El río bravo de los zenúes

Por Patricia Nieto
Publicado en Savia Caribe

El hilo de agua verde, que brotó del totumo de oro cuando el indio Domicó lo dejó caer, se convirtió en el río Sinú. Labró cauce en las breñas del nudo de Paramillo, se hizo corriente al beber las aguas que brotan copiosas en el último arrebato de los Andes, mostró la furia del torrente al meterse entre cañones y descendió sereno a una planicie alongada por la que se abrió como una mano antes de caer al Atlántico en el Caribe colombiano. En tal viaje, que le ha tomado millones de años desde el Cretácico, el Sinú ha dado vida a 1.395.244 hectáreas y las ha convertido en una tierra tan fértil como la bañada por el Nilo.

Corozo de lata (Bactris guineensis)

A tres mil novecientos sesenta metros sobre el nivel del mar, que fue la altitud que midieron en el nudo de Paramillo los expedicionarios Hermes Cuadros, Alwyn Gentry y Álvaro Cogollo en 1993,  donde la neblina arropa los frailejones, el Sinú es agua helada a seis grados centígrados, cristalina, todavía niña. Así la tomó Domicó y la roció sobre la corteza vegetal que montañas abajo, donde el oxígeno es generoso, germina un exuberante bosque húmedo tropical. Madre de una familia verde con nombres fantásticos como pinitos de páramo, quimulás, golondrinos, carretones, saínos rosados, algarrobos, nazarenos, rayos, bálsamos de olor y cominos y colorados. Y romeros o romerillos, que para los botánicos no son otros que Diplostephium. Hogar de un exótico animalario que registra grandes osos de anteojos, leones colorados, venados sin cuernos, tigres pintamenuda, jaguares, y también pequeños colibríes.

Ficus (Ficus sp.)

A solo quinientos metros de su fuente, el Sinú ya ha se ha tejido en una extensa red de quebradas y riachuelos que se le unen. Cuando le caen los ríos Sinucito, Rubio, Manso, Esmeralda y Verde, el Sinú ya es una corriente capaz de abrirse camino entre rocas. Parte sus aguas en dos brazos que toman diferentes rutas encañonadas y despejan así el valle que fue ensanchado y convertido en el embalse Urrá I. A lo largo de veinticinco kilómetros el Sinú transita por la presa, y luego de ser liberado en una potente catarata artificial continúa su camino en busca de la sabana. Deja el Paramillo dando manivela a la evapotranspiración entre la vegetación y la atmósfera, fenómeno del que dependen las nubes, las lluvias, la humedad, los vientos y el clima de su cuenca. Lo deja allá en el alto, donde están enterrados los ombligos de los embera y donde existe, escribió el poeta Gómez Jattin, “una naturaleza casi intacta”.

El río Sinú se hace poderoso al recibir las aguas de la ciénaga de Betancí, que significa “lugar donde huele a pez” en lengua embera, pese a que esta perdió su capacidad natural de drenaje y su condición de humedal. También murió la totalidad de la flora nativa. Las compuertas del embalse regulan la circulación de las aguas que ya trae el Sinú y de las que le llegan por caños y arroyos. De la serranía de Abibe bajan riachuelos como Los Pegados, León, La Vieja, Vijagual, Lomitas y Arroyito, que enfurecen al Sinú y lo hacen salir del lecho e inundar la gran sabana cordobesa. Al llegar a Montería, el Sinú es ya la gran masa de agua que atraviesa la ciudad y forma un sistema hídrico con los paleocauces que descienden en paralelo para ayudar a conducir la corriente. No Hay Como Dios, Mona Flaca, Agua Delgada, Ay, El Codo, El Diluvio, son apenas siete de las decenas de corrientes que ayudan al Sinú a repartir vida en esa franja cálida, seca y húmeda a la vez de la costa Caribe.

Ciénaga con oreja de mulo (Eichornia azurea), en Lorica, Córdoba.

En medio de la sabana, cubierta de pastos en un cuarenta y siete por ciento, “el río es un gusano de cristal irisado”, tal y como lo vio Gómez Jattin. Serpentea, se amplía a ciento sesenta metros de orilla a orilla, logra una profundidad de hasta ocho metros, alimenta pastos como el lambe-lambe, el churro, el canutillo, el mulato, el gramalote y el pajón que comen los ganados, y también cosecha: a veces, algodón, maíz, yuca, ñame; con frecuencia, plátano, papaya, maracuyá; y siempre, guayaba, mango, anón, guanábana, naranja, limón, coco y cacao. Alimenta a una población mestiza, mezcla de indígenas, negros y blancos, que le canta alabanzas en porros y vallenatos, lo celebra en fiestas pasadas por ron, y lo contempla cuando baja sereno, peinado por la brisa, al caer la tarde.

Después de Montería, el Sinú se divide en los brazos de Loba y Bugre, y así, adelgazado en dos cauces, transita casi perezoso por una planicie monótona. En 1843 el buscador de oro Luis Striffler sintió cómo ese río lo llevaba dulcemente, de un modo insensible, como las horas de su existencia. Y así sigue viajando, pese a que en sus orillas ya no se levanta la vegetación que contemplaron extasiados los expedicionarios de otros siglos. Va lento el río pero no débil, porque el caño Aguas Prietas le tributa las corrientes nacidas en la serranía de San Jerónimo y con ellas el brazo Bugre se expande por  decenas de caños, ciénagas, pozos y pantanos que, en invierno, dan cuerpo a la Ciénaga Grande del Bajo Sinú. En este punto de gran esplendor el río, de nuevo unificado, se derrama en un delta dibujado por algunos cartógrafos como un complejo de pequeños vasos sanguíneos. A ellos debió referirse Striffler al escribir “el río presenta un laberinto de canales estrechos que se obstruyen de improviso, de modo que las embarcaciones tienen que buscar paso, y muchas veces abrirse uno con el hacha”.

Plátano siaca (Musa sp.)

Los indígenas zenú aprendieron los mensajes de un río embravecido en invierno con las aguas de las diez mil corrientes que lo robustecen, y austero y severo en verano. Entendieron que a través de los caños el agua se dispersaba mansamente y, en consecuencia, continuaron la labor de la naturaleza. Añadieron seiscientas cincuenta mil hectáreas de canales artificiales a los valles del Sinú y el San Jorge. Así, convirtieron en productivas unas tierras destinadas a pasar constantemente de la inundación a la sequía. Esta cultura anfibia, que usó sus canales durante veinte siglos, sobrevive en los cientos de hombres que habitan hoy el Bajo Sinú. Unos luchan contra la tierra, el agua y el viento; otros, que conservan la tez cobriza de los indígenas, todavía pueden celebrar el hallazgo de un pimiento, un dorado, un roble o un totumo plantado a la orilla de una ciénaga.

Son los herederos de los nativos quienes hoy construyen sus casas sobre el gran delta que forma el Sinú al final de su trayecto de cuatrocientos treinta y siete kilómetros y novecientos metros hasta el mar. Son kilómetros de senderos líquidos, donde crecen zapales o bosques inundables como la enea, la zarza, el cantagallo y las campanas, los mismos que se disputan campesinos y hacendados desde hace casi un siglo. Después de la última lucha, que movió a unos y a otros a construir canales y secar grandes extensiones, el Sinú cambió de desembocadura. Dejó Cispatá y se desplazó hacia las bocas de Mireya, Medio y Corea, en la bahía de Tinajones. Al moverse, el río se reinventó en un ecosistema estuarino donde el intercambio de las aguas dulces y las saladas se convierte en hogar de mangles rojos, negros y blancos, nichos de una fauna alucinante.

Ceiba con hojas juveniles y Ceiba con hojas adultas (Ceiba pentandra)

En letra cursiva

La cuenca del Sinú da vida a la infinidad de plantas que el río bendice a su paso. En este desfile majestuoso sobresale la profusión de frutales, entre cuyos ejemplos destacados están el mango o manga (Mangifera indica), perteneciente a las anacardiáceas, y el anón (Annona squamosa) y la guanábana (Annona muricata), igualmente conocida como anón de espino, pertenecientes ambos a las anonáceas. También abundante y proveniente de una de las familias más nobles del Caribe, la de las palmas o arecáceas, está el coco o cocotero (Cocos nucifera). Con frondas tan grandes como las que ostentan las palmeras, encontramos la familia de las musáceas, donde se incluye el plátano (Musa x paradisiaca), también conocido como macondo en la región. Sin embargo, este no es el mismo macondo al que tanto se hace referencia. El espléndido macondo hace parte de las malváceas, misma familia del algodón (Gossypium barbadense) y de uno de los frutos más deseados, el cacao o chocolate (Theobroma cacao).

Todo tipo de frutos alimenta esta cuenca, desde los más dulces hasta los más ácidos, como es el caso de las rutáceas, entre ellas el limón (Citrus x limon) y la naranja (Citrus x aurantium). Frutos de un arcoíris de colores que hacen el panorama de esta zona, donde además se puede apreciar la papaya (Carica papaya), apodada lechosa en Santander, perteneciente a las caricáceas, y la guayaba (Psidium guajava), una mirtácea. Los frutos no son el único alimento de esta cuenca. Se nutren los pastos, pertenecientes a las poáceas, tales como el canutillo (Echinochloa polystachya), mejor conocido como alemana en el Cesar y Magdalena o como pasto alemán en Antioquia, y el gramalote (Echinochloa crus-pavonis), llamado liendre de puerco en Cundinamarca.

Roble (Tabebuia rosea)

Está el braquiaria (Urochloa decumbens), el pajón (Paspalum virgatum) y el lambelambe, utilizados todos como alimento del ganado. Y hay poáceas que nutren a los seres humanos, como el maíz o capi (Zea mays) y el arroz (Oryza sativa). Estos alimentos se suman a otros tipos de almidones comunes en la dieta de los lugareños, como el ñame (Dioscorea alata), una dioscoreácea, conocida como ñampi en el Pacífico, y la yuca (Manihot esculenta), una euforbiácea, denominada casareña en Casanare y hoja de canangucha en el Amazonas. La cuenca del Sinú da sustento a los árboles que hacen un paisaje memorable. Abundan plantas pertenecientes a las bignoniáceas, entre ellas el roble del Caribe (Tabebuia rosea), llamado guayacán rosado en el Amazonas. A esta familia pertenece el totumo o calabazo (Crescentia cujete), mejor conocido como mate en el Chocó, pilche en Nariño y chícaro en Santander.

La vida en el agua

Las ciénagas son grandes cuerpos de agua que dependen de un río. El Sinú da vida a la ciénaga de Betancí (3.250 hectáreas) y a la Ciénaga Grande del Bajo Sinú (38.000 hectáreas). El nombre de la primera significa para los zenúes “lugar donde viven los peces”, lo cual alude, sin duda, a una gran riqueza de fauna y flora que ya no veremos Entre 1970 y 1981 Betancí perdió el noventa y cuatro por ciento  de su protección boscosa. Luego, con la construcción de la represa de Urrá I, la flora nativa fue arrasada por la alteración del régimen natural que permitía la renovación de sus aguas. La Ciénaga Grande del Bajo Sinú, antes llamada de Lorica, recibe el ochenta por ciento de sus aguas del Sinú.

Pese a que casi el sesenta por ciento de los bosques vecinos han sido talados para dedicar las tierras a la ganadería y a la agricultura, todavía es posible ver por allí pimientos, también conocidos como garbancitos (Phyllanthus elsiae); dorados o engordagallinos (Casearia tremula); naranjuelos (Crateva tapia) y olivos (Quadrella odoratissima); robles (Tabebuia rosea), mejor conocidos como guayacanes rosados debido a su bello color, y campanos o samanes (Samanea saman), de significativo uso comercial por su madera, utilizada en construcción. Sea por los cambios morfológicos del planeta o por la intervención del hombre, el delta del río Sinú ha sufrido por lo menos cuatro cambios significativos desde 1700. El último data de 1933, cuando comenzó a cambiar lentamente de desembocadura. De la bahía de Cispatá se desplazó hacia la actual boca de Tinajones. Con ese fenómeno el río dio vida a una zona estuarina de unos ciento treinta y dos kilómetros cuadrados donde el agua de mar se diluye con la dulce. Allí germinó una flora acuática en la que predominan los zapales y manglares, también conocidos como árboles caminantes (Rhizophora mangle), y praderas marinas de Thalassia sp.; son estos lugares de habitación de ostras negras, cangrejos azules, langostinos y camarones, mapaches cangrejeros y nutrias, caimanes y babillas.

Fruto del orejero (Enterolobium cyclocarpum)

Nace la fertilidad

El nudo de Paramillo, en la cordillera Occidental de los Andes, da vida al río Sinú. De allí emana el setenta y cinco por ciento de las aguas que lo convierten en la tercera cuenca hidrográfica del país. Es el ombligo, el origen de la vida de una de las tierras más fértiles de Colombia.

Las tres zenúes

Las sabanas bañadas por los ríos Sinú, San Jorge y Cauca fueron el territorio de las especializadas tribus de la cultura zenú, que cuenta con más de seis mil años de historia. La tribu finzenú, asentada en el medio y el bajo Sinú y en las tierras del nororiente y norte de Sucre, tejía cestas y prendas de vestir, y produjo una de las más bellas y antiguas cerámicas del mundo indígena americano. La panzenú, entre el San Jorge y el Cauca, cosechaba alimentos tanto en las épocas de lluvias como en las de sequías. La zenufaná, residente entre el Cauca y el Nechí, hizo del oro el hilo de un delicado arte. Las tres tribus intercambiaban bienes a través de un sistema de canales construido doscientos años antes de Cristo. También establecieron comercio con los urabáes, los dabeibas y los catíos.

Tierra arrasada

Durante los siglos xvi y xvii los españoles subyugaron a los indígenas zenúes, les prohibieron hablar en su lengua guajiba y destruyeron su armonioso mundo. Cuando agotaron las fuentes de oro, convirtieron la cuenca del Sinú en la despensa agrícola de Cartagena. Las canoas navegaban río abajo repletas de frutas, tubérculos y arroz, rumbo a Zapote, hoy San Antero. Allí embarcaban hacia la ciudad de las murallas, de donde regresaban cargadas de sal, utensilios de trabajo y ropa. Hoy, el resguardo de San Andrés de Sotavento, de veintitrés mil hectáreas, concentra la mayor población de indígenas zenúes de las tierras medias y bajas del Sinú.

Cocuelo (Couroupita guianensis)

Sabores y olores a salvo

Los españoles abrieron el camino para el ulterior ingreso de extranjeros a la cuenca del Sinú. Una comunidad de blancos se instaló en San Bernardo del Viento, donde estaba a salvo de los ataques de los indígenas cuna, y se dedicó a la producción y comercio de alimentos. A Lorica llegaron inmigrantes franceses y sirio-libaneses que se dedicaron al comercio en variadas modalidades. Y en la región de San Antero se refugiaron los negros cimarrones. De estas presencias blanca, indígena y negra surgió una cultura sabanera rica en sabores, colores y sonidos, así como de hombres y mujeres afamados por su especial belleza.

Cuando todo cambió

A comienzos del siglo xx la presión agrícola sobre las tierras bajas del Sinú generó un cambio ambiental insospechado. La práctica extendida de desecar las ciénagas y desviar los canales del río para recuperar tierras para la agricultura y la ganadería provocó que el mismo río cambiara un tanto su curso y buscara una nueva boca para llegar al mar. Este desplazamiento modificó dramáticamente el paisaje. La salinidad de los arroyos, caños, lagunas y bahías aumentó, y con ello la flora y la fauna fueron otras. Los manglares ocuparon antiguos arrozales y muchas familias antaño agricultoras se convirtieron por fuerza en familias mangleras.

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