Lo prodigiosa que es

Por Héctor Rincón
Publicado en Savia Andina

Cuando se piensa, cuando se escribe sobre los Andes, surge la imagen de esa ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles y de vientos del sur que en el poema de Aurelio Arturo corren por ese bello país donde el verde es de todos los colores. Abismos sin fondo que se desprenden de las cordilleras y en recuas de arrieros que la historia ha sacralizado. Y se sueñan pueblos con casas de tapias blancas y entejados pardos, unidos por caminos aptos para serpientes.

Todo eso son los Andes de Colombia. Un mundo intrincado parido entre nieblas, donde las tres cordilleras se desatan del nudo y empiezan a ser las columnas vertebrales del país todo. Entonces se forman páramos y serranías, ruedan ríos que originan valles, caen arroyos, surgen lagunas, se hace este colosal país andino que va desde esa terraza del macizo colombiano hasta comenzar el reino de las sabanas Caribe, el mundo anfibio de las ciénagas. Habrán cubierto entonces unos doscientos ochenta y dos mil kilómetros cuadrados, que equivalen al veinticuatro por ciento del territorio continental.

Cordillera Occidental y cultivo de caña de azúcar en el Valle del Cauca (Saccharum officinarum). Foto: Ana María Mejía

En ese mundo cabe la naturaleza toda. Aunque en los Andes habite el setenta por ciento de los colombianos en el comienzo del siglo XXI y esté en sus laderas y en las vegas de sus ríos el sesenta por ciento de sus ciudades y pueblos, a pesar de esa densidad que supone un riesgo para la vida vegetal, está aquí la tercera parte de la flora total: doscientas familias de plantas, mil ochocientos géneros y diez mil especies, lo que significa casi el doble de lo que hay en la Amazonia o en el Pacífico. Increíble, sí, por las imágenes del tupido bosque amazónico y del mar verde surcado de ríos y riachuelos del Pacífico. Pero es que lo andino es alto, es medio, es bajo; es páramo y es templado y es ardiente; es bosque de niebla y es bosque seco. Lo andino colombiano son todos los climas, todos los ecosistemas, todos los árboles, todas las plantas, los musgos, los líquenes, las lianas.

Mirado de sur a norte, de abajo arriba, todo comienza en Nariño, que en su parte andina alberga volcanes que se llaman Chiles, Cumbal, Azufral, Galeras, Doña Juana, y ese altiplano de Ipiales y Túquerres que hace frontera con el Ecuador. La laguna de La Cocha, un santuario de flora y de fauna, de aguas quietas y anchas y largas, marca el límite andino de Nariño y es el comienzo del bosque amazónico hacia el valle del Sibundoy, en el Putumayo.

Se pasa por cuarenta y siete zonas de reserva natural para llegar al Cauca, el departamento coronado por el macizo colombiano. Un mundo de cumbres y filos, de abismos y de ríos: nacen allí los ríos Cauca, Magdalena, Patía, Caquetá y Putumayo. Nada menos. Los dos primeros buscarán las tierras planas del Huila y del Valle para hacer las planicies más fértiles y más pobladas de la región Andina.

Encenillo en flor (Weinmannia sp.). Foto: Ana María Mejía

Más arriba se encuentra el Valle del Cauca, que tiene doscientos kilómetros de largo y llega a tener treinta y dos de ancho entre las cordilleras que lo delimitan: la Oriental y la Occidental. La vegetación, toda la que cabe en una tierra portentosa que va de los mil metros sobre el nivel del mar hasta los cuatro mil ochenta, que es la altura que tiene el pico Pance; los páramos (Tatamá, Tinajas, Chinche, Iraca, El Rosario) y un bosque de transición hacia el océano Pacífico, hacen de esta parte andina de Colombia un opulento territorio.

Tan vasta es esta tierra, que en su descripción lineal sigue mencionar al Huila, al Tolima, que pertenecen más a la cuenca del Magdalena, así los dos tengan en las cordilleras volcanes y nevados. Y, por ese mismo flanco oriental, van Cundinamarca y Boyacá, departamentos empinados en las cumbres o recostados en sabanas fértiles o superpobladas, aunque también los cundiboyancenses lleguen hasta los climas ardientes de las orillas del Magdalena.

Por el lado del valle que forma el río Cauca están Quindío, Risaralda y Caldas, pero también participan de la clorofila cálida que hay sobre el Magdalena y de esos tepuyes gigantes que por los lados de La Dorada hablan de mares pasados. Naturaleza pura, tierra que huele, árboles que crecen, flores que encandilan.

Comino crespo (Aniba perutilis). Foto: Ana María Mejía

En este sobrevuelo por el país de los Andes aparece Antioquia con sus cordilleras, sus ramales, sus valles poblados, sus ríos que tributan tanto al Magdalena como al Cauca y sus bosques de transición que van hacia el Atlántico (por Urabá) y hacia el Pacífico (por el suroeste). Y las serranías —San Jerónimo, San Lucas, Abibe y Ayapel—, que son la agonía de las cordilleras que invitan a las sabanas del Caribe a presentarse en la extensa y bella geografía de Colombia.

Abajo, en ese abajo que se afianza en las zonas ardientes de los valles del Magdalena y el Cauca, crece una vegetación exuberante donde abundan la caña de azúcar, el algodón, el tabaco, el plátano y el maíz. Y cacao, banano, arroz, naranjas, limones, mangos, piñas, tamarindos. Nísperos, zapotes, mamey, y todo aquel frutero exótico y aquel milagro de palmeras y de orquídeas.

Más arribita, cuando se sube de los mil metros sobre el nivel del mar, en las laderas que son muy zona Andina, en donde reina el café, en la vasta región, se mecen los guaduales que conforman el paisaje más asiduo. Señales de vida, de vientos y de agua son estos pastos gigantes, las plantas más útiles que da la vegetación a los colombianos y por lo cual en este volumen de Savia merecen un capítulo y el homenaje de aparecer en la portada.

Además de guadua y café, en la altitud de hasta mil quinientos metros sobre el nivel del mar se sigue cultivando caña de azúcar y plátano y banano. Y aparecen los aguacates, los guayabos y las guamas. Es aquí, en esta zona mediana, en donde comienzan a distinguirse los árboles que serán comunes en las tres cordilleras, el roble andino el primero entre ellos. Y también los cámbulos, los gualandayes y las ceibas.

Robledal (Quercus humboldtii). Foto: Ana María Mejía

Entre los dos mil y los tres mil metros de altura sobre el nivel del mar, en los Andes de Colombia se cultiva papa, cebada, trigo, quina, fique, hortalizas. Y crecen los cedros rojos, los laureles, las fresas y el anís. La uva de monte y el caucho blanco. A esta altura aún hay bosques y comienza a elevarse la zona donde frailejones, musgos y chusques dominan.

Lo Andino resume todo el patrimonio vegetal de Colombia por su extensión y variedad. Por el privilegio de las tres cordilleras donde se recuesta y por tener esos dos valles poderosos y magníficos que forman los ríos Magdalena y Cauca. Entre las cordilleras Central y Oriental se abre el primero, y el segundo entre la Central y la Occidental. Paralelos corren ambos y reciben sus afluentes desde las montañas sobre cuyas laderas se ha desarrollado buena parte del país.

Dije de riqueza botánica de los Andes de Colombia a pesar de la densidad de su población. De los casi (o más) treinta millones de colombianos que viven aquí en estas primeras décadas del siglo xxi. Pero a pesar del trajín al que ha sido sometida esta tierra, a la colonización y a la potrerización y al maltrato urbano, aún hay vestigios de bosque nativo. De las cincuenta y nueve millones de hectáreas de bosque natural que aún registra el país a esta fecha, el diecisiete por ciento pertenece a la región.

Quedan bosques, pero no como aquellos que hubo en la cuenca del Magdalena central, que era la selva tupida del Carare-Opón. Por decir un territorio que fue despojado de su floresta para la agricultura. O como había en el suroeste de Antioquia, en límites con el Chocó, que eran como los del Pacífico hasta que la expansión agropecuaria volvió esas tierras como son hoy.

Fique (Furcraea cabuya). Foto: Ana María Mejía

En las crestas de las tres cordilleras, hubo bosques de laurel comino y de robles. Tanto comino (Aniba perutilis) y tanto roble (Quercus humboldtii) había, que con su madera construyeron casas-puentes-caminos-ferrocarriles-postes-vigas-pisos-barriles, sin que se retribuyera la reforestación generosa. Por eso ahora son especies al borde de la extinción.

Los robledales fueron como hoy son los guaduales. Porque crecen desde los setecientos metros sobre el nivel del mar hasta los tres mil cuatrocientos cincuenta. Árbol multialtura. Árbol interdepartamental: robles hubo en las cordilleras que atraviesan dieciocho departamentos, donde se mecían airosos con sus hasta veinticinco metros de altura y sombríos anchos. Robledales que todavía quedan, pero que hay que salir a buscar como aquel que vimos por Yarumal, en Antioquia, con su alborozo rojizo.

La deforestación puso a los robledales como vulnerables en el volumen dedicado a las especies maderables amenazadas del Libro rojo de plantas de Colombia, y ha devastado arbolocos que todavía no están clasificados en riesgo pero sí los hace escasos. Los maltratos de los bosques andinos se produjeron por el uso excesivo del recurso (los robles fueron usados en los siglos XIX y xx hasta para curtir pieles con su corteza) y también por la ausencia de una política de reforestación de especies útiles.

Yarumos plateados (Cecropia telenitida). Foto: Ana María Mejía

Y se dan casos como el de la guadua, sometida a legislaciones que impiden su corte legal, que incentivan el mercado negro e inhiben a reforestadores de emprender ambiciosas empresas de siembra porque ven en el futuro impedimentos para su comercialización.

A estos vaivenes o maltratos ha sido sometida la vegetación. Y más: en las últimas décadas ha avanzado la destrucción para abrirle paso a la siembra de cultivos ilícitos, especialmente en el sur de Colombia. Y a ello se ha agregado la aparición de la minería ilegal, que no solo deforesta sino que esteriliza la tierra.

Mientras tanto, el viento sigue soplando en la cordillera. Y las lluvias caen y el sol alumbra. Ese proceso generoso que la naturaleza no detiene para seguir teniendo esta Colombia Andina prodigiosa.

En letra cursiva

La variedad de ecosistemas de la región Andina determina el encuentro entre la altísima variedad de especies tanto botánicas como faunísticas en un mismo territorio. Entre las especies de plantas es tal la diversidad que muchas hacen parte de familias botánicas diferentes y por sus características morfológicas y moleculares se encuentran catalogadas en distintos grupos. Entre las familias botánicas más sobresalientes están las lauráceas como el epónimo laurel (Ocotea sp.), además del comino o comino crespo (Aniba perutilis) y el apreciado aguacate (Persea americana). También se destacan las fabáceas o leguminosas como el cámbulo (Erythrina poeppigiana), cuyo nombre genérico hace referencia al rojo de las flores (Erythros, “rojo” en griego), además de la guama (Inga edulis) y el tamarindo (Tamarindus indica). Deben mencionarse así mismo las sapotáceas como el níspero (Manilkara zapota) y el zapote (Pouteria sapota), además de las rutáceas, la familia de los cítricos, como la naranja amarga (Citrus x aurantium) o como el limón (Citrus x aurantium), que en Europa conocen como lima, confusión proveniente de que los persas denominaban como limu a estas frutas ácidas redondas y pequeñas.

También están las malváceas, con plantas de gran importancia económica como el cacao (Theobroma cacao), cuyo nombre genérico, Theobroma, significa en griego “alimento de los dioses”, además de la espectacular ceiba (Ceiba pentandra). Y entre las familias de mayor importancia económica se destacan las poáceas, la familia de los pastos, como es el caso de la caña de azúcar (Saccharum officinarum), el maíz (Zea mays) y el arroz (Oryza sativa). Dentro de esta familia también están los bambúes, entre ellos la guadua (Guadua angustifolia), que por su resistencia y especial morfología es altamente apreciada en arquitectura y diseño. A pesar de tanta diversidad botánica y por ende zoológica, actividades económicas como la minería, la ganadería y los monocultivos de plantas con importancia económica han ido empobreciendo la biodiversidad de la región.

Arboloco (Montanoa quadrangularis). Foto: Ana María Mejía

El agua que has de beber

A pesar de las cifras, que suelen ser de cientos de miles de hectáreas deforestadas cada año, Colombia parece no tomar la conciencia que se requiere ni las decisiones que se imponen ante un tema tan dramático. Y mortal, si se le mira por el lado del agua. En las solas cuencas de los ríos Magdalena y Cauca hay doscientos cuarenta y cuatro municipios que abastecen sus acueductos de las aguas que recogen de esos ríos o de sus afluentes. No tienen otros recursos que el de las aguas superficiales. Y esas aguas no solo deben ser cuidadas en los orígenes mediante una vegetación que las guarde y las reproduzca, sino que deben ser mantenidas en buenas condiciones para el consumo humano. Las aguas de la cuenca hídrica del Magdalena-Cauca solo equivalen al trece por ciento del total nacional, y de ellas deben beber cerca del setenta por ciento de los pobladores del país. Una paradoja: la Amazonia tiene el treinta y siete por ciento del potencial hídrico y en su cuenta solo está el uno por ciento de las cabeceras municipales de Colombia.

Causas del desastre

En Colombia las cifras de deforestación se obtienen a través del Sistema de Monitoreo de Bosques y Carbono. Y dentro de las principales razones por las cuales Colombia viene perdiendo su bosque en estos años del siglo XXI, figuran: la minería ilegal, que tiene mayor presencia en el Pacífico y en el nororiente de Antioquia; la tala, también ilegal, en Nariño, Caquetá, Guaviare, Norte de Santander, Antioquia y Cauca; los incendios forestales, que contribuyeron a los actuales índices de deforestación, especialmente en la Orinoquia, el Pacífico y en la zona Andina en Nariño, Tolima, Cundinamarca y Norte de Santander. Otro mal para la vegetación es la devastación para abrirles paso a los cultivos ilícitos, especialmente de coca para la posterior elaboración de cocaína. Se estima que en 2015 se perdieron por ello treinta y siete mil hectáreas en Norte de Santander, Caquetá, Putumayo, Cauca, Meta, Nariño y Antioquia.

Deforestación voraz

La Colombia andina contiene la mayor variedad de tipos de bosque gracias a las distintas condiciones climáticas que la componen, aunque muchos de ellos son bosques fragmentados a causa de la acción humana. Esto se debe no solo al poblamiento que sobre la región se ha asentado, sino a la actividad agrícola y ganadera y, especialmente en los últimos largos años, a la minería ilegal, que están arrasando con ellos. Hay bosques selváticos, de niebla y enanos, entre otros. Y sobre ellos hay una deforestación que en el año 2015 fue de 124.035 hectáreas en todo Colombia. Aunque disminuyó en un doce por ciento en comparación con la que se registró en 2014, las cifras, más que preocupar, indignan. La región Andina deforestó el veinticuatro por ciento de ese gran total nacional.

 

Las plantas más constantes

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Asteráceas Espeletia sp. Frailejón Usado en medicina tradicional: hojas antiinflamatorias
Asteráceas Montanoa quadrangularis Arboloco Para la recuperación de terrenos degradados
Bignoniáceas Jacaranda caucana Gualanday Ornamental y maderable. Sus hojas son usadas como antibiótico
Fagáceas Quercus humboldtii Roble, roble de tierra fría Madera fuerte y resistente, apreciada
en construcción
Lauráceas Aniba perutilis Comino crespo, comino Madera resistente al comején, apreciada
en ebanistería
Malváceas Ceiba pentandra Ceiba Madera apreciada en carpintería y ebanistería. Múltiples usos medicinales
Malváceas Theobroma cacao Cacao Contiene teobromina que aumenta los niveles
de dopamina y serotonina
Meliáceas Cedrela odorata Cedro, cedro rojo Madera fina resistente al comején,
apreciada en ebanistería
Poáceas Guadua angustifolia Guadua Contenedoras de agua. Apreciadas
en construcción y en artesanías
Rubiáceas Cinchona sp. Quina Combate la malaria. Madera de alta calidad
Rubiáceas Coffea arabica Café Propiedades diuréticas y estimulantes
Solanáceas Nicotiana tabacum Tabaco Utilizado en medicina por su efecto sobre
el sistema nervioso central

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