La serranía de Los Saltos

Por Óscar Hernando Ocampo
Publicado en Savia Pacífico

Hace mucho rato que las ballenas jorobadas se perdieron mar adentro con sus ballenatos. El sol ha empezado a crecer, convertido en una naranja radiante a medida que la tarde se va hundiendo en las aguas del Pacífico. Un festival de luces se refleja en el horizonte del mar y llega a la costa como piedra saltarina lanzada por el sol para destellar en el follaje verde de la selva que baja a mirarse curiosa en el espejo de cobalto del océano. En este rincón de Colombia, la manigua, fresca y húmeda, parece estar saliendo del agua, a punto de sacudir su cabellera de plantas como si fuera una sirena gigantesca. Y es cierto, porque estas estribaciones, con sus acantilados de rocas volcánicas, viejas lavas endurecidas y oscuras vestidas de verde, apenas si han salido del abismo, como consecuencia del levantamiento de la corteza que se produce por el choque de las placas tectónicas que persisten en seguir agregando montañas a los Andes.

Hoja esqueletizada. Foto por Ana María Mejía

La serranía del Baudó o de Los Saltos, como las ballenas jorobadas, parece que saliera a la superficie para mostrar su morro de roca. Es tan nueva, en la escala del tiempo geológico, que los miles de riachuelos que bajan hacia el mar lo hacen dando saltos entre las peñas de las duras rocas basálticas, que se resisten a la erosión, aunque ya hayan perdido la batalla con las plantas, las únicas capaces de hincar sus raíces en ellas y arrebatarles sus minerales para convertirlos en este derroche de hojas de todas las formas, en tallos llenos de secretos medicinales, en cortezas de todas las texturas, en frutos de sabores imposibles y en flores que más parecen mariposas hechas de pétalos, con su infinidad de colores y formas, como si la naturaleza estuviera jugando con la celulosa y sus cientos de miles de posibilidades.

Esta tarde, mientras la lancha regresa a la playa de arena, incrustada entre dos contrafuertes de ásperas rocas volcánicas, la lluvia ha dado una tregua que se sabe que será muy corta. En la noche, la selva se llenará de ruidos que luego serán dominados por el de la lluvia, cuando, seguramente, un torrencial aguacero vaciará las nubes que se formarán a la velocidad de los vientos alisios de ambos hemisferios, venidos aquí, como las ballenas, a aparearse en la llamada Concavidad Ecuatorial, una de las zonas de más baja presión atmosférica de la Tierra. Este cinturón de convergencia intertropical, formado sobre la región del Chocó y el Darién, es la zona más lluviosa del planeta, con registros que pueden llegar hasta los doce mil quinientos milímetros de lluvia al año en el llamado “cielo roto”, un paraje cerca de Tutunendo, al sur de la serranía del Baudó, donde el Diluvio Universal parece que no se hubiera acabado. Con este clima de alta precipitación y humedad, con una temperatura de veintisiete grados centígrados en promedio, no sorprende que los botánicos hayan podido catalogar, solo hasta ahora, cerca de dos mil ochocientas especies de plantas, entre superiores e inferiores, lo que deja a la zona como la reina de la biodiversidad en el mundo y refugio de cientos de especies de animales que llenarían varios álbumes de laminitas. Además, durante los períodos de sequías que afectaron otras regiones vecinas en el pasado geológico, la región preservó una selva superhúmeda que fue el refugio y el lugar donde surgieron nuevas especies de plantas y animales que luego se expandieron para repoblar lo que se había perdido en las otras áreas. Este proceso de generación y expansión de la biota se intensificó cuando el juego de las placas tectónicas formó el istmo del Darién y Suramérica se conectó con Centroamérica.

Pacó florecido (Cespedesia spathulata). Foto por Ana María Mejía

Debido a este aislamiento en el Pleistoceno, esta isla de selva higrofítica se enriqueció con una flora con un alto índice de endemismo, así algunas de ellas se hayan esparcido hacia otras regiones e, incluso, a otros países. Se pueden mencionar sus portentosos nombres en latín: Anthurium vallense, Aphelandra garciae, Tabernaemontana columbiensis, Clibadium eggersii, Clibadium pittieri, Hebeclinium gentryi, Anemopaegma santaritense, Schlegelia darienensis y Conostegia cuatrecasasii. Estas plantas compiten por la luz bajo un dosel que se eleva hasta cuarenta metros de altura, junto con muchas otras maravillas hasta formar una legión que comprende 85 aráceas, 82 ericáceas, 78 orchidáceas, 76 solanáceas, 64 poáceas, 63 bignoniáceas, 60 ciperáceas, 60 arecáceas, 58 euphorbiáceas, 58 moráceas, 54 bromeliáceas, 54 acantáceas, 43 apocináceas, 39 anonáceas y 37 verbenáceas. Entre ellas podemos pescar varias conocidas que nadan en esas palabras de aristocrático origen científico, pero que, a la hora de las cercanías mientras se camina por entre la selva, ahora que hemos dejado la lancha y nos adentramos por un sendero que bordea un riachuelo de ensueño, se nos presentan como abarco, abrojo, aceite maría, aguanoso, aserrín, bijo o costillo, caimito, chachajo o comino, ceiba, fresno (que se da con más frecuencia hacia los Andes) níspero, oquendo, caracolí, guayacán, carbonero, comino, cohíba, jigua, higuerón, matón, palma milpesos, palma de chontaduro, iraca, pacó, borojó, mangle, sande negro, zancaraña y caoba. Algunas de estas plantas poseen hermanas o parientes cercanos en los valles interandinos y hasta en la ahora lejana selva amazónica, de la que alguna vez formaron parte.

Ceiba (Ceiba pentandra). Foto por Ana María Mejía

Este corto recorrido por el sendero que se pierde en la espesura, abarca apenas un corto trecho de la llanura costera, uno de los tantos ecosistemas que se han formado en la región. El riachuelo es un canal de las mareas y se mezclan en él el agua dulce y la salada. La especie dominante es la Mora oleifera, un gran árbol de madera noble que se conoce como nato o mangle nato y que se usa para fabricar cuellos de guitarras. Del otro lado de la serranía, donde los ríos que bajan al Atrato lo hacen por pendientes más suaves y largas, la materia orgánica se acumula en la llanura aluvial debido a las inundaciones periódicas. Si siguiéramos subiendo por las estribaciones de la serranía del Baudó, llegaríamos a los bosques de colinas bajas, unos de los más ricos en biodiversidad, con ejemplares de árboles gigantes, los reyes del dosel, que incluyen miembros de las fabáceas, como el nato; las sapotáceas, como el rico zapote; las miristicáceas, como los otobos, con sus nueces, como la moscada; las arecáceas o palmas, y las malváceas, como algunas ceibas, cuyos troncos como botellas regordetas nos recuerdan que son primas del baobab.

Algunas de estas plantas todavía llegan más arriba, a los bosques de colinas altas, donde conviven con anacardiáceas, como el mango, y con diversas euphorbiáceas, constituidas por multitud de especies, que van desde el caucho (Hevea brasiliensis), hasta la yuca o mandioca, por mencionar solo las más representativas.

Cañagria. (Costus sp.) Foto por Ana María Mejía

La serranía del Baudó, tan inmensa cuando se mira desde la escala humana, comprende una zona pequeña comparada con otras selvas del mundo; de ahí que su relevancia y fragilidad deban ser tenidas en cuenta a la hora de preservarla. Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha pasado y vivido por allí. Al formarse el puente continental del Darién, poblaciones venidas del norte se esparcieron por Suramérica. Algunos grupos que se aposentaron en la zona y otros se fueron y volvieron, como parecen probarlo, según algunos investigadores, aspectos comunes que comparten los actuales indígenas emberas, waunanas y noanamas con ciertas culturas de la selva del Amazonas. Los noanamas, en su lenguaje hecho de naturaleza, bautizaron Baudó al río que le da el nombre a la serranía, palabra que traduce río de ir y venir, debido al reflujo que producen las mareas del océano y que alcanza hasta cuatro metros de altura cuando el mar, nostálgico, quiere asomarse al interior del continente que alguna vez tuvo sumergido.

Con la llegada de los españoles hace quinientos veintidós años, se inició un nuevo período de poblamiento, principalmente con asentamientos de esclavos africanos llevados allí para explotar los colosales recursos auríferos de la zona. Y el proceso no ha parado, porque la región de la serranía del Baudó y el Chocó entero siguen siendo una fuente de riqueza que sale y no se queda, obtenida de sus aluviones ricos en metales preciosos, sus selvas llenas de maderas nobles y raras, sus frutos y plantas medicinales, de las que casi nada se conoce y poco se aprovecha. Cada planta guarda en su savia, en sus hojas, en sus tallos y raíces, en sus flores, frutos y semillas, maravillas con las que la evolución las ha dotado, con las que ha superado los obstáculos para sobrevivir en medio de tan agreste biodiversidad. Y al final de este recorrido por la selva de la serranía del Baudó, iniciado en una pequeña playa arenosa incrustada entre filosas rocas volcánicas y terminado a 1.850 metros sobre el nivel del mar, en el alto del Buey, es imposible no hacernos esta pregunta: ¿cómo hacer para preservar y aprovechar al mismo tiempo este paraíso que nos fue concedido sin convertirlo en un desierto, en un lugar para la violencia y la ambición humanas?

Musgo con humedad. Foto por Ana María Mejía

En letra cursiva

A pesar de la altura sobresaliente de la serranía del Baudó, o de Los Saltos como se le denomina en Panamá, la temperatura registrada puede superar los veintisiete grados centígrados, la pluviosidad puede ser mayor a los nueve mil milímetros al año y la humedad de las más altas del país. Estos factores han determinado la adaptación de las diferentes especies que habitan la serranía.

Sin embargo, aunque se creería que no son muchas las familias botánicas que podrían adaptarse a un clima tan intenso, la variedad del rango taxonómico es sumamente alto. Muchas de las especies registradas son apreciadas por sus diferentes utilidades. Valorado por su madera para construcción se encuentra el guayacán o roble, (Tabebuia rosea) una bignoniácea que también ostenta una belleza ornamental. En el área se utilizan algunos árboles de fabáceas o leguminosas, como el mangle nato (Mora oleifera). Además se hace uso de algunas arecáceas o palmas, como la llamada milpesos (Oenocarpus bataua) que al igual que la mayoría de palmas, presta sus hojas para la elaboración de diferentes artesanías. Otra de las especies utilizadas en construcción es el caracolí o aspavé (Anacardium excelsum) el cual hace parte de las anacardiáceas.

El cauchillo u oquendo (Brosimum guianense), apreciado también para construcción, hace parte de las moráceas como también el sande o sande negro (Brosimum utile)que además de ser apreciado por su madera, es reconocido en medicina por sus propiedades antiinflamatorias. La ceiba o bonga (Ceiba sp.) de las malváceas, produce una madera de calidad y se utiliza también en medicina como diurético o astringente. Una miristicácea el cuángare u otobo (Otoba sp.) se emplea contra los dolores de cabeza. Así mismo hay bixáceas, como el bijo o achiote, que además de utilizarse como tinte, es apreciado como farmacéutico natural.

Zamia (Zamia pyrophyla). Foto por Ana María Mejía

Aparte de las especies apreciadas en carpintería y en medicina, en la serranía del Baudó o de Los Saltos también se puede encontrar una gran variedad de frutos. Entre los más representativos y reconocidos popularmente se encuentra el mango (Mangifera indica) una de las especies más características de las anacardiáceas, de las que también hace parte el caracolí o aspavé. Entre los frutos populares de la región existe el zapote (Matisia cordata) el cual, al igual que la ceiba, se clasifica dentro de las malváceas. Por último podemos mencionar el tamarindo denominado como abrojo en la región (Dialium guianense) que como el mangle nato, pertenece a las fabáceas o leguminosas.

Entre ríos y océano

La serranía del Baudó, en su parte emergida, empieza en la bahía de Buenaventura y luego se va elevando hasta alcanzar la máxima altura en el alto del Buey, con 1.850 metros sobre el nivel del mar. Limita al occidente con el océano Pacífico, con los deltas y zonas pantanosas en las desembocaduras de los ríos San Juan y Baudó, para luego seguir al norte casi pegada al océano, con bahías y playas de arena, guijarros o piedras, entre acantilados de roca volcánica por donde se despeñan infinidad de riachuelos, lo que da pie a su nombre de serranía de Los Saltos.

Por la parte sur limita primero al oriente con el río San Juan, que nace en Risaralda, en la cordillera Occidental, de donde se descuelga para formar su valle hacia el sureste, rumbo al Pacífico. Unas colinas en Istmina separan el joven valle del San Juan de un afluente del Atrato. La frontera oriental de la serranía da contra este último río, que baja del cerro Plateado, en los farallones del Citará, y que luego tuerce al norte, en la población de Lloró, rumbo al golfo de Urabá. El río Baudó, que nace en la parte central de la serranía, es un hijo que le regala un corto valle tupido de selva. Al norte esta llega hasta la frontera con Panamá y se junta con los cerros de Quía, que la unen con la serranía del Darién.

Palma quitasol (Mauritiella macroclada). Foto por Ana María Mejía

Baudó, parte a parte

Para el profano, la serranía del Baudó podría parecer una zona biogeográfica muy uniforme, pero no es así. Los expertos la dividen en seis distritos: Juradó-Cupica, que va del golfo de San Miguel hasta Bahía Cupica, con 806 especies de plantas, 172 de mamíferos, 301 de aves, 25 de reptiles y 26 de anfibios. Bahía Solano-Tribugá, que va desde Bahía Cupica hasta la margen derecha del río Baudó, pasando por Bahía Solano, el golfo de Tribugá y cabo Marzo, con 1.077 especies de plantas, 157 de mamíferos, 303 de aves, 68 de reptiles, 42 de anfibios y 120 de peces.

Baudó, que comprende la parte alta de la serranía del Baudó, la mejor conservada y menos estudiada por sus condiciones topográficas y por su cubierta de selvas higrofíticas nubladas, con reportes hasta ahora de 115 especies de mamíferos, 242 de aves, 55 de reptiles y 11 de anfibios. Curvaradó-Río León, que está en la margen derecha del Atrato, desde su delta y la costa de bahía Colombia en Urabá, hasta la cuenca del río Curvaradó, compuesto por selvas inundadas, con registros de 512 especies de plantas, 181 de mamíferos, 312 de aves, 105 de reptiles y 98 de peces. Comingodó-Upurdú-Bojayá, formado por los valles de los ríos Truandó y Nercua, junto a los de los ríos Upurdú, Opogadó y Napipí, hasta llegar a la margen izquierda del río Bojayá, con selvas higrofíticas nubladas, con 1.224 especies de plantas, 63 de reptiles, 100 de peces, 167 de mamíferos, 369 de aves y 11 de anfibios. Alto Atrato-San Juan, en la parte alta del valle del Atrato y todo el valle del río San Juan, con 1.101 especies de plantas, 129 de reptiles, 169 de mamíferos, 294 de aves, 80 de anfibios y 185 de peces.

Machare (Symphonia globulifera). Foto por Ana María Mejía

Un lenguaje de palabras agudas

En el Pacífico colombiano, en la región del Chocó y su zona de influencia cultural, los ríos, los valles, los pueblos, los caseríos, los cerros, las bahías, las frutas, las plantas y, seguramente, hasta algunos animales se llaman con palabras agudas, como aguda es la situación social y de extrema pobreza en la que esta región ha vivido desde su descubrimiento y conquista por los españoles. Casi todo termina en o, en a o en i, aunque la sílaba que reina es do, que se ha empezado a usar para crear nuevas palabras que no dejan duda de dónde vienen, como Domingodó, que es un río.

Se podría hacer una canción, una rima para una ronda infantil con estas palabras sonoras como pocas: Chocó, Quibdó, Juradó, Baudó, Tadó, Bagadó, Chigorodó, Opogodó, Quiparendó, Samurindó, Bebedó, Virudó, Apartadó, Iró, Munguidó, Comingodó, Truandó, Tundó, Curvaradó, Docampadó, Domingodó, Lloró, Mistrató, Murindó, Borojó. Y con a: Tribugá, Jurubidá, Bojayá, Nabugá, Neguá, Tatamá, Sautatá, Torrá, Bebará, Urabá, Togoromá, Pichimá, Pilizá. Y con i: Nuquí, Acandí, Arusí, Panguí, Salaquí, Coquí, Sipí, Napipí, Murrí, Cucurrupí, y otras muchas que se escapan del registro, pero que andan de boca en boca entre pueblos, caseríos y playas; entre cerros, valles y mercados de frutas exóticas.

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