el Papel Periódico de Santafé, el “Arcano de la Quina”, la única obra que José Celestino Mutis publicó en vida. Se trata de una serie de textos en los que el gaditano, además de exponer las bondades médicas de la corteza de esta planta, defendió su interés por el comercio de cuatro especies de quinas granadinas y la calidad de estas frente a las de origen peruano. Mutis consideraba a la quina una pieza fundamental para el comercio y la ciencia, y así se lo hizo saber al rey Carlos III en su primera solicitud cuando mencionaba que en América no se debería buscar solo el oro, la plata y las piedras preciosas, sino el tipo de riquezas que abundaban en la superficie y que eran útiles y comerciales, como tintes y maderas.

Paisaje de palmas de cera. Foto: Federico Rincón Mora

Cerca a la pomposidad de la rosaleda en el Jardín Botánico de Bogotá, está en crecimiento un bosque de quinas. Ahí están las quinas milagrosas que admiraba el Mutis médico y botánico, despojadas ya de la importancia que tuvieron en el siglo xix y como píldoras de memoria en este lugar que lleva su nombre. El sacerdote jesuita Enrique Pérez Arbeláez, fundador del jardín, conocía a fondo la iconografía y el herbario de la Expedición Botánica desde 1927, año en que viajó a Madrid con el objetivo de estudiar estos elementos. El entusiasmo de Pérez Arbeláez con el trabajo de Mutis también lo acercó a la investigación sobre la flora colombiana hecha por José Jerónimo Triana, y empezó a abrirse espacio para que la herencia de la Real Expedición Botánica tuviera lugar en el país. Así, en 1936 Pérez Arbeláez fundó y fue el primer director del Herbario Nacional, labor que lleva a la creación del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia.

Dos años después, el sacerdote y científico, con el apoyo de doña Teresa Arango Bueno, logra convertir una antigua zona de relleno del Bosque Popular en el Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, que funcionó en primera instancia como una dependencia adscrita a la Universidad Nacional, para independizarse en 1955 como centro de investigación y conservación de la vegetación andina. La historia de la institución tiene en el ingeniero agrónomo Francisco Sánchez Hurtado a uno de los artífices que contribuyó a desarrollar las zonas del actual jardín, con base en los designios de su fundador.

Lugares apacibles para admirar la naturaleza. Foto: Federico Rincón Mora

El Jardín Botánico de Bogotá es hoy una entidad pública que obtiene sus recursos de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Posee una subdirección técnica operativa que se encarga de los programas de arborización y los servicios de jardinería en la ciudad; una subdirección educativa y cultural que trabaja en la socialización de los estudios y eventos; y una subdirección científica cuyo énfasis es la investigación y la preservación de los ecosistemas de bosque altoandino y páramo. Tiene veinte hectáreas que se ubican muy cerca al Parque Metropolitano Simón Bolívar y exhibe tres representaciones de ecosistemas: humedal, páramo y bosque de niebla. En una conformación de relieves, los senderos del jardín conducen a cada reproducción de estos ecosistemas; se aprecia así un humedal con juncos (Schoenoplectus californicus), con papiros (Cyperus papyrus), con barbasco (Polygonum punctatum) y con buchones (Eichhornia crassipes), entre otras plantas que existen en los quince humedales reconocidos en Bogotá. El páramo está representado en nueve mil seiscientos metros cuadrados con su microflora, árboles de escaso porte, algunas especies de frailejón como el Espeletia argentea y sobre todo como el ecosistema donde se origina el agua.

Ecosistema anfibio. Foto: Federico Rincón Mora

Cada sector del jardín es tan pulido que es difícil ver que se trata de un esfuerzo científico y no de uno puramente ornamental. Hay colecciones de sietecueros, un palmétum con más de quinientos individuos de cincuenta especies, una rosaleda con setenta y tres variedades de rosas e híbridos ornamentales, un bosque de epífitas, otro de lauráceas, una colección de pinos y un imponente robledal. El tropicario está en remodelación total y será un área de dos mil setecientos sesenta metros cuadrados que albergará especies representativas del seis al diez por ciento de la diversidad vegetal del país, desde el Chocó biogeográfico, la Amazonia y los bosques secos del Magdalena. Entre la variedad de colecciones se destaca la Cepac, o Colecciones Especializadas para la Conservación, que cobija ciertos grupos de plantas como bromelias, orquídeas, aráceas, pasifloras y gunneráceas.

Las copas de los árboles altísimos. Foto: Federico Rincón Mora

A todo este patrimonio, el Jardín Botánico de Bogotá le añade su herbario, iniciado en 1985 e instaurado en 1998 con unos dos mil doscientos ejemplares. Hoy, el Herbario JBB cuenta con más de diez mil ejemplares entre su Colección General de plantas vasculares, briófitos y líquenes; la Carpoteca, que contiene frutos y semillas secos de gimnospermas y angiospermas; la Colección de Tejidos y la Antoteca, que posee sesenta y una especies de flores colombianas. En este herbario, que está en línea desde el año 2015, se puede apreciar la Mutisia clematis, flor emblema del jardín botánico; la Odontoglossum luteopurpureum, flor insignia de la capital, y el Juglans neotropica o nogal, árbol emblema de Bogotá.

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