La joya verde de Medellín

Por Manuela Lopera
Publicado en Savia Andina

La historia de este lugar se remonta a finales del siglo xix, cuando los medellinenses comenzaron a reunirse en la finca El Edén, famosa por sus baños naturales. Así dice una de las crónicas que se recogieron de la época: “Iban los señores de la Villa en coche o a caballo […] a tomarse sus copetines con mujeres hermosas y generosas, conversar, hacer negocios y concertar alianzas matrimoniales”.

En la primera década del xx, se gestó la iniciativa para la creación del Bosque Centenario de la Independencia. La Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín estuvo al frente de la inauguración, en 1913, del que en adelante se conocería como “El Bosque”. El libro Cien años haciendo ciudad, de Rodrigo de Jesús García, ilustra la donación de las primeras especies que poblaron el predio, entre ellas ceibas, samanes, palmas y naranjos. Según los registros del jardín, hacia 1916 se sembraron novecientos cuarenta árboles y hacia 1925 ya sumaban más de cinco mil.

De formas y colores imposibles. Foto: Ana María Mejía

El lugar contaba con una pista de carreras de caballos y espacios para la práctica de golf, y era posible hacer paseos en barcas. En el Salón Restrepo se hacían bailes. En otros puntos había un vivero, un trencito, un pequeño zoológico y juegos infantiles. Así transcurría la cotidianeidad de un sitio que con el paso del tiempo fue afirmando su vocación de espacio público, en donde se celebraban ferias, competencias, actividades artísticas, y en el que se encontraron todas las clases sociales por más de cincuenta años. Así lo registra otra crónica de entonces: “puede asegurarse sin temor de errar que es el mejor paseo de la ciudad […], porque allí se cura el espíritu de preocupaciones y el organismo descansa de la asfixia a que vive sometido en el centro urbano, donde se sufre de la más lamentable pobreza de jardines públicos y paseos arborizados”.

En 1972 —luego de que la ciudad obtuviera la sede de la VII Conferencia Mundial de Orquideología— nació el Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe. El nombre fue escogido en homenaje al naturalista y botánico antioqueño, distinguido por sus valiosos aportes a la botánica nacional. La Sociedad de Mejoras Públicas, el Club de Jardinería, la Alcaldía y la Sociedad de Orquideología lideraron la creación de una entidad privada sin ánimo de lucro con el fin de contribuir al desarrollo de las ciencias naturales por medio de la investigación, la educación y la conservación de la flora colombiana.

Florecen todas entre abril y mayo. Foto: Ana María Mejía

El jardín está en la zona nororiental, hoy referente arquitectónico, científico, tecnológico y cultural. Pilar Velilla, exdirectora, lideró una renovación vital en 2005, porque “necesitábamos devolverle este espacio a la ciudad”. Desde la entrada sorprende su arquitectura. Un óvalo de concreto es punto de partida de un terreno de catorce hectáreas de flora y fauna con una temperatura media de veintiún grados y una altitud que sobrepasa los mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar. Adentro, un inmenso sendero circular recorre el espacio que es hogar de carboneros, palmas, helechos y orquídeas, y un sinnúmero de otras especies vegetales y animales que componen su patrimonio vivo.

El herbario es el corazón de la labor científica y uno de los más reconocidos de América Latina gracias a su número de colecciones Tipo (más de seiscientas). Posee más de setenta mil muestras para consulta de especímenes secos, procedentes de la flora silvestre de Colombia y América. La biblioteca Andrés Posada Arango tiene más de once mil quinientos libros de botánica y guarda ejemplares de la Real Expedición Botánica de José Celestino Mutis.

Orquídea (Cymbidium sp.). Foto: Ana María Mejía

El jardín tiene una organización clásica, con tres clasificaciones: colecciones taxonómicas, por zonas y temáticas. Las colecciones taxonómicas más importantes son: la de orquídeas —con más de cuatrocientas plantas sembradas en árboles, tres espacios de exhibición y cerca de mil doscientas plantas en vivero de doscientas especies de géneros diferentes— y la dezamias —es la mayor colección de zamias nativas de Colombia, con dieciséis de las veintiún variedades que hay en el país—. Otras son: zingiberales, helechos arbóreos y gramíneas.

La colección de las magnoliáceas es protagonista, y una de sus joyas más entrañables, con nueve especies. El equipo ya ha publicado dos nuevas para la ciencia, y se han encontrado otras no registradas en Colombia. Una de ellas, descubierta en el municipio de Jardín, fue llamada Magnolia jardinensis. Luego de un tiempo fue declarado árbol emblemático e incluso se sembró en mitad de la plaza. Y es allí, en ese municipio, en donde se logró conseguir una “estación satélite” o reserva de 145 hectáreas para su conservación.

Otra de las colecciones, ordenada por ecosistemas, comprende el Bosque Tropical, el Jardín de Las Palmas, la Laguna, el Jardín del Desierto, los Jardines del Orquideorama, el Huerto Medicinal, el Jardín Vertical del Teatro Sura y la Casa de las Mariposas. Y entre las temáticas, están las plantas carnívoras y una colección de más de tres mil árboles.

Entrada principal al jardín. Foto: David Estrada Larrañeta

Cuando cumplió treinta años, el jardín botánico estuvo a punto de desaparecer. En 2005, quien era el alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, lideró un plan para recuperar su vigor: “Aquí, conocimiento y cultura son factores de integración”, proyectó. En el proceso fue clave la participación de la escritora y gestora Aura López, quien promovió la lectura y el cuidado del medio ambiente entre los niños durante varios años. Se estableció la entrada gratuita y se crearon nuevas unidades de negocio, y unos años más tarde el jardín asumió el manejo del espacio público de la ciudad. Fue a partir de la gerencia de Pilar Velilla que nacieron múltiples emprendimientos —entre ellos la línea de eventos—, con el fin de apalancar las labores científicas y alcanzar la salud financiera de la institución. Una gestión que se ha apoyado en una sólida estrategia de mercadeo para hacer del jardín un lugar sostenible en el tiempo.

Hoy un equipo de cuatrocientos empleados ofrece servicios en asesoría científica, educación, silvicultura, diseño de jardines, paisajismo, vivero comercial, tiendas y restaurantes, y es epicentro de eventos sociales y de ciudad, como Orquídeas, Pájaros y Flores y la Fiesta del Libro y la Cultura, entre otros. Además es referente arquitectónico por cuenta de su premiado Orquideorama.

Gracias a su labor científica fue declarado Patrimonio Cultural de Medellín. Hace parte de la Red Nacional de Jardines Botánicos de Colombia y de la Asociación Colombiana de Herbarios, y está vinculado a la Red Internacional de Jardines para la Conservación, dentro de la Estrategia Mundial de la Conservación en los Jardines Botánicos —con la colaboración de la BGCI (Botanical Gardens Conservation International) —. En el presente el inventario de especies está siendo actualizado a través de un sistema de georreferenciación, y el equipo trabaja en la consolidación de procesos científicos como el desarrollo de protocolos de propagación, el monitoreo de biodiversidad en diferentes regiones, la biología molecular, la genética, los bancos de germoplasma y la contribución a los compromisos de Colombia frente al cambio climático.

La flor nacional (Cattleya trianae). Foto: Ana María Mejía

En 1980, Álvaro Cogollo llegó al que sería su proyecto de vida. A comienzos del siglo xxi, en plena crisis, afirmó: “Yo me hundo con el barco”. Pero no solo no se hundió, sino que recibió nuevas satisfacciones. Ha descubierto más de doscientas especies, y más de veinte llevan su apellido: Cogolloi. Ha establecido convenios con importantes instituciones y ha recorrido varios países difundiendo su vasto conocimiento de la botánica colombiana. El jardín es su vida, y por eso sus grandes logros están ligados a él. Si hay alguien que pueda ser su símbolo, no es otro que el que con acento costeño suelta: “Trabajar en un jardín es el sueño de todo botánico”.

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