Frutas y leyendas

Por Cristian Zapata
Publicado en Savia Pacífico

Prestigiosos historiadores eurocéntricos suelen aludir a Vasco Núñez de Balboa como el primer hombre en ver el Pacífico, y a Fernando de Magallanes y su gente como los primeros en cruzarlo. Así se contó el cuento aunque hablar de “el primer hombre en hacer algo” sea esfuerzo difícil por distinguirlo de toda esa demás humanidad, que en adelante será si acaso solo la segunda. La tarea es tan complicada como hablar del “primer coco en cruzar el Pacífico” y distinguirlo de toda la otra cocada. Y si de primeras hazañas hablamos, la del coco merece ser contada.

Frutos de palma milpesos (Oenocarpus batua). Foto por Ana María Mejía

El origen de esta popular fruta y su palma (Cocos nucifera) es tan desconocido como el de muchos nativos borrados por esos primeros hombres extranjeros que pasaron a su lado. Sin embargo, casi todas las teorías coinciden en ubicar a las especies primigenias en alguna de las islas de la zona indopacífica. Las explicaciones más aventuradas afirman que esta fruta se propagó a ambos lados de la Tierra, llegando hasta nuestra región del Chocó por el uno, y hasta la mismísima Oceanía, por el otro, a punta de flotar. Todo, gracias a que el coco sobreagua en mar abierto y puede germinar hasta varios meses después de desprenderse de la planta. Tenemos entonces al coco como el primer fruto en cruzar el Pacífico.

En ese mismo Pacífico, del lado colombiano, se celebra un rito curioso con el coco entre las comunidades negras del Baudó. Las mujeres recogen los pequeños grumos de tierra excavada que las hormigas dejan en el suelo a la entrada de sus grutas diminutas. Con esa tierra, considerada la más fértil, rellenan recipientes en los que plantan unas modestas huertas. Unas embarazadas siembran allí una semilla de palma de coco que cuidan durante toda la gestación. El mismo día que dan a luz trasplantan la palma y la siembran en el bosque, junto con la placenta y el cordón umbilical del recién nacido. Como en adelante esa palmera se va a nutrir con algo de su criatura, podrán comparar siempre los respectivos crecimientos y harán que el niño la llame “mi ombligo” y la cuide toda su vida.

Badea (Passiflora quadrangularis). Foto por Ana María Mejía

Volviendo a los españoles, en varias crónicas de Indias se habla de cuando esos “primeros hombres” llegaron al Pacífico colombiano y repararon en sus frutos. No tardarían en elaborar listas de las frutas encontradas, unas por recomendables y otras por nocivas. Sobre dos se hacían especiales sugerencias.

Primero estaba la piña (Ananas comosus). Se menciona desde el diario de Colón. Los maravilló esa inexplicable “fruta mansa de tierra” que crecía sin pender de un árbol y deleitaba con su dulzor inédito. Se llegó a registrar varias veces abundancia de ellas en los valles del Atrato, invitando a probar una exquisitez desconocida hasta entonces. Algunos colonizadores hasta hablaron de buscar en algún sitio de esta región un “valle de las piñas” que incluyeron en su cartografía delirante.

De otro lado estaba la guayaba (Psidium guajava). Si la piña era el manjar a buscar, la guayaba era el fruto despreciado. Por mucho tiempo se ordenó a los europeos no consumirla. El etnobotánico vallecaucano Víctor Manuel Patiño transcribe relatos españoles que advertían sobre las desagradables guayabas ya que “hedían a chinche y era abominación comerlas”.

Almirajó (Patinoa almirajo). Foto por Ana María Mejía

En la actualidad el Pacífico colombiano sigue produciendo piñas y guayabas. Y algo de sus famas se conserva. En los grandes mercados de Buenaventura, se leen carteles que, abusando de la metáfora, anuncian: “Las auténticas Piñas Oro Miel”. Mientras que aun no falta quien llame al zumo de guayaba “jugo de pobres” a pesar de su rebosante cantidad de vitaminas.

El fruto del carambolo (Averrhoa carambola),  otra habitual fruta del Pacífico, tiene una forma inusual: ovalado, pero con estriados bien definidos a lo largo, produce figuras de estrellas de cinco puntas que se usan también como adorno para los vasos de los cocteles. Y el árbol del caimo (Pouteria caimito) es uno de los llamados autofértiles porque no requiere ser polinizado. Después de los siete años da frutos en todas las épocas del año. Estos son pequeños y redondos, de color amarillo cuando maduran, y contienen gran cantidad de hierro. Se usan contra la diabetes y el reumatismo, y, como dato curioso, se trata de la única fruta de aquí que tiene un comprobado efecto afrodisiaco, aunque esa fama se la lleven, sin ningún sustento científico, el chontaduro y el borojó.

Lulo chocoano (Solanum cf. candidum). Foto por Ana María Mejía

Gran parte de las ventas callejeras de esta región ofrecen frutas. En tenderetes o cajones armados a la vera de la vía. El chontaduro en cambio suele exhibirse en su natural mostrador: una bandeja equilibrada sobre la cabeza de una vendedora de piel oscura, quien entre eufemismos y dobles sentidos lo anuncia como una medicina milagrosa para la impotencia.

Los chontaduros los produce una planta de la familia de la arecáceas, o sea una palmera (la Bactris gasipaes). Y son sin duda el más apetecido antojo en la región. Antojo irregular pero frecuente, como una golosina. Nadie desayuna o almuerza o cena sólo con chontaduro, pero se lo come todo el día. Sin embargo, y a pesar de ser una de las frutas nutritivamente más completas que existen, lo de potenciadora sexual es solo creencia popular… aunque tal vez con eso baste.

En el Pacífico las frutas se venden y consumen al menudeo. No son un renglón planeado para el mercado de la casa, sino un antojo frecuente. Son casi siempre productos de pancoger, pues la gran mayoría hace parte de una modesta agricultura de subsistencia que no se explota de manera tecnificada. Ello, porque la región es la más lluviosa del país y el clima uno de los más húmedos del mundo, ya que la tierra se inunda y porque la avidez extractiva de la economía se ha centrado en los minerales. No son frutas de grandes sembradíos, sino exclusivas de los solares de las casas o las tierras comunales; y en definitiva no se cultivan para empaquetarlas.

Marañón (Syzygium malaccense). Foto por Ana María Mejía

Excepción hecha del banano, que tiene uno de los nombres científicos más poéticos o por lo menos más entendibles: Musa paradisiaca, y que, como es bien sabido, tiene una industria fuerte en la zona del Urabá. Dentro de ese género Musa, en el Pacífico se cuentan docenas de variedades, de todos los tamaños y texturas. Desde el llamado plátano manzano (Musa x paradisiaca), grande, blanco y de sabor simple, hasta el murrapo, llamado también guineo (Musa acuminata), diminuto, amarillo y de dulzura exquisita y efímera que provoca una adicción como la que despierta el mejor bocadillo.

En esta región, como sucede en todas las de corte tropical, hay a la mano una gran variedad de jugos naturales, refresco necesario para climas extenuantes. La mayoría de esos jugos son fabricados con especies nativas y exclusivas de aquí. Se sabe que son propias desde el nombre que tienen casi todas. Nombres con una sonoridad especial, onomatopeyas que en algo recrean los ritmos del Pacífico: curuba, carambolo, almirajó, borojó. Pronunciarlas es ya insinuar el tamborileo de su música nativa; porque las frutas propias vuelven también propio todo lo demás.

Borojó (Borojoa patinoi). Foto por Ana María Mejía

Aquí por ejemplo no existe el color naranja o anaranjado. A ese le dicen “color zapote”, en referencia al tono de la pulpa de esta fruta que madura en el árbol cuyo nombre científico es Matisia cordata. En cuanto al borojó –Borojoa patinoi, en honor al apellido de su descubridor, Víctor Manuel Patiño–, puede decirse que por mucho tiempo solo lo conocieron los nativos. Es una especie de la familia de las rubiáceas no clasificada hasta la segunda mitad del siglo pasado. Se presenta prácticamente en todo el litoral Pacífico y, como lo sabe ya el grueso de la población del país, tiene fama de ser el más potente afrodisiaco que ha aportado esta zona al recetario popular colombiano.

El mencionado profesor Patiño fue un estudioso obsesivo de los árboles frutales del Pacífico. Él mismo descubrió también otras especies autóctonas: el almirajó (Patinoa almirajo), género dedicado en honor a su apellido por José Cuatrecasas; el guayabillo (Eugenia victoriana), cuyo epíteto específico fue dedicado en honor a su nombre, y el llamado borojó del Pacífico, especie muy común en el Putumayo (Borojoa duckei). El peculiar sabor de estas tres frutas se utiliza sobre todo para jugos y jaleas.

Tampoco se conoce en otros sitios el pipilongo, también llamado cordoncillo o cundur (Piper angustifolium), del cual se saca una popular bebida curativa que usan en la región casi para cualquier dolencia; o la badea (Passiflora quadrangularis), las más peculiar de la familia de las pasifloráceas, cuya fruta es más grande y de un sabor mucho más simple, sutil y exquisito que el de sus parientas la curuba, la granadilla y el maracuyá; o el asaí, o naidí o murrapo (Euterpe oleracea), una palmera que alrededor del tallo produce unos racimos de frutillos como pequeños cocos púrpuras, de un sabor no parecido a nada.

Guayabillo (Eugenia victoriana). Foto por Ana María Mejía

Casi todas estas frutas silvestres nos parecen ocultas y remotas como las tierras que las producen. Solo los habitantes de lo más profundo están familiarizados con ellas. No surten una gran industria, ni tienen gran publicidad, y quizás por eso conservan todavía ese sabor tan propio. Quienes conviven en la lejanía con todos estos árboles frutales, los conocen con minucia, aunque ninguno los habrá apreciado con el delirio de Adán. En épocas del doloroso “descubrimiento” europeo, mucho se habló de ciudades perdidas; de la misma manera aún deben existir entre esta selva otras tantas frutas perdidas todavía para el ojo occidental, porque desde sus usos y consumos ancestrales nadie se ha querido hacer llamar “el primer hombre en verlas”.

En letra cursiva

El Pacífico colombiano registra la húmedad más alta del país, y es esta precisamente la que permite el desarrollo de muchos de los frutos característicos de la región. Pertenecen a una gran variedad de familias botánicas, muchas veces representativas de las zonas costeras. Como la familia de las arecáceas, las palmas, de la que hace parte el coco (Cocos nucifera) que es una de las especies más representativas de esta familia por el aprovechamiento de sus frutos en culinaria, además de que sus hojas y cortezas son utilizadas para la elaboración de artesanías.

De esta familia hacen parte, además, el naidí (Euterpe oleracea) del cual se obtiene el palmito y de donde se extrae una bebida de rico contenido nutricional, y el chontaduro (Bactris gasipaes) que además de ser altamente apreciado por una creencia popular que lo ha designado como afrodisiaco, es sumamente nutritivo, y se presta para la producción de otra variedad de palmito. Sin embargo, el chontaduro no es el único fruto buscado por su reputación como afrodisiaco.

El borojó (Borojoa patinoi) una rubiácea, también se consume para los mismos fines. Pero es el caimo o caimito (Pouteria caimito) el único registrado como verdadero afrodisiaco. Pertenece a las sapotáceas, y es utilizado en medicina natural como remedio contra la diabetes y el reumatismo. Y es que en la medicina natural del Pacífico hay una alta variedad de frutos que, además de ser apreciados por sus exquisitos sabores, tienen propiedades farmacéuticas. Tal es el caso de la piña (Ananas comosus) una bromeliácea que se utiliza contra la helmintiasis o lombrices parásitas, y del cordoncillo (Piper angustifolium) una piperácea de la cual se extrae un jugo curativo contra diferentes dolencias. Aparte de las propiedades farmacéuticas, también cabe aquí mencionar frutos que tienen altas propiedades vitamínicas o son rica fuente de minerales, como el banano o plátano (Musa x paradisiaca) una musácea con un altísimo contenido de potasio, o como la guayaba (Psidium guajava) una mirtácea, que suministra una alta cantidad de vitaminas.

Zapote (Matisia cordata). Foto por Ana María Mejía

Además de la enorme variedad de sabores y propiedades nutricionales que se obtiene de los frutos del Pacífico, vale recordar que muchos de ellos son igualmente utilizados en decoración y artesanías. Tales como el carambolo (Averrhoa carambola) una oxalidácea, caracterizado por sus rebanadas en forma de estrella, utilizadas en decoración de mesa y coctelería; o el guamo (Inga sp.) una fabácea, que produce una vaina o legumbre alargada con la cual se elaboran diferentes artesanías.

En lugar de carne, borojó

El arbusto del borojó (Borojoa patinoi) llega a medir hasta cinco metros y es una especie caprichosa. Se toma unos tres años en producir frutas, sus brotes solo aparecen cuando inician las lluvias y se tarda doce meses desde la floración hasta la maduración. Borojó es una palabra del dialecto citará que significa “árbol de cabeza colgante”. Los originarios indígenas chocoes usaban la sustancia de la fruta para embalsamar cadáveres.

Después, con la confluencia de esos pueblos con las culturas africanas que empezaron a llegar, surgió en algún momento la creencia de que poseía cualidades afrodisíacas que, no obstante, nunca se han podido corroborar. En el afán de hacerlo, lo que se ha logrado es descubrirle muchas otras importantes propiedades. Se ha podido saber, por ejemplo, que el borojó es la fruta que contiene más cantidad de fósforo de todas las que existen en el mundo.

El fósforo es uno de los mayores generadores de energía en el organismo. También se ha podido establecer que esta fruta tiene una valiosa sustancia química, llamada lactona sesquiterpénica, que neutraliza el crecimiento de las células malignas y tiene por tanto propiedades antitumorales. Sirve así mismo como cicatrizante y, sobre todo, tiene una cantidad inusual de proteínas. En cuanto a los aminoácidos esenciales para el funcionamiento del organismo, algunos estudios han encontrado en una libra de pulpa de borojó el equivalente a los que contienen tres libras de carne. Para la ciencia, entonces, no es un vigorizante sexual, como se cree, sino muchas otras cosas quizás aún más valiosas.

Frutos de la humedad

Por mucho tiempo, se tuvo casi por dogma indiscutible que los árboles frutales solo podían prosperar en climas soleados y secos, y no en los lluviosos y húmedos. Esto porque el sabor pleno de las frutas se relaciona con una buena cantidad de radiación solar, y porque la apropiada concentración de azúcares de algunas de ellas solo se logra con una escasa humedad atmosférica. Sin embargo, esa teoría ha sido rebatida por la región del Pacífico colombiano y sus especies nativas.

Anón (Rollinia mucosa). Foto por Ana María Mejía

Es esta prueba de cómo en un clima lluvioso, a una baja altura sobre el nivel del mar y con la mayor humedad atmosférica del planeta, se puede dar la existencia de toda una variedad de especies frutales, que, precisamente, necesitan de esa humedad y esos suelos inundables para germinar. Entre esos ejemplos que cambiaron la creencia mayoritaria se cuentan el chontaduro, el caimo, el zapote, el borojó y el almirajó, que no pueden sobrevivir en entornos secos. Una peculiaridad más de esta región y sus frutales, distintos a todo lo demás.

Guama como algodón de azúcar

Varias especies del género Inga, de la familia de las leguminosas o fabáceas, conocidas en el Pacífico como guamos, que pueden llegar generalmente hasta los veinticinco metros de altura, producen una fruta tan conocida como extraña. La guama es un fruto en forma de vaina, aplanada, por lo regular con una textura verdosa, lisa y brillante, que parece la piel de un lagarto. Al abrirlo ofrece una pulpa blanca y sedosa de un dulce intenso. En la región a veces escasean porque los árboles dan frutos de manera muy irregular. Pero por lo común se empiezan a ver al inicio de una prolongada época de lluvias. Son un manjar codiciado entre todos los habitantes, el equivalente al algodón de azúcar de los citadinos.

Datos apiñados

La piña (Ananas comosus) es una planta de la familia de las bromeliáceas la cual agrupa muchas hierbas perennes y terrestres que se caracterizan por tener sus hojas en roseta y unas brácteas con colores llamativos. La gran mayoría de especies de esta familia son epífitas. Epífitas son todas esas plantas que, sin ser parásitas, crecen sobre otro vegetal para usarlo como soporte, pero sin quitarle sus nutrientes. Los ejemplos usuales son algunas algas, musgos y helechos. La piña, sin embargo, es uno de los pocos ejemplos de bromeliáceas que no son epífitas.

Fruto de palma cabecinegro (Manicaria saccifera). Foto por Ana María Mejía

Por el contrario, es una planta de tierra, con la peculiaridad de producir una fruta sobre su cresta. Esto solo se produce una única vez, a los tres años, y tiene la particularidad adicional de ser no climatérica; esto es, solo madura estando sembrada y unida a la planta. Una vez cortada, la maduración se detiene. Por eso solo puede ser cosechada en su punto exacto. A pesar de que la piña es una especie de suelos exclusivamente tropicales, y oriunda de Latinoamérica, en la actualidad la producción de todos los países del hemisferio ha sido superada por la de Tailandia, que ha llegado a ser el mayor cultivador de esta fruta en los últimos años.

Chontaduro con todo

Por su contenido nutricional, al chontaduro (Bactris gasipaes) se le suele llamar el “huevo vegetal”. Se estima que al año se producen en el país aproximadamente trece mil toneladas de esta fruta. La mayoría, para consumo de los habitantes de la franja del Pacífico. Unas diez mil mujeres basan su subsistencia en la producción y comercio de este producto. De esas trece mil toneladas, la mitad es producida por un solo municipio, cuya economía campesina se sostiene casi en su totalidad con la siembra de esta palma. Lo curioso es que dicha población no está en el pleno corazón de la región Pacífico, como podría esperarse, sino, al contrario, en los límites con la región Andina. Se trata del municipio de El Tambo, en el departamento del Cauca. Un municipio de vocación rural, con más del noventa por ciento de su población por fuera de la cabecera y donde la raza negra es minoritaria. Para más datos, esa mitad del total de chontaduro del país ni siquiera se produce en toda el área del municipio, sino en una sola de sus veredas, llamada La Libertad Cuatro Esquinas. Allí hasta celebran el reinado anual del chontaduro.

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