Los jardines del triángulo

Por Luis Ernesto Quintana Barney
Publicado en Savia Andina

El tránsito de la “montaña de Quindiu” fue para Alexander von Humboldt el más penoso paso de la cordillera de los Andes. En 1801 el explorador alemán optó por la ruta Ibagué-Cartago, pasando por lo que hoy se conoce como el corregimiento de Toche, Tolima, en un periplo que iba de Santafé de Bogotá a Popayán. No escogió el camino más frecuentado, el del páramo de Guanacas, porque ya había sido descrito por el francés Pierre Bouguer en la travesía que lo llevó de Quito a Cartagena de Indias en su regreso a Europa. Ante ese recorrido por el Quindío el naturalista y su equipo acopiaron provisiones para un mes. Atravesaron un bosque espeso de senderos estrechos, sin asentamientos humanos de ninguna índole, pernoctando en “cambuches” forrados con hojas de bijao, a merced del deshielo de las nieves y la súbita crecida de quebradas y ríos, torrentes de agua helada que había que atravesar a nado. “A pie y seguidos por doce bueyes que llevaban nuestros instrumentos y colecciones, sufrimos mucho en los últimos días de caminar por esta montaña de Quindiu, en razón de los continuos chaparrones que nos molestaron. Pasa el sendero por un país pantanoso poblado de cañas bambú, y los pinchos de las raíces de estas gigantescas gramíneas, destrozaron nuestro calzado”. Así relató Humboldt la travesía, quien también describió la “montaña de Quindiu” como uno de los sitios más ricos en plantas útiles e interesantes.

Hoja de anturio (Anthurium sp.)

No era para menos. Vio con sus propios ojos la magnificencia de miles de palmeras Ceroxylon y sus troncos cubiertos de una cera vegetal; la enorme flor escarlata de la Mutisia grandiflora, además de individuos de Passiflora arborea, entre muchas otras plantas que les procuraron a él y a Bonpland un conocimiento mayor de los Andes del trópico. Más de dos centurias después, ese mismo paso es poco más que una ruta famosa entre los ciclomontañistas más avezados. Por desgracia esas montañas y valles interandinos son los más afectados por la deforestación, poniendo en riesgo gran parte del ecosistema andino con la destrucción de hábitats y la enorme demanda de las acciones antrópicas. Pero a pesar del ritmo insostenible que se ejecuta en tiempos de calentamiento planetario y del olvido de saberes tradicionales, hay remanentes de aquellas especies examinadas por Mutis y Humboldt, y es posible palpar una resiliencia natural que le dice no a la extinción, sumada a los esfuerzos de conservación y propagación que realizan los jardines botánicos de la zona, particularmente en instituciones como el Jardín Botánico del Quindío y los de la Universidad Tecnológica de Pereira y la Universidad de Caldas, en Manizales, entre otros también ubicados en el triángulo del café.

En la vertiente de los Andes del Quindío llueve más que del otro lado de la cordillera. En Calarcá la pluviosidad está entre dos mil y dos mil quinientos milímetros anuales, cantidad de agua que forja condiciones ideales para una gran diversidad en este bosque húmedo premontano, donde se establecen las quince hectáreas del Jardín Botánico del Quindío, famoso en el país turístico por un enorme mariposario que alberga entre veinticinco y treinta y cinco especies de mariposas nativas. El mariposario es el espectáculo, el néctar que todos quieren probar. No obstante, la joya de la corona de este jardín botánico es su Colección Nacional de Palmas. Hasta 2005 Colombia era el país más rico en palmas de América, el segundo del mundo después de Malasia, con doscientas trece especies distribuidas en cuarenta y cuatro géneros. Hoy se habla de doscientas cincuenta y dos especies, de las cuales ciento noventa y dos -más del setenta por ciento del total nacional- existen en la colección ubicada en Calarcá. La idea de este proyecto surgió en 1991 como iniciativa de Alberto Gómez Mejía, fundador y presidente del jardín botánico, y desde 2007, con el apoyo científico de los expertos en palmas Gloria Galeano y Rodrigo Bernal, se llevan a cabo expediciones botánicas para recolectar ejemplares.

Semillas de nelumbo (izq.) y de magnolia (der.) (Nelumbo nucifera, Magnolia hernadezii)

Recorrer el sendero de la Colección Nacional de Palmas es ser testigo de la esencia de un jardín botánico: su apabullante belleza, su apuesta al futuro mediante una educación ambiental que en última instancia, como lo menciona su fundador, es la mejor estrategia de conservación ecológica. Es también la posibilidad de ver al ser humano como agente de cambios positivos: la prioridad hoy de esta colección es trabajar en la investigación y la propagación de las palmas que se encuentran en mayor riesgo de desaparecer. Tal es el caso de la Aiphanes buenaventurae, de la Aiphanes leiostachys y de una de las palmas más pequeñas del mundo, la Reinhardtia koschnyana. De los Andes propiamente dichos se destaca la labor con el árbol nacional, la Ceroxylon quindiuense, con la Ceroxylon vogelianum, la Ceroxylon parvifrons y una de las palmas más amenazadas del mundo, la Ceroxylon sasaimae.

Las cuatro anteriores brillan por su desarrollo por encima de los límites altitudinales frecuentes en la familia de las palmas (arecáceas). Según el Libro rojo de plantas de Colombia, las palmas son, en su mayoría, habitantes de los bosques y requieren, al menos en los estados iniciales, de las condiciones de iluminación y humedad que proporcionan estos; así que aunque muchas palmas adultas sobrevivan en potreros y áreas deforestadas, su posibilidad de regeneración allí es casi nula. Además, las palmas tienen en general un crecimiento lento, y muchas especies pueden tardar más de veinticinco años en alcanzar la edad reproductiva. Por esos motivos, y por tantos como hojas hay aquí, el museo etnobotánico y la Colección Nacional de Palmas del Jardín Botánico del Quindío son un tesoro viviente.

Flor de flecha de agua (Sagittaria cf.montevidensis)

Muy cerca del laberinto verde, donde los niños juegan felices a perderse, está la colección de heliconias, una de las más documentadas del país. Bajo la orientación científica del botánico Gustavo Morales, cuenta con más de setenta especies nativas de las ciento veinte que brotan en Colombia. Aquí, en un concierto de colores, se puede apreciar la divinidad de la Heliconia berriziana, una heliconia pendular rara, chiquitica y endémica; la Heliconia oleosa, que tiene una cobertura aceitosa en su pseudotallo, y la Heliconia reptans, que no es siempre colgante ni tampoco erecta, sino que cuando está en la madurez de su inflorescencia se postra, se arrastra a todo lo largo del metro que alcanza a medir. Única.

La guadua prolifera en el jardín botánico con enorme facilidad, y con mucha frecuencia se puede ver la hoja caulinar llena de vellos que cubre el tallo de una guadua. Los guías, licenciados en biología que habitan en la zona, recitan con precisión datos extraídos del Centro Nacional para el Estudio del Bambú Guadua: que una hectárea de guadua puede almacenar más de treinta mil litros de agua al año, y que en ese mismo periodo de tiempo alcanza a retener treinta y tres toneladas de gas carbónico.

El Jardín Botánico del Quindío se fundó en 1979 y sus primeros trabajos de investigación y conservación se realizaron en un área de bosque entre Circasia y Filandia, por donde hoy se sitúa el Parque Regional Barbas-Bremen. Diez años después, mediante una suma de apoyos de la región, se adquiere el predio en el sur de Calarcá, a mil cuatrocientos noventa metros sobre el nivel del mar: un bosque que a pesar de pertenecer a una hacienda cafetera se preservó con buena parte de sus especies. Todavía están ahí, como custodios de la memoria de este lugar, árboles gigantescos y de maderas finas como el corbón (Poulsenia armata), el caucho sabanero (Ficus andicola), el cedro rosado (Cedrela odorata), el cedro de montaña (Cedrela montana), el cedro negro o nogal (Juglans neotropica), los costillos (Ampelocera albertiae), el matapalos o lembo (Coussapoa villosa) y el zurrumbo (Trema micrantha). Varios de estos ejemplares se pueden divisar desde un puente colgante suspendido a veinte metros de altura entre la espesura del bosque, que proporciona una vista inigualable.

Entre otras colecciones que maneja esta institución está la de orquídeas, bromelias y helechos, compuesta por más de cien especies entre las que se destacan los ejemplares del género Cyathea, o helechos arbóreos. La primera especie local en la que el jardín botánico puso especial atención para su conservación fue la Magnolia hernandezii, conocida también como molinillo y una de las especies de mayor tamaño del género Magnolia, ya que puede medir hasta cuarenta metros de altura. El estado de amenaza de la Magnolia hernandezii es de peligro crítico debido a que su población —exclusiva del bosque subandino nublado y húmedo de la cuenca del río Cauca— fue reducida en más del cincuenta por ciento por la explotación de su madera fina usada en ebanistería y construcción de vivienda. Este árbol, cuyo fruto se utiliza para hacer los molinillos de cocina con los que se bate el chocolate, es el árbol insignia del Jardín Botánico del Quindío; y los dos especímenes que adornan la plazoleta central se han convertido en símbolo de la entidad.

Laberinto de boj (Buxus sempervirens)

A poco más de cincuenta kilómetros hacia el norte de esa misma plazoleta, se puede constatar que el fruto de un magnolio abriéndose es el emblema del Jardín Botánico de la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP). Colombia, con un total aproximado de treinta y cinco, es el segundo país más rico en diversidad de especies de magnoliáceas en el mundo. Antioquia y Risaralda, los departamentos con mayor variedad en el país. La magnolia fue escogida como simbolo de la institución porque ha sido uno de los principales esfuerzos de conservación desarrollados por ella desde su origen en 1983. Junto con el Jardín Botánico de Medellín, el Jardín Botánico UTP realiza desde hace seis años ensayos de reproducción y reintroducción
—exitosa— al medio natural de otras especies de este género. Eso, sin olvidar lo obvio: que es una estructura leñosa natural muy hermosa que llama la atención con la armonía de sus piezas florales en espiral, tal como lo afirma Dorian Ruiz, curador de este jardín pereirano.

En la colección de magnolias se pueden contar aquí once especies, una de ellas endémica de Risaralda, la Magnolia wolfii, descubierta por Jan Wolff durante el proyecto Andes ejecutado en Santa Rosa de Cabal. Hasta hace muy pocos años una población conocida era de tan solo cinco individuos en un relicto de bosque. Posteriormente, en el municipio de Marsella se encontraron otros cinco árboles, y la población entonces se elevó a diez, y hoy, gracias a apoyos dados por la Botanic Gardens Conservation International (BGCI) y otras instituciones, el Jardín Botánico UTP ha logrado reproducir mil quinientos ejemplares que han sido replantados en el Jardín Botánico de Marsella y en otras áreas. Todo un triunfo.

Al igual que el jardín de Calarcá, el de la Tecnológica de Pereira fue una finca cafetera en la que se hizo reintegración de especies nativas. Tiene una extensión de 12,7 hectáreas y un kilómetro y medio de senderos que atraviesan un bosque secundario, que hace también las veces de atracción ecoturística con los paseos de dosel -por lo alto en medio de los árboles- y otras actividades similares.

Sendero con raíces del Jardín Botánico de Pereira

Su inventario vegetal a la fecha está compuesto por 1.930 ejemplares de 522 especies. Cerca de un treinta por ciento pertenece a especies amenazadas y rarezas del ecosistema andino, como lo son el comino crespo (Aniba perutilis), los anturios negros (Anthurium caramantae y Anthurium cabrerense), el culoefierro o corderillo (Couepia chrysocalyx y C. platycalyx), los otobos (Otoba lehmannii), los olletos u olla de mono (de la familia botánica lecitidácea) y plantas sobreexplotadas por su madera, como los cedros (pertenecientes a las familias de las meliáceas y las juglandáceas) y los ya mencionados molinillos (Magnolia sp.). La guadua tiene una participación casi del sesenta por ciento del área de bosque del jardín botánico y se encuentra bajo control por su rápido crecimiento, que puede convertirse en una limitante para el desarrollo de las otras colecciones botánicas. Una de las gemas vegetales de este espacio es la Zamia montana, la única especie de zamia que crece en la montaña colombiana, y que hasta ahora solo cuenta con dos poblaciones, una en Risaralda y otra en Antioquia.

Otra universidad, la de Caldas en Manizales, también cuenta con un jardín botánico pero sin ningún énfasis turístico. Por el contrario, la suya es una vocación académica o “agrobotánica universitaria”, como la denomina José Humberto Gallego Aristizábal, director del proyecto. Su interés está centrado en árboles nativos de escasa distribución en la zona Andina, recolectados bajo el título de Colección Dendrológica.

En esta “dendrología andina” resalta su trabajo con el comino crespo (Aniba perutilis), con el pino romerón o chaquiro (Retrophyllum rospigliosii), con otras coníferas como el Podocarpus oleifolius y el Prumnopitys montana, con el quino (Cinchona pubescens) por sus propiedades medicinales y con el balú o chachafruto (Erythrina edulis), cuyas semillas cocidas se comen y tienen un valor proteico superior al de la lenteja, el fríjol, la arveja y el haba.

En las nueve y media hectáreas del jardín botánico, atravesado por la quebrada San Luis, que hace parte de la cuenca del río Chinchiná, también se trabaja en el rescate de especies que han tenido valor cultural en la región. Tal es el caso del bejuco tripaeperro (del género Philodendron) y de la iraca (Carludovica palmata), utilizada en Aguadas, Caldas, en la producción del famoso sombrero aguadeño.

Corbón (Poulsenia armata)

En el departamento del Tolima cabe resaltar la colección de aráceas del Jardín Botánico San Jorge —de sesenta hectáreas y ubicado a cinco minutos de Ibagué por la vía Calambeo—, que según Thomas Croat, experto del Jardín Botánico de Missouri, es la colección de aráceas más grande que hay en Sudamérica, con ciento diez especies, todas recolectadas en Colombia. La Epidendrum ibaguense conforma el logo de este lugar, una orquídea que según este jardín botánico fue descubierta por Humboldt y Bonpland en el cañón del Combeima, y que está ampliamente distribuida desde Nicaragua hasta Perú.

Alejandro Humboldt es el nombre del jardín botánico localizado en el municipio de Marsella, Risaralda, y hace énfasis en la parte ornamental, representada en su mayoría en las plantas del orden de las zingiberales. Esta colección ornamental está conformada por ciento siete especies de treinta familias y setenta y ocho géneros, y se puede apreciar en este que es el jardín más pequeño de esta región de los Andes, que además le apuesta a la educación ambiental con una serie de espacios creados para niños y jóvenes.

Estos jardines botánicos constituyen un vecindario hermoso que contribuye a la regeneración de especies y a la creación de corredores que mejoran la variabilidad genética de estos Andes que maravillaron y le despedazaron los zapatos a Humboldt.

Loto (Nymphaea sp.)
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