Montañas de magia y ausencias

Por José Navia
Publicado en Savia Andina

Por toda la zona cafetera existen pueblos enteros construidos en madera. De los cimientos al techo. Del cedro negro se fabricaron teleras, chifonieres y repisas; del flormorado, altares y confesionarios, y del abarco se elaboraron pisos, techos y balcones. A medida que los nacientes caseríos tomaban forma, la selva cercana se transformaba en rastrojo.

Los aceitunos, guamos y yarumos aún alimentan las hornillas donde se asan a diario las arepas. Con los arrayanes y pomarrosos se encaban las herramientas; como el hacha, que derribó selvas en su descenso de Sonsón al río Arma, abrió trocha hasta Aguadas y siguió de largo por Salamina, Neira y Manizales, para convertirse en símbolo de la colonización en el parque Los Fundadores de Armenia.

Palmas de cera (Ceroxylon quindiuense) Foto: Ana María Mejía

Casi dos siglos después, en esta región no existen bosques sino relictos, una palabra triste, porque, en últimas, significa lo que queda de un muerto. ¡Relictos de bosque! El vocablo se escucha entre los botánicos de la zona cafetera cuando se les pregunta por su riqueza ambiental: “Existen relictos de bosque”.

Colinas de vegetación rala, cafetales, potreros y cultivos de caña, plátano y frutales rodean las ciudades y pueblos de Caldas, Quindío y Risaralda, tierras de paisajes privilegiados, donde habitan unos dos y medio millones de colombianos en las primeras décadas del siglo xxi.

Del serrucho trozero y del hacha se salvaron los árboles de las zonas más inhóspitas, despeñaderos de acceso imposible, inútiles para la ganadería o para cualquier cultivo. En esos sitios reverdece la esperanza de recuperar algunas especies, como el abarco, el roble o variedades de magnolias, que contradicen su delicado nombre con alturas de treinta metros y diámetros más anchos que el abrazo de un hombre corpulento.

De la Magnolia wolfii o copachí o molinillo (una de las cien especies más amenazadas en el planeta), solo quedan diez árboles en el mundo. ¡Diez! Están en Risaralda, cerca de Marsella. Otra magnolia, conocida como molinillo (Magnolia hernandezii), también está en riesgo.

 

Jaboticaba (Myrciaria cauliflora) Foto: Ana María Mejía

En el Quindío el inventario es similar. La zona más baja de este departamento, en límites con el Valle, fue rica en vegetación de bosques secos. Ya no lo es. Sin embargo, en las riberas del río La Vieja, a unos novecientos metros de altura sobre el nivel del mar, siguen creciendo arbustos, hierbas, enredaderas, bejucos. Antes abundaban ceibas, caracolíes, samanes, cauchos y algarrobos, que todavía se encuentran pero no en poblaciones tan numerosas.

A medida que se empina la tierra, podría aparecer un cedro negro, un cedro rosado o un nogal cafetero. Aquí predomina el yarumo blanco, cuyas copas saraviadas salpican de tonos claros el follaje del parque Barbas-Bremen, cerca de Filandia, un municipio de típica arquitectura paisa con bien ganada fama en asuntos de cestería de palma y bejuco.

En las partes altas de Filandia, a unos dos mil metros de altura, cuentan que hay uno que otro ejemplar de laurel comino crespo. También los hay en Norcasia y Samaná, en Caldas. Su madera es tan apetecida que lo persiguieron hasta dejarlo casi agonizante. El más visible testimonio de la calidad del comino crespo son las trece mil piezas de ese árbol que sostienen la cúpula de la catedral de Pereira.

También puede existir comino crespo en los primeros montes que flanquean la subida al alto de La Línea, entre los departamentos de Quindío y Tolima. En el Jardín Botánico de Calarcá, al pie de la montaña, explican que en esta zona crece una vegetación muy delicada, que no se atreve a poblar el frío del páramo, pero tampoco se arriesga a bajar a climas más cálidos. A este rango pertenecen la mano de oso, el encenillo y el sietecueros, de vocación ornamental gracias a sus vistosas flores de color violeta.

 

Frutos de café (Caffea arabica) Foto: Ana María Mejía

Por encima de los mil ochocientos metros, en el valle de Cocora, se levantan, imponentes, las palmas de cera (el árbol nacional), también declaradas en riesgo debido a la escasa población de ejemplares jóvenes. En zonas más altas, como en el alto de Campanario, encontramos una amplia parentela de pastos, además del chusque (un tipo de bambucillo) y el frailejón, quizás la más famosa de las asteráceas, que ayuda a dar origen a los ríos que calman la sed del ochenta y cinco por ciento de la población del departamento.

Del Quindío se puede cruzar a Risaralda por el parque Barbas-Bremen. Allí encontramos unas quince especies de plantas en grave peligro, como las magnolias, el comino y el cedro, pero también hay aguacates, yarumos, curubos, palmas y bejucos.

En Pereira y sus alrededores, a pesar del avance de las construcciones y del asfalto, existen once especies de palmas y otras cuarenta especies de árboles majestuosos, de arbustos y de planticas de uso ornamental y medicinal, algunas bautizadas de manera casi denigrante: rastreras y trepadoras, unas que tapizan el paisaje y otras que son muchas veces hermosos bejucos.

 

Pluma de reina (Petrea volubilis) Foto: Ana María Mejía

En estos lugares es notoria la presencia del chagualo o cucharo, un árbol que logra los veinte metros de alto, y que también se observa a lo largo de la zona Andina, en los bosques montanos, hasta los dos mil docientos metros sobre el nivel del mar. A partir de esa altura comienza una transición. Los tamaños disminuyen y el color de las plantas se vuelve grisáceo. Además, empiezan a predominar las plantas a las que les nacen pelitos dorados o cafés que las protege de las ráfagas heladas. De dos mil seiscientos metros hacia arriba encontramos frailejones y extensos pajonales doblegados por la fuerza de las ventiscas.

Cuando se camina hacia el lado de La Virginia, que es clima cálido, aparecen el guácimo colorado, el costillo, los caracolíes, y abundan otras especies de flores muy vistosas, emparentadas entre sí, como las que surgen del guayacán amarillo y rosado y del tulipán africano.

 

Sarro o helecho arbóreo (Dicksonia sellowiana) Foto: Ana María Mejía

Para el lado de Santuario, donde están los bosques mejor conservados de Risaralda, se encuentra el yolombo (Panopsis yolombo), tres especies de magnolias, robles abundantes y ceibas de tierra fría. Los bosques de culoefierro ya están muy menguados, pero todavía se ven polines del ferrocarril elaborados con esta madera. En el Jardín Botánico de Pereira cuentan que este árbol es tan duro que las puntillas se doblan al clavarlas en él y es capaz de desgastar la cadena de la motosierra.

El culoefierro forma parte de esos árboles bautizados con nombres del entorno campesino, como el güevaetoro, el turmaemico, el moco, el pecueco y el indiodesnudo o indio en cueros. El fruto del güevaetoro (güeva de toro) es una bola de unos once centímetros de diámetro parecida a los testículos de ese animal.

Risaralda comparte su frontera occidental con las selvas del Chocó. Por esa razón, en la zona de Pueblo Rico y Mistrató se encuentran diversos tipos de palmas y también ejemplares aislados de chanul y de abarco, la gloria de los carpinteros. Son árboles de unos cuarenta metros de alto y hasta dos metros de diámetro.

Esa misma vegetación chocoana alcanza a llegar a la frontera occidental de Caldas. En Riosucio, especialmente, el Jardín Botánico de Manizales ha detectado algunos ejemplares de palma macana, sobrevivientes de la cacería que los colonos desataron para adornar las chambranas de sus casas. Su recuperación es difícil: una palma macana necesita unos cincuenta años para llegar a la adultez.

En épocas lejanas, Caldas tuvo, quizás, la vegetación más variada del Eje Cafetero. Esto de acuerdo con su topografía, pues parece una montaña rusa que va de las cálidas riberas del río Cauca a las cumbres de la cordillera Occidental, empata con la cordillera Central, donde alcanza los 5.321 metros sobre el nivel del mar (en el Parque de Los Nevados) y desciende luego entre cordones montañosos hasta apaciguarse en el ardiente valle del Magdalena.

Cafetal (Coffea arabica). Foto: Federico Rincón Mora

En un recorrido fugaz por estas tierras aparecen el chingalé o Jacaranda, el guamo macheto, cuyos frutos se venden por atados en las plazas de mercado, o la Passiflora parritae, a la que describen como una curuba de monte; además de las silvestres heliconias, que los campesinos venden en manojos a la orilla de las carreteras.

La parte media de Caldas, igual que el resto del Eje Cafetero, está sembrada de café, cuyo cultivo desplazó a miles de especies de plantas que crecían entre los novecientos y dos mil metros. La mayor concentración de flora de Caldas es, tal vez, la que se encuentra en el Parque Nacional Natural Selva de Florencia. Allí predomina el guayacán amarillo, que se codea con el chaquiro, los laureles, las bromelias y, por un capricho de la naturaleza, con la palma macana. La presencia de este ejemplar, originario de las tierras bajas del Chocó, en la selva premontana de Florencia tiene despistados a los científicos.

El recorrido por los caminos del Eje Cafetero nos lleva a Manizales, donde crece una flor de color inusual entre las de su especie: el anturio negro, un llamativo plebeyo que en alguna época intentó disputarle el pedestal a la flor nacional, la Cattleya trianae, de la que encuentran espléndidos ejemplares en el Bosque de las Orquídeas.

Aunque las flores son más llamativas, en la zona cafetera no importa hacia dónde se mire, la vista siempre se va a topar con la guadua. Es el alma de esta tierra. Además de los cien usos que le atribuyen, la guadua es terapéutica. Caminar por un guadual alivia el alma. Los pies se hunden en la hojarasca y se percibe la compañía silenciosa de cientos de tallos que se elevan hasta donde anidan los búhos y las lechuzas. A veces, un rayo de sol cae, preciso, en alguna telaraña o arranca destellos leves en los capachos de las guaduas jóvenes. ¡Y el viento! Cuando sopla duro arranca miles de hojitas que parecen lluvia, y que los pájaros se llevan luego en su pico para hacer los nidos. Uno se puede quedar allí por horas, escuchando el silencio de los guaduales, los gemidos de los tallos al rozarse o ese sonido de llovizna que produce el viento entre las hojas.

Pino colombiano (Retrophyllum rospigliosii) Foto: Ana María Mejía

En letra cursiva

Como dice su nombre, el principal cultivo esta zona es el café (Coffea arabica), una rubiácea de gran importancia económica para la región y el país, aunque la guadua sea más versátil por la cantidad de usos que se le dan y aparezca en el paisaje de manera más asidua. En este territorio de cafetales también sobresale una gran variedad de árboles con flores de colores tan llamativos que parte de sus nombres comunes derivan de sus tonalidades. Ocurre con algunas bignoniáceas, en las que se destaca el color morado del chingalé (Jacaranda copaia), el amarillo del guayacán amarillo (Tabebuia chrysantha), el rosado del guayacán rosado, también denominado ocobo o flormorado (Tabebuia rosea), además del rojo del tulipán africano (Spathodea campanulata), cuyo nombre común se debe a que proviene de África y a que sus vistosas flores recuerdan a los tulipanes. Aunque ciertas especies de bignoniáceas son denominadas como guayacán, el nombre designa diferentes especies botánicas que presentan una madera resistente de colores claros, y proviene del género Guaiacum, una zigofilácea. Entre las plantas de flores de colores brillantes, con una morfología particular y un tamaño que permite curiosearlas desde lejos, se destacan las magnolias (Magnolia sp.), de la familia botánica de las magnoliáceas y cuyo nombre está dedicado al botánico francés Pierre Magnol. El fruto de diferentes especies de magnolia ha sido utilizado en la fabricación de un utensilio para batir el chocolate, por lo cual algunas veces son denominadas como molinillos, como la Magnolia wolfi y la Magnolia hernandezii. Además de estas atractivas flores, en el Eje Cafetero también sobresalen las hojas de los yarumos (Cecropia peltata), de las urticáceas, entre las que resulta muy llamativo el color de las hojas del blanco (Cecropia telenitida).

Aparte de los colores de las plantas que sobresalen en el Eje Cafetero, en este territorio se encuentran árboles cuyas maderas son altamente valoradas. Por ejemplo el nogal (Juglans neotropica), una yuglandácea, que llega a ser denominada cedro negro por su parecido con el Cedrela odorata, de las meliáceas. La especie Cordia alliodora también es denominada nogal o nogal cafetero, por su semejanza con el anterior nogal. Hay árboles maderables como el roble o roble de tierra fría (Quercus humboldtii), una fagácea denominada roble colombiano, aunque los verdaderos robles, que también hacen parte del género Quercus, provienen del hemisferio norte.

El Mono Hernández y el chocolate

Además de los usos que le dieron a su madera, los campesinos le sacaron provecho al fruto de la Magnolia hernandezii, un árbol que alcanza los cuarenta metros de altura. Descubrieron que al secarse el fruto, el eje del mismo servía para batir el chocolate. Por eso lo bautizaron molinillo.

Hoy se conocen por lo menos seis especies de magnolias: Magnolia chocoensis, M. espinalii, M. gilbertoi, M. yarumalensis, M. wolfii y la ya mencionada M. hernandezii, bautizada así en honor a Jorge Ignacio Hernández, el Mono, un sabio de la botánica y padre de los parques naturales en Colombia.

A la Magnolia wolfii algunos también la llaman molinillo, a pesar de que sus frutos son más pequeños. El estado crítico de las magnolias ha hecho que el Jardín Botánico de Pereira mantenga una alerta máxima. Teme, especialmente, por la M. wolfii. Los únicos diez árboles de esta especie en el mundo se encuentran a lo largo de diecinueve kilómetros, cerca del municipio de Marsella, y podrían desaparecer en caso de que los atacara alguna plaga. El intento desesperado del jardín botánico consiste en recoger semillas, someterlas a un proceso científico para crear un banco de germoplasma y comenzar a reproducir los árboles.

Flor de guayacán de Manizales (Lafoensia acuminata) Foto: Ana María Mejía

Josefina, la flor de Caldas

En las afueras de Manizales, dentro del Recinto del Pensamiento, existe un bosque de una hectárea. Se llama el Bosque de las Orquídeas. En este lugar, al lado de una quebrada de aguas rápidas y cristalinas, crecen urapanes, cedros, nigüitos, yarumos y algunos arbustos y enredaderas de menor tamaño.

En medio de esta vegetación florecen unas cien especies de orquídea. La mayoría son invisibles para el ojo profano, que solo ve parásitas y rastrojos. Las más notorias, pero también las más comunes, son las llamadas zapatico de obispo, torito, cucaracha y drácula o vampira. Un lugar especial lo ocupa la Josefina. Esta, aunque al parecer es de origen europeo, fue declarada flor del departamento de Caldas “por contribuir al paisaje cultural ornamental y social de los 27 municipios” del departamento.

De la Josefina dicen que el nombre es un homenaje a la esposa de Napoleón, “que vestía siempre con lujos y derroche —dice un columnista de un periódico local— y en el centro de la flor aparece una figura de elegante dama vestida a la usanza de la era napoleónica”.

Pestaña de mula o balso blanco (Heliocarpus americanus) Foto: Ana María Mejía

La palma de cera sigue en riesgo

Más allá de Salento, en el valle de Cocora, se encuentra la mayoría de palmas de cera que aún quedan en Colombia. Su nombre científico es Ceroxylon quindiuense y es considerada el árbol nacional. Ese título honorífico, sin embargo, no le garantiza las condiciones necesarias para seguir exhibiendo a las siguientes generaciones su imponente figura, que llega hasta los sesenta metros, el equivalente a un edificio de unos veinticinco pisos.

El principal problema de la palma de cera es que no se regenera en potreros o lugares deforestados. A pesar de las prohibiciones, los cogollos de las palmas tiernas son perseguidos para elaborar los ramos de Semana Santa, y las semillas que caen en los potreros se las come el ganado. Además, fue usada durante décadas como especie maderable, y con su resina se fabricaron velas hasta la llegada de la luz eléctrica, especialmente en la zona Andina. Otro motivo, quizás el central, para su baja reproducción es que les han vuelto potreros los entornos, y la palma, como otras plantas, no se reproduce ni crece si no tiene a su lado otros árboles, otras especies. La naturaleza es sabia.

La palma de cera, que maravilló a Humboldt y a otros viajeros por ser la única de alta montaña del planeta —y la más alta—, sigue despertando admiración en los turistas que recorren su hábitat, cubierto por una neblina densa que hace aún más misteriosa la presencia de estos gigantes. Al desaparecer la palma de cera, también dejaría de existir el loro orejiamarillo, pues en sus troncos construye sus nidos y es una de las especies vegetales de las cuales se alimenta.

 

Árboles, suelo y agua

Los beneficios que el planeta recibe de algunos árboles también hay que apreciarlos a ras del suelo. Eso ocurre con el yolombo, al que le atribuyen un gran aporte de hojarasca en los bosques húmedos de montaña. De esa forma, ayuda a conservar la calidad de la tierra y favorece el crecimiento de otras plantas.

Las hojas del chachafruto, al descomponerse en el suelo, también ayudan a su fertilización. Además, los botánicos lo consideran como “madre de agua debido a que sus raíces retienen el suelo y así protegen las orillas de ríos y quebradas”.

Al guamo macheto lo asocian igualmente con la protección de los suelos. Crece silvestre cerca de las fuentes de agua en bosques de galería. Allí sus raíces ayudan a evitar la erosión y a proteger los nacimientos de agua.

Lo mismo ocurre con la guadua, que almacena agua durante las temporadas de lluvia y la envía a la tierra durante el verano. Los botánicos consideran que una hectárea de guadua alcanza a almacenar unos treinta mil litros de agua.

 

Las plantas más constantes

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Anacardiáceas Anacardium excelsum Caracolí, espavel Madera para vivienda y embarcaciones
Arecáceas Wettinia kalbreyeri Macana De su tallo se obtiene la macana para fabricar chambranas
Arecáceas Ceroxylon quindiuense Palma de cera Ornamental. Mal usada para rituales religiosos
Bignoniáceas Jacaranda copaia Chingalé Carpintería y pulpa de papel
Bignoniáceas Tabebuia chrysantha Guayacán amarillo Madera fina, resistente a insectos
Bignoniáceas Tabebuia rosea Flormorado, ocobo, guayacán rosado Cultivada como ornamental. Ebanistería
Cordíaceas Cordia alliodora Nogal cafetero, nogal Madera durable y liviana
Fagáceas Quercus humboldtii Roble, roble de tierra fría Ebanistería y vigas
Juglandáceas Juglans neotropica Cedro negro, nogal Madera apreciada en construcciones y pisos
Magnoliáceas Magnolia hernandezii Molinillo, copachi El receptáculo del fruto se usa para fabricar molinillos para batir el chocolate
Rubiáceas Coffea arabica Café Planta de gran importancia económica
Urticáceas Cecropia telenitida Yarumo blanco Ornamental. De su madera se extrae pulpa para papel
Urticáceas Cecropia peltata Yarumo Para fabricar pulpa de papel. En instrumentos musicales
Etiquetas: , , , , , , ,

Más de Regiones ...

Lo prodigiosa que es

Un mundo intrincado parido entre nieblas, donde las tres cordilleras se desatan del nudo y empiezan a ser las columnas vertebrales del país todo.

Montañas de magia y ausencias

Un edén. Aunque haya avanzado sobre él, el poblamiento urbano, el Eje Cafetero sigue siendo un edén. Una región clave dentro de los Andes de Colombia

Corazón botánico de Colombia

Mariquita es un jardín botánico natural. Cuna de la Expedición Botánica de Mutis, este pueblo al norte del Tolima se ufana de ser el herbario de América.