Bajo las aguas de los siete colores

Entramos al mundo del misterio. Los corales, que son animales que parecen plantas y, de hecho, hay algas en su entorno. Bellezas subacuáticas que producen oxígeno. Foto por: JoseDGL https://www.flickr.com/photos/[email protected]/

Por Patricia Nieto

Vista desde las alturas la isla de San Andrés se ve como un caballito de mar; las de Providencia y Santa Catalina, como colinas de los Andes extraviadas en el océano; y los cayos de Albuquerque, Bolívar, Roncador, Serrana, Quitasueño y Serranilla, como piedrecitas milenarias lanzadas desde el cielo. La suma de sus tierras firmes da cincuenta y siete kilómetros cuadrados y la de sus aguas, trescientos mil kilómetros cuadrados. Tierras y aguas que han dado vida al arrecife más extenso del hemisferio occidental.

Los dos mil kilómetros cuadrados del arrecife de este archipiélago se han enriquecido y embellecido por el constante intercambio entre colonias de coral, fondos arenosos y rocosos, praderas marinas y manglares. Los arrecifes protegen, a manera de barrera, a las praderas y manglares de la fuerza de las olas; y éstos evitan la sedimentación que podría precipitar la muerte del ecosistema. Los corales son pequeños animales blancos, pólipos de apenas milímetros de diámetro, que fijan a sus tejidos el calcio del mar y así forman estructuras rígidas que se extienden como murallas. En San Andrés, Providencia y territorios vecinos se cuentan dos mil kilómetros cuadrados de arrecife. Sobre esa impresionante extensión crecen microalgas multicolores que requieren de aguas transparentes para poder tomar la luz solar y que sirven de casa a una gran variedad de animales marinos. Allí hay ochenta y cinco especies de corales, cien de esponjas y doscientas una de microalgas, por decir algo de eso inmenso universo de pequeños seres.

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Vista aérea de San Andrés.

 El coral cerebro, Diploria strigosa, es quizá el más abundante en este ecosistema. Amarillo, verde y azul, puede vivir entre los 0.2 y los 40 metros de profundidad. Otros corales que hacen vida en cercanías de San Andrés y Providencia son los comúnmente conocidos como corales estrella, los córneos o blandos —que toman un tono violeta—, los dedos marinos, los falsos corales que queman la piel de quien se les acerque, los corales galleta y los corales pólipos, capaces de extenderse y tomar diversas formas.

En cuanto a las algas, que aunque para el científico no son plantas, para el lego se aproximan suficientemente al reino vegetal, están presentes el alga verde, Caulerpa racemosa, de brazos largos y erectos, que ha colonizado grandes extensiones de corales muertos; el alga verde calcárea, Halimeda opuntia, que crece sobre los fondos arenosos; también el alga globosa, verde oscura con pintas marrones donde se hospedan las bellísimas algas rojas. Y hay otras algas llamadas pardas, color oro, capaces de liberar sustancias químicas nocivas para ganar espacio y defenderse. Entre las fanerógamas, estas sí especies vegetales marinas, sobresale por su abundancia el pasto marino, Thalassia testudinum, de hoja ancha, verde oscura, que se alarga hasta los treinta centímetros.

Y ahí, entre corales, praderas marinas y manglares viven caracoles, erizos negros y blancos, estrellas de mar, lagartos, gusanos plumeros, gusanos espirales, pepinos de mar, cangrejos payasos y cangrejos flechas, langostas espinosas, rayas, tiburones nodrizas y, en fin, doscientas setenta especies de peces, cuatro de tortugas marinas y la muy apreciada, aunque menos visible, anémona verde, Condylactis gigantea, de largos tentáculos verdes coloreados de violeta en las puntas. Estos son los habitantes del alucinante mar de los siete colores. Y es que allí el color, como el alimento, depende del ánimo de la flora. El matiz del agua cambia según la diversidad de las plantas y microrganismos presentes a diversas profundidades y según la capacidad que han desarrollado para capturar la luz.

San Andrés, la isla mayor del archipiélago, apareció sobre los restos de una colonia coralina. Y aún hoy sus veintiséis kilómetros cuadrados están bordeados por una gran barrera de coral que la protege de los embates de las aguas y la embellece con sus tonos cian, lila, turquesa, salmón, malva, rojo escarlata, magenta. Sobre la superficie isleña se extiende un manto verde de trescientas setenta y cuatro especies propias de los bosques húmedo tropical y seco tropical, plantas capaces de sobrevivir a la escasez de lluvias y de corrientes de agua dulce, e incluso de repeler la corrosiva sal; pero la mayoría indefensas frente al avance de la urbanización indiscriminada, la presión del turismo de masas y la sobreexplotación de sus escasos frutos y maderas. Los manglares, ciento treinta y tres hectáreas, han sobrevivido a la presión del urbanismo en el costado oriental de la isla y sirven de hogar a miles de peces que los escogen para desovar. Hacia el sur se extienden los matorrales que sirven de hogar al verderón de San Andrés (Vireo caribaeus), un ave teñida de verde oliva en el dorso, con dos barras blancas en los bordes de las alas y una raya amarilla entre el pico y los ojos, una especie endémica de estas islas; o sea que no se encuentra en estado natural en ninguna otra parte del mundo. Y todavía más al sur refulge el blanco de la espuma producida por el agua expulsada con brío a través de un agujero en la roca coralina.

Bajo las aguas San Andrés esconde otros secretos. Mientras que al occidente el suelo marino es un acantilado con terrazas, al oriente se ve cómo la isla se ha inclinado en los millones de años de su formación. Al sumergirse, los buzos, además de la vida que germina en los corales, se encuentran con una pared de unos setenta metros de profundidad que les permite nadar al filo de un precipicio gigantesco.

A noventa kilómetros al noroeste de San Andrés están las islas de Providencia y Santa Catalina. A la primera, de dieciocho kilómetros cuadrados y que se conformó a raíz de una erupción volcánica, también la protege el coral: doscientos cincuenta y cinco kilómetros cuadrados que la convierten en uno de los tesoros ecológicos de América. La marca de identidad de Providencia es la serranía de siete kilómetros que la atraviesa de punta a punta. En ella crece un bosque seco tropical en el que se conservan extensiones considerables de palmas del tipo Acoelorrhaphe wrightii, únicas en Colombia. En las tierras altas de Providencia se han identificado trescientas setenta y cuatro especies vegetales, el setenta por ciento de ellas nativas. Allí también abundan mangos, guanábanos, ciruelos y naranjos. Hacia el kilómetro cuadrado que es Santa Catalina, separada de Providencia por el canal Aury y comunicada con la misma por un puente de madera de alrededor de ciento cincuenta metros de largo, se extienden reductos de la vegetación que a la llegada de los españoles aportó maderas finas para fabricar casas y embarcaciones. Los bosques de Providencia y Santa Catalina han sido alterados por el pastoreo de ganado y apertura con fuego de frentes agrícolas.

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Uno de los límites del arrecife de coral de Providencia es el sitio conocido como El Faro. Aquí existe una clara división entre aguas calmas y poco profundas, y el mar embravecido y oscuro; el fin de la barrera de coral.

 Vistas de cerca, las piedrecitas lanzadas desde el cielo se revelan como universos encantadores. Roncador es un cayo en forma de aguacate, rodeado de arrecifes que sirven de nidos a aves marinas. Quienes lo han visto desde el aire dicen que los corales trazan la figura de un anzuelo. Hasta allí llegan pescadores industriales que en muchos casos explotan la fauna sin autorización. Serrana es un banco triangular, allí tiene lugar un arrecife de cincuenta kilómetros de longitud que encierra una enorme cuenca lagunar donde habitan tortugas y se alimentan los pájaros bobos. En los deshabitados bajos de Alicia, Bajo Nuevo y Rosalinda se refugian por temporadas pescadores artesanales de las islas o de países vecinos.

Quitasueño, el arrecife más grande del Archipiélago, con más sesenta kilómetros de longitud y unos doce kilómetros de ancho en promedio, es escenario de pesca artesanal e industrial de langostas, caracoles, peces y tortugas. Bolívar, en forma de riñón, está formado por dos cayos: uno sirve de albergue a pescadores artesanales y el otro da cabida a un faro y un puesto militar. Y Albuquerque –dos islas repletas de palmas de coco y árboles de caucho y rodeadas de otras fanerógamas, plantas ya adaptadas a vivir en el mar– posee el coral mejor conservado del archipiélago y es hábitat de delfines, barracudas, estrellas de mar, peces ángel y tiburones.

El conjunto de islas, cayos, bancos y bajos aquí dibujados es el único departamento de Colombia en alta mar y linda por tanto con Jamaica, Honduras, Nicaragua, Islas Caimán, Costa Rica, Haití y Panamá. Y también es, desde el año 2000, Reserva Internacional de la Biosfera y Área Marina Protegida, según declaración del Secretariado del Programa del Hombre y la Biosfera de la UNESCO. Esto quiere decir que el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina debe, con apoyo de los gobiernos, convertirse en modelo de desarrollo sostenible; es decir, en escenario de actividades comerciales e industriales que potencien sus recursos y al mismo tiempo conserven un ecosistema amenazado por la explotación indiscriminada.

Proteger suelos, aguas, corales, bosques, praderas y manglares es prolongar la vida de un excepcional grupo humano resultado de la mezcla de negros esclavos, colonos europeos e indígenas, que se ha gestado en San Andrés en los últimos tres siglos. Colombianos insulares que bailan schotist, polca, vals, calipso y profesan las doctrinas bautista, adventista o evangélica cristiana. Se autodefinen como “raizales” y reivindican el derecho a proteger como suyo un territorio excepcionalmente bello. Raizales que nacieron en uno de los lugares más espléndidos de la tierra, pero sin ser sus exclusivos propietarios y obligados a ver ven cómo se llevan sus maderas y venden sus corales. Raizales que se oponen a la extinción del Creole English o criollo sanandresano, la lengua que crearon sus ancestros negros al combinar palabras del inglés según las normas del bantú. Colombianos que solo duermen tranquilos si antes de cerrar los ojos ven el brillo de las estrellas que protegen el diminuto planeta donde descansan.

*Con apoyo en la reportería de Víctor Casa Mendoza.

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En letra cursiva

Es en este territorio insular donde podemos observar desde especies de flora submarina como el reconocido pasto marino Thalassia testudinum, perteneciente a las hidrocaritáceas, hasta árboles cuyas raíces aéreas los hacen parecer que caminaran sobre el mar, como por ejemplo los mangles Rhizophora mangle, pertenecientes a las rizoforáceas. También las inapreciables palmas o arecáceas, que siempre encontraremos en estos territorios caribeños, como la Acoelorrhaphe wrightii y el reconocido cocotero Cocos nucifera.

Este es, además, un territorio con una profusión de frutales sumamente apetecidos. Como el mango, Mangifera indica, que hace parte de las anacardiáceas; la guanábana, Annona muricata, de las anonáceas; la naranja Citrus × aurantium, que junto con el limón hace parte de las rutáceas y el icaco, Chrysobalanus icaco, de las crisobalanáceas. En ésta zona insular no sólo se cultivan estos deliciosos frutales: sino también se encuentran árboles de gran potencial económico, como las diversas especies maderables, o como los árboles productores del caucho, Ficus sp., que hacen parte de las moráceas.

Claramente bajo el lecho marino se traslucen las algas, que tan parecidas son a las plantas vasculares de nuestro día a día. Están categorizadas por grupos que se diferencian según sus tonalidades. Por ejemplo, las más cercanas a las plantas son las algas verdes, de la división clorofita, representadas por el alga verde común, Caulerpa racemosa, y el alga verde calcárea, Halimeda opuntia, entre otras.

Pero allá en el fondo no solo se reproducen las algas verdes. También se pueden apreciar manchas de algas pardas y algas rojas, que vistas desde arriba, entre el azul del mar y junto a este mundo de organismos que habitan el ambiente marino, como corales, pepinos de mar, anémonas y peces, entre muchísimos otros, conforman este mosaico de los siete colores. Las algas rojas pertenecen a la división rodofita, mientras las algas pardas, cuyo infaltable representante bien puede ser el alga globosa común, Colpensia sinuosa, pertenecen a la división de las feofitas. Aunque las algas en un principio fueron consideradas plantas inferiores, en realidad son organismos diferentes a ellas, debido a un número de características específicas como la de que, por ejemplo, no producen semillas.

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