Un parto de cordilleras

RÍO MAGDALENA. Expedición 01 Laguna de la Magdalena. 21 Y 22 Marzo 2015. II Expedición Al Macizo Colombiano. Foto: David Estrada Larrañeta.

Por Óscar Hernando Ocampo
Publicado en Savia Andina

Ni el silencio, roto por el viento que baja a calentarse en la hoz de Minamá o en las selvas del Alto Putumayo; ni el frío helado, que se viste de nieves, cada vez menos, en las altas cumbres de los volcanes, o de escarcha en los páramos adonde el cóndor baja a buscar su comida; ni el verde profundo y metálico de los cañones pletóricos de vegetación de selva, ni el de sus matices que se tiñen de plantas hasta desaparecer en el gris salpicado de ocre de los altos picos; ni el espejo inmaculado de agua de la laguna del Guamuez o de La Cocha, la segunda más extensa de Colombia; no, ninguno de ellos pareciera tener nada que ver, aunque sí, con lo que pasa a varios kilómetros por debajo de este inmenso nudo de rocas, allá, en las entrañas de la corteza terrestre, donde se gestan estas alturas y rebullen las lavas que salen por estos volcanes y que van construyendo estas torres de roca que quieren alcanzar el cielo.

Flor de sietecueros, mayo o pucasacho (Tibouchina mollis)

La inmensa arruga que muestra el continente americano, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego y la Antártida, con la que le pone cara al Pacífico, es el testigo del choque de las placas tectónicas continentales, esas islas de rocas que flotan sobre el manto pastoso y caliente de la Tierra, con sus hermanas, mucho más pesadas, que forman el fondo del océano, en una embestida de toro de basalto contra los tendidos de granito que levanta el relieve que nos regaló la orogenia, fuerza que convierte en plastilina las rocas, con paciencia geológica, si tratamos de entender este fenómeno colosal con la escala humana del tiempo, aunque para la Tierra y su propio reloj, este es un fenómeno muy reciente.

Es fácil verlo en una imagen de satélite: los Andes, que vienen juntos desde el remoto sur, en una trenza apretada, al llegar a la frontera entre Ecuador y Colombia parecen querer soltarse el pelo y desperdigarse para calentarse al llegar a la línea ecuatorial. Como las ballenas, que suben a tener sus ballenatos en las aguas tibias, los Andes también decidieron dar a luz, en un parto colosal, al entrar a Colombia, en el macizo de Huaca o nudo de Los Pastos: otra cordillera, la Occidental, que se irá bordeando el Pacífico, mientras la Central, no muy lejos, repite el proceso en el macizo colombiano y nos regala otra más, la Oriental, que se irá balconeando a las selvas del Amazonas y a los Llanos Orientales, hasta Venezuela, solo para besar las aguas del mar Caribe. Lo que hasta el Ecuador era un choque de placas tectónicas de oriente a occidente, aquí cambia: se le suman las placas del Caribe, que se mueven en otra dirección, haciendo que los Andes tuerzan al nororiente y den el giro que ha convertido a Colombia en una tierra de tres cordilleras y dos profundos valles fluviales, antiguas cicatrices de sutura entre moles de roca levantadas por el choque de las placas tectónicas. Semejante relieve, en el trópico, no pudo haber hecho otra cosa que convertir a nuestro país en un vergel que va desde las selvas del piedemonte andino, pasando por los valles de los ríos Cauca y Magdalena, hasta esa escalera de climas que se encarama hasta los volcanes nevados, en la tremenda lucha entre el fuego y la nieve, regalándonos esta biodiversidad que nos cobija en cada recodo de los Andes.

Helecho en páramo (Blechum)

El nudo de Los Pastos, bautizado así en honor a sus pobladores indígenas, no solo es un lugar de parto de rocas y paisajes, sino una matriz fértil de plantas y animales que convierten esta puerta de Colombia en un paraíso. Al abrigo de sus cañones y montañas, en sus altiplanos colgados ante precipicios, el hombre, desde tiempo inmemorial, ha crecido y prosperado culturalmente de la mano de la naturaleza, pródiga hasta el hartazgo, como lo demuestran las extensas selvas que se sostienen de las paredes de la hoz de Minamá, esa herida que el río Patía le hace a la cordillera Occidental para abrirse camino hacia el océano. El abrupto cañón sirve de corredor de intercambio entre la vegetación y la fauna de las selvas costeras con sus hermanas que trepan por las laderas del nudo de Los Pastos. En las mesetas, que parecen colchas de fertilidad, retazos de verdes y parcelas negras, recién aradas, la agricultura se nutre gracias a las cenizas arrojadas por volcanes, algunos extintos y otros activos, como el Chiles (4.718 metros de altura), el Cumbal (4.764), el Galeras (4.276) y el Azufral (4.070), que traen nueva tierra a la superficie y compensan así la que los numerosos ríos se llevan al océano Pacífico o hacia la cuenca del Amazonas.

Tanto el nudo de Los Pastos como el macizo colombiano son estrellas fluviales, de las que nacen decenas de ríos y quebradas que se descuelgan de las altas montañas para llevar el agua lluvia en todas las direcciones. Alimentan los grandes ríos de las cuencas del Putumayo y del Caquetá, que le rendirán luego cuentas al río madre del Amazonas, que a su vez llevará los sedimentos arrastrados en el recorrido hasta el Atlántico, donde tiñe de ocre sus azules aguas hasta varios kilómetros mar adentro, como una ameba gigante que se expande. Hacia el occidente, los ríos se lanzan en picada, cortando las mantas de ceniza volcánica acumulada en cientos de miles de años de erupciones, para regalarnos verdes valles en la cordillera, fértiles sin mezquindad, y después empotrarse en las laderas, hartarse de cascadas y saltos entre helechos, ansiosos por dormirse en los meandros que, sinuosos, se le entregan al océano Pacífico en entramados de manglares. Si lo viéramos desde los picos de los volcanes, esta combinación de relieve, suelos fértiles, agua abundante y posición privilegiada en la línea ecuatorial también produce otro derrame, como el de los ríos, en todas las direcciones: el de la vida. Vida verde que sirve de abrigo a cientos de especies de animales que vuelan, se arrastran, saltan de rama en rama, se entierran en el suelo húmedo, nadan, se mueven con patas de algodón entre la espesura y pastorean pacíficos en verdes pastizales.

Isla Corota, laguna de La Cocha. Santuario de flora y fauna.

Allá arriba, donde el frío congela, la flora nos deleita con sus ejemplares más exquisitos, esos pequeños sobrevivientes que son los musgos y los líquenes, pegados a las rocas volcánicas, que todavía no colorean el paisaje mineral. A medida que se va bajando en todas las direcciones, las plantas de los páramos, todavía pequeñas pero muy fuertes, van llenando de vida estos parajes que parecen de otro planeta, donde la paleta de colores la imponen las cenizas volcánicas, con sus combinaciones de grises, ocres y marrones. Y de repente, una laguna, como un ojo abierto al cielo, adonde las plantas se arriman a abrevar, para darse fuerza y empezar a poblar, con todo su poder, las laderas que se van descolgando y tiñendo de verde. Este derrame de plantas, montaña abajo, al llegar a los tres mil cuatrocientos metros de altura se viste de selva andina, densa y cubierta de niebla, con bongas, en medio del bosque, cuyas ramas se llenan de orquídeas lujuriosas que parecen hacerles guiños a los anturios blancos, negros y rojos. El derroche de colores en los pétalos se entremezcla con el verde profundo de los helechos, que brotan de la hojarasca que cruje con el paso sigiloso de los animales nocturnos o de los campesinos que se meten al bosque para buscar entre las decenas de plantas medicinales que han servido desde tiempo inmemorial para aliviar los dolores del cuerpo y hasta los del alma. Como una aparición de un cuento de hadas, en el profundo cañón del río Guáitara, de paredes casi verticales, como si fuera otra orquídea pero de roca, aferrada a la montaña y no a un roble, la basílica del santuario de Las Lajas, en Ipiales, se regodea de fe y verdor y anuncia, cañón abajo, el bosque andino cálido.

Hoja de pantano (Gunnera pilosa)

Con el calor que se va colando por los cañones de los ríos, como un preludio de la selva que los espera, los guayacanes, mamones, ceibas, aceitunos y jobos han tomado el relevo de los encenillos, arrayanes, chilcos y tabaquillos que se fueron quedando en las zonas frías y templadas, muchos a las orillas de la laguna de La Cocha, embrujados por su propio reflejo frío sobre las aguas quietas. Y las aguas que nacieron allá arriba, en el nudo de Los Pastos, brotan por decenas de cañones, algunos tan profundos e impresionantes como el del río Patía, y se derraman en la llanura verde de la selva húmeda y cálida que se extiende entre los Andes y el océano Pacífico, o entre estos y ese otro mar, pero verde, que es la selva del Amazonas. Para terminar este viaje por este nudo de rocas, cuyos estudios botánicos no son tan abundantes como lo merecería la vegetación prodigiosa, donde cada rincón de montaña, cada cueva bajo una cascada, cada peñasco encrespado de verde puede albergar una nueva especie de planta o quién sabe qué variedad de animal, no hay nada mejor que hacerlo a bordo de una barca y, quedándonos quietos en medio de la grandiosa laguna de La Cocha, escuchar el silencio de este santuario natural en los momentos de calma, cuando el viento ni va ni viene y el tiempo parece unírsele, o cuando, al querer desembarcar, una leve brisa fría hace sonar los juncos de las orillas como si fueran flautas o unas quenas andinas.

Acacia y volcán Galeras de fondo (Acacia sp.)

 

En letra cursiva

En el nudo de Los Pastos encontramos gran variedad de especies vegetales, tan diversas que muchas veces pertenecen a géneros diferentes, o incluso a familias botánicas distintas. Que la gran mayoría de especies en este macizo de Huaca pertenezcan a las asteráceas y a las orquidáceas, se debe a que estas dos familias botánicas son las más abundantes del planeta. Pero en el nudo de Los Pastos no solo abundan ellas. También viven aquí familias botánicas de géneros poco descritos, como los de las tifáceas, representadas por tan solo dos: Sparganium, en el hemisferio norte, y Typha, un género cosmopolita del que hace parte la espadaña o junco (Typha angustifolia). Esta no es la única especie conocida como junco. A muchas monocotiledóneas que crecen junto a zonas acuáticas se las identifica como juncos. Dentro de estas están ciperáceas como la totora o junco (Schoenoplectus californicus) y muchas juncáceas, en especial del género Juncus, de donde proviene su nombre común.

Así como hay gran variedad de juncos, en este macizo de Huaca también encontramos vegetales que adoptaron sus nombres comunes de su alta semejanza con especies populares en la agricultura. Es el caso del tabaquillo (Macrocarpaea sp.), que hace parte de las gentianáceas y que recibe su nombre común por la semejanza de sus flores con las del tabaco (Nicotiana tabacum), de las solanáceas. Hay también en esta franja una alta cantidad de especies con el nombre común de cucharo, que proviene de la morfología de sus hojas, que se asemejan a una cuchara. La gran mayoría de cucharos de la región Andina son especies de Myrsine sp. Sin embargo, no todos los nombres comunes de las plantas hacen alusión a su morfología o a su semejanza con otras especies. Otras deben sus nombres comunes a lenguas indígenas, como el chaquilulo (Cavendishia sp.), de las ericáceas, cuyo nombre proviene del quechua cháki, que significa “seca”, y rurrú, que significa “fruta”.

Pepo o yolombo (Panopsis polystachya)

Galeras: fauna, flora y fuego

Aunque peligroso, el volcán Galeras es uno de esos vecinos indispensables: hermoso pero de mal genio, es el responsable, junto con sus volcanes hermanos del nudo de Los Pastos, de la gran fertilidad de los suelos que forman sus laderas y toda la región de este enorme amasijo de montañas del departamento de Nariño. Designado santuario de fauna y flora en 1985, con sus 7.615 hectáreas es refugio de gran variedad de especies presentes en los ecosistemas de páramo, bosque alto andino y andino, comprendidos entre los 1.950 y los 4.276 metros sobre el nivel del mar. A pesar de que el hombre ha trepado con los arados por sus laderas, como si no temiera la fuerza ígnea que se agita bajo ellas, todavía se pueden distinguir noventa y nueve especies de orquidáceas más otras noventa de la familia asteráceas y veinticinco de las ericáceas, como las más abundantes entre las seiscientas veintidós especies que se han encontrado y estudiado. Además, entre sus bosques y parajes escondidos se pueden ver tres especies de venados más algunos zorros, cusumbos, puercoespines, armadillos y conejos, junto con ciento treinta y cinco especies de aves, desde los pequeños colibríes hasta dos especies de patos, pavas negras y carriquíes de montaña, que tratan de escapar de las garras de las águilas que vuelan atentas sobre ellas.

La corte de los volcanes

Allá arriba, cuando la vegetación se ha ido espaciando y desapareciendo por cuenta de la altura, empieza el reino de los grises, ocres, pardos y blancos de las cenizas volcánicas y las nieves. Allá arriba, donde el aire es más liviano y el oxígeno más escaso, los volcanes conversan con sus palabras de fuego, sus frases de fumarolas y sus párrafos de sismos; porque sí, tiembla todo el tiempo, aunque el ser humano tenga que agregarle sismógrafos a sus oídos para saberlo. Toda la tierra tiembla bajo esta mole de rocas traídas de lo profundo de la corteza del planeta por decenas de volcanes, algunos activos, y mucho, y otros dormidos, sellados y trancados, que hoy son picos inofensivos que guardan en sus cuerpos las huellas de una juventud hirviente y explosiva. Algunos de estos volcanes son personajes ya famosos, pero otros apenas son conocidos por expertos geólogos y vecinos, que se acuestan con ellos en el horizonte y se levantan con ellos allí mismo. Entre los activos están el Cumbal (4.764 metros sobre el nivel mar), el Puracé (4.650), el Azufral (4.070) y el Galeras (4.276), mientras que entre los inactivos están el Chiles, Pan de Azúcar, Sotará, Piocolló, Curiquinga, Paletará, Calambás, Quintín, Chaka, Killa, Manchagara, Pukará, Amancay, Piki, Mayasquer, Morasurco, Bordoncillo, Petacas, Doña Juana, Las Ánimas, Tajumbina y Juanoy. Y, cómo no, el Patascoy, tristemente célebre.

Alcaparros o pichuelos (Senna pistaciifolia)

El macizo colombiano, el padre de las aguas

Podría decirse que el macizo colombiano es una extensión al nororiente del nudo de Los Pastos. Se compone de dos grandes zonas donde los Andes dan a luz a las cordilleras colombianas. El nudo de Almaguer, como también se le conoce, es una de las estrellas hídricas más importantes del planeta y de la zona tropical, porque allí nacen ríos de la potencia del Cauca, el Magdalena, el Caquetá, el Patía y el Putumayo. Brotan como hilos de agua en los trece páramos que contiene, entre los colchones de musgos y como rebose de las frías aguas de las trescientas sesenta y dos lagunas que destellan al sol, pero luego se convierten en gigantes al recoger las aguas que bajan de todas las cordilleras. El macizo colombiano tiene 3.268.237 hectáreas, de las que un 1.371.000 hectáreas son bosques, que crecen entre los dos mil seiscientos y los cuatro mil setecientos metros de altura sobre el nivel del mar. Es un verdadero tesoro para Colombia y el mundo, no solo por su riqueza hídrica sino por la variedad y calidad de sus ecosistemas, verdaderos refugios de la riqueza de los Andes, con especies de flora y fauna únicas. Esta razón llevó a la Unesco a declararlo reserva de la biósfera. No obstante, desde tiempos inmemoriales el hombre ha vivido en él y de él, cada vez con un mayor impacto. Hoy, los asentamientos urbanos ocupan ochocientas cincuenta y seis hectáreas del macizo colombiano, pero un millón quinientas mil hectáreas son usadas como agroecosistemas para su sustento y el de cientos de miles de colombianos. Ese es el reto de la conservación, la lucha tremenda entre cuidar este nudo de riqueza de la biósfera y aprovecharla pero de manera sostenible, sin el deterioro que supone el desbordado crecimiento de la población.

 

Santuario de fauna y flora

La isla de La Corota, en el norte de la laguna de La Cocha o Guamuez, es el área protegida más pequeña de Colombia. Parece flotar sobre las aguas quietas de la laguna, como si fuera un pequeño nudo de plantas huidas de la orilla. Su bosque húmedo montano bajo, ubicado a una altura de dos mil ochocientos treinta metros sobre el nivel del mar, está casi completamente regenerado por cuenta de la preservación que se decretó en junio de 1977. Aunque parezca increíble, en sus dieciséis hectáreas, algo así como dieciséis manzanas de un pueblito típico colombiano, alberga cerca de trescientas especies de plantas, agrupadas en ochenta familias que se distribuyen entre rasantes y arbóreas, pasando por herbáceas y arbustivas. Los turistas que se embarcan entre los juncos de la orilla para visitar la capilla de la Virgen de Lourdes pueden disfrutar de los alisos (Alnus acuminata), arrayanes (Eugenia sp.) y también las especies (Myrcianthes leucoxyla), chaquilulos (Cavendishia sp.), cucharos (Myrsine sp.), cerotes o mortiños (Hesperomeles obtusifolia), canelones (Drimys granadensis), encinos chirosos o encenillos (Weinmannia tomentosa), mililones silvestres o motilón (Hieronyma macrocarpa), moquillos (Saurauia scabra), orquídeas, sietecueros (Tibouchina lepidota), tintos (Monnina sp.) y totoras (Typha sp.), que sirven de refugio a patos colorados, maiceros y zambullidores que nadan por encima de las truchas arcoíris y las guapuchas que parecen fáciles de pescar en la transparencia de las aguas.

 

Las plantas más constantes

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Actinidiáceas Saurauia scabra Moquillo Madera como leña. Fruto comestible
Anacardiáceas Spondias mombin Jobo, hobo Fruto para jugos, hojas en medicina tradicional, corteza en construcción
Aráceas Anthurium sp. Anturio Gran valor ornamental
Betuláceas Alnus acuminata Aliso Madera y ornamental
Cunoniáceas Weinmannia tomentosa Encenillo Madera en construcción, con taninos usados para teñir pieles
Melastomatáceas Tibouchina lepidota Sietecueros Se siembra en parques por sus flores ornamentales
Mirtáceas Myrcianthes leucoxyla Arrayán Sus hojas se mastican para aliviar el dolor
de muela
Orquidáceas Cattleya sp. Orquídea Gran valor ornamental
Poligaláceas Monnina sp. Tinto De sus frutos maduros se extrae una tinta utilizada para escribir
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