Las islas del cielo

Por Ana Cristina Restrepo Jiménez
Publicado en Savia Oriente

El eco del paso de los cascos de un caballo, el vaho jadeante de la respiración de un intruso, los gemidos del viento entre el charrasquillo, ascienden sobre los riscos de la cumbre. Ante la presencia humana inadvertida, Mapalina, diosa de la niebla, desata su furia con una cortina de bruma sobre el pajonal…

El cóndor de los Andes anuncia la llovizna paramera que rocía la alfombra de paja en los imperios del frailejón (Espeletia grandiflora). El páramo, donde los duendes pasean a lomo de pájaro y cuentan estrellas sobre el penacho de las palmas de cera (Ceroxylon quindiuense), es el monte sagrado de los muiscas, la cuna de los mitos del origen. Con cada sorbo de agua de panela humeante, el sosiego agita los “encantos” —¡espantos, fantasmas, aparecidos!— que se escapan de la imaginación del campesino resguardado en su ruana.

Panorama de espeletias en el páramo

Panorama de espeletias en el páramo. Foto: Federico Rincón.

Los páramos, ardor del mediodía y escarcha de la madrugada, son el último cinturón de vegetación en la montaña; representan apenas el dos por ciento del territorio colombiano (unos 19.330 kilómetros cuadrados) y aportan agua al setenta por ciento de sus habitantes. De acuerdo con el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, la mitad de los páramos del mundo se encuentra en Colombia. La cordillera Oriental posee la mayor cantidad en el planeta, y su humedad es producto de la influencia de los vientos continentales procedentes de la Orinoquia y la Amazonia.

El clima es el factor más influyente en la formación del suelo en la región paramuna. En los páramos la temperatura es baja, con un promedio anual de diez grados centígrados, debajo de tres mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, y de ocho grados por encima de esa altura. La cantidad de agua que recibe el suelo en forma de lluvia fluctúa entre seiscientos y tres mil milímetros al año. Es importante considerar la lluvia horizontal (condensación del vapor de agua) y la niebla como dos de las principales fuentes de captación de agua en este ecosistema.

Los páramos más secos se ubican hacia la vertiente interior de la cordillera Oriental. Según la altitud, el páramo se sitúa entre los bosques altoandinos y las nieves perpetuas, aproximadamente a tres mil metros sobre el nivel del mar. A esa altura, los vientos son muy fuertes, la radiación solar alta y el oxígeno escaso. En Colombia, el territorio paramuno es habitado por 70 especies de mamíferos, 154 de aves, 90 de anfibios, y 4.700 de plantas de las más de 27.860 especies que se han registrado; es decir, el diecisiete por ciento de la diversidad florística nacional se aloja en cerca del dos por ciento del territorio continental ocupado por los páramos.

Flor de páramo (Monochaetum sp.) Foto Ana María Escobar

Flor de páramo (Monochaetum sp.) Foto Ana María Escobar

Más allá de su abrumadora biodiversidad, estos ecosistemas cumplen dos funciones esenciales. En primera instancia, regulan el agua: la almacenan y luego la liberan controladamente de sus suelos y vegetación; por eso en los páramos nacen lagunas, quebradas y ríos. En segundo lugar, retienen carbono: su vegetación, suelos y sobre todo sus turberas —ambientes saturados de agua debido al aporte de materia orgánica producida por la vegetación y al ingreso de sedimentos de la lluvia y los riachuelos— pueden retener hasta diez veces la cantidad de carbono que un metro cuadrado de bosque tropical. Ese carbono retenido contribuye a desacelerar el calentamiento global.

Los páramos son considerados como archipiélagos en un mar de bosque. Durante las glaciaciones, una parte de esas “islas” podía unirse, lo cual facilitaba cierto intercambio directo de especies. Otras se separaron temporalmente y eliminaron esa posibilidad. El producto de ese proceso fue su aislamiento. La cordillera Oriental quedó premiada con páramos que desarrollaron endemismos o especies que no se encuentran en otros lugares.

La palabra páramo proviene etimológicamente de para-mont con el prefijo latino para (“más adelante”) unido al sustantivo monte, mons, montis, término geológico. En España se denominaba “paramera” a la meseta desierta de Castilla, en comparación con las tierras fértiles más bajas. El contraste entre las selvas espesas y las altas regiones heladas y sin árboles tal vez llevó a los conquistadores a usar la palabra “páramo” en el Nuevo Mundo. En la época precolombina, los indígenas creían que los páramos eran la morada de los dioses. La alta montaña era un lugar sagrado, sin asentamientos humanos. El páramo se limitaba a ser un corredor, el destino de buscadores de alimentos y medicinas. Cuentan que en la laguna profunda de Iguaque, en Boyacá, apareció la luz que dio origen al primer amanecer. De sus aguas emergió una mujer con un niño, con quien empezó a caminar hacia las planicies. Cuando el chico creció se casó con la mujer de las aguas: Bachué, la madre primigenia. Después de recorrer y poblar la Tierra, regresaron al fondo de la laguna materna…

Chivaco en Santurbán (Vaccinium floribundum) Foto Ana María Mejía

Chivaco en Santurbán (Vaccinium floribundum) Foto Ana María Mejía

Hacia el siglo xvi, la conquista de los páramos andinos fue uno de los mayores desafíos para los europeos. La desolación y la hostilidad de la alta montaña quedaron plasmadas en las crónicas de Indias, que narran las dificultades que soportaron los colonos del Viejo Mundo y la manera en que tomaron posesión de las tierras originales de los indígenas —aptas para el cultivo y la cría de ganado— y los desplazaron a resguardos ubicados a más de tres mil metros de altura. Durante el Virreinato, la observación científica de personajes como José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas y Alexander von Humboldt llegó al paisaje paramuno. La Real Expedición Botánica catalogó más de veinte mil especímenes de plantas y siete mil de animales. Durante el viaje de exploración se estudiaron algunas especies de la flora del páramo, como el pega-pega (Bejaria resinosa) y el frailejón (Espeletia grandiflora).

Los páramos colombianos fueron escenario de la campaña independentista: el ejército de Simón Bolívar atravesó las montañas que separaban las provincias de Casanare y Tunja, entre ellas el páramo de Pisba. El 15 de enero de 1850, cuarenta años después de la independencia de la Nueva Granada, Agustín Codazzi presidió la Comisión Corográfica. El geógrafo y militar italiano escribió sobre los páramos: “Más arriba todo es silencio; el aire mismo permanece quieto, tal cual arbusto de ramas retorcidas crece en los peñascos, ni un ave, ni un ruido, salvo el murmullo de los arroyos que nacen debajo de las nieves perpetuas y se deslizan sin cauce fijo”.

Chocho de flor en Santurbán (Lupinus cf. bogotensis) Foto Ana María Mejía

Chocho de flor en Santurbán (Lupinus cf. bogotensis) Foto Ana María Mejía

El esquema clásico de estudio del páramo colombiano, elaborado por José Cuatrecasas y Arumí, se mantiene vigente. Algunos botánicos y ecólogos modernos han implementado modificaciones a partir del mayor conocimiento de la ecología y la flora paramunas. Entre matorrales o charrasquillos, frailejonales, chuscales (del género Chusquea tessellata) y pastizales (de los géneros Calamagrostis y Festuca), se han descrito 327 tipos de vegetación paramuna. El páramo, con 146 comunidades vegetales, presenta un claro dominio del pajonal–frailejonal y de los pastizales. De la vegetación paramuna resultan cinco formas de vida principales: rosetas gigantes (como los frailejones), rosetas acaules, macollas (el pajonal), cojines (a ras del suelo; se disponen de manera apretada y forman cojines que les permiten retener agua) y arbustos.

Cerca del sesenta por ciento de la flora de los páramos es endémica. Una de sus grandes bellezas naturales son las orquídeas. Colombia posee el dieciséis por ciento de las orquídeas del planeta (4.010 especies distribuidas en 260 géneros). En América existen 11.641 especies, de las cuales el treinta y cuatro por ciento crece en territorio nacional colombiano. De esta diversidad, el treinta y ocho por ciento (más de la tercera parte) no existe en ningún otro lugar del planeta.

El frailejón es tal vez la planta más reconocida de los páramos y una de las formas de vida mejor adaptadas a la alta montaña tropical. Sus semillas no tienen “paraguas” para que el viento las arrastre a grandes distancias (como sí otros géneros de la misma familia), por lo cual su presencia es restringida. Las diferentes formas de vegetación de los páramos tienen ciertas características en común: las plantas crecen muy despacio, pues el frío intenso desacelera la fotosíntesis y la absorción de nutrientes; y las hojas se queman con facilidad por la llegada directa y la intensidad de los rayos ultravioleta del sol. Estas condiciones extremas propician ciertas adaptaciones para sobrevivir: las plantas son de baja estatura para protegerse del frío y del viento; sus hojas suelen ser pequeñas para exponer una menor superficie a la radiación solar, y son gruesas y peludas para guardar calor y contribuir a que la planta no transpire en exceso, pues aunque el medio es generalmente húmedo, las bajas temperaturas del agua a veces impiden su aprovechamiento.

Carrielito amarillo (Calceolaria sp.) Foto Ana María Mejía

Carrielito amarillo (Calceolaria sp.) Foto Ana María Mejía

Son 399 los municipios colombianos que tienen territorios en páramos, y las poblaciones que los conforman están integradas por alrededor de veinte millones de personas, casi el cincuenta por ciento del censo nacional. Treinta y tres de estas localidades, donde se concentran siete millones de habitantes, tienen más de la mitad de su extensión en las superficies de los páramos. De la extensión original del bosque andino queda un cuatro por ciento. La mayor parte del bosque altoandino ha sido talado, reemplazado por pasto para el ganado y por cultivos de papa. También es objeto de procesos de paramización del bosque (su espacio es ocupado por vegetación de páramo, algo que usualmente se presenta a alturas superiores a los tres mil doscientos metros).

De la misma manera, el impacto ambiental de la minería suele ser alto: la extracción de un recurso que está en el suelo implica movilizar grandes cantidades de tierra, con alteración del paisaje, de la hidrología… Es por eso que la Ley 99 de 1993 indica como principio general ambiental que las zonas de páramos, subpáramos, nacimientos de agua y las zonas de recarga de acuíferos deben ser objeto de protección especial.

Tiene razón Mapalina, diosa de la niebla, en temer a los intrusos. Y los muiscas en atribuir a los páramos el origen. Las tribus contemporáneas, de ciudad, apenas empezamos a entender y a cuidar las islas del cielo, a considerar los páramos como lo que siempre han sido: santuarios de vida.

En letra cursiva

No son muchas las especies que pueden sobrevivir a un ambiente tan hostil como el que se presenta en los páramos. Sin embargo, entre las que se caracterizan en este ecosistema están los majestuosos e importantes frailejones, pertenecientes a las asteráceas. Estas plantas, tan características de los páramos, pertenecen al género Espeletia, nominado de esta manera en honor al virrey de Nueva Granada José Manuel de Ezpeleta (1739-1823). Las espeletias o frailejones cumplen múltiples funciones en el ecosistema de los páramos: conservan el agua que nace y llega a ellos, además de conformar gran parte de la biomasa de los páramos. Entre los frailejones más característicos en el Oriente de Colombia se encuentran la Espeletia grandiflora y la Espeletia lopezii, además de algunas especies relacionadas con las Espeletia: las Espeletiopsis, también denominadas como frailejones por su similitud con estos.

En el páramo también predominan algunas bromeliáceas, que se caracterizan por sus hojas en roseta, además de coloridas y llamativas brácteas. A esta familia pertenecen igualmente las especies de Puya, que también proliferan en el ecosistema. De flores todavía más llamativas y curiosas, crecen también allí diversas especies de orquidáceas. Lo interesante de esta familia es que, a pesar de requerir de polinizadores específicos para la mayoría de sus flores, son uno de los grupos de plantas con mayor riqueza de especies. Con un menor número de especies, pero de gran importancia económica, en los páramos se encuentra asimismo una gran variedad de pastos, poáceas o gramíneas, como la Festuca sp. y las especies de Calamagrostis. Aparte de figurar prominentemente en nuestra dieta, son ampliamente propagados en los páramos a fin de alimentar al ganado, gracias a que tienden a sobrevivir en ambientes abruptos y se reproducen con facilidad.

Al pie del páramo se encuentra la palma de cera o de alta montaña (Ceroxylon quindiuense), una arecácea que a diferencia de otras hermanas suyas crece en las cúspides de la cordillera. Característico de esta palma es que, a pesar de desarrollarse en ambientes hostiles, puede llegar a alcanzar hasta sesenta metros de altura, lo que la lleva a estar entre las más altas del mundo. Es una especie tan significativa que desde 1985 es considerada el árbol nacional de Colombia. Sin embargo, su descontrolada deforestación para convertir sus hábitats en potreros y la imposibilidad de reproducirse si no está dentro de los bosques, tienen a esta palma en riesgo de extinción.

Pinito en flor de páramo (Aragoa abeitina) Foto Ana María Mejía

Pinito en flor de páramo (Aragoa abeitina) Foto Ana María Mejía

 

Las plantas más constantes

Familia Nombre científico Nombre común Usos
Asteráceas Espeletia grandiflora Frailejón Conservan agua en páramos. Componen gran parte de biomasa.

Múltiples propiedades medicinales

Asteráceas Espeletia lopezii Frailejón
Asteráceas Espeletiopsis sp. Frailejón Medicinal. Contra enfermedades respiratorias
Asteráceas Senecio sp. Senecio Utilizado en medicina tradicional para calmar dolores
Arecáceas Ceroxylon quindiuense Palma de cera Hojas ornamentales para elaboración de ramos en Semana Santa
Brasicáceas Draba sp. Lítamo Medicinal. Contra enfermedades del hígado y corazón
Bromeliáceas Bromelia sp. Bromelia Ornamental por sus vistosas y coloridas brácteas
Caprifoliáceas Valeriana plantaginea Valeriana Medicinal. Contra desórdenes nerviosos
Ericáceas Bejaria resinosa Pegapega, pegamosco Ornamental. Frecuentada por colibríes
Poáceas Calamagrostis sp. Pajas Como forraje para el ganado
Poáceas Chusquea tessellata Chusque, bambú Artesanías
Poáceas Festuca sp. Festuca Forraje de ganado y para evitar la erosión de suelos

 

La trinidad del oriente

Thomas van der Hammen estableció categorías jerárquicas para las áreas biogeográficas de páramos: provincias, sectores, distritos y complejos (conjuntos de montañas que pertenecen al mismo sector y que comparten características similares biológicas, climáticas y ambientales). Colombia cuenta con treinta y cuatro complejos de páramos: dieciséis en la cordillera Oriental; siete en la Central; siete en la Occidental y tres entre Nariño y Putumayo. Los distritos se definen por la composición y la diferenciación de especies, la presencia de especies endémicas y la coincidencia de los límites de las distribuciones de especies y relaciones de cambios históricos. Estos son los tres distritos de páramos de la región del Oriente colombiano:

Distrito páramos de Perijá: comprende el complejo Perijá.

Distrito páramos de los Santanderes: complejo jurisdicciones Santurbán (estrella fluvial que surte de agua a las áreas hidrográficas del Caribe, Magdalena, Cauca y Orinoco; nacimiento de los ríos Zulia y Lebrija); complejo Tamá (hace parte del Parque Nacional Natural Tamá, cuencas hidrográficas de los ríos Táchira y Arauca, y también del Oira, Culata, Jordán, Talco, San Lorenzo y Maroua, que surten de agua a más de dos millones de personas en Colombia y Venezuela); complejo Almorzadero (provee agua al río Chicamocha y al Valegra); complejo Yariguíes (hace parte del Parque Natural Nacional Yariguíes, alimenta las principales cuencas de la región: ríos Suárez, Sogamoso, Magdalena, Carare, y subcuencas como los ríos Opón, Oponcito, Cascajales, Vergelano, Verde, Sucio, Chucurí).

Distrito páramo de Boyacá: complejo del Cocuy (aporta masa glaciar a los ríos Lagunilla, Cóncavo y San Pablín; aloja cinco resguardos de las etnias u’wa o tunebo. Hace parte del Parque Nacional Natural el Cocuy); complejo de Pisba (incluye los páramos de San Ignacio, El Chuscal, Pisba, Cadillal, Resalta, Lajas y Verde y las lagunas de Socha y Batanera. Allí se han identificado especies únicas o endemismos. En el Parque Nacional Natural Pisba, la cuenca hidrográfica más significativa es la del río Chicamocha); complejo de Tota-Bijagual-Mamapacha (formado por tres sectores: las partes altas aledañas al lago de Tota, en el borde del altiplano cundiboyacense, con los páramos de Toquilla, Sarna, Suse, los Curíes y las Alfombras; el macizo de Mamapacha y el macizo de Bijagual. Abastece agua para acueductos y centros urbanos como Sogamoso y áreas rurales. Sus humedales más importantes son el lago de Tota y la hidroeléctrica de Chivor); complejo Guantiva-La Rusia (incluye los páramos de Cruz Colorada, Guina, Pan de Azúcar, Carnicerías y Guata); complejo Iguaque-Merchán (nutre los acueductos de Villa de Leyva, Arcabuco, Chíquiza, Samacá, Sáchica, Cane-Iguaque y Moniquirá. En el páramo de Iguaque está el Santuario de Fauna y Flora Iguaque).

 

Clima y geomorfología en las alturas

El origen, conformación y dinámica de los relieves determinan dos tipos de páramos: los de origen volcánico, cuyos volcanes pueden estar despiertos o dormidos, y los metamórficos o sedimentarios –dependiendo de la roca que los integra–, con modelamiento glaciar o no, con frecuente o escaso movimiento de las placas que los sostienen (erodabilidad o estabilidad tectónica). Por otra parte, si se combina el balance hídrico (pluviosidad total, evapotranspiración y distribución anual de la lluvia) y la exposición (cantidad de energía solar recibida durante el año y efecto de vientos dominantes), resulta otra forma de clasificación de los páramos: los volcánicos secos y los sedimentarios, glaciares, erosivos y húmedos. Los primeros corresponden a los lugares donde la actividad tectónica es alta y la estabilidad del relieve media, por ejemplo en ciertas zonas del Macizo Colombiano; los segundos están ubicados en la cordillera Oriental de Boyacá, como el páramo de Pisba.

La indispensable delimitación

La resolución 2090 de 2014 expedida por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible adoptó la delimitación (proceso que busca identificar qué áreas deben resguardarse y cuáles pueden aprovecharse) del páramo de Santurbán.

En noviembre de 2015 el Tribunal Administrativo de Santander negó por improcedente una acción de tutela que pretendía suspender los efectos legales de dicha resolución: el Comité para la Defensa del Agua y del Páramo de Santurbán y la Corporación Colectiva de Abogados Luis Carlos Pérez aducían la violación a los derechos fundamentales, al debido proceso administrativo, a la igualdad, al derecho de petición, al agua potable y al disfrute de una vida digna, supuestamente negadas en la delimitación del páramo.

El Tribunal concluyó que la delimitación hecha por el Ministerio de Ambiente no vulnera ningún derecho fundamental.

 

Criaturas emparamadas

Los páramos son el hogar de diversas especies de fauna, entre las cuales están la ardilla endémica (Sciurus granatensis perijanus) y algunos mamíferos como el oso de anteojos (Tremarctos ornatus), el soche colorado (Mazama rufina), el venado soche o locha (Mazama americana), el murciélago pescador (Noctilio leporinus); la guagua, tinajo, lapa o guanta (Cuniculus paca), el zorro perruno (Cerdocyon thous), la danta (Tapirus terrestris), el cerdo salvaje (Tayassu pecari), el venado de cola blanca (Odocoileus virginianus), el báquiro (Tayassu tajacu), el guacho (Nasua socialis) y el cusumbo (Potos flavus).

Aunque el cóndor de los Andes (Vultur gryphus) parezca el amo de los cielos paramunos, comparte sus dominios con otras aves como el paujil o copete de piedra (Pauxi pauxi) y la pava (Penelope argyrotis albicauda). El Parque Natural Nacional Yariguíes aloja el cincuenta y cuatro por ciento de las aves conocidas en Colombia.

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Una bendición, la más grande de la naturaleza, son los páramos. De ellos se nutre de agua la mayor parte de Colombia.

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