La selva se adentra en el mar

Por Ana María Cano
Publicado en Savia Pacífico

Cuando al silencio del manglar lo atraviesa la balsa, se abre este paisaje anfibio como caja de murmullos: agua al roce, vegetación frondosa que se inclina con epífitas, lianas, bejucos y ramas coronadas de bromelias, de orquídeas, y de aromáticas vainillas; anturios cuna de niño asoman con sus flores blancas que nutren el suelo fangoso fértil de organismos; hojarasca húmeda susurra en la orilla, donde crecen protegidos los alevinos de muchas especies. Animales anfibios revelan su presencia con sonidos acuáticos, unos croan, otros nadan veloces; pianguas callan escondidas en las raíces de los mangles; aves rasgan el aire quieto con voces dispares, y en este instante eterno se descubre el prodigio que este Jardín Botánico del Pacífico consigue: evitar la desaparición del tesoro biológico que habita aquí.

Trepadora en árbol

A esta misma Bahía Solano con precario aeropuerto y poblado que honra el nombre de José Celestino Mutis, llegó desde Medellín la familia Puerta hace diez años. Los extasió esta naturaleza profusa del Pacífico, a la vez marina y selvática, y se comprometieron a cuidarla. Los padres dejaron a su hijo Sergio, apasionado naturalista, la tarea de devolver al estado inicial aquellas primeras treinta y nueve hectáreas que encontraron degradadas con arrozales sembrados en manglares y laderas de potreros en lo que antes fue selva virgen. Nativos y forasteros luchaban por sobrevivir, y de seguir acabarían con este paraíso en un parpadeo.

Comenzaron estos pioneros con el rescate de bosques deforestados por los madereros y rehabilitaron esteros, playas, ríos, con un programa de reforestación con especies nativas, a la vez que les propusieron otra subsistencia como guardabosques a los vecinos de la población de Mecana que antes fueron cazadores y derribadores de árboles.

Sendero en el Jardín Botánico del Pacífico

Mucho ha cambiado desde entonces. Hoy es el autorizado Jardín Botánico del Pacífico, que funciona desde hace cinco años y abarca ciento setenta hectáreas. Tiene ecosistemas de: selva húmeda tropical a lo ancho de ciento veinte hectáreas; manglares y esteros navegables veinticinco; trece de resiembra de árboles nativos como abarcos (Cariniana pyriformis), choibás (Dipteryx oleifera), cedros (Cedrela odorata), robles (Tabebuia rosea), huinos (Carapa guianensis), natos (Mora oleifera) y caracolíes o aspavés (Anacardium excelsum); una huerta de cultivos autosuficientes de plantas medicinales y alimenticias como borojó, plátano, bacao (cacao chocoano); un palmeto con diversidad de elegantes figuras con penachos que surten las artesanías locales; el arboreto, que incluye especies ya casi extintas como el costillo (Aspidosperma megalocarpon); jardines de orquídeas, de bromelias y heliconias; y un vivero para surtir de plantas nativas a vecinos, visitantes y propios. En conjunto, protegen ríos, quebradas y la playa con quinientos metros lineales que cada seis horas cubre y descubre el mar azul que por días llega cargado de troncos. Todo esto es un ecosistema representativo del mundo natural aparte que este Jardín Botánico del Pacífico cuida.

Epífitas. Bromeliáceas y orquidáceas.

Tres senderos demarcados permiten a sus visitantes recorrer esta extensión de un millón setecientos mil metros cuadrados. Entre tres y nueve horas tarda recorrer cada uno de los tres senderos. El Yaibí, con dos kilómetros va por entre manglares de suelas y piñuelos, manantiales, un puente de liana, una ceiba anciana y la reforestación con especies nativas. El sendero del Jaguar, con ocho kilómetros va a la ceiba jerarca con más de un siglo de imponencia, rodea al árbol gulungo, para llegar a un mirador, a un bosque de palmas barrigonas, al jardín de heliconias y al manglar, en un total de nueve horas de caminada en las que un picnic de gastronomía local recibe al caminante en medio del recorrido. El sendero del Carrá abarca cinco kilómetros, llega al río Mecana, contempla árboles choibá, bejucos, carrás (Huberodendron patinoi), un jardín de heliconias y un bosque de mangle suela (Pterocarpus officinalis). En este también, como en los otros, se desempaca en hoja de bijao (Calathea lutea) el mechado de atún o alguna delicia local acompañada del refrescante jugo de borojó (Borojoa patinoi). Los utensilios de mesa son hechos por artesanos y el recorrido lo acompaña un guía indígena que vive en Mecana, en el lindero del jardín botánico; es uno de los que antes vivió de la caza y la recolección y ahora es convencido guardabosques.

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Orquidiario

En las excursiones hasta la ceiba jerarca con más de cien años los caminantes llegan a un tronco que no pueden abarcar cinco personas con los brazos reunidos; a la quebrada Resaquita con agua pura que forma piscinas verdes naturales y a la que se asoman hierbas y musgos que rezuman humedad, mantienen 26 grados centígrados y 4.980 mm de precipitación en promedio, con un aire saturado de oxígeno en esta selva chocoana. Más de veinte jardines botánicos existen en Colombia, y otros lugares aspiran a serlo para realizar tareas científicas y divulgativas. Pero esta extensión que aquí incluye bosques nativos, selva neotropical, asociaciones de natales, especies en extinción y grandes áreas de recuperación, es exclusiva del Jardín Botánico del Pacífico que puso en marcha hace diez años la familia Puerta y es el ejemplo de un impulso privado que recupera una de las zonas con mayor biodiversidad y endemismo en el planeta, que estuvo antes azotada por ganadería y por sembrados de supervivencia.

A una hora en lancha desde el jardín botánico está el Parque Nacional Natural de Utría, y en todo el trayecto el mar muestra su entraña rocosa, con islas coronadas por árboles de altos doseles, algunos florecidos de amarillo o rojo y poblados con tonalidades de verdes que muestran la profusión de bejucos, hierbas, arbustos y centenarios ejemplares de esta selva virgen. El verde del agua refleja el sol cuando se hace presente. Este Parque Nacional de Utría tiene una extensión de manglares diversos que se recorren a través de una pasarela en madera para apreciar desde arriba sus raíces y comprobar cómo el oscilar de la marea los deja expuestos como barbas enormes mientras en sus copas el color de las bromelias llama miradas. Hasta el parque llegan también estudiantes de biología o escolares de la zona, así como científicos nacionales e internacionales que descubren en esta biota una tarea aún pendiente. Allí en el Parque Nacional Natural de Utría está un árbol de mango que hospeda tal número de especies vegetales sin menoscabo de su tronco y ramas, que demuestra que la alta pluviosidad de la zona unida al suelo cargado de nutrientes es el hábitat para todo cuanto crece en la región. El parque es vigilado por un destacamento de la Armada Nacional que cuida este patrimonio natural de todos los colombianos.

Caryodaphnopsis sp. Nuevo registro para el Chocó.

De regreso al Jardín Botánico del Pacífico y por entre los esteros, los manglares y el cultivo de palmas nativas, de orquídeas y heliconias, la reforestación con especies casi extinguidas por su explotación como maderables, demuestra que este rescate en Bahía Solano, que apenas lleva cinco años, es una promesa, al concentrar en un área protegida de ciento setenta hectáreas la mayor biodiversidad y endemismo en el planeta del Chocó biogeográfico.

A la vuelta contemplamos al paso la casa del médico estudioso de las orquídeas de la serranía del Baudó, Guillermo Misas, quien fue pionero de ellas en esta Bahía Solano paradisíaca, y hoy queda su casa solitaria como testigo al borde del mar.

La expedición Savia Pacífico llega a Bahía Solano para descubrir especies nativas y registrarlas gráficamente en este libro. A la cabeza está el profesor Álvaro Cogollo, director científico de la Colección Savia. Pero no contaba él ni el grupo con la sorpresa de lograr un nuevo registro para el departamento del Chocó: un ejemplar juvenil del género Caryodaphnopsis de las lauráceas, género también registrado en Asia tropical, en Borneo, en Filipinas, y en otros lugares, una disyunción geográfica anfipacifica (en América y Asia) que migró en el periodo terciario del hemisferio norte al sur debido al periodo glaciar. Este de aquí, es el primer registro del género Caryodaphnopsis en el departamento del Chocó, pues el primero para Colombia fue en la isla de Gorgona, (Caryodaphnopsis theobromifolia), árbol conocido localmente como aguacatillo. Es una especie descubierta en la reserva de río Palenque en Ecuador por el botánico norteamericano Calaway Dodson y descrita por Alwyn Gentry, quien inicialmente la incluyó en el género Persea, al que pertenece el aguacate (Persea americana), y la nombró Persea theobromifolia, cuyo epíteto especifico (thobromifolia) hace alusión al parecido de sus hojas con las del cacao (Theobroma cacao). Posteriormente fue transferida por otros botánicos al género Caryodaphnopsis; constituyendo en ese entonces el primer registro de este género para América. Este hallazgo confirma la noción de Pangea: un enorme continente único que existió entre la era Paleozoica y el comienzo de la Mesozoica. La satisfacción visible del botánico de la expedición Savia contagió al grupo, que presenció cómo el biólogo Cogollo preservaba ramas y grandes hojas verdes dentro de papel periódico, guardando la valiosa muestra que lleva a su estudio para comprobar que se trata de un descubrimiento: un nuevo registro de un género para el Chocó, con la posibilidad de que también sea una nueva especie para la ciencia; lo que será verificado una vez se logre localizar ejemplares adultos y se puedan estudiar sus estructuras reproductivas. Con el carburante de esta satisfacción, la jornada de nueve horas se hizo breve.

Playa del Jardín Botánico del Pacífico

Al finalizar esta última salida de campo en el Jardín Botánico del Pacífico, la selva mira al mar Pacífico como lo haría un descubridor, a quinientos metros de altura en este mirador alto del jardín desde donde se aprecia el azul verdoso allá abajo en esta bahía enmarcada en el esplendor de todos los verdes vegetales que la rodean. De la cúspide se desciende por relieves suaves y desiguales que albergan aguas que brotan dentro de la capa vegetal, tan intocada que conserva algunos helechos que solo se preservan en bosques nativos y tienen un color casi azul. En conjunto es el banco de germoplasma más completo.

Anturio morado (Anthurium sp.)

Ahora se tiene perspectiva de lo que ha recuperado esta organización privada con carácter científico: una riqueza biológica que iba camino a perderse. Una muestra representativa del Chocó biogeográfico que el Jardín Botánico del Pacífico, para poder autosostenerse, ha abierto un albergue ecológico que acoge a científicos y visitantes. Junto a los estudiantes vecinos que tienen en el jardín su mejor laboratorio de ciencias naturales, niñas curiosas llegan de Mecana, el poblado indígena vecino, para aprender sobre la naturaleza en los viveros que les ofrecen aprendizaje práctico para una supervivencia respetuosa del entorno. Sonríen contentas. La expedición Savia Pacífico deja este entorno con sus ojos, cámaras y morrales repletos, y convencidos de divulgar esta zona tan privilegiada como frágil de la Tierra.

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