Macuira: La bendición de los vientos

Este paraíso en medio del desierto que es Macuira, es Parque Nacional Natural desde 1977. Foto: Yamith Quintana.Cortesía Parques Nacionales Naturales de Colombia.

Por Héctor Rincón
Publicado en Savia Caribe

Hay que tener mucha fe y sortear las muchas curvas de unos caminos inventados sobre la marcha para llegar a ver a lo lejos el milagro verde de la serranía. Además de las trochas del desierto guajiro, de sus matorrales espinosos y de sus bosques de cardón y de los vientos que borran las huellas de las arenas y vencen los ramajes de los trupillos, además de todo eso, hay que padecer los sobresaltos de un viaje que dura como ocho horas desde Uribia para llegar a Nazareth, que es el poblado más próximo para ascender a Macuira.

Pero, sobre todo, hay que tener fe. Cuando se tiene, se triunfa. Cualquier desfallecimiento frente al reiterado paisaje de cardones yosú, de tunitos y de pitayos y de guamachos; de otra vez cardonales más altos y de preciosos cercos de trupillos agrestes, de incipientes olivos, de escasos dividivis y de cachos de cabra y de numerosos riachuelos secos que cuando vuelvan las lluvias serán caños y lagunas que cambiarán el paisaje y harán el camino más intransitable aún, cualquier desfallecimiento en el desierto, te privará del paraíso que te espera cientos de tumbos brincos más adelante.

Cactos (Opuntia sp.) Fotografía por Héctor Rincón

Después de ello, la victoria. Entonces en la distancia aparecen los tres cerros que componen las veinticinco mil hectáreas de Macuira, una serranía de treinta y tres kilómetros de largo por diez de ancho que es un  santuario de flora y de fauna, pero, ante todo, un milagro en medio de este desierto de chivos y de  rancherías que forma la frontera de Colombia con Venezuela.

Los tres picos verdes tienen nombre y tienen leyenda. Nombres: Macuira, Simaura y Cosinas, todas mujeres, todas hijas de un cacique del territorio lingüístico arawak, desobedientes ellas, castigadas las tres con convertirse en cerros y llorar y llorar arroyos y riachuelos y hasta ríos. Por eso está ahí Macuira, toda imponente, a la que llegar no es fácil, pero a la que no llegar es perderse de sentir como corre bajo tus pies el milagro de la naturaleza.

Un desierto, dije, inmenso como el de la Alta Guajira, roto de manera súbita por este reducto insolente donde todo reverdece siempre. Una isla como quien dice. Una isla biogeográfica. Hay en ella cinco ecosistemas, tan variados que van desde los más áridos, que queman de hostilidad, a los bosques que huelen a climas fríos como si estuvieras próximo a un páramo. Hay monte espinoso tropical, matorral desérticosubtropical, bosque seco subtropical, bosque húmedo subtropical y, el más excéntrico de estos ecosistemas, que es el bosque nublado.

Sobre éste, sobre el de niebla, soplan los vientos que refrescan a Macuira, que la reverdecen, que la consienten, que la hacen única en el mundo pese a su modesta altura máxima de ochocientos sesenta metros sobre el nivel del mar. Única, insisto: Macuira tiene bosques de niebla  a partir de los quinientos cincuenta metros y una vegetación como de región andina, ahí no más, mirando hacia la aridez del desierto como desde un balcón.

Costus (Costus sp.) Fotografía por Ana María Mejía

La maravilla la hacen los vientos, y ayudan los suelos arenosos y arcillosos, pero valen especialmente los vientos. Soplan los alisios desde el noroccidente y entran los ventarrones que vienen desde el mar y chocan con la ladera de los cerros. Y ascienden. Se enfrían. Y se condensan y se espesan y se humedecen y se vuelven nubes y las nubes lloran como dice la leyenda que lloraron las hijas del Cacique descorazonado. Esas lágrimas de agua, que no es lluvia, se precipitan sobre las ramas de los árboles, rocían las hojas, recorren los troncos, caen sobre el manto de la tierra y con paciencia forman arroyos, que son los únicos arroyos que hay  en toda la Alta Guajira gracias a ese proceso prodigioso que ocurre aquí, donde las lluvias propiamente dichas son tan escasas como en el resto de la región.

Eso pasa en Macuira. Y porque eso pasa, en su franja de bosque nublado, pueden subsistir ciento veintiuna especies de plantas. Bosque andino con helechos que en otros ámbitos no se daría sino a los tres mil metros de altitud o más. Y hay diez especies de orquídeas, dos de platanillos, dos bijaos, protegido todo por esas nubes que se llaman cumulus por la tarde y nimbostratos al atardecer y que  arropan el bosque enano de epifitas que suman, además, numerosas especies de bromelias y musgos.

Los botánicos que han estudiado con ojos estupefactos este prodigio dicen que las familias dominantes en el bosque nublado de Macuira son: Orchidaceae (orquidáceas/orquídeas), Compositae (asteráceas /compuestas), Bromeliaceae  (bromeliáceas/bromelias), Melastomataceae (melastomatáceas) y Euphorbiaceae (euforbiáceas).También identifican allí treinta y siete cotiledóneas, cuatro aráceasy una zamiácea, lazamia muricata, que es endémica.

Y mucho más hay  en este santuario de la naturaleza donde se oyen silbos de azulejos nectarívoros, revolotean los vireos y anidan los barranqueros y una variedad de fringílidos. Y se han identificado quince especies de culebras y se aparean las ranas y las iguanas y los sapos. Viven allí mapuritos, zorro-perros, saínos, micos carablanca y rabopelado, además de los chivos que pastan y vagan libres por este territorio que es wayúu desde cuando comenzó la memoria.

Por esto último Macuira es un territorio sagrado, donde también se guardan vestigios arqueológicos que construye la memoria de este pueblo, innumerable por nómada y por binacional pero que constituye una nación unida por cantidad de costumbres ancestrales y por tener en Macuira un legendario fortín territorial, valioso no solo por el exotismo que significa, sino porque en estas tierras cultivan también sus plantas medicinales y espirituales.

Cerco de trupillo (Prosopis juliflora). Fotografía por Héctor Rincón

En letra cursiva

El camino desértico que se recorre para llegar a la Macuira es tan hostil, que son pocas las plantas que se sostienen a su vera. Existe sin embargo una familia solitaria que se ha adaptado a estos desiertos tan poco habitables. Son las cactáceas o cactos, que comprenden los tunitos o tunas (Opuntia sp.), el cardón real o canelón (Stenocereus griseus), la pitahaya (Selenicereus megalanthus) y los guamachos o chupachupas (Pereskia guamacho), entre otros. Terminando esta ruta desolada aparece una mayor riqueza de plantas de la región. Encontramos mimosáceas, como es el caso del trupillo o cují (Prosopis juliflora); cesalpiniáceas, como el dividivi (Caesalpinia coriaria), y hasta los así llamados “olivos”, también conocidos como naranjuelos (Capparis indica), pertenecientes a las caparáceas.

Y a medida que vamos subiendo por el camino de la Macuira, a medida que vamos cambiando de ecosistema, las especies también van cambiando  como en una acelerada sucesión de pisos térmicos. Por ejemplo, al llegar al bosque nublado o de niebla, podemos apreciar bromelias y aráceas. Y cuando se asciende otro poco aparecen las asteráceas, con ejemplos de romeros de páramo (Diplostephium sp.) y de tabaquillos (Paragynoxys sp.) que en otras partes crecerían a mayores alturas.

Milagro en el desierto

Macuira, situada en el extremo nororiental de la península de la Guajira, es una isla verde en medio del desierto. La escoltan dos colosos: la serranía del Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta. Pero entre una y otra estribación nada más hay que desierto: el desierto de la Guajira. Eso es parte de su gracia. Eso, y sustentar un variopinto ecosistema que incluye un bosque de niebla en la mitad de esta desolación, es lo que la hace única en el mundo. Como si fuera poco, es el ecosistema neblinoso de más baja altura en Colombia. Macuira es parque nacional natural desde 1977.

Bijao (Cacathea sp.) Fotografía por Ana María Mejía

Lugar sagrado

Para la nación wayúu, Macuira no es solo ese reducto verde y milagroso en medio del desierto, no solo es ese oasis, sino también el lugar donde habita Pulowi, el espíritu de la naturaleza. Por lo demás, allí consiguen las plantas medicinales para sus sanaciones y para las contras de mordeduras ponzoñosas. Y se produce allí el milagro de la condensación nocturna de la nubosidad, de la que resulta una oferta hídrica única en esa la tostada región que posee el mayor número de horas solares por año en Colombia. Tal es su importancia cultural y ecológica, a la que se suma la dimensión arqueológica: hay en Macuira vestigios de antepasados precolombinos, especialmente localizados entre los cuatrocientos y los quinientos cincuenta metros de altitud. A estas características, que la hacen territorio sagrado, se debe que Macuira sea una zona relativamente bien preservada, a pesar de los desastres esporádicos de la ganadería doméstica y la cacería de subsistencia que practican allí algunos de sus pobladores.

Los bosques enanos

Tan mágica es Macuira, que hasta posee un amplio bosque de plantas enanas. En sus ecosistemas (monte espinoso tropical, matorral desértico subtropical, bosque seco subtropical, bosque húmedo subtropical, bosque nublado), surgen los bosques enanos que, como explican los botánicos, son el resultado de la existencia de un suelo arcilloso que desfavorece la respiración de las raíces. Por añadidura, los pequeños árboles deben resistir los embates de los fuertes vientos. Pero aguantan. Y se ven —se distinguen— por sus formas retorcidas y sus cortezas rugosas, con follajes simples y compactos.

Los gigantes verdes

Además de los ejemplares que se encuentran a la altura del bosque nublado, en Macuira crece también el denominado bosque caducifolio higrotropofítico, que reúne especies como el resbalamono o indio desnudo (Bursera simaruba), reconocido por su potencial maderable, y el quebracho o diomate (Astronium graveolens). En las cuencas de sus arroyos, en los que se llaman bosques riparios, hay caracolíes (Anacardium excelsum); y más arriba, en el nicho del bosque seco perennifolio, que asciende hasta los quinientos cincuenta metros, se encuentra el indio de piel lisa (Bursera simaruba), el mismo palosanto o caobo (Swietenia macrophylla). En cuanto al bosque seco espinoso, que es muy extenso, proliferan allí el trupillo (Prosopis juliflora), el cardón y el dividivi (Caesalpinia coriaria), apreciado no solo por su utilidad maderable, sino también por producir un remedio efectivo contra la disentería.

Cómo se llega

Macuira es territorio wayúu. Y llegar es dispendioso. Hay que atreverse a un recorrido que debe realizarse en tiempo seco y que generalmente parte de Rioahacha con dirección a Uribia, municipio inmenso al que pertenece Macuira. A partir de allí hay una sucesión de caminos sin señales que se adentran en el desierto, hasta que se va llegando sin más mapa que la intuición. Estas son unas de las rutas que emplean los indígenas colombianos para ir a Venezuela, en ese tránsito continuo de los wayúu, que forman una sola nación por sobre las fronteras de los dos países. No hay alambradas ni puertas en el largo trecho para llegar a Nazareth, que es el poblado que queda en las estribaciones de Macuira, porque todo aquello es territorio comunitario regido por las normas de propiedad de esta nación indígena.

La diversidad botánica

No solo es lo más exótico que tiene Macuira, sino que el bosque de niebla, el nublado, es lo más diverso desde el punto de vista botánico. Según todos los estudios que se han hecho sobre este asombro, aquí hay ciento veintiuna especies de plantas, entre ellas veinte de plantas inferiores, caracterizadas por no tener flores ni, por ende, semillas, como las varias especies de pteridófitas, representadas por helechos arborescentes y una especie de helecho epífito, de la familia de las himenofiláceas, adaptado para sobrevivir mediante la absorción de agua de la niebla. Hay especies del género Zamia como la Zamia muricata, así como treinta y siete monocotiledóneas, diez especies de orquídeas, dos de platanillo o heliconiáceas, dos de bijaos o amarantáceas, cuatro de aráceas y nueve de bromeliáceas epífitas, llamadas localmente “quiches”.

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