La estrella de Oriente

Por Héctor Rincón
Publicado en Savia Oriente

Quién sabe cuánto tiempo ha tomado la formación de estas cumbres, de aquellos riscos, de todos estos cañones y cuchillas y mesetas que hacen de la cordillera Oriental de Colombia un mundo inabarcable, una tierra voluptuosa casi siempre poseída por la bruma y refrescada por vientos que casi siempre están escupiendo lloviznas. Quién sabe.

Los geólogos han escudriñado sus laderas y sus cúspides de más de cinco mil metros sobre el nivel del mar y han descendido también a sus valles ardientes, y en todos sus entresijos han hallado tal variedad de rocas como otros investigadores –los biólogos y los botánicos– han encontrado ecosistemas. Para quienes estudian la formación de la Tierra, los materiales de los que está hecho este suelo que pisamos, la cordillera Oriental viene desde el periodo Precámbrico, que quiere decir hace entre los cuatro mil y los cuatro mil quinientos millones de años. Desde entonces están ahí las rocas más profundas, en las que se asientan estos montes. Pero otros trozos de esta misma cordillera, los que han aportado sedimentos más visibles, se formaron en el Cretácico, que en números geológicos se traduce entre los ciento cuarenta y cinco y los sesenta y cinco millones de años.

Quién sabe. Tampoco es necesario que los geólogos se pongan de acuerdo sobre semejantes edades descomunales para que al mirar de lejos o recorrer los lomos de estas formaciones se sienta, como se siente, un asombro que te obliga a la reverencia. Tan prodigioso es este territorio, tan amplia su vegetación, tan incalculables sus abismos y sus vientos tan enérgicos y constantes, y tantas sus aguas que corren o que se estancan como rocío en sus plantas, que aunque sepas que todo esto tiene los millones y millones de años que expresan sus piedras y sus témpanos, todo tiene unos colores tan nítidos (verdes eufóricos o marrones solemnes) que todo parece que acabara de ser creado.

Arbusto florecido en el cañón del Chicamocha/Foto: Ana María Mejía

Arbusto florecido en el cañón del Chicamocha (Ipomoea pauciflora) / Foto Ana María Mejía

Hablo de esta Colombia tan cercana a los poblados bulliciosos como desconocida por ellos. Hablo del país que existe al norte de Boyacá, lejos de sus joyas coloniales y de sus sabidos paisajes turísticos. Y de Santander, de Norte de Santander y de Arauca, que reúnen, todos juntos, unos noventa mil kilómetros cuadrados, en los que no solo la cordillera se manifiesta como la imaginamos (picos, cumbres, páramos, nevados), sino donde hay territorios tan llanos como los de las vegas del Magdalena, por supuesto, los del Catatumbo o los del Sogamoso, y tan inconmensurables como las llanuras araucanas que comienzan aquí y terminan allá, lejos muy lejos, tras el océano verde que se pierde hasta Venezuela.

En una dimensión de pocos kilómetros hay tantos subes y bajas, que la variedad de climas otorga a la región oriental una enorme riqueza de ecosistemas. Hay alturas que sobrepasan los cuatro mil metros sobre el nivel del mar, que son los superpáramos. O la Sierra Nevada del Cocuy, cuya lejanía se extiende por el norte de Boyacá y el Arauca y en donde reina el silencio en sus ventidós picos revestidos de nieve, entre los que sobresalen el Ritacuba Blanco, por sus impetuosos 5.380 metros de alto, y el Púlpito del Diablo, por su nombre tan huy-qué-miedo.

Allá arriba, bien arriba, se gestan las aguas que con más regocijo se ven en los páramos cuando se está a tres mil metros. Vallecitos en los que abundan plantas endémicas que viven airosas en un clima tan hostil. Se ven muchas de ellas al descender del espinazo de la cordillera. Más abajo de allí, aparece el bosque de alta montaña, en el que el clima ya va por los seis grados centígrados y crece la vegetación que va tomando más presencia en los bosques altiandino, andino y subandino, que van hasta los ochocientos metros sobre el nivel del mar y en donde la tempertatura es de veintidós grados en promedio.

Todo esto —esa es su virtud— se ve y se siente a los pocos kilómetros de recorrer carreteras o caminos que a veces te paralizan de lo empinados que son y siempre te pasman cuando desciendes vertiginosamente y en cada curva sientes que al menos el alma se te fue por un precipicio. Pero hay más: debajo de todo aquello, de sus cumbres, hay bosque seco y bosques riparios o de ribera, y por encima de todos estos pisos térmicos hay nubes que los vientos estrujan de maneras distintas y por eso hay tanto lluvias escasas, casi decorativas, como las del cañón del Chicamocha, y abundantes, casi catastróficas, como las que caen en las cuencas del Catatumbo y del río Margua, en el norte de Santander.

Arroyo en el páramo del Desaguadero / Frailejones (Espeletia cf. arbelaezii) / Foto Ana María Mejía

Arroyo en el páramo del Desaguadero / Frailejones (Espeletia cf. arbelaezii) / Foto Ana María Mejía

Nevados, superpáramos, páramos, son fábricas de agua de donde se desprenden arroyos de los que nacen riachuelos que se transforman en quebradas que se vuelven ríos. Cientos. A Santander le corresponde la parte central del río Magdalena, que nace en otra cordillera, cierto, pero recibe de la Oriental las aguas del Sogamoso, que ya se ha engordado con las del Chicamocha y las del Suárez, dos de sus afluentes. También le llega el tributo de los ríos Carare, Lebrija, Opón, Chucurí, Fonce, Onzaga, Paturia, Guaca, Nevado, San Juan y Servitá. Son docenas. Y por Boyacá corren el Ermitaño, Negro, Sáchica, Sutamarchán, Arcabuco, Ubazá, Minero, Tuta, Tota, y el Moniquirá y el Chitano y el Susacón, entre muchos otros que buscan su desagüe hacia el Magdalena. Y hay otros de la propia Boyacá que van al río Meta. Docenas, cientos, que se llaman Garagoa, Funjita, Lengupá, Guavio, Upía Cusiana, Siamá, Cravo Sur, Negro, Pisba, Focaria, Niuchía, Encomendero y Pauto. Y aquellos que van al río Arauca: Garrapato, Culebras, Orozco, Chuscal, La Unión, Rifles, Cubugón, Derrumbado, Támara, Cobaría, Royatá y Bojabá. El aporte de Norte de Santander a esta urdimbre hidrográfica oriental, se compone principalmente del río Zulia, el río Catatumbo, el río Pamplonita, el río Táchira, el río Sardinata, el río Cáchira del Espíritu Santo y el río Margua. El departamento de Arauca ve pasar sus aguas hacia el Orinoco, aguas que se llaman Casanare, Tocoragua, Tame, Cravo Norte, Ele, Lipa, San Miguel y el conjunto Negro-Cinaruco.

Carbonero o pegajosa en flor en Los Estoraques (Bejaria aestuans) / Foto Ana María Mejía

Carbonero o pegajosa en flor en Los Estoraques (Bejaria aestuans) / Foto Ana María Mejía

Y no diré de caños, de lagunas, de otras aguas, de tantas aguas como las que posee la región oriental, porque hay que abrirle espacio a la vegetación, a la abrumadora vegetación de esta Colombia que es también despensa: qué orden el de su agricultura, que sembrados de comidas hay en sus laderas, que cebollas rojas, blancas, largas; qué papas, pimentones, remolachas, alverjas; qué nostalgia la de sus alambradas en las que cuelga el fique y qué belleza los caneyes en donde secan el tabaco. También hay café y muchas piñas-ciruelas-duraznos-mandarinas-naranjas, todo fresco, todo provocativo como lo exhiben en las más que bellas plazas de mercado de Bucaramanga o de Pamplona, por decir solo dos de las muchas en donde se respira el triunfo del campesino y, más que nada, la victoria de esta tierra.

Y digo solo de comida. No hablo —pero hablaré ya— de esta vegetación de Oriente que da todo lo dicho, agua y comida, y que produce todo ese oxígeno que por allí amplía la capacidad pulmonar de los condoritos que van en cicla y que son multitud. Plantas como los frailejones que conservan el agua en las alturas (Espeletia hartwegiana, Espeletia brassicoisea, Espeletia lopezii, y Espeletia conglomerata), benditas todas estas espeletias y benditas todas las demás familias, asteráceas, bromeliáceas, crasuláceas, ericáceas, fabáceas, hipericáceas, iridáceas, poáceas, rosáceas, lomariopsidáceas y licopodiáceas, que son las que viven, sobreviven, alimentan, fomentan, mantienen esas zonas de esperanza que son los páramos.

Plantas, miles de ellas diminutas, discretas, podría decirse que tímidas, que crecen valientes en las crestas de las montañas y ayudan a toda esta riqueza de suelos, y vegetación que se va volviendo más desenfadada cuando se baja de esos picos y comienzan a aparecer las flores y después los arbustos y entonces llega el momento de los árboles, de los grandes árboles florecidos como las sennas o las acacias y los guayacanes. Y más abajo, en la vega del Magdalena, hay ceibas mayúsculas y suanes desproporcionados que lograron sobrevivir a aquella sentencia de muerte colectiva que les decretó la navegación que se hacía por ese río a bordo de los vapores que siempre nos han parecido tan románticos y que devoró sin remedio la floresta de la cuenca.

Bosque seco en el cañón del Chicamocha (Cactus sp., Agave sp., y otros) / Foto Ana Maria Mejía

Bosque seco en el cañón del Chicamocha (Cactus sp., Agave sp., y otros) / Foto Ana Maria Mejía

La vimos, y la verán en todos los capítulos que componen este Savia Oriente: una vegetación generosa que sirve para la construcción, la madera, la medicina, la comida. Y para la simple belleza al ver sus flores. O para la básica sensación de sentir el fresco de sus sombras y el silbido del viento por entre sus ramas. O para recitar como un poema el nombre de esos árboles que se llaman candelero, barbasco, aliso, dividivi, encenillo, arrayán, laurel, urapán, sauce. Y cajeto, cedro, mortiño, jacaranda o gualanday.

De todo esto hay en esas cumbres fuera de categoría y en las cuencas a las que se baja, raudo, en las breves distancias que la región de Oriente requiere para exhibir la diversidad que posee. Entre todos estos climas, en esta topografía que quién sabe qué edad tiene, si miles de millones o cientos de millones de años, el poder que más la distingue es el de sus montañas y, entre ellas, por sus relieves, las aguas, los torrentes de agua que se desprenden de sus entrañas.

Todo eso aquí está embellecido por una imagen que es un ícono: esos hombres protegidos por las ruanas de lana, esas mujeres vestidas con faldas oscuras adornadas con bordados de colores contentos y, unos y otras, coronados por esos sombreros tejidos con fibras de palma con los que intentan evitar la acción de estos soles que por aquí calcinan.

En letra cursiva

Esta región del Oriente de Colombia es realmente diversa en especies, ya que cuenta con una altísima variedad de ecosistemas. Desde lo más alto de la cordillera, que son los superpáramos, hasta las partes bajas denominadas bosques subandinos y andinos, todo lo cual contribuye a su número de plantas y animales. En la parte de páramos, se destacan las asteráceas, la familia de los girasoles, el diente de león y la gran mayoría de florecillas que encontramos al lado de las carreteras y en las montañas. Es una de las familias más ricas en cuanto al número de especies registradas. Pero especialmente en los páramos sobresalen los frailejones o espeletias, tan características como importantes en este ecosistema. A medida que se va descendiendo de la cordillera y se van alcanzando los bosques subandinos y andinos, no solo la variedad de plantas es mayor, sino que su diámetro y altura se van fortificando. El incremento del diámetro es lo que en botánica indica el crecimiento secundario. En las leñosas este crecimiento secundario es lo que determina su producción de madera. En estos bosques andinos y subandinos se encuentra una gran cantidad de leñosas como el aliso (Alnus acuminata), el cual hace parte de las betuláceas; el dividivi (Caesalpinia spinosa), una fabácea; la ceiba (Ceiba pentandra), una malvácea; el cedro (Cedrela odorata), una meliácea; el cajeto (Citharexylum subflavescens), una verbenácea; el guayacán (Handroanthus chrysanthus), una bignoniácea. Además del laurel (Cinnamomum sp.), una laurácea.

Muchos de estos nombres comunes provienen de su semejanza con otras especies, no siempre relacionadas, lo que tiende a ocasionar alguna confusión. Por ejemplo, se denomina guayacán a muchas especies maderables, caracterizadas por la dureza y los colores claros de la madera. A árboles de grandes tamaños, con espinas en el tronco, se les tiende a denominar ceibas, por su semejanza con la ceiba (Ceiba pentandra), como ocurre con la especie Hura crepitans, también denominada ceiba o ceiba blanca, una euforbiácea.

Otro caso de etimología duplicada es el del laurel, tan utilizado en la cocina, que proviene de la laurácea Laurus nobilis, originaria del Mediterráneo y que dio lugar al nombre de la familia lauráceas. Está rodeada, la especie, de cantidad de mitos: hasta sus hojas son símbolo de victoria. A la gran mayoría de especies de lauráceas se les conoce como laurel, como la Cinnamomum sp.

Las plantas más constantes

Familia Nombre científico Nombre común Usos                              
Asteráceas Espeletia lopezii Frailejón Conservan el agua de los páramos. Medicinal
Betuláceas Alnus acuminata Aliso Madera en construcción.
Taninos para curtir cueros. Ornamental
Bignoniáceas Jacaranda caucana Gualanday Medicinal. Ornamental. Maderable
Bignoniáceas Handroanthus chrysanthus Guayacán Ebanistería. Ornamental
Cunoniáceas Weinmannia sp. Encenillo Leña y para carbón. Taninos para teñir pieles
Ericáceas Vaccinium meridionale Mortiño Medicinal. Antioxidante. Apreciado en postres
Lauráceas Cinnamomum sp. Laurel Maderable, utilizado en carpintería
Malváceas Ceiba pentandra Ceiba Ebanistería. Hojas y corteza medicinales
Meliáceas Cedrela odorata Cedro Medicinal. Madera Ebanistería y para
la elaboración de instrumentos musicales
Moráceas Ficus citrifolia Suan Importante para muchos animales silvestres
Rosáceas Polylepis quqdrijuga Sietecueros Leña y carbón. Protector de cuencas en páramos
Verbenáceas Citharexylum subflavescens Cajeto Madera para construcción. Ornamental

La joya de Santander

Todo el departamento de Santander, con sus más de treinta mil kilómetros cuadrados, está incluido en esta región oriental. Con sus montañas, llanuras, ríos, cuevas y cañones. Sus climas, todos. Su agricultura, toda. Por su topografía que produce unos paisajes fabulosos, se ha vuelto un sitio turístico. Y por ella misma, por la topografía de cumbres y de abismos y por sus aguas rápidas, ha hecho fama de departamento apto para los deportes extremos. Para lo uno y para lo otro, su principal estrella es el cañón que forma el río Chicamocha, que cubre unas cien mil hectáreas. El territorio santandereano que hace vega con la cuenca del río Magdalena, con Barrancabermeja como puerto principal, le da el clima cálido que lo complementa. Aunque este Magdalena central de Santander ha sido muy afectado por la deforestación, en especial los bosques del Carare-Opón, aún se encuentra allí una vegetación importante que pide tareas para una más enfática conservación.

La Expedición Savia hacia ese territorio encontró, en el caño de Chucurí, cerca de Barranca, algunos ejemplares de suan, saludables y hermosos. El suan fue devorado para alimentar a los vapores que hicieron historia por su navegación sobre el gran río, pero todavía quedan algunos ejemplares de estos árboles, que dan la esperanza de su reproducción.

Ceiba o baobab colombiano (Cavanillesia chicamochae) Foto Ana María Mejía

Ceiba o baobab colombiano (Cavanillesia chicamochae) Foto Ana María Mejía

Otros tesoros orientales

Norte de Santander con 22.367 kilómetros cuadrados, muchos de ellos en el límite con Venezuela y otros muchos de ellos en la conflictiva zona del Catatumbo, aporta páramos, paisajes, agricultura y mucha vegetación a esta región oriental. En lo recorrido por la Expedición Savia en busca de su riqueza verde, encontramos una agricultura vigorosa y esforzada. Y pueblos de belleza inolvidable como La Playa de Belén, en donde están las formaciones geológicas de Los Estoraques y, dentro de ellas, una floresta como de mundo perdido. Boyacá, en su parte norte y oriente, se integra a esta región. Y su aporte es fundamental en cuanto a belleza, a aguas, a páramos, a nieves como las que hay en la amplia Sierra Nevada del Cocuy, esa imponencia que también ocupa territorio de Arauca. No todos los veintitrés mil kilómetros de Boyacá los consideramos en Savia parte de esta región de Oriente, ni tampoco la totalidad del Arauca, departamento que a su vez tiene 23.818 kilómetros cuadrados. El Cocuy, en donde están las mayores alturas de la cordillera Oriental colombiana, es una joya lejana y, con tristeza, refleja los perjuicios del cambio climático global en la pérdida paulatina de su cobertura de nieve. Una joya lejana —lejanísima— a la que se accede por el centro del país a través de carreteras con paisajes muy bellos desde Tunja y se llega a Güicán de la Sierra.

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